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miércoles, 20 de julio de 2011

Algún día verás

El mosquito sube a trompicones por el espejo del baño.
Resbala y sigue.
Su reflejo de mosquito lo acompaña boca arriba.
Resbala y sigue.
Pronto, mosquito y reflejo alcanzan lo más alto. El mosquito se acerca a la bombilla y se quema. El reflejo no. Y queda allí atrapado, viudo de sombra, huérfano de la reflexión.

lunes, 27 de junio de 2011

Piedra por camisa (hermanamiento tantócrono)

Wínnappu está a tiro de piedra si la piedra la tira un niño.

Saliendo de Chimbacuaya por la campa grande, al final del camino que lleva al río, hay un árbol enorme, aunque nadie sabe si es olmo, arce o platanero del Kurdistán. No pertenece a Chimbacuaya, pues aquí sólo la gente es particular; las cosas y el entorno, al ser normales, nos mantienen amarrados al mundo.
Bien. Wínnappu está a tiro de piedra a través del árbol.
Tome un niño pequeño, dele una piedra y sitúelo frente al árbol. Si el niño tira la piedra con un mínimo de puntería, la verá desaparecer a través del olmo. Luego, tras una breve espera observando el arce, verá usted cómo, desde las tripas astillosas del platanero surge una bola informe de tela. Es una camisa de cuadros, arrugada y envuelta en una camiseta blanca.
El árbol es de Wínnappu. Sólo allí suceden cosas tan extrañas. Sólo allí cuelgan carteles de los árboles. Carteles que dicen “árbol de Wínnappu.
Si la piedra la tira un adulto hay que agacharse, porque ésta vuelve por detrás y le golpea en la espalda o en la cabeza; señal de que hay otro árbol de Wínnappu en Chimbacuaya.
No hemos probado a guardar la piedra y tirar el niño.

martes, 3 de mayo de 2011

Eje



Irvington Echechipía ha visto un tornillo en el piso. A decir verdad, ha encontrado la cabeza del tornillo; una cabeza plana, con raya en medio, ajustada a ras del suelo, perfecta. Con el destornillador viejo, el de cachas de madera, Irvington comienza a desenroscarlo.
Poco a poco, en el sótano de su casita junto a la Plaza Artigas, en Durazno, Irvington Echechipía extrae del piso el tornillo más largo del mundo.
Al mismo tiempo, en Jindo, Corea del Sur, en su casita de tejado azul, el joven Gin Gigong observa las burbujas mientras el agua escapa de su bañera por el agujero más largo del mundo.

martes, 29 de marzo de 2011


83 novelas



En la biblioteca, sobre la mesa, cuatro ejemplares de 83 novelas. Ante el primero, cerrado, espera sonriente un lector ansioso. Del segundo, abierto, pende medio cuerpo de varón. En el suelo, bajo el tercero, unos zapatos de tacón.



Un ejemplo:
Biología 10
Dichos seres diáfanos prefieren enfermos que sanan
pues hacen fiestas en los cuartos recién desocupados,
llenos aún de residuos de esperanza.


Alberto Chimal


 

jueves, 10 de febrero de 2011


La conquista


Me han contado que hay en Tucaplatzán
un enorme muro de roca labrada en el que se relata la historia de tres naves que salieron de un recóndito lugar. Y de cómo aconteció que toparon con los guerreros Tucaplatzacos, que por entonces volaban. Y de cómo estos guerreros llevaron las naves por el aire hasta el valle de Sodomitzán, donde retuvieron gozosamente a los aguerridos marinos, a quienes además aleccionaron para que, a la vuelta, contaran alguna necedad más o menos verosímil.

lunes, 31 de enero de 2011

Variaciones sobre el pisotón de un cóndor (y II)


A mi hermana le pisó un cóndor. Creímos que no fue más que eso. En aquel momento sólo supimos que el cóndor pasaba a su lado y que ella gritaba. Luego vimos al cóndor echar a volar.

No imaginaba que un cóndor pudiera levantar así a una persona. Yo creo que el bicho se enamoró, porque, según el microchip, ahora vive en Cerro Torre, entre Chile y Argentina. Con mi hermana, claro.

martes, 18 de enero de 2011

Variaciones sobre el pisotón de un cóndor (y I)

A mi hermana le pisó un cóndor, no es cosa de broma. Por un momento sus miradas se encontraron. Aquella especie de pollo antediluviano clavó sus ojos milenarios en el dulce verdor del iris de mi hermana, como queriendo disculparse.

El cóndor se fue después, paseando con un tambaleo insultante; mientras mi hermana se frotaba el arañazo del tobillo derecho.

Desde entonces, cada solsticio de invierno, el pie de mi hermana se pone negro, mientras ella construye pequeñas pirámides con adoquines, tararea extrañas melodías y observa, llorando, la salida y la puesta de sol.

martes, 28 de diciembre de 2010

Ipalnemoani, aquél por quien vivimos

Dicen las noticias que han encontrado en Haifa unos antiguos manuscritos. En ellos se afirma que el arca de Noé, antes de encallar en el Ararat, chocó con una embarcación menor, que finalmente zozobró. A bordo, según se lee, viajaban entre nueve y quince parejas de humanos de varias razas. Pilotaba la nave un quetzalcóatl, que los iba a salvar de la extinción.

martes, 29 de junio de 2010

El orgullo de Bueno Wilson Ollacarizqueta

Hacía tiempo que Bueno Wilson Ollacarizqueta había decidido acabar con ella.
No pudo ser hasta una jornada después de que llegara el vapor, pues le traían un nuevo kyse, largo y afilado, pesado pero certero.
Volvió a casa desde el embarcadero poniendo a prueba el kyse, azotando ramas y cortando lianas, templando el tajo. Durmió en la jungla con el kyse envuelto en hojas de pindo, porque todos saben que el kyse para matar sólo se puede lavar con agua del río, y no quería cortarse y tener que volver atrás.
Llegó, por fin, cuando la tarde ahogaba los últimos rayos de Kuarahy tras los árboles altos donde viven los animales que ríen. Esperó fuera, oyendo cómo, dentro de la casa, Matilde Azcona Urbach trasteaba con la piedra de moler y cantaba algo de Zitarrosa.
En el rato en que se tarda en ordeñar seis cabras -si ninguna escapa- el silencio se apoderó del claro. Poco después, Matilde se durmió y retomó su leve ronquido de cada noche. Otro rato pasó, y se oyeron más ruidos en la casa. Bueno Wilson Ollacarizqueta empuñó el kyse y golpeó la puerta mientras gritaba “¡adiós, maldita!”.
Más tarde, arrodillado en el suelo junto a Matilde Azcona Urbach, recogía la arena manchada de sangre. Esa noche durmieron los dos tranquilos. Matilde, aliviada, porque los bichos muertos ya no matan. Bueno Wilson, orgulloso, salvado su honor, pues el yaguareté que mate a un cazador habrá de ser macho y feroz; no una hembra, por grande que sea.