06 julio, 2011

Escuela de barrio


Mi escuela de barrio: Diego Muñoz Valenzuela 1963-1967

En mi escuela primaria- preparatoria se llamaba en aquel entonces a la enseñanza básica de hoy- la Número 48 de Ñuñoa, San Salvador, los cursos estaban –como ya no ocurre en la actualidad- integrados por hijos de zapateros remendones, carniceros, campesinos avencidados en la ciudad, empleadas domésticas, funcionarios públicos de diverso rango, empleados bancarios de cuello y corbata, vendedores viajantes, charlatanes, maniceros y muchos otros oficios extinguidos. También algunos hijos de economistas, abogados, médicos, periodistas y… escritores (no fui el único). La entera complejidad social, todas sus contradicciones y todos sus ángulos convivían dentro del aula. La supervivencia, la solidaridad y la entretención eran las formas de existencia que permitían pasar el tiempo. Me apena constatar que este tipo de escuela –aquella compleja y rica convivencia- se han convertido en remoto vestigio del pasado, tal como han sucumbido otras prácticas sociales, arrasadas por el neoliberalismo, eufemísticamente denominado postmodernidad. Me refiero a las puertas de las casas sin llave, a las celebraciones navideñas de barrio abiertas a todos los vecinos incluso en manzanas a la redonda, a la libreta del almacén de la esquina donde se consignaban créditos amigables. Un mundo tan entrañable como perdido.

Por las mañanas, a algunos elegidos, se les ofrecía un desayuno compuesto por leche con cuáquer y un sándwich de queso o mortadela cortados en rodajas infinitesimales, a veces en hallulla, ora en marraqueta. Recuerdo haber preparado muchas veces aquellos emparedados, convocado tal vez por un voluntariado espontáneo, o quizás simplemente conminado por la estentórea voz de mi profesora, mujer de muchas luces, carácter de hierro y corazón en exceso bondadoso.

El Director –el señor Núñez- era un personaje enigmático, respetable y remoto, al que sólo era posible ver en contadas ocasiones: en los discursos de inicio y fin de año, alguna otra ceremonia escolar, al momento de alguna visita inspectorial del Ministerio o caminando con paso cansino a su residencia ubicada en un rincón de la escuela. Usaba un terno invariablemente oscuro, desgastado; lucía desgarbado, vencido por las quinientas horas semanales ejercidas por muchas décadas, encorvado por el peso del magno esfuerzo. Abría la boca para pronunciar discursos aburridos que nadie escuchaba, menos aún los alumnos que nos enfocábamos en el ejercicio de travesuras infinitas. Alguna vez me miró desde su estatura majestuosa y su poder omnímodo, me revolvió un poco más la desordenada cabellera, y me regaló una sonrisa. Eso fue todo.

Con mi profesora, doña Ana Madariaga, fue otra la historia. Tuve otras maestras, varias, pero ella lo fue por cuatro años, suficientes para moldear aquella pequeña bestiecilla que solía ser. No fue fácil la relación al inicio: disciplina y rebeldía chocaban como materia y antimateria, una mezcla explosiva. Podría dividir la historia de mi infancia en dos: antes y después de la señora Ana, como la llamábamos. En aquella época los profesores no eran tíos o tías, ni menos aún “sirs” o “misses”; valga la aclaración para quienes lean este texto arqueológico. Tras un año de conflicto ella me domesticó… y yo a ella. Me convirtió en un alumno “aplicado”; este era el término para definir a un estudiante esforzado. Aplicado significaba que usualmente hacía las tareas, cuando me acordaba de ello. También ocurría que se me olvidaba, pero tuve suerte…

La señora Ana nos dictaba la materia en forma implacable. Llenábamos plana tras plana de nuestros cuadernos surcados por rayas horizontales con nuestros lápices Faber No. 2, provistos de minas quebradizas. Los errores eran borrados mediante gomas que tendían a desintegrarse con gran rapidez, o a convertirse en proyectiles certeros. Nos complacía hacer desaparecer las gomas a través del inútil agujero circular ubicado al costado derecho de la mesa de madera, sobreviviente a mil batallas. Nadie conocía el propósito de aquel orificio, vestigio de la edad de la tinta y la pluma, emblema de la obsolescencia tecnológica. Soñaba con disponer de un bolígrafo Bic azul, mágico artículo reservado para los estudiantes de humanidades.

Guzmán sonreía con una boca repleta de dientes chuecos y prematuramente ennegrecidos, y agitaba su mano agarrotada por el esfuerzo descomunal de escritura. Arenas escribía a toda velocidad con su extremidad deformada por la poliomelitis –flagelo vivo en aquella época, aunque ya en retirada-, una manito compuesta por tres dedos medio pegados entre los cuales apenas lograba sujetar el lápiz que deslizaba con presteza sobre la hoja. Cornejo, aquejado por el mismo mal, llegaba en muletas, arrastrando sus inútiles piernas raquíticas. Morales –el mayor de todos y el más fuerte, matón de siete suelas- profería silenciosas amenazas para el siguiente recreo mientras simulaba escribir en su cuaderno. Briones anotaba lo que lograba atrapar en su mente adormecida. Y así cada cual: Oportus, Flen, Ravanal, Espinoza, Chacoff, Musiatte, Marchant, Garay, son los nombres que me vienen a la mente.

Mientras algunos de mis condiscípulos –presuntamente los más pobres, aunque la mayoría lo era en demasía (y sospecho que más de alguno habrá mirado con avidez a los que devoraban aquellos emparedados)- consumían los alimentos enviados por el Ministerio, los demás engullíamos los envíos de nuestras madres. Rememoro con cariño aquellos deliciosos sándwiches de pan de molde hechos en tres pisos (tres rebanadas, dos rellenos) por ejemplo con palta y huevo molido, o queso y mermelada. Solía compartir el mío con el bueno de Marchant; él codiciaba mis emparedados de tres pisos; yo sus gigantescas sopaipillas, sabrosas como jamás he vuelto a probar. Marchant era hijo de un zapatero y yo estaba orgulloso de su amistad. ¿Qué será de aquellos camaradas extraviados en la niebla del tiempo? Cuánta nostalgia siento por ellos ahora que escribo estas líneas; cuánto daría por verlos.

Hay algunas excepciones; pocas, pero las hay. Morales, el matón, tenía en el mismo curso a un hermano, mucho menor, más pequeño, apacible y tímido. A él lo encontré predicando en las calles, convertido en “canuto”; dobló la cara y no quiso reconocerme; fue cuando coronábamos la veintena. Caminando hacia los treinta, Briones me atendió en una mercería de barrio, donde acudí a comprar tornillos. No hizo ningún gesto de reconocimiento y no osé romper su voto de silencio. Garay es otra historia. Durante unos años estudiamos en el mismo liceo, en cursos paralelos. Era un ser excepcional: inteligente, sensible, adicto a la poesía. En la escuela básica nos hicimos amigos; hablábamos de poetas, un tema digno de homosexuales, prueba evidente de nuestra condición de maricones. Hubo que defender la honra a puñetazos. Tras un par de ojos moreteados, y media docena de jetas y narices rotas, logré espantar definitivamente cualquier moteja. Nos dejamos de ver con Garay; yo me cambié de liceo. Unos años después, pocos meses después del Golpe Militar, fue detenido en su casa una noche terrible, arrebatado a sus padres y asesinado. Tenía dieciocho años. Dijeron que formaba parte de una milicia guerrillera exterminada en la Cordillera de los Andes; supuestamente murió allí junto a otros 118 jóvenes estudiantes y trabajadores. Ese fue el sabor que pobló mi adolescencia, pero esa es otra historia. A Héctor Garay le dediqué mi cuento Bajo el bosque[1]. Puedo ver –como si fuera ayer- sus ojos enormes, prematuramente tristes y cargados de dolor.

La señora Ana tenía grabada a fuego en su conciencia la necesidad de hacer leer y escribir a sus discípulos. Durante sus clases nos hacía leer en voz alta, a turnos, normalmente a tropezones, tartamudeos y balbuceos, poemas, crónicas y cuentos breves de autores chilenos y universales. También nos exigía escribir –en un cuaderno especial que controlaba periódicamente- una composición de tema libre cada día. Una página donde uno podía abordar cualquier tópico, a condición de que fuera de interés y lo hiciera con un lenguaje coherente. En lo personal, a esta maestra le debo la formación temprana en la disciplina de la escritura, nada menos. Cada día me enfrentaba, al igual que mis condiscípulos, al desafío de la página en blanco, conminado por aquella disciplina férrea y maternal. Rápidamente adquirí el placer de enfrentar aquella tarea cotidiana y el deber se transformó en diversión: comencé a volar por el espacio de la creación. Cierto día, la señora Ana me confrontó: “de dónde copiaste esta composición”. No podía creer que fuera el resultado de mi pluma incipiente, y ante todo, de sus afanes por desasnarnos. Por fin logré convencerla de mi autoría; de allí en adelante la relación se intensificó positivamente. Dedicó mucho tiempo a guiarme y darme inspiración, me convenció de dirigir el diario mural de la Escuela, de escribir sus editoriales cada semana, de escribir discursos para las ocasiones especiales. Me impulsó a participar en los primeros concursos literarios y disfrutó mis logros más que si hubieran sido propios.

Regresaba caminando a la casa; un trayecto de seis cuadras que tengo grabado profundamente, con cada detalle. Hoy difícilmente puedo reconocerlo: la encantadora Ñuñoa de casas se va transformando en una urbe de edificios planos, cada vez con menos jardines y menos silencio. El camino era de travesuras y conversaciones. Un momento culminante: atravesar la ancha avenida Macul, una proeza en aquella era en que los semáforos eran artefactos curiosos y escasos; por suerte tan infrecuentes como los automóviles.

Cuando salíamos más temprano, paseábamos por la Plaza Ñuñoa, un paraíso al alcance de la mano. Apostábamos “monitos” coleccionables (aquellos de los álbumes que jamás concluían por llenarse) a darlos vuelta con las manos ahuecadas; un arte que se prestaba a trampas de toda especie. Jugábamos a los “tres hoyitos” con bolones de piedra o de vidrio, en la época de oro de los “tiritos” de perilla de catre y los “ojos de gato” (canicas de vidrio con reflejos de colores). Los más avezados mostraban sus habilidades con trompos de temibles púas y hacían saltar monedas con la fuerza rotatoria. La rayuela consumía nuestras esperanzas. Otros juegos eran propios de los recreos –mínimos frente al oprobio de la sala de clases- “al parir la chancha”, una burda y feliz competencia de empujones brutales; el prohibido “caballito de bronce”, “el paco y el ladrón”, “la pinta” y otras reliquias del pasado.

De allí provengo, soy aquel niño despeinado, uno más entre tantos diferentes, feliz de vivir cada día en ese mundo heterogéneo. Fui moldeado por aquellos profesores heroicos y generosos, en especial por aquella mujer extraordinaria, la señora Ana, a quien recuerdo con cariño enorme. Muchas veces concurrí a verla y tuvimos largas conversaciones por las tardes. Hasta que un día no estuvo más allí, en su casa ñuñoína. Sólo me resta agradecerla a ella, a esos compañeros eternos, al la pobreza franciscana de las salas, a la poesía de Héctor, al acordeón de Oportus, a la lealtad de Marchant, por haberme convertido en una mejor persona, que es –al final- lo único que importa.



[1] El cuento se puede encontrar en http://www.lashistoriasquepodemoscontar.cl/ y forma parte del Libro LUGARES SECRETOS.

21 junio, 2011

Educación pública gratuita (2)


No creo en ningún dios con marca registrada. Ninguna religión ha logrado convencerme. Sin embargo, puedo imaginar que existe un ente superior al que puedo contarle mis penas y mis rabias, y rogarle para que nos ayude. De esa extraña convicción y de la emoción que siento ante lo que sucede en mi país, ha surgido este texto.

Me da rabia que a nuestros representantes en el congreso -como norma, porque no pierdo la esperanza de que haya excepciones- les importe un comino defender nuestros intereses. Los veo más ocupados en representar los intereses de sus partidos políticos, de los financistas de sus campañas, de los poderosos que los tientan, los manipulan y los presionan. Los ciudadanos les interesamos muy poco, eso se nota, y me molesta, porque las cosas no debieran ser así. Y esto también vale para otros dirigentes afincados en toda clase de organizaciones que han dejado de servir a sus bases, sean ellas partidos políticos, sindicatos, gremios o clubes de fútbol.

Por eso te pido encarecidamente que nos ilumines con la gracia de la autonomía de pensamiento, que nos hagas ver la imperiosa necesidad de que pensemos y actuemos por nuestra cuenta. Me encoleriza que nos crean idiotas y que traten de manipular nuestras conciencias mediante la farsa sistemática y oprobiosa que los medios de comunicación –fieles a los intereses de sus propietarios- propalan por doquiera. “Una mentira mil veces repetida....se transforma en verdad”, aseveraba Joseph Goebbels, y me horroriza ver y oír a sus seguidores por todas partes.

Por eso te pido con humildad que nos dotes de agudeza para analizar la realidad en que vivimos y que no nos dejemos influir por las meras apariencias de escenografías bien montadas, para distinguir la mentira de la verdad y ver debajo del agua turbia de las versiones oficiales.

Me indigna que pretendan dirigirnos y darnos lecciones de ética aquellos que unas pocas décadas atrás caían de rodillas para recibir las medallas que repartía el dictador en un cerro coronado de antorchas que no consiguieron penetrar la oscuridad de un país estremecido por el crimen institucionalizado.

Por eso te ruego nos dotes de la capacidad de recordar e interpretar la historia y sacar nuestras propias conclusiones.

Me crispa que quienes permitieron o facilitaron que tantos oprobios se hayan mantenido inalterables por décadas, ahora se llenen la boca con exigencias que no ejecutaron, sea por comodidad, por temor o para mantener el status quo.

Por eso te pido que no nos hagas confiar en falsos cantos de sirenas que pretenden convertirnos en un inmenso rebaño.

Me da ira que los autoritarios, los maquinadores, los sectarios y los manipuladores se apresten para obtener beneficios de las esperanzas y los esfuerzos de las personas sencillas que sueñan con un cambio real.

Por esto te demando que nos refuerces la conciencia libertaria y sobre todo la tolerancia para descubrir nuevos caminos y tener el coraje de recorrerlos.

Me irrita anticipar que en aquellas sendas de futuro que imaginaremos juntos, los adversarios del progreso y los ambiciosos del poder instalarán millares de obstáculos: trampas, tentaciones, señales erróneas, amenazas, represiones y quizás hasta crímenes. Los cambios necesarios no son fáciles de lograr: tomarán mucho tiempo y requerirán grandes esfuerzos.

Por eso te imploro que nos llenes de fe y perseverancia para seguir adelante, contra viento y marea, y no renunciar a la esperanza de un país mejor. Te exijo nos infundas tanto coraje como inteligencia y fuerza, porque la razón está de nuestra parte.

Te suplico que nos transformes profundamente, nos hagas entregarnos a esta lucha con generosidad, con transparencia, sin segundas intenciones, porque así seremos mejores como personas. Ese es el único camino que nos conducirá a un país mejor, más justo y más solidario.

Diego Muñoz Valenzuela

18 junio, 2011

Restaurantes chinos

Esta es la revelación: hay un solo restaurante chino, un solo modelo único replicado millares de veces en todo el mundo, en cada ciudad y en cada pueblo. Cambian los nombres en idioma local, pero los signos son siempre idénticos. La decoración, los muebles de madera con barniz oscuro, el color invariablemente rojo de la fachada, las lámparas amarillentas y los desgastados manteles blancos, los adornos, los obesos budas y los dragones dorados. Puedes comer los mismos platos en Madrid, Lima o San Francisco, y te atenderán más o menos las mismas personas sonrientes y silenciosas.

¿Qué misterio anida tras esta realidad? ¿Una monstruosa conspiración montada urbi et orbi? ¿Qué pensamientos, qué propósitos anidan tras sus ojos oblicuos? Fíjate bien la próxima vez que vayas a uno de ellos, abre los ojos, examina los detalles, observa sus movimientos y escribe tus conclusiones.

16 junio, 2011

Educación pública gratuita


Soy un hijo entre tantos de la educación pública chilena. Lo digo con emoción y agradecimiento. Estudié en la Escuela No. 48 San Salvador de Ñuñoa, el Liceo No. 7 José Toribio Medina y el Instituto Nacional, desde donde egresé en 1973, para entrar en al año siguiente a la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile. Me titulé sin tener que pagar sumas exorbitantes como las que es necesario cancelar ahora por matrícula y colegiatura de universidades. Mis padres quedaron inscritos en las listas negras después del Once y jamás tuvieron trabajo en dictadura; no habrían podido financiar mi educación en las condiciones actuales; así de simple.
Todo lo que soy –lo que somos, porque soy uno más entre millares- se lo debo a los maestros que tuvieron la capacidad y la paciencia de enseñarme sin esperar a cambio nada diferente a nuestra conversión en jóvenes conscientes e ilustrados, en ciudadanos autónomos y libres. A esos profesores los rememoro con gratitud y con cariño, con los ojos brillantes de emoción. A doña Ana Madariaga en la escuela primaria, que supo empujarme a una superación constante y enrielarme al mundo de las letras. Jorge Villalón, el profesor que supo entusiasmarme con el mundo apasionante de las matemáticas modernas. A Osvaldo Arenas que no sólo me enseñó francés, sino que el arte del tesón y la disciplina. A Ignacio Guzmán que me obligó a ir mucho más allá de mí mismo en materia de imaginación. A Moisés Mizala que supo revelar los misterios del cuerpo humano. Y a tantos otros, que como los mencionados, supieron entregarme no sólo saber, sino una visión integral de la vida y una ética intachable que divulgaban –quizás sin saberlo- mediante el ejemplo de sus vidas.
Hablo de ética, no de moralina. De hombres llenos de necesidades que entregaban su tiempo sin medirlo. Que nos alentaban a entregar lo mejor, a soñar con un mundo nuevo que era necesario construir con nuestras manos y nuestras mentes. Profesores que en el más oscuro momento de nuestra historia –la pavorosa dictadura militar- supieron hacer universidad en medio de la represión, que es mucho más que entregar contenidos. La lista es larga y debo comenzar por Claudio Anguita (Decano de la Escuela de Ingeniería), que supo defender con valentía a sus alumnos de las presiones de la Rectoría y de los servicios de seguridad. Y aunque sea injusto mencionar unos pocos, no puedo dejar de recordar a Oscar Wittke, Hernán Von Marttens, Patricio Cordero; ellos siempre estuvieron junto a nuestras iniciativas y luchas estudiantiles, alentándonos a seguir adelante y aportándonos su sabiduría y su valentía moral.
¿Quiénes seríamos hoy sin maestros como estos? No tengo respuesta. Solo siento una gratitud gigantesca, indestructible. Y me pregunto cómo puedo agradecerles. Quizás escribiendo estas líneas, para empezar…
Si queremos un país grande y hermoso, debemos restituir aquello que la dictadura nos quitó oprobiosa, indignamente: la educación pública gratuita, para todos. Lo digo porque este acto atroz debiera ofender nuestro orgullo nacional. La imposición primero del autofinanciamiento y luego la apertura al mundo de las universidades privadas y la municipalización de colegios y liceos, fue como clavar una lanza envenenada en el alma nacional.
Nuestra esperanza de crecimiento y desarrollo con equidad para el Chile futuro solo puede fundarse sólidamente sobre la base de una educación pública gratuita para todos, financiada por el Estado.
Debemos ponernos a la altura de esos maestros maravillosos que pavimentaron el camino hacia lo que ahora somos. Podemos desandar la tremenda destrucción social, cultural y educacional que dejó como herencia la dictadura, y que la democracia –lamentablemente- no ha tenido la fuerza o el coraje de revertir, para construir un país realmente extraordinario, bello y justo.
Hoy vi a varios jóvenes corriendo alrededor de la Moneda con banderas con la leyenda EDUCACIÖN PÚBLICA GRATUITA. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Creo que tenemos la posibilidad de construir un mundo mejor. No podemos desperdiciarla. Debemos hacerlo; todos unidos seremos capaces de lograrlo, y esto no es ni puede ser un eslogan. Es la convicción a partir de la cual acumularemos la fuerza y la inteligencia necesarias.
En consecuencia, tomo esa bandera de palabras y corro con ella siguiendo el ejemplo de los jóvenes que he visto haciéndolas flamear en este día, en nombre de esos magníficos maestros a quienes les debo ese cúmulo de conocimientos, convicciones y emociones que, al fin y al cabo, es lo que nos hace mejores, más sabios, más solidarios y más humanos.

Diego Muñoz Valenzuela
escritor e ingeniero

11 junio, 2011

“Las criaturas del cyborg”, novela, Diego Muñoz Valenzuela


Las criaturas del cyborg”, Simplemente Editores, 216 páginas

por Antonio Rojas Gómez

“Un abrelatas con pretensiones humanas”, así se autodefine Tom, el cyborg protagonista de esta novela, en conversación con Rubén Arancibia, el científico que lo construyó (Pág. 16). En realidad, es bastante más humano que un abrelatas. En primer lugar por su aspecto, pues su estructura metálica está recubierta por una piel artificial perfecta que en nada se diferencia de la que solemos usar. Luego, porque es autónomo, actúa por cuenta propia, sin esperar órdenes de su creador. Y enseguida, porque distingue cabalmente el bien del mal, lo que es propio de nuestra especie moralmente apta. Y elige el equipo del bien en este partido, que no tiene nada de amistoso, y que conforma la trama de una historia cautivadora.

Puede que Tom sea conocido para los lectores aficionados a la ciencia ficción, que hayan leído su primera aventura, “Flores para un cyborg”, merecedora en 1996 del Premio del Consejo Nacional del Libro a la mejor novela publicada aquel año, y fue editada también en España donde recogió comentarios elogiosos. Aquí vuelve en gloria y majestad para sorprendernos con sus cualidades de inventor. Él mismo es un invento, y genera nuevos ingenios, unos bichitos minúsculos, microscópicos, que cumplen funciones de espionaje y aun de cirujanos exitosos al salvar la vida de uno de los personajes más amables hacia el final del libro. ¿Podrá la inteligencia artificial llegar a resultados tan sorprendentes y valiosos en la vida real? Lo ignoramos. De lo que sí estamos seguros es de que en el territorio encerrado en las páginas de esta novela se logra de manera convincente. Y eso es lo que distingue a la buena literatura, generar mundos a los que el lector ingresa, en los que participa y convive con los personajes, ampliando sus experiencias y alimentando su sensibilidad y su inteligencia.

Quienes se aproximan a la literatura con un afán clasificatorio, tendrán dificultades para instalar esta novela en alguna de las naves del gran supermercado de la creación artística. ¿Es una típica novela de ciencia ficción? ¿Es novela negra? ¿Es política? ¿Social? Yo diría que es todo eso y más: simplemente humana.

La trama nos sitúa en el Chile de hoy. Una organización perversa, Génesis, sobrevive en las sombras esperando el instante de dar su zarpazo para recuperar el poder de que gozó en tiempos predemocráticos. La integran malos malos, que buscan alcanzar sus metas ultimando a buenos buenos, entre los que se encuentran Tom, Rubén y algunos personajes más, en especial un viejo profesor sumergido en un océano libresco, que resulta entrañable. Hay acción, contubernios, crímenes, escenarios que van desde tugurios de mala muerte a mansiones con parques ubérrimos por los que pasean faisanes dorados. La tensión va in crescendo y está matizada por pinceladas de fino humor.

En suma, “Las criaturas del cyborg” es una novela bien construida, amable pese al espanto que destila su argumento, de lectura fácil, envolvente, que da mucho que pensar. Un producto maduro de uno de los buenos narradores chilenos de la actualidad.

21 mayo, 2011

El huevo del Apocalipsis


El ínfimo pájaro estaba sentado sobre el huevo gigantesco que apenas se equilibraba sobre el nido. Su pretensión era evidentemente desmesurada, puesto que el óvalo tendría cien veces su tamaño. No obstante, el plumífero permanecía allí, empecinado. Tal vez empollaba al anticristo de los pájaros: una criatura letal que arrasaría con sus congéneres. O quizás con el mundo completo. Me fui de allí horrorizado. No quería asistir al momento de la eclosión.

14 mayo, 2011

Para gloria del innombrable


Aquel innombrable que tiene el poder de asignar la calidad de las personas, dictaminó que Benazul era el ser más siniestro del globo. Esto fue transmitido en todas las naciones y todas las lenguas, porque el innombrable es el dueño de todos los medios, así como es amo de todo lo que existe en el mundo. Benazul fue acusado de las mayores perfidias de la historia: criminal sin nombre, complotado, genocida, sicópata torturador, ladrón, depravado. Una interminable lista de atrocidades.

Benazul fue eliminado del mapa. Lo despedazaron lentamente antes de darle muerte. Transmitieron sus gritos desgarradores, las súplicas desesperadas y las grotescas confesiones. Aniquilaron a sus mujeres, sus hijos, sus amistades, sus colaboradores. Y así el mundo fue purificado, para gloria del innombrable que nos protege con mano firme de la iniquidad, impartiendo la justicia por doquiera.

07 mayo, 2011

La máquina del tiempo 1


Presuroso, al ver acercarse la góndola, ajustó su sombrero alón y apretó el cinturón del sobretodo antes de subir por la escalerilla. Llovía a cántaros y requería con urgencia para remediar los vértigos de la abuela licor anodino de Hoffman. Esa receta solo podía despacharla la botica del farmacéutico Hufeland, ubicada en pleno centro. Tomó asiento y miró sus embarradas galochas y se entretuvo mirando el lluvioso paisaje: biógrafos, mercerías, tranvías, abastos desfilaron ante sus ojos. Lamentablemente, la anciana estaba cucufata y a causa de inexplicables desvelos, solía abandonar la cama por las noches. Uno de aquellos vértigos la había cogido y estuvo a punto de descuajeringarse. ¡Pucha máquina la señora bien dunda! Ahora precisaba aquel escaso y caro elixir. Tendría que despojar sus menguadas faltriqueras para prevenir otro soponcio de la vieja y la trifulca consecuente. Su madre le había ordenado sin derecho a réplica: “no vuelvas sin la droga, estafermo, pinganilla, pelafustán roñoso”.
Bajó de la góndola, pero antes de ingresar a los dominios del boticario, una hetaira lo arrastró a las profundidades de un burdel. Allí el sicalíptico mequetrefe se entregó con ardor a las bataclanas, iniciando una sandunga interminable. Recién al otro día logró el badulaque escapar de aquel cuchitril, sufriendo de antemano la debacle que su madre iba a desatar. Aquellas felonías la sacaban de quicio. Estrilaría hasta que le diera puntada, meditó el tarambana. No le quedaba otra que convertirse en lambeculos y soportar la lluvia de pescozones que su progenitora desataría sobre él. ¡Ojalá le diera un patatús por la rabia y desmayara antes de atormentarlo demasiado! Las pelanduscas se habían apoderado de todo su dinero, así que más encima era un atorrante. Merecía que lo desconchabaran por babieca, concluyó, y se regresó a casa, a pie, despotricando, pateando quiltros por quítame estas pajas, pensando en la zurra que lo aguardaba.

01 mayo, 2011

El relato y los políticos


En algún momento se desató la moda que interesó a los políticos en el “relato” y centenares de ellos se inscribieron en talleres literarios. Esto significó pingües ganancias para los autores, que por un momento alcanzaron inéditos estándares de masividad en sus matrículas. Cabe destacar que los saldos de sus cuentas corrientes pasaron de rojo a azul, al menos por un breve periodo.
Sin embargo, la moda poco duró, debido al surgimiento de una serie de características que defraudaron hondamente las expectativas de los profesionales de la política y los obligaron a escapar a toda velocidad del territorio literario:
• La necesidad intrínseca de un propósito para el relato, que lo sostenga en sí mismo. Para el político el objetivo del relato es externo al ente en sí: su propósito es darle atractivo y credibilidad a su accionar.
• La estructura consistente, donde no es tolerable la existencia de elementos prescindibles, meramente decorativos y efectistas.
• Si bien la distinción entre veracidad y verosimilitud los alentó en un primer momento, pronto advirtieron que era inaceptable cambiar constantemente la interpretación de los hechos.
• El imperativo de trabajar el relato en forma recursiva, refinando versiones, corrigiendo, eliminando aspectos fútiles y escogiendo los vocablos más precisos.
• La exigencia de manejar narradores distintos a la primera persona, o bien personajes relevantes distintos al YO.
• La exclusión de la retórica y la promesa en el aire como herramienta literaria válida.
• La regla inmanente de la originalidad, esto es, no replicar indefinidamente los truquillos que han funcionado antes.
De este modo, la única huella que dejó esta moda pasajera, fue el pago de algunas cuentas pendientes de los escritores. En los políticos se afincó la vieja idea de que los escritores son seres imprácticos y peligrosos, potencialmente claro está, nada más que eso, potencialmente.
 
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