Derrida - La Farmacia de Platón
Derrida - La Farmacia de Platón
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•ca que creería dominar su juego, vigilar % la vez to-
dos sus hilos, embaucándose así al querer mirar el
texto sin tocarlo, sin poner la mano en el «objeto»,
:sin arriesgarse a añadir a él, única posibilidad de
entrar en el juego cogiéndose los dedos, algún nuevo
hilo. Añadir no es aquí otra cosa que dar a leer. Hay
que arreglárselas para pensar eso: que no se trata
de bordar, salvo si se considera que saber bordar es
saber seguir el hilo dado. Es decir, si se nos quiere
seguir, oculto. Si hay una unidad de la lectura y de
la escritura, como fácilmente se piensa hoy en día,
.si la lectura es la escritura, esa unidad no designa
mi la confusión indiferenciada ni la identidad de to-
da quietud; el es que acopla la lectura a la escritura
debe descoserlas.
Habría, pues, con un solo gesto, pero desdobla-
do, que leer y escribir. Y no habría entendido nada
del juego quien se sintiese por ello autorizado a aña-
dir, es decir, a añadir cualquier cosa. No añadiría
nada, la costura no se mantendría. Recíprocamente
tampoco leería aquel a quien la «prudencia metodo-
lógica», las «normas de la objetividad» y las «baran-
dillas del saber» le contuvieran de poner algo de lo
suyo. Misma bobería, igual esterilidad de lo «no se-
rio» y de lo «serio». El suplemento de lectura o de
escritura debe ser rigurosamente prescrito, pero por
la necesidad de un juego, signo al que hay que otor-
gar el sistema de todos sus poderes.
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Muy aproximadamente, hemos dicho ya todo lo
que queríamos decir. Nuestro léxico en todo caso no
se halla muy lejos de estar agotado. Con algún su-
plemento, nuestras preguntas no tendrán ya que
nombrar más que la textura del texto, la lectura y
la escritura, el dominio y el juego, las paradojas de
la suplementariedad, así como las relaciones gráfi·
cas de lo vivo y lo muerto: en lo textual, lo textil y
lo histológico. Nos mantendremos dentro de los lí-
mites de ese tejido: entre la metáfora del istos ( l ) y
la pregunta sobre el istos de la metáfora.
Puesto que ya hemos dicho todo, habrá que tole-
rar que continuemos un poco más. Si nos extende-
mos por la fuerza del juego. Si pues escribimos un
poco: de Platón, que ya decía en el Fedro que la es-
critura no puede más que repetir (se), que «significa
(semainei) siempre lo mismo» y que es un «juego»
(paidia).
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sis es naturalmente más fecunda de una forma rigu-
rosa, segura y sutil. Descubre nuevos acordes, los
sorprende en un minucioso contrapunto, en una or-
ganización más secreta de los temas, de los nom-
bres, de las palabras. Desanuda toda una simploqué
— que entrelaza pacientemente los argumentos. Lo
magistral de la demostración se afirma y se borra
en ello a la vez, con flexibilidad, ironía y discre-
ción.
En particular —y ese será nuestro hilo suple-
mentario— toda la última parte (274 b ss.), consa-
grada, como se sabe, al origen, a la historia y al va-
lor de la escritura, toda esa instrucción del proceso
de la escritura deberá algún día dejar de aparecer
como una fantasía mitológica sobreañadida, un
apéndice del que el organismo del diálogo habría
muy bien podido prescindir sin menoscabo. En ver-
dad, se apela rigurosamente a ella de upo a otro ex-
tremo del Fedro.
Siempre con ironía. ¿Pero qué ocurre aquí con
la ironía y cuál es su mayor señal? El diálogo tiene
los únicos «mitos platónicos rigurosamente origina-
les: la fábula de las cigarras en el Fedro y la de Zeuz
en el mismo diálogo (5)». Ahora bien, las primeras
palabras de Sócrates, a la apertura de la conversa-
ción, habían sido para «mandar a paseo» a los mito-
loguemas (229 c-230 a). No para recusarlos absolu-
tamente, sino a la vez, enviándoles a paseo, hacién-
doles sitio, para liberarles de la ingenuidad pesada
y seria de los «racionalistas» físicos, y para despo-
jarse de ellos en su relación consigo y con el saber
de sí.
Mandar á paseo a los mitos, despedirles, darles
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vacaciones, esa bella resolución del jairein, que quie-
re decir todo eso a la vez, será interrumpida en dos
ocasiones para acoger a esos «dos mitos platónicos»,
o sea «rigurosamente originales». Y ambos aparecen
en la apertura de una pregunta sobre la cosa escri-
ta. Es sin duda menos aparente —¿y se ha observa-
do alguna vez?— respecto a la historia de las ciga-
rras. Pero no es menos seguro. Los dos mitos siguen
a la misma pregunta y no están separados más que
por un corto período, justo el tiempo de un rodeo.
El primero no responde ciertamente a la pregunta,
la suspende por el contrario, señala la pausa y te-
nemos que esperar a la vuelta que conducirá al se-
gundo.
Leamos. En el centro muy exactamente calcula-
do del diálogo —se pueden contar las líneas— se
pregunta en efecto qué hay de la logografía (257 c).
Fedro recuerda que los ciudadanos más poderosos
y los más honrados, los hombres más libres experi-
mentan vergüenza por «escribir discursos» y dejar
tras de sí singrammata. Temen el juicio de la pos-
teridad y quedar como «sofistas» (257 d). El logó-
grafo, en el sentido estricto del término, redactaba,
para los litigantes, discursos que no pronunciaba él
mismo, que no asistía, si se puede decir, en persona,
y que producían sus efectos en ausencia suya. Es-
cribiendo lo que no dice, no diría y sin duda no pen-
saría nunca de verdad, el autor del discurso ha
acampado ya en la postura del sofista: el hombre
de la no-presencia y la no-verdad. La escritura es,
pues, ya escenificación. La incompatibilidad de lo
escrito y de lo verdadero se anuncia claramente en
el momento en que Sócrates se pone a narrar cómo
los hombres son puestos fuera de sí por el placer,
se ausentan de sí mismos, se olvidan y mueren en
la voluptuosidad del canto (259 c).
Pero la resolución es retrasada. La actitud de
Sócrates es aún neutral: escribir no es en sí una ac-
tividad vergonzosa, indecente, infamante (aisjron).
Uno se deshonra únicamente escribiendo de manera
deshonrosa. ¿Pero qué es escribir de manera des-
honrosa? Y pregunta también Fedro: ¿Qué es escri-
bir de manera deshonrosa (calos)? Esta pregunta di-
buja la nervadura central, el gran pliegue que divi-
de el diálogo. Entre esta pregunta y la respuesta
que retoma sus términos, en la última parte («...sa-
ber si justamente es decoroso o indecoroso el escri-
bir, en qué condiciones es bueno que se haga y en
cuáles no sería apropiado esa es una cuestión que
aún nos queda, ¿no?, 274 b), el hilo sigue sólido, si
no visible, a través de la fábula de las cigarras, los
temas de la psicagogía, de la retórica y de la dia-
léctica.
Así, pues, Sócrates empieza por mandar a paseo
a los mitos; y en dos ocasiones frente a la escritura,
inventa dos de ellos, no, como veremos, por entero,
pero sí con más libertad y espontaneidad que nunca
en su obra. Ahora bien, el jairein, al principio del
Fedro, tiene lugar en nombre de la verdad. Se refle-
xionará en el hecho de que los mitos vuelven de su
holganza en el momento y en nombre de la escri-
tura.
El jairein tiene lugar en nombre de la verdad: de
su conocimiento y más exactamente de la verdad en
el conocimiento de sí. Es lo que explica Sócrates
(230 a). Pero este imperativo del saber de sí no es
primero sentido o dictado en la inmediatez transpa-
rente de la presencia en sí. No es percibido. Sólo
interpretado, leído, descifrado. Una hermenéutica
.178 100
asigna la intuición. Una inscripción, el delficon
gramma, que es nada menos que un oráculo, prescri-
be a través de su cifra silenciosa, significa —como
se significa una orden— la autoscopia y la autogno-
sis. Las mismas que Sócrates cree poder oponer a
la aventura hermenéutica de los mitos, abandonada
también a los sofistas (229 d).
Y el jairein tiene lugar en nombre de la verdad.
Los topoi del diálogo no son indiferentes. Los te-
mas, los lugares en el sentido de la retórica, están
estrechamente inscritos, comprendidos en parajes
cada vez más significativos, son puestos en escena;
y en esa geografía teatral, la unidad de lugar obe-
dece a un cálculo o a una necesidad infalibles. Por
ejemplo, la fábula de las cigarras no habría tenido
lugar, no habría sido narrada, Sócrates no hubiera
recibido su incitación, si el calor, que pesa sobre
toda la charla, no hubiese llevado a los dos amigos
fuera de la ciudad, al campo, junto al río Iliso. Mu-
cho antes de narrar la genealogía de la raza cigarra,
Sócrates había evocado «la clara melodía de verano,
que hace eco al coro de las cigarras» (230 c). Pero
no es el único de los efectos de contrapunto reque-
ridos por el espacio del diálogo. El mito que sirve
de pretexto al jairein y al repliegue hacia la autos-
copia no puede surgir, desde los primeros pasos de
ese paseo, más que ante el espectáculo del Iliso. ¿No
es en estos lugares, pregunta Fedro, donde Boreo,
de creer a la tradición, raptó a Oritia? Esa orilla, la
pureza diáfana de esas aguas debían acoger a las
jóvenes vírgenes, atraerlas incluso, como un ensal-
mo, e incitarlas al juego. Sócrates propone entonces
por burla una docta explicación del mito en el estilo
racionalista y fisicalista de los sofoi: es en el mo-
mento en que jugaba con Farmacea (sin Farma*
queia paizusan) cuando el viento boreal (jpneuina
Boreu) empujó a Oritia y la precipitó al abismo, «al
pie de los peñascos próximos», «y que de las circuns-
tancias mismas de su muerte nació la leyenda de su
rapto por Boreo. En cuanto a mí, estimo por mi
parte que explicaciones de este tipo, Fedro, tienen
su encanto, pero es preciso demasiado genio, dema-
siada aplicación laboriosa, y no se encuentra del
todo en ellas la felicidad...»
Esta breve evocación de Farmacea, al principio
del Fedro, ¿es una casualidad? ¿Un fuera-de-la obra?
Una fuente, «quizá de aguas medicinales», observa
Robin, estaba consagrada a Farmacea cerca del Ili-
so. Retengamos en todo caso esto, que una pequeña
mancha, es decir, una malla (mácula), señalaba en
el fondo de la tela, durante todo el diálogo, la esce-
na de esta virgen precipitada al abismo, sorprendida
por la muerte jugando con Farmacea. Farmacea
(Farmaqueia) es también un nombre común que sig-
nifica la administración del farmacon, de la droga:
del remedio y/o del veneno. «Envenenamiento» no
era el sentido menos corriente de «farmacea». Anti-
fón nos ha dejado el logograma de una «acusación
de envenenamiento contra una suegra» (Farma-
queias cata tes metriías). Con su juego, Farmacea ha
arrastrado a la muerte a una pureza virginal y a un
interior inincidido.
Un poco más allá, Sócrates, compara con una
droga (fármacon) los textos escritos que Fedro ha
llevado. Ese fármacon, esa «medicina», ese filtro, a
la vez remedio y veneno, se introduce ya en el cuer-
po del discurso con toda su ambivalencia. Ese en-
cantamiento, esa virtud de fascinación, ese poder
de hechizámiento pueden ser -—por turno o simul-
táneamente— benéficos y maléficos. El fármacon
in?
sería una sustancia, con todo lo que esa palabra
puede connotar, en realidad de materia de virtudes
ocultas, de profundidad criptada que niega su am-
bivalencia al análisis, preparando ya el espacio de
la alquimia, si nó debiésemos llegar más adelante a
reconocerla como la anti-sustancia misma: lo que
resiste a todo filosofema, lo que excede indefinida-
mente corno no-identidad, no-esencia, no-sustancia,
y proporcionándole de esa manera la inagotable ad-
versidad de su fondo y de su ausencia de fondo.
Operando por seducción, el fármacon hace salir
de las vías y de las leyes generales, naturales o ha-
bituales. Aquí, hace salir a Sócrates de su lugar
propio y de sus caminos rutinarios. Estos le rete-
nían siempre en el interior de la ciudad. Las hojas
de escritura obran como un fármacon que empuja
o atrae fuera de la ciudad al que no quiso nunca
salir de ella, ni siquiera en el último momento, para
escapar a la cicuta. Le hacen salir de sí y le arras-
tran a un camino que es propiamente de éxodo:
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el Atica, y por otros lugares, por donde te plaz-
ca. En fin, sea lo que sea, y ya que por el mo-
mento he llegado hasta aquí, me parece bien,
por mi parte, tumbarme todo lo largo que soy.
Tú ponte en la postura que te parezca más có-
moda para leer, y cuando la hayas encontrado,
lee (230 d e).
.178
ción, pero sin contrasentido, traducir la misma pa7
labra por «remedio», «veneno», «droga», «filtro», et-
cétera. Se verá también hasta qué punto la unidad
plástica de ese concepto, su regla más bien y la ex-
traña lógica que le vincula a su significante, han
sido dispersadas, enmascaradas, tachadas, ocultadas
con una relativa ilegibilidad por la imprudencia o
el empirismo de los traductores, sí, pero en primer
lugar por la temible e irreductible dificultad de la
traducción. Dificultad de principio que se basa me-
nos μη el paso de una lengua a otra, de una lengua
filosófica a otra, que en la tradición ya, lo veremos,
del griego respecto al griego, y violenta, de un no-
filosofema a un filosofema. Con este problema de
traducción nos toparemos nada menos que con el
problema del paso a la filosofía.
Los biblia que hacen salir a Sócrates de su re-
serva, y del espacio en que le gusta aprender, ense-
ñar, hablar, dialogar —el recinto resguardado de
la ciudad-—, esos biblia encierran el texto escrito por
«el más hábil de los escritores actuales» (deinotatos
ón ton nin grafein). Se trata de Lisias. Fedro tiene
el texto o, si se quiere, el fármacon, escondido bajo
su manto. Lo necesita porque no se ha aprendido
el texto de memoria. Este punto resulta importante
para lo que sigue, el problema de la escritura debe
vincularse al problema del «saber de memoria».
Antes de que Sócrates se tumbase e invitara a Fedro
a adoptar la postura más cómoda, este último ha-
bía propuesto restituir, sin ayuda del texto, el razo-
namiento, el argumento, el plan del discurso de
Lisias, su dianoia. Sócrates entonces le para: «Bue-
no, pero primero, querido, enséñame lo que tienes
ahí en tu mano izquierda, bajo el manto... Apuesto
a q u e es el d i s c u r s o (ton logon auton)» (228 d). En-
105
s
tre esta invitación y el comienzo de la lectura, mien- l
tras que el fármacon circulaba bajo el manto de c
Fedro, está la evocación de Farmacea y el descanso e
otorgado a los mitos. d
¿Es, en fin, casualidad o armónico el que, antes s
incluso de que intervenga en el centro del mito de a
Zeuz la presentación declarada de la escritura, re-
sulten asociados los biblia y los fármaca con una
f
intención más bien malévola o recelosa? A la ver-
p
dadera medicina, basada en la ciencia, son en efecto
e
opuestos, de un plumazo, la práctica empírica, la a
operación según recetas aprendidas de memoria, el z
conocimiento libresco y el uso ciego de las drogas. p
Todo eso, se nos dice, es manía: «Dirían, creo, que p
este hombre está loco: por haber oído hablar de c
ello en algún párrafo de un libro (ek bibliu) o por g
haber conseguido por casualidad algunos remedios —
(farmakiois), se figura que ya es médico, ¡y no en- m
tiende ni gota del asunto!» (268 c). m
Esta asociación de la escritura y del fármacon e
parece aún exterior; podría considerársela como ar-
tificial y puramente fortuita. Pero la intención y
a
la entonación son ciertamente las mismas: una so-
p
la, y la misma sospecha envuelve, en el mismo ges-
to, al libro y a la droga, a la escritura y a la eficacia
t
oculta, ambigua, entregada al empirismo y a la ca-
s
sualidad, operando según las vías de lo mágico y no
i
según las leyes de la necesidad. El libro, el saber
t
muerto y rígido encerrado en los biblia, las histo-
f
rias acumuladas, las nomenclaturas, las recetas y
t
las fórmulas aprendidas de memoria, todo eso re-
a
sulta tan ajeno al saber vivo y a la dialéctica como
e
el fármacon ajeno a la ciencia médica. Y
t
como el mito al saber. Tratándose de Platón, que
c
supo en su momento tratar tan bien del mito, en
106
su virtud arqueo-lógica o paleo-lógica, se vislumbra
la inmensidad y la dificultad de esta última oposi-
ción. Esta dificultad se señala —es, entre otros cien
ejemplos, el que nos retiene aquí— en que la ver-
dad —-de origen— de la escritura como fármacon
será primero dejada a cargo de un mito. El de Zeuz,
al que ahora llegamos.
Hasta este momento del diálogo, en efecto, el
fármacon y el grafema se han hecho señales, si se
puede decir, desde lejos, remitiendo indirectamente
el uno al otro, y como por azar, apareciendo y des-
apareciendo juntos en la misma línea, por una ra-
zón aún incierta, una eficacia bastante discreta y
puede que después de todo no intencional. Pero
para terminar con esa duda, y suponiendo que las
categorías de lo voluntario y de lo involuntario ten-
gan aún alguna pertinencia absoluta en una lectura
—lo que nosotros no creemos ni por un instante, al
menos al nivel textual en que nos movemos—, vaya-
mos a la última fase del diálogo, a la entrada en
escena de Zeuz.
Esta vez, sin rodeo, sin mediación oculta, sin
argumentación secreta, la escritura es propuesta,
presentada, declarada, como un fármacon (274 é).
De alguna manera, se concibe que ese fragmen-
to haya podido ser aislado como un apéndice, un
suplemento añadido. Y a pesar de todo lo que le
invoca en las etapas precedentes, es cierto que Pla-
tón lo ofrece un poco como un divertimento, un
fuera-de-la obra o más bien un postre. Todos los
temas del diálogo, temas e interlocutores, parecen
agotados en el momento en que el suplemepto, la
escritura o, si se quiere, el fármacon, son presen-
tados: «Así, pues, por lo que se refiere, en los dis-
cursos, al arte y a la ausencia de arte (to men tejnes
.178 106
te kai atejnias logón) (6), ya basta y sobra...» (274 b).
Y sin embargo es en el momento de ese agotamien-
to general cuando se instala y se organiza la cues-
tión de la escritura (7). Y como lo anunciaba anterior-
mente la palabra aisjron (o el adverbio aisjros), la
cuestión de la escritura aparece como una cuestión
moral. Lo que arriesga es la moralidad, tanto en el
sentido de la oposición entre el bien y el mal, lo
bueno y lo malo, como en el sentido de las costum-
bres, de la moralidad pública y del decoro social.
Se trata de saber lo que se hace y lo que no se hace.
Esa inquietud moral no se distingue en nada de la
cuestión de la verdad, de la memoria y de la dialéc-
tica. Esta última cuestión, que en seguida apare-
cerá como la cuestión de la escritura, se asocia al
tema moral, lo desarrolla incluso por afinidad de
esencia y no por superposición. Pero en un debate
convertido en muy presente por el desarrollo polí-
tico de la ciudad, la propagación de la escritura y
la actividad de los sofistas o de los logógrafos, el
primer acento se encuentra naturalmente puesto en
las conveniencias políticas y sociales. El arbitraje
propuesto por Sócrates juega en la oposición entre
los valores de conveniencia, y de inconveniencia (eu~
prepeiaj aprepeia): «...mientras que el saber si es
(6) Robín traduce aquí, cuando se trata del logos, tejne
por arte. Más adelante, en el curso de la requisitoria, la
misma palabra, referida esta vez a la escritura, será tradu-
cida7 por «conocimiento técnico» (275 c).
( ) Si, en el Curso de Saussure, la cuestión de la escritu-
ra es excluida o regulada en una especie de excursus preli-
minar y fuera de la obra, en el Ensayo sobre el origen de
las lenguas, el capítulo que Rousseau le dedica está tam-
bién dado, a pesar de su importancia efectiva, como una
especie de suplemento algo contingente, un criterio de com-
plemento, «otro medio de comparar las lenguas y de juz-
gar sobre su antigüedad». Idéntica operación en la Enciclo-
pedia de Hegel; cf.: «Le puits et la pyramide» (i-1968), en
Hegel et la pensée moderne, P. U. F., 1970, col. «Epiméthée».
108»
decoroso o indecoroso escribir, en qué condiciones
es bueno que se haga y en cuáles no sería convenien-
te, esa es una cuestión que aún no hemos dilucidado,
¿no?» (274 b).
Escribir, ¿es algo conveniente? ¿El escritor hace
un buen papel? ¿Sienta bien escribir? ¿Es algo que
se puede hacer?
No, claro está. Pero la respuesta no es tan sen-
cilla y Sócrates no la hace suya inmediatamente en
un discurso racional, en un logos. La hace oir, la
delega a una akoé, a algo murmurado al oído: «Aho-
ra bien, lo verdadero es ella [la akoe de los anti-
guos] quien lo conoce; si pudiésemos, por nosotros
mismos, descubrirlo, ¿nos preocuparíamos de ver-
dad de lo que ha creído la humanidad?» (274 c).
La verdad de la escritura, es decir, vamos a
verlo, la no-verdad, no podemos descubrirla en
nosotros mismos por nosotros mismos. Y no es ob-
jeto de una ciencia, únicamente de una historia re-
citada, de una fábula repetida. La vinculación de la
escritura con el mito se precisa, como su oposición
al saber y en especial al saber que uno saca de sí
mismo, por sí misma. Y al mismo tiempo, por la
escritura o .por el mito, se significan la ruptura ge-
nealógica y el alejamiento del origen. Se observará
sobre todo que aquello de lo que la escritura será
acusada más tarde —de repetir sin saber— define
aquí el recorrido que lleva al enunciado y a la de-
terminación de su estatuto. Se comienza por repetir
sin saber —por un mito— la ciefiiúción de la escri-
tura: repetir sin saber. Este parentesco de la es-
critura y del mito, distinguidos una y otro del logos
y de la dialéctica, se precisará a partir de ahora.
Después de haber repetido sin saber que la escri-
109
tura consistía en repetir sin saber, Sócrates no hará
más que basar la demostración de su requisitoria,
de su lagos, en las premisas del akoé, en las estruc-
turas legibles a través de una fabulosa genealogía
de la escritura. Cuando el mito haya recibido los
primeros golpes, el logos de Sócrates abrumará al
acusado.
111
ella misma, la escritura no tendrá valor más que si
y en la medida en que el rey le preste atención. Este
último no experimenta menos el fármacon como
un producto, un ergon, que no es el suyo, que le
viene de fuera, pero también de abajo, y que espera
su juicio condescendiente para ser consagrado en
su ser y en su valor. Dios rey no sabe escribir pero
esta ignorancia o esta incapacidad dan testimonio
de su soberana independencia. No tiene necesidad
de escribir, habla, dice, dicta, y su palabra basta.
Que un escriba de su secretariado añada o no el
suplemento de una transcripción es una consigna-
ción por esencia secundaria.
A partir de esta posición, sin rechazar el home-
naje, el rey-dios lo despreciará, mostrará no sólo
su inutilidad, sino también su amenaza y efectos
nocivos. Otra manera de no recibir la ofrenda de la
escritura. Al hacerlo, dios-el-rey-que-habla actúa co-
mo un padre. El fármacon es aquí presentado al pa-
dre y por él rechazado, rebajado, abandonado, des-
considerado. El padre desconfía y vigila siempre la
escritura.
Incluso si no quisiéramos ahora dejarnos llevar
por el fácil pasadizo que comunica entre sí a las
figuras del rey, del dios y del padre, bastaría con
prestar una atención sistemática —lo que, que
nosotros sepamos, nunca se ha hecho— a la per·
manencía de un esquema platónico que asigna el
origen y el poder de la palabra, precisamente del
logos, a la posición paternal. No es que eso se pro-
duzca sólo y por excelencia en Platón. Se sabe o se
imagina con facilidad. Pero sí que el «platonismo»,
que instala a toda la metafísica occidental en su
conceptualidad, no escapa a la generalidad de esa
obligación estructural, la ilustra incluso con una
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sutileza y un brillo incomparables, hecho que no
puede ser más significativo.
No más que el logos sea el padre. Pero el origen
del logos es su padre. Se diría por anacronía que el
«sujeto hablante» es el padre de su habla. Habrá
que apresurarse a advertir que no hay en ello nin-
guna metáfora, si al menos se entiende así el efecto
corriente y convencional de una retórica. El logos
es un hijo, pues, y que se destruiría sin la presencia,
sin la asistencia presente de su padre. De su padre
que responde. Por él y de él. Sin su padre no es ya,
justamente, más que una escritura. Es al menos lo
que dice el que dice, es la tesis del padre. La especi-
ficidad de la escritura estaría relacionada, pues,
con la ausencia del padre. Semejante ausencia pue-
de modalizarse de distintas maneras, distinta o con-
fusamente, sucesiva o simultáneamente: haber per-
dido a su padre, de muerte natural o violenta, por
cualquier tipo de violencia o por parricidio; luego
solicitar la asistencia, posible o imposible, de la
presencia paterna, solicitarla directamente o ha-
ciendo como que se puede prescindir de ella, etc. Se
sabe cómo insiste Sócrates en la miseria, lastimosa
o arrogante, del logos entregado a la escritura:
«... tiene siempre necesidad de la asistencia de su
p a d r e (tu patrós aei deitai boezu): p o r sí solo, en
efecto, no es capaz ni de defenderse ni de asistirse
a sí mismo».
Esta miseria es ambigua: apuro del huérfano,
ciertamente, que tiene necesidad no sólo de que se
le asista con una presencia, sino de que se le asista
y se vaya en su ayuda; pero compadeciendo al huér-
fano, se le acusa también, y a la escritura, de pre-
tender alejar al padre, de emanciparse con compla-
cencia y suficiencia. Desde la posición de quien tie-
ne el cetro, el deseo de la escritura es indicado, de-
signado, denunciado como el deseo del huérfano y
la subversión parricida. ¿No es ese fármacon crimi-
nal, no es un regalo envenenado?
El estatuto de ese huérfano que ninguna asisten-
cia puede tomar a su cargo recubre el de un grafein
que, no siendo hijo de nadie en el momento mismo
en que llega a la inscripción, apenas sigue siendo
hijo y ya no reconoce sus orígenes: en el sentido
del derecho y del deber. A diferencia de la escritu-
ra, el logos vivo es vivo por tener un padre vivo (en
tanto que el huérfano se encuentra medio muerto),
un padre que está presente, en pie junto a él, tras
él, en él, sosteniéndole con su rectitud, asistiéndole
personalmente y en su propio nombre. El logos vivo
reconoce su deuda, vive de ese reconocimiento y se
prohibe, cree poder prohibirse, el parricidio. Pero
la prohibición y el parricidio, como las relaciones
entre la escritura y el habla, son estructuras lo bas-
tante sorprendentes como para que más adelante
tengamos que articular el texto de Platón entre un
parricidio prohibido y un parricidio declarado. Ase-
sinato diferido del padre y rector.
El Fedro bastaría ya para probar que la respon-
sabilidad del logos, de su sentido y de sus efectos,
atañe a la asistencia, a la presencia como presencia
del padre. Hay que interrogar incansablemente a
las «metáforas». Así, Sócrates, dirigiéndose a Erós:
«Si, en el pasado, hemos dicho algo demasiado duro
respecto a ti, tanto Fedro como yo, es a Lisias, el
padre del tema (ton tu logu patera), a quien debes
recriminar» (257 b). Logos tiene aquí el sentido de
discurso, de argumento propuesto, de propósito
principal que anima la charla hablada (el logos).
Traducirlo, como hace Robin, por «tema» no sólo
242
resulta anacrónico. Destruye la intención y la uni-
dad orgánica de una significación. Pues sólo el dis-
curso «vivo», sólo un habla (y no un tema, un ob-
jeto o un asunto de discurso) puede tener un pa-
dre; y según una necesidad que no va a dejar ahora
de aclarársenos, los logoi son hijos. Lo bastante
vivos como para protestar si llega la ocasión y para
dejarse preguntar, capaces, a diferencia de las co-
sas escritas, de responder, también, cuando su pa-
dre está allí. Son la presencia responsable de sui
padre.
Algunos, por ejemplo, descienden de Fedro, y
éste es llamado en su defensa. Citemos una vez más
a Robin, quien esta vez traduce logos no por «te-
ma», sino por «argumento», e interrumpe con diez:
líneas de intervalo el juego sobre la tejné ton logón.
(Se trata de esa tejné de que disponían o preten-
dían disponer los sofistas y los retores, a la vez arte
e instrumento, receta, «tratado» oculto, pero trans-
misible, etc.). Sócrates considera aquí ese proble-
ma entonces clásico a partir de la oposición éntre-
la persuasión (peizó) y la verdad (aleceia) (260 a)_
115»
ahora; pregúntales: ¿qué dicen y en qué térmi-
nos (ti kai pos légusin)?
SÓCRATES: Apareced pues, nobles criaturas (guen-
nata), y persuadid a Fedro, padre de hermosos
hijos (calipaida te Fraidon), de que, si no ha fi-
losofado dignamente, no será digno de hablar de
nada. Que Fedro responda ahora... (260 e-261 a).
.178
un organismo engendrado. Un organismo: un cuer-
po propio diferenciado, con un centro y extremida-
des, articulaciones, una cabeza y pies. Para ser «con-
veniente», un discurso escrito debería someterse
como el propio discurso vivo a las leyes de la vida.
La necesidad logográfica (ananké logografiké) de-
bería de ser análoga a la necesidad biológica o más
bien zoológica. Sin lo cual, ¿no?, ya no tiene ni pies
ni cabeza. Se trata de estructura y de constitución
en el riesgo, corrido por el logos, de perder por es-
critura tanto sus pies como su cabeza:
117
«nobles criaturas». Eso implica que ese organismo,
puesto que es engendrado, tenga un principio y un
fin. La exigencia de Sócrates se vuelve aquí precisa
e insistente: un discurso debe tener un principio y
un fin, empezar por el principio y terminar por el
final: «Está muy lejos, me parece, de hacer lo que
pretendemos, el hombre que no coge el tema por el
principio, sino más bien por el final, intentando re-
correrlo nadando de espaldas y hacia átrás, y que
empieza por lo que el enamorado diría a su amada
cuando ya hubiese terminado» (264 a). Las implica-
ciones y las consecuencias de semejante norma son
enormes, pero lo bastante evidentes como para que
no insistamos en ellas. Resulta que el discurso ha-
blado se comporta como una persona asistida en su
origen y presente en lo suyo propio. Logos: «Sermo
tanquam persona ipse loquens», dice un Léxico pla-
tónico (10). Como toda persona, el logos-zóon tiene
un padre.
Pero ¿qué es un padre
¿Debe suponérsele conocido y con este término
—conocido— aclarar el otro término, con lo que
nos precipitaríamos a aclarar como una metáfora?
Se diría entonces que el origen o la causa del logos
es comparado a lo que sábemos que es la causa de
un hijo vivo, su padre. Se comprendería o imagina-
ría el nacimiento y el proceso del logos a partir de
un terreno extraño a él, la transmisión de la vida
o las relaciones de generación. Pero el padre no es
el engendrador, el procreador «real» antes y fuera
de toda relación de lenguaje. ¿En qué se distingue,
en efecto, la relación padre/hijo de la relación cau-
.178 118
sa/efecto o engendrador/engendrado, sino por la
instancia del logos? Sólo un poder de discurso tiene
un padre. El padre es siempre el padre de un ser
vivo/que habla. Dicho de otro modo, es a partir del
logos cómo se anuncia y se da a pensar algo como
la paternidad. Si hubiese una simple metáfora en la
locución «padre del logos», la primera palabra, que
parecería la más familiar, recibiría, sin embargo, de
la segunda más significación de la que ella le trans-
mitiría. La primera familiaridad tiene siempre al-
guna relación de cohabitación con el logos. Los se-
res-vivos, padre e hijo, se nos anuncian, se relacio-
nan mutuamente en la domesticidad del logos. De
donde no se sale, a pesar de las apariencias, para
pasar, por «metáfora», a un dominio extranjero en
que se encontrarían padres, hijos, seres vivos, toda
suerte de seres perfectamente cómodos para expli-
car a quien no lo supiera, y por comparación, lo
que pasa con el logos, esa cosa extraña. Aunque ese
hogar sea el hogar de toda metaforicidad, «padre
del logos» no es una simple metáfora. Habría una
para enunciar cómo un ser vivo incapaz de lenguaje,
si nos obstinamos aún en creer en algo de esa clase,
tiene un padre. Hay, pues, que proceder a la inver-
sión general de todas las direcciones metafóricas,
no preguntar si un logos puede tener un padre, sino
comprender que aquello de lo que el padre preten-
de ser el padre no puede ir sin la posibilidad esen-
cial del logos.
El logos deudor de un padre, ¿qué quiere decir?
¿Cómo al menos leerlo en la capa del texto platóni-
co que aquí nos interesa?
La figura del padre, es sabido, es igualmente la
del bien (ágazon). El logos representa a ^quello de
lo que es deudor, el padre, que es también un jefe,
un capital y un bien. O más bien el jefe, el capital, el
bien. Pater quiere decir en griego todo eso a la vez.
Ni los traductores ni los comentaristas de Platón
parecen haberse dado cuenta del juego de esos es-
quemas. Es muy difícil, reconozcámoslo, respetarlo
en una traducción, y así se explica, por lo menos,
el hecho de que no se le haya interrogado nunca.
Así, en el momento en que, en la República (V, 506 e),
Sócrates renuncia a hablar del bien mismo, propone
inmediatamente reemplazarlo por su ékgonos, por
su hijo, su retoño:
242
la carnada humana o animal, como el fruto de la
simiente confiada al campo, como el interés de un
capital; es un rédito. Se puede seguir en el texto
platónico la distribución de todas esas significacio-
nes. El significado de pater es incluso en ocasiones
inclinado en el sentido exclusivo* de capital finan-
ciero. En la República incluso, y no lejos del pasaje
que acabamos de citar. Uno de los defectos de la
democracia consiste en el papel que algunos hacen
representar en ella al capital: «Y sin embargo esos
usureros que van con la cabeza gacha, sin ver apa-
rentemente a esos desdichados, hieren con su agui-
jón, es decir, con su dinero, a todos los restantes
ciudadanos que se exponen a ellos, y, centuplicando
los intereses de su capital (tu patros ekgonus tokus
pollaplasius), multiplican en el Estado los zánganos
y los bribones» (555 e).
Ahora, de ese padre, de ese capital, de ese bien,
de ese origen del valor y de los seres que aparecen,
no se puede hablar simple o directamente. Primero
porque no se les puede mirar más al rostro que al
sol. Relean aquí, respecto a ese cegamiento ante el
rostro del sol, el célebre pasaje de la República
(VII, 515 c ss.).
Así, pues, Sócrates evocará únicamente al sol
sensible, hijo parecido y análogon del sol inteligi-
ble: «Pues bien, ahora, entérate, dije, es al sol a
quien me refería como a hijo del bien (ton tu agazu
ekgonon), que el bien ha engendrado a semejanza
suya (on tagazon eguenne sen analogon), y que es,
en el mundo visible, con relación a la vista y a los
objetos visibles, lo que el bien e$ en el mundo inte-
ligible, en relación a la inteligencia y a los objetos
inteligibles» (508 c).
121»
¿Cómo intercede el logos en esta analogía éntre
el padre y el hijo, el numene y el oromene?
El bien, en la figura visible-invisible del padre,
del sol, del capital, es el origen de los onta, de su
aparición y de su llegada al logos, quien a la vez los
reúne y los distingue: «Hay gran número de cosas
bellas, gran número de cosas buenas, gran número
de todo tipo de otras cosas, cuya existencia afirma-
mos y que distinguimos en el lenguaje» (einai fu-
men te kai diozizomen tó logó) (507 b).
El bien (el padre, el sol, el capital) es, pues, la
fuente oculta, iluminadora y cegadora, del logos. Y
como no se puede hablar de lo que permite hablar
(prohibiendo que se hable de él o que se le hable
cara a cara), se hablará únicamente de lo que habla
y de las cosas de que, a excepción de una sola, se
habla constantemente. Como no se puede dar cuen-
ta o razón de aquello respecto a lo cual el logos
(cuenta o razón: vatio) es responsable o deudor, co-
mo no se puede contar el capital y mirar al jefe a la
cara, habrá que, por operación discriminativa y dia-
crítica, contar el plural de los intereses, de los ré-
ditos, de los productos, de los retoños: «Pues bien,
dijo, habla (legue); otra vez te harás perdonar ex-
plicándonos lo que es él padre. Quieran los dio-
ses, respondí, que podamos, yo pagar y vosotros
recibir esa explicación que os debo, en lugar de li-
mitarnos, como lo hacemos, a sus intereses. Tomad,
pues, este fruto, este retoño del bien en sí; pero te-
ned cuidado no os vaya yo a engañar sin querer,
dándoos una cuenta (ton logon) equivocada de los
intereses (tu toku)» (507 a).
De este pasaje retendremos también que con la
cuenta (logos) de los suplementos (ál padre-capital-
bien- origen, etc.), con lo que viene después del uno
.178
en el movimiento mismo en que se ausenta y se
vuelve invisible, pidiendo así ser suplido, con la di-
ferencia y la diacriticidad, Sócrates presenta o des-
cubre la posibilidad siempre abierta del kibdelon,
lo que resulta falsificado, alterado, mentiroso, en-
gañador, equívoco. Tened cuidado, dice, de que no
os vaya yo a engañar dándoos una cuenta falsifica-
da de los intereses (kibdelon apodidus ton logon tu
toku). Kibdeleuma, es la mercancía falsificada. El
verbo correspondiente (kibdeleuó) significa «alterar
una moneda o una mercancía, y, por extensión, ser
de mala fe».
Este recurso al logos, ante el miedo a resultar
cegado por la intuición directa del rostro del padre,
del bien, del capital, del origen del ser en sí, de la
forma de las formas, etc., ese recurso al logos como
a lo que nos mantiene a resguardo del sol, a resguar-
do bajo él y de él, Sócrates lo propone en otro lu-
gar, en el orden análogo de lo sensible o de lo visi-
ble; citaremos largamente ese texto. Aparte de su
interés propio, tiene, en efecto, en la traducción
consagrada, siempre la de Robin, deslizamientos,
si se puede decir, muy significativos ( n ) . Se trata,
en el Fedón, de la crítica a los «físicos»:
123
análogo la imagen (eikona) del astro. Sí, es en
algo de ese tipo en lo que yo pensaba por mi
parte; temí volverme completamente ciego del
alma, fijando así mis ojos en las cosas y esfor-
zándome, con cada uno de mis sentidos, por en-
trar en contacto con ellas. Me pareció desde en-
tonces indispensable refugiarme donde las ideas
(én logois) e intentar ver en ellas la verdad de
las cosas... Así, después de haber tomado en cada
caso como base la idea (logon) que resulta a mi
juicio más sólida, etc.» (99 d-100 a).
.178
Hermes Trismegisto, había dictado unos
libros, en número variable (42, según Cle-
mente de Alejandría; 20.000, según Yám-
blico; 36.525, según los sacerdotes de Zot,
que también es Hermes): todas las cosas
del mundo estaban escritas en ellos. Frag-
mentos de esa biblioteca imaginaria, com-
pilados o fraguados a partir del III siglo,
componen lo que se llama el Corpus her-
meticum...» (Jorge Luis Borges).
«A sense of fear of the unknown moved
in the heart of his weariness, a fear of
symbols and portents, of the hawlike man
whose ñame he bore soaring out of his
captivity on osier woven wing, of Thoth,
the god of writers, writing with a reed
upon a tablet and bearing on his narrow
ibis head the cusped moon» (A Portrait of
the Artist as a Young Man).
«Otra escuela declara que ya ha pasado
todo el tiempo y que nuestra vida apenas
es el recuerdo o el reflejo crepuscular, y
sin duda falseado y mutilado, de un pro-
ceso irrecuperable. Otra, que la historia del
universo —y en ella nuestras vidas y el
más mínimo detalle de nuestras vidas—
es la escritura que produce un dios sub-
alterno para entenderse con un demonio.
Otra, que el universo es comparable a esas
criptografías en las que todos los símbo-
los no tienen igual valor...» (Jorge Luis
Borges).
125
iin elemento simple: la identidad de un personaje,
Zot, el dios de la escritura. No se puede, en efecto,
hablar, a falta además de saber lo que esa palabra
podría querer decir aquí, de un préstamo, es decir,
de una suma exterior y contingente. Platón ha de-
bido conformar su relato a leyes de estructura. Las
más generales, las que dirigen y articulan las opo-
siciones habla/escritura, vida/muerte, padre/hijo,
amo/servidor, primero/segundo, hijo legítimo/huér-
fano-bastardo, alma/cuerpo, dentro/fuera, bien/mal,
serio/juego, día/noche, sol/luna, etc., dominan igual-
mente y según las mismas configuraciones las mi-
tologías egipcia, babilónica, asiría. Otras también,
sin duda, que no tenemos ni intención ni medios de
situar aquí. Interesándonos en el hecho de que Pla-
tón no ha tomado prestado solamente un elemento
simple, ponemos, pues, entre paréntesis el problema
de la genealogía faetual y de la comunicación empí-
rica, efectiva, de las culturas y de las mitologías (12).
Sólo queremos anunciar la necesidad interna y es-
tructural que pudo hacer posibles tales comunica-
ciones y todo contagio eventual de los mitemas.
Platón no describe ciertamente el personaje de
Zeuz. Ningún carácter concreto le es atribuido, ni
en el Fedro ni en la brevísima alusión del Filebo.
Tal es al menos la apariencia. Pero mirándolo con
atención, debemos reconocer que su situación, el
contenido de su discurso y de sus operaciones, la
(12) Aquí 110 podemos más que remitir a todos los tra-
bajos sobre las comunicaciones de Grecia con Oriente y el
Oriente Medio. Se sabe que son abundantes. Sobre Platón,
sus relaciones con Egipto, la hipótesis de su viaje a Helio-
polis, los testimonios de Estrabón y de Diógenes Laercio,
se hallarán las referencias y documentos fundamentales en
la Révélatioú d'Hermés Trismégiste, de Festugiére (t. I);
Platón a Héliopolis d'Egypte, de R. Godel; Les Prétres de
l'ancienne Egypte, de S. Sauneron.
242
relación de los temas, de los conceptos y de los sig-
nificantes en que aparecen sus intervenciones, todo
ello organiza los rasgos de una figura muy señala-
da. La analogía estructural que los relaciona con
otros dioses de la escritura, y en primer lugar con
el Zot egipcio, no puede ser efecto de un préstamo
dividido o total, ni de la casualidad o de la imagina-
ción de Platón. Y su inserción simultánea, tan rigu-
rosa y tan estrecha, en la sistemática de los filoso-
femas de Platón, ese ayuntamiento de lo mitológico
y de lo filosófico remite a una necesidad más pro-
funda.
Sin duda, el dios Zot tiene varios rostros, varias
épocas, varios hábitats (13). El encabalgamiento de
los relatos mitológicos en que aparece no debe ser
despreciado. No obstante, se distinguen por doquier
invariantes que se dibujan con caracteres subraya-
dos, con rasgos realzados. Estaríamos tentados a
decir que constituyen la identidad permanente de
ese dios en el panteón, si su función, como vamos
a ver, no fuese el trabajar justamente por la dislo-
cación subversiva de la identidad en general, em-
pezando por la del principado teológico.
¿Cuáles son los rasgos pertinentes para intentar
reconstruir la semejanza estructural entre la figura
platónica y otras figuras mitológicas del origen de
la escritura? La puesta en evidencia de esos rasgos
no debe únicamente servir para determinar cada
una de las significaciones en el juego de las oposi-
ciones temáticas, tales como acabamos de ponerlas
en serie, o en el discurso platónico, o en una confi-
guración de las mitologías. Debe abrirse sobre la
problemática general de las relaciones entre mite-
(!3) Cf.: JACQUES VANDIER, La Religión égyptienne, P.U.F.„
1949, en especial pág. 64-65.
127»
mas y jfilosofemas en el origen del logos occidental.
Es decir, de una historia —o más bien de la histo-
ria— que se ha producido por completo en la dife-
rencia filosófica entre mizos y logos, hundiéndose
ciegamente en ella como en la evidencia natural de
su propio elemento.
En el Fedro, el dios de la escritura es, pues, un
personaje subordinado, un segundo, un tecnócrata
sin poder de decisión, un ingeniero, un servidor as-
tuto e ingenioso admitido a audiencia ante el rey
de los dioses. Este ha tenido a bien recibirle. Zeuz
presenta una tejné y un fármacon al rey, padre y
dios que habla u ordena con voz soleada. Cuando
éste haya hecho oir su sentencia, cuando la haya
dejado caer desde lo alto, cuando haya al mismo
tiempo prescrito no prestar atención al fármacon,
entonces Zeuz no responderá. Las fuerzas en pre-
sencia quieren que permanezca en su lugar.
¿No ocupa el mismo lugar en la mitología egip-
cia? Allí, también, Zeuz es un dios engendrado. A
menudo se llama el hijo del dios-rey, del dios-sol, de
Amon-Ré: «Soy Zot, hijo mayor de Ré» (14). Re (sol)
es el dios creador y engendra por mediación del
verbo (1B). Su otro nombre, por el que se le desig-
na precisamente en el Fedro, es Amón. Sentido trans-
mitido de ese nombre propio: el oculto (16). Tene-
i
(14) Cf.: S. MORENZ, La Religión égyptienne, Payot, 1962,
página 58. Esta fórmula es notable, según Morenz, por la
presencia de la primera persona. «Esta rareza nos parece
notable porque tales fórmulas son frecuentes en los him-
nos compuestos en griego y que hacen intervenir a la diosa
egipcia Isis («Yo soy Isis», etc.); débemos, pues, preguntar-
nos 15
si no traiciona un origen extraegipcio de estos himnos.»
( ) Cf.: S . SAUNERON, op. cit., pág. 123: «El dios ini-
cial, para crear, no tuvo más que hablar, y los seres y las
cosasle evocados nacieron a su voz¿, etc.
( ) Cf.: MORENZ, op. cit.f pág. 4 6 , y SAUNERON, quien
precisa a este respecto: «Lo que.significa exactamente su
.178
mos, pues, aquí a un sol oculto, padre de todas las
cosas, que se deja representar por el habla.
La unidad configurativa de esas significaciones
—el poder del habla, la creación del ser y de la vida,
el sol (es decir, también, ya lo veremos, el ojo), el
ocultarse— se conjuga en lo que podríamos llamar
la historia del huevo o el huevo de la historia. El
mundo nació de un huevo. Con más precisión, el
creador vivo de la vida del mundo nació de un hue-
vo: el sol, pues, fue primero llevado dentro de la
cáscara de un huevo. Lo cual explica varios rasgos
de Amon-Ré: es también un ave, un halcón («Soy
el gran halcón surgido de su huevo»). Pero en tanto
que origen del todo, Amon-Ré es también el origen
del huevo. Se le designa ora como pájaro-sol nacido
del huevo, ora como pájaro originario, portador del
primer huevo. En ese caso, y como el poder del
habla forma un todo con el poder creador, algunos
textos nombran al «huevo del gran cacareador».
No tendría aquí ningún sentido el plantear la cues-
tión, a la vez trivial y filosófica, de «el huevo y la
gallina», de la anterioridad lógica, cronológica u
ontológica de la causa sobre el efecto. A esta pre-
nombre, lo ignoramos. Se pronunciaba, sin embargo, de
la misma forma que otra palabra que significaba «escon-
der», «esconderse», y los escribas jugaron con esa asonan-
cia para definir a Ammón como el gran dios que esconde
su aspecto real a sus hijos... Pero algunos no dudaron en
ir más lejos aún: Hecateo de Abdera recogió una tradición
sacerdotal según la cual ese nombre (Ammón) sería el
término empleado en Egipto para llamar a alguien... Es
exacto que la palabra amoini significa «ven», «ven aquí»;
es un hecho, por otra parte, que ciertos himnos empiezan
por las palabras Amoini Amun... «Ven a mí, Ammón». La
simple asonancia de esas dos palabras incitó a los sac
dotes a creer en alguna relación íntima entre ellas —en
encontrar en ella la explicación del nombre divino: «Asi,
dirigiéndose al dios primordial... como a un ser invisible
y escondido, le invitan y le exhortan, llamándole Amón,
a mostrarse a ellos y a descubrirse» (op. cit., pág. 127).
129
gunta algunos sarcófagos han respondido magnífi-
camente: «Oh, Re, que te encuentras en tu huevo.»
Si añadimos que el huevo es un «huevo escondi-
do» (17) habremos constituido, pero también abier-
to, el sistema de esas significaciones.
La subordinación de Zot, de ese ibis, hijo mayor
del pájaro originario, se señala de varias formas:
en la doctrina memfita, por ejemplo, Zot es el eje-
cutante, por la lengua, del proyecto creador de Ho-
rus O8). Lleva los signos del gran dios-sol. Le inter-
preta como portavoz suyo. Ε igual que su homólogo
griego Hermes, del que, por otra parte, no habla
nunca Platón, representa el papel del dios mensa-
jero, del intermediario astuto, ingenioso y sutil que
hurta y se oculta siempre. El dios (del) significante.
Lo que debe enunciar o informar en palabras, Horus
ya lo ha pensado. La lengua de que se le hace depo-
sitario y secretario no hace, pues, más que repre-
sentar, para transmitir su mensaje, un pensamiento
divino ya formado, un designio decretado (19). El
mensaje no es, representa únicamente al momento
absolutamente creador. Es un habla segunda y se-
(«) Cf.: MORENZ, op. pit., págs. 2 3 2 - 2 3 3 . El parágrafo
que aquí se cierra habrá notado que esta farmacia de Pla-
tón arrastra también al texto de Bataille, inscribiendo en
la historia del huevo el sol de la parte maldita. El con-
junto de este ensayo no es, por su parte, corno se habrá
comprendido en seguida, otra cosa que una lectura de
Finnegans Wake.
(18) Cf.: VANDIER, op. cit., pág. 3 6 : «Esos dioses, Horus
y Zot, habrían estado asociados en él acto creador, repre-
sentando Horus al pensamiento que concibe y Zot al habla
que ejecuta (pág. 64). Cf. también: A. ERMAN, La religión
des Egyptiens, Payot, pág. 118.
(19) Cf.: MORENZ, op. cit., págs. 4 6 - 4 7 , y FESTUGIÉ-
RE, op. cit., págs. 7 0 - 7 3 . Mensajero, Zot es también, por
consiguiente, intérprete, hermeneus. Es uno de los rasgos,
entre otros, muy numerosos, de esa semejanza con Her-
mes. Festugiére la analiza en el capítulo IV de su libro.
.178 130
cundaria. Y cuando Zot recurre a la lengua hablada
en vez de a la escritura, lo que es más bien raro,
no resulta ser el autor o el iniciador absoluto del
lenguaje. Introduce, por el contrario, la diferen-
cia en la lengua, y es a él a quien se atribuye el ori-
gen de la pluralidad de lenguas (20). (Nos pregunta-
remos más adelante, volviendo a Platón y al Filebo,
si la diferenciación es un momento segundo y si
esa «secundariedad» no es el surgimiento del gra-
fema como origen y posibilidad del logos mismo. En
el Filebo, Zeuz es, en efecto, evocado como autor
de la diferencia: de la diferenciación en la lengua
y no de la pluralidad de lenguas. Pero nosotros
pensamos que ambos problemas son inseparables
en sus raíces.)
Dios del lenguaje segundo y de la diferencia lin-
güística, Zot no puede convertirse en dios de la pa-
labra creadora más que por sustitución metonímica,
por desplazamiento histórico y en ocasiones por
subversión violenta.
La sustitución pone así a Zot en lugar de Re co-
mo a la luna en lugar del sol. El dios de la escritura
se convierte así en suplente de Re, añadiéndose a
él y reemplazándole en su ausencia y esencial des-
aparición. Tal es el origen de la luna como suple-
.178
das, maniobras de usurpación dirigidas contra el
rey. Ayuda a los hijos a desembarazarse del padre,
a los hermanos a desembarazarse del hermano cuan-
do éste se ha convertido en rey. Nut, maldita por
Ré, no disponía ya de ninguna fecha, de ningún día
del calendario para dar a luz a un hijo. Ré le había
cortado el tiempo y todo día de parto, todo período
de parimiento. Zot, que tiene también poder de
cálculo sobre la institución y la marcha del calen-
dario, añade los cinco días epagómenos. Ese tiempo
suplementario permite a Nut producir cinco hijos:
Haroeris, Sez, Isis, Neftis y Osiris, que más tarde
sería rey en lugar de su padre Yeb. Durante el rei-
nado de Osiris (rey-sol), Zot, que era también su
hermano, (22) «inició a los hombres en la literatura
y en las artes», «creó la escritura jeroglífica para
permitirles fijar sus pensamientos» (23). Pero más
tarde participa en una conspiración de Sez, herma-
no envidioso de Osiris. Es conocida la célebre leyen-
da de la muerte de Osiris: encerrado con engaños
en un cofre a su medida, hallado después de mu-
chas peripecias por su mujer, Isis, cuando su cadá-
ver ha sido despedazado y disperso en catorce pe-
dazos, Isis los encuentra todos, excepto el falo, que
se había tragado un pez oxirinco (24). Eso no impide
a Zot el actuar con el oportunismo más flexible y
más olvidadizo. Transformada en buitre, Isis se
había tumbado, en efecto, sobre el cadáver de Osi-
ris. Engendra así a Horus, «el niño con-el-dedo-en-
Ia-boca», quien más tarde atacaría al asesino de su
padre. Este, Sez, le arrancó el ojo, y él arrancó a
Sez los testículos. Cuando Horus puede recobrar
133
su ojo, lo ofrece a su padre —y ese ojo fue tam-
bién la luna: Zot, si se quiere—, que con éllo volvió
a la vida y recobró su potencia. En el curso del com-
bate, Zot había separado a los combatientes y, como
dios-médico-farmacéutico-mago, les había curado su
mutilación y cosido las heridas. Más tarde, cuando
el ojo y los testículos volvieron a estar en su sitio,
tuvo lugar un proceso, en el curso del cual Zot se
vuelve contra Sez, de quien, sin embargo, había sido
cómplice, y hace valer como cierta la palabra de
Osiris (25).
Suplente capaz de doblar al rey, al padre, al sol,
al habla, no distinguiéndose más que como su re-
presentante, su máscara, su repetición, Zot podía
con la misma facilidad suplantarle totalmente y
apropiarse todos sus atributos. Se añade como el
atributo esencial de aquello a lo que se añade y de
lo que apenas se distingue nada. No es más distin-
to del habla o de la luz divina que lo revelante de
lo revelado. Apenas (26).
.178 134
Pero antes, si se puede decir, de la actuación en-
tre reemplazamiento y usurpación, Zot es esencial-
mente el dios de la escritura, el secretario de Ré y
de los nueve dioses, jerográmata e hipomnetógra-
fo (27). Ahora bien, es al mostrar, como veremos,
que el fármacon de la escritura era bueno para la
hipomnesis (re-memoración, recolección, consigna-
ción) y no para la mneme (memoria viva y conoci-
miento) como Zamus, en el Fedro, denuncia su poco
valor.
Luego, en el ciclo osirio, Zot fue también el es-
criba y el contable de Osiris, a quien se considera
entonces, no lo olvidemos, su hermano. Zot es re-
presentado como modelo y patrón de los escribas,
tan importantes en las cancillerías faraónicas: «Si
el dios solar es el amo universal, Zot es su primer
funcionario, su visir, que está junto a él en su barca
para hacerle los informes» (28). «Amo de los libros»,
se convierte, al consignarlos, registrarlos, llevar su
cuenta y su depósito, en el «amo de las palabras di-
vinas» (29). Su compañera también escribe: su nom-
bre, Seshat, significa, sin duda, la que escribe. «Ama
de las bibliotecas», registra los hechos de los reyes.
Primera diosa capaz de grabar, señala los nombres
de los reyes en un árbol en el templo de Heliópo-
lis, en tanto que Zot lleva la cuenta de los años en
un bastón con cortaduras. También se conoce la
(29) Ibid.
escena de la titulación regia, reproducida en los ba-
jorrelieves de numerosos templos: el rey está sen-
tado bajo una persea, mientras Zot y Seshat inscri-
ben su nombre en las hojas de un árbol sagrado (30).
Y la del juicio de los muertos: en los infiernos,
frente a Osiris, Zot consigna el peso del corazón-
alma del muerto (31).
Pues el dios de la escritura es también, es algo
evidente, el dios de la muerte. No olvidemos que,
en el Fedro, también se le reprochará al invento del
fármacon el sustituir el habla viva por el signo sin
aliento, el pretender prescindir del padre (vivo y
fuente de vida) del logos, el no poder responder de
sí más que una escultura o que una pintura inani-
mada, etc. En todos los ciclos de la mitología egip-
cia, Zot preside la organización de la muerte. El
amo de la escritura, de los números y del cálculo
no inscribe únicamente el peso de las almas muer-
tas, primero habrá contado los días de la vida, ha-
brá enumerado la historia. Su aritmética cubre
igualmente los acontecimientos de la vida de los
dioses (y) de los hombres» (32). Se comporta como
un jefe de protocolo funerario y se le encarga en es-
pecial el aseo del difunto.
A veces el muerto ocupa el lugar del escriba. Y
en el espacio de esta escena, el lugar del muerto
recae sobre Zot. Se puede leer en las pirámides la
historia celeste de un muerto: «¿Adonde va, pues?,
pregunta un gran toro que le amenaza con su cor-
namenta» (otro nombre de Zot, nocturno represen-
tante de Re, es, digámoslo de páso, el «toro entre
(30) VANDIER, op. cit., pág. 182.
( 3 1 ) VANDIER, op. cit., págs. 1 3 6 - 1 3 7 ; MORENZ, op. cit., pá-
gina 1 7 3 ; FESTUGIÉRE, op. cit., pág. 6 8 .
(32) MORENZ, op. cit., págs. 4 7 4 8 .
136
las estrellas»). «Va al cielo pleno de energía vital
para ver a su padre, para contemplar a Re, y la ho-
rrible criatura le deja pasar.» (Los libros de los
muertos, puestos en el sarcófago junto al cadáver,
contenían en especial fórmulas que debían permi-
tirle «salir a la luz» y ver el sol. El muerto debe
ver el sol, la muerte es la condición e incluso la ex-
periencia de ese cara-a-cara. Se pensará en el Fedón.)
Dios padre le acoge en su barca, y «sucede incluso
que deponga a su propio escriba celeste y que ponga
al difunto en su lugar, de manera que juzgue, sea
árbitro y dé órdenes a uno que es más grande que
él» (33). El muerto puede también identificarse sim-
plemente con Zot, «se llama sencillamente un dios;
es Zot, el más fuerte de los dioses (34).
La oposición jerárquica entre el hijo y el padre,
el súbdito y el rey, la muerte y la vida, la escritura
y el habla, etc., completa naturalmente su sistema
con la de la noche y el día, Occidente y Oriente, la
luna y el sol. Zot, el «nocturno representante de Ré,
el toro entre las estrellas», (3B) está vuelto hacia el
oeste. Es el dios de la luna, ora se identifique con
ella, ora la proteja ( se ).
El sistema de estos caracteres pone en acción
una lógica original: la figura de Zot se opone a su
otro (padre, sol, vida, habla, origen u oriente, etc.),
pero supliéndolo. Se añade y se opone repitiéndolo
o teniendo su lugar. En el mismo momento toma
forma, saca su forma de aquello a lo que resiste a
la vez que sustituye. Se opone, por lo tanto, a sí
.178 136
misma, pasa a su contrario y ese dios-mensajero
es ciertamente un dios del paso absoluto entre los
opuestos. Si tuviese una identidad -—pero justamen-
te es el dios de la no-identidad—, sería esa coinci-
dentia oppositorum a la que en seguida recurrire-
mos. Distinguiéndose de su otro, Zot le imita tam-
bién, se hace su señal y su representante, le obe-
dece, se conforma a él, le reemplaza, si es preciso
por la violencia. El es, pues, el otro del padre, el
padre y el movimiento subversivo del reemplazo. El
dios de la escritura es, pues, a la vez su padre, su
hijo y él. No se deja asignar un puesto fijo en el
juego de las diferencias. Astuto, inaprehensible, en-
mascarado, conspirador, bromista, como Hermes,
no es un rey ni un esclavo; una especie de comodín
más bien, un significante disponible, una carta neu-
tra, que da juego al juego.
Ese dios de la resurrección se interesa menos
por la vida o por la muerte que por la muerte como
repetición de la vida y por la vida como repetición
de la muerte, por el despertar de la vida y por la
vuelta a empezar de la muerte. Es lo que significa el
número cuyo inventor y patrón también es. Zot re-
pite todo en la suma del suplemento: supliendo al
sol, es otro que el sol y el mismo que él; otro que
el bien y el mismo que él, etc. Ocupando siempre el
lugar que no es el suyo, y que por lo tanto podemos
llamar el lugar del muerto, no tiene ni puesto ni
nombres propios. Su propiedad es la impropiedad,
la indeterminación flotante que permite la sustitu-
ción y el juego. El juego, del que también es el in-
ventor, como recuerda el mismo Platón. Se le debe
el juego de dados (quibéia) y el trictrac (petteia)
(274 d). Sería el movimiento mediador de la dialéc-
tica si no le imitase también, impidiéndole con ese
.178
doblaje irónico, indefinidamente, el que se termine
en cualquier cumplimiento final o en cualquier re-
apropiación escatológica. Zot no está nunca presen-
te. En ninguna parte aparece en persona. Ningún
estar-allí le pertenece como propio.
Todos sus actos estarán marcados por esa ambi-
valencia inestable. Ese dios del cálculo, de la arit-
mética y de la ciencia racional (37) gobierna tam-
bién las ciencias ocultas, la astrología, la alquimia.
Es el dios de las fórmulas mágicas que calman el
mar de las narraciones secretas, de los textos ocul-
tos: el arquetipo de Hermes, dios del criptograma
no menos que de la grafía.
Ciencia y magia, paso entre vida y muerte, su-
plemento del mal y de la carencia: la medicina de-
bía constituir el dominio por excelencia de Zot.
Todos sus poderes se resumían en él y encontraban
dónde utilizarse. El dios de la escritura, que sabe
poner fin a la vida, cura también a los enfermos.
Ε incluso a los muertos í3*). Las estelas de Horus
sobre los Cocodrilos narran cómo envía el rey de
los dioses a Zot a curar a Harsiesis, a quien ha pi-
cado una serpiente en ausencia de su madre (*9).
139
El dios de la escritura es, pues, un dios de la
medicina. De la «medicina»: a la vez ciencia y dro-
ga oculta. Del remedio y del veneno. El dios de la
escritura es el dios del fármacon. Y es la escritura
como fármacon lo que representa al rey en el Fedro,
con una humildad inquietante como el desafío.
4. E L FÁRMACON
.178
giones de la cultura. Esas comunicaciones, esos pa-
sillos de significado, Platón puede en ocasiones de-
clararlos, iluminarlos jugando en ellos «voluntaria-
mente», palabra que ponemos entre comillas por-
que no designa, siguiendo en el interior de esas opo-
141
siciones, más que un modo de «sumisión» a las ne-
cesidades de una «lengua» dada. Ninguno de esos
conceptos puede traducir la relación a que aquí
apuntamos. Igualmente puede Platón, en otros ca-
sos, no ver las ligazones, dejarlas en la sombra o
interrumpirlas. Y, sin embargo, esas ligazones ope-
ran por sí mismas. ¿A pesar de él? ¿Gracias a él?
¿En su texto? ¿Fuera de su texto? Pero entonces,
¿dónde? ¿Entre su texto y la lengua? ¿Para qué
lector? ¿En qué momento? Una respuesta de prin-
cipio y general a todas esas preguntas nos parecerá
poco a poco imposible; y ello nos dará que sospe-
char alguna malformación de la pregunta misma, de
cada uno de sus conceptos, de cada una de las opo-
siciones así acreditadas. Siempre se podrá pensar
que si Platón no ha practicado determinados pasa-
jes, los ha incluso interrumpido, es por haberlos
percibido, pero dejado en lo impracticable. Formu-
lación que no resulta posible más que evitando re-
currir a la diferencia entre consciente e inconscien-
la ciencia ilimitada. Zot se queja de ello ante Ré y pro-
voca los peores castigos.
Notemos, en fin, antes de dejar aquí al personaje egip-
cio de Zot, que tiene, además del Hermes griego, otro ho-
mólogo notable en el personaje de Nabü, hijo de Marduk.
En la mitología asiría y babilónica, «Ñabü es esencialmen-
te el dios-hijo e, igual que Marduk eclipsa a su padre, Ea,
veremos a Nabü usurpar el puesto de Mardk». (Les reli-
gions de Babylonie et d'Assyrie, por E. D H O R M E , P . U . F . ,
1945, págs. 150 ss.) Marduk, el padre de Nabu, es el dios-
sol. Nabü, «señor del cálamo», «creador de la escritura»,
«portador de las tablillas de los destinos de los dioses»,
pasa a veces antes que su padre, a quien toma sú instru-
mento simbólico, el marru. «Un objeto votivo de cobre,
encontrado en Susa y que representa a "una serpiente que
tenía en la boca una especie de pala", estaba marcado, ob-
serva Dhorme, con la inscripción "marru del dios Nabü"»
(página 155). Cf. también Les Dieux et le Destín en Babylo-
nie, por M. DAVID, P . U. F., Γ949, págs. 86 ss.
Se podrían ir viendo uno a uno todos los rasgQs de la
semejanza entre Zot y Nabü (bíblico Nebo).
142
te, voluntario e involuntario, instrumenté muy tos-
co cuando se trata de cuestionar la relación con la
lengua. Lo mismo ocurriría con la oposición del
habla —o de la escritura— respecto a lá lengua, si
debiese, como a menudo ocurre, remitir a esas ca-
tegorías.
Por sí sola, esta razón debía impedirnos recons-
truir toda la cadena de significaciones del farma-
con. Ningún privilegio absoluto nos permite domi-
nar absolutamente su sistema textual. Este límite
puede y debe, no obstante, desplazarse en cierta me-
dida. Las posibilidades del desplazamiento, los po-
deres de desplazamiento son de naturaleza distin-
ta, y más bien que enumerar aquí sus títulos inten-
taremos producir sobre la marcha algunos de sus
efectos, a través de la problemática platónica de la
escritura (40).
Acabamos de seguir la correspondencia entre la
figura de Zot en la mitología egipcia y determinada
organización de conceptos, filosofemas, metáforas y
mitemas detectados a partir de lo que se llama el
texto platónico. La palabra fármacon nos ha pareci-
do muy apta para anudar en este texto todos los
hilos de esa correspondencia. Releamos ahora, tam-
bién en la traducción de Robin, esta frase del Pe-
dro: «He aquí, oh rey, dijo Zeuz, un conocimiento
(macema) que tendrá como efecto hacer a los egip-
cios más instruidos (sofóterus) y más capaces de
acordarse (mnemonikóterus): la memoria (mneme),
así como la instrucción (softa), han hallado su re-
medio (fármacon).*
(40) Me permito remitir aquí, a título indicativo y pre-
liminar, a la «Cuestión de método» propuesta en De la
gramatología. Con algunas precauciones, podremos decir
que fármacon representa un papel análogo en esta lectura
de Platón al de suplemento en la lectura de Rousseau.
242
La traducción corriente de fármacon por reme- s
dio —droga de efectos benéficos— no es ciertamen- q
te inexacta. No sólo fármacon podía querer decir e
remedio y borrar, en determinada superficie de su n
funcionamiento, la ambigüedad de su sentido. Sino l
que es incluso evidente que, siendo la intención de- h
clarada de Zeuz el hacer valer su producto, hace gi-
rar a la palabra en torno a su extraño e invisible goz-
ne, y le presenta por uno, el más tranquilizador, de
sus polos. Esta medicina es benéfica, produce y repa-
ra, acumula y remedia, aumenta el saber y reduce el
olvido. No obstante, la traducción por «remedio»
borra, por su salida de la lengua griega, el otro polo
guardado en la palabra fármacon. Anula la fuente de
ambigüedad y hace más difícil, si no imposible, la
comprensión del contexto. A diferencia de «droga»
e incluso de «medicina», remedio explícita la racio-
nalidad transparente de la lengua, de la técnica y
de la causalidad terapéutica, excluyendo así del tex-
to la apelación a la virtud mágica de una fuerza
cuyos efectos se dominan mal, de una dínamis siem-
pre sorprendente para quien quisiera manejarla m
como amo y súbdito.
Ahora bien, por una parte, Platón tiende a pre-
sentar la escritura como un poder oculto y, por con-
siguiente, sospechoso. Como la pintura, a la que
más adelante la comparará, y como el trompe-Voeil,
y como las técnicas de la mimesis en general. Es
conocida también su desconfianza frente a la mán-
tica, los magos, los hechiceros, los maestros en en-
cantamientos (41). En las Leyes, en especial, les re-
.178
serva castigos terribles. Según una operación de la
que más tarde nos deberemos acordar, recomienda
excluirlos del espacio social, expulsarles o cerce-
narles de él: incluso las dos cosas a la vez mediante
la prisión, en la que ya no recibirán la visita de los
hombres libres, sino únicamente del esclavo que les
llevará la comida; y luego mediante la privación de
sepultura: «Una vez muerto, se le arrojará fuera de
los límites del territorio, sin sepultura, y el hombre
libre que ayude a su enterramiento podrá ser per-
seguido por impiedad por quien quiera entablarle
proceso» (X, 909 b c).
Por otra parte, la réplica del rey supone que la
eficacia del fármacon puede invertirse: agravar el
mal en lugar de remediarlo. O más bien la respues-
ta regia significa que Zeuz, por astucia y/o ingenui-
dad, ha mostrado el reverso del verdadero efecto
de la escritura. Para valorizar su invento, Zeuz ha-
bría así des-naturalizado el fármacon, dicho lo con-
trario (tunantion) de lo que la escritura es capaz.
Ha hecho pasar a un veneno por un remedio. De
manera que traduciendo fármacon por remedio se
respeta, sin duda, más que el querer-decir de Zeuz
e incluso de Platón, lo que el rey dice que ha dicho
Zeuz, engañándole o engañándose al hacerlo. Así,
pues, dando al texto de Platón la respuesta del rey
como la verdad de la producción de Zeuz, y su ha-
bla como la verdad de la escritura, la traducción
por remedio acusa la ingenuidad o la superchería
de Zeuz, desde el punto de vista del sol. Desde ese
punto de vista, Zeuz ha jugado, sin duda, con la pa-
labra, interrumpiendo, en favor de Su causa, la co-
municación entre los dos valores opuestos. Pero el
rey la restituye y la traducción no da cuenta de ello.
No obstante, los dos interlocutores siguen estando,
145
hagan lo que hagan y lo quieran o no, en la unidad
del mismo significante. Su discurso tiei^e iin papel
en ello, lo que ya no ocurre en la versión francesa·
Remedio, más de lo que, sin duda, lo harían «medi-
cina» o «droga», anula la referencia virtual, dinámi-
ca, a los otros usos de la misma palabra en la len-
gua griega. Semejante traducción destruye, sobre
todo, lo que más tarde denominaremos la escritura
anagramática de Platón, interrumpiendo las rela-
ciones que en ella se tejen entre diferentes funcio-
nes de la misma palabra en diferentes lugares, rela-
ciones virtual pero necesariamente «citativas». Cuan-
do una palabra se incribe como la cita de otro sen-
tido de esa misma palabra, cuando el proscenio tex-
tual de la palabra fármaco, aun significando reme-
dio, cita, re-cita y da a leer lo que en la misma pala-
bra significa, en otro lugar y a otra altura de la
escena, veneno (por ejemplo, pues fármacon quiere
decir aún más cosas), la elección de una spla de esas
palabras francesas por el traductor tiene como pri-
mer efecto neutralizar el juego citativo, el «anagra-
ma», y en último término sencillamente la textua-
lidad del texto traducido. Sin duda se podría mos-
trar, y nosotros intentaremos hacerlo en su mo-
mento, que esta interrupción del paso entre valores
contrarios es ya un efecto propio del «platonismo»,
la consecuencia de un trabajo que ya empezó en el
texto traducido, en la relación de «Platón» con su
«lengua». No existe ninguna contradicción entre es-
ta proposición y la anterior. Estando constituida
la textualidad de diferencias y de diferencias de di-
ferencias^ es por naturaleza absolutamente hetero-
génea y transige sin cesar con las fuerzas que tien-
den a anularla.
Habrá, pues, que aceptar, seguir y analizar la
146
composición de esas dos fuerzas o de esos dos ges-
tos. Esta composición es incluso en cierto sentida
el único tema de este ensayo. Por una parte, Platón?
propone la decisión de una lógica intolerante a ese
paso entre los dos sentidos contrarios de una mis-
ma palabra, tanto más que semejante paso apare-
cerá como algo muy distinto de una simple confu-
sión, alternancia o dialéctica de los contrarios. Y
sin embargo, por otra parte, el fármacon, si se con-
firma nuestra lectura, constituye el medio origina-
rio de esta decisión, el elemento que la precede, la
comprende, la desborda, no se deja jamás reducir
a ella y no se separa de una palabra (o de un apa-
rato significante) única, que opera en el texto griego
y platónico. Todas las traducciones a las lenguas
herederas y depositarías de la metafísica occidental"
tienen, pues, sobre el fármacon un efecto de análisis
que lo destruye violentamente, lo reduce a uno d e
sus elementos simples interpretándolo, paradójica-
mente, a partir del ulterior que lo ha hecho posible.
Semejante traducción interpretativa es, pues, tan»
violenta como impotente: destruye al fármacon
pero al mismo tiempo se prohibe a sí misma el al-
canzarlo y le deja intocado en su reserva.
La traducción por «remedio» no podría, pues,
ser ni aceptada ni simplemente rechazada. Incluso»
si se creyera salvar así al polo «racional» y a la in-
tención laudatoria, la idea de un buen uso de la·
ciencia o del arte del médico, aún se tendrían todas
las posibilidades de dejarse engañar por la lengua-
La escritura no vale más, según Platón, como re-
medio que como veneno. Antes incluso de que Za-
rhus deje caer su sentencia peyorativa, el remedio
es inquietante en sí. Hay que saber, en efecto, que*
Platón desconfía del fármacon en general, incluso*
242
cuando se trata de drogas utilizadas para fines ex-
clusivamente terapéuticos, incluso si se las maneja
con buenas intenciones e incluso si son como tales
eficaces. No existe remedio inofensivo. El fármacon
no puede nunca ser simplemente benéfico.
Por dos razones y a dos profundidades distintas.
En primer lugar, porque la esencia o la virtud bené-
ficas de un fármacon no le impiden ser doloroso.
El Protágoras clasifica a los fármaca entre las co-
sas que pueden ser al mismo tiempo buenas (ágaza)
y lamentables (aniara) (354 a). El fármacon se en-
cuentra siempre cogido en la mezcla (simmeikton)
de que habla también el Filebo (46 a), por ejemplo
esa híbris, ese exceso violento y desmesurado en el
placer que hace gritar a los intemperantes como a
locos (45 é)f y «el alivio que proporcionan a los sar-
nosos la fricción y todos los tratamientos similares
sin que haya necesidad de otros remedios (uk ales
deomena farmakeós)». Ese doloroso goce, ligado a
la enfermedad tanto como a su apaciguamiento, es
un fármacon en sí. Participa a la vez del bien y del
mal, de lo agradable y de lo desagradable. O más
bien es en su masa donde se dibujan esas oposi-
ciones.
Luego, más profundamente, más allá del dolor,
el remedio farmacéutico es esencialmente perjudi-
cial porque es artificial. En eso Platón sigue la tra-
dición griega y con más precisión a los médicos de
Cos. El fármacon contraría a la vida natural: no
sólo a la vida cuando ningún mal le afecta, sino in-
cluso a la vida enferma o más bien a la vida de la
enfermedad. Pues Platón cree en la vida natural y
en el desarrollo normal, si se puede decir así, de
la enfermedad. En el Timeo, la enfermedad natural
es comparada/ como el logos en el Fedro, nos acor-
.178
daremos, a un organismo vivo al que hay que dejar
desarrollarse de acuerdo con sus normas y formas
propias, sus ritmos y articulaciones específicas.
Desviando el despliegue normal y natural de la en-
fermedad, el fármacon es, pues, enemigo de lo vivo
en general, sea sano o enfermo. Debemos recordar-
lo, y Platón nos invita a ello, cuando la escritura es
propuesta como fármacon. Contraria a la vida, la
escritura —o, si se quiere, el fármacon— no hace
más que desplazar e incluso irritar el mal. Tal será,
en su esquema lógico, la objeción del rey a la escri-
tura: con pretexto de suplir a la memoria, la escri-
tura nos hace más olvidadizos; lejos de acrecentar
el saber, lo reduce. No responde a la necesidad de
la memoria, apunta a un lado, no consolida la
mneme, sino únicamente la hipomnesis. Actúa, pues,
como todo fármacon. Y si la estructura formal de la
argumentación resulta la misma, en los dos textos
que ahora vamos a mirar; si en los dos casos, lo que
se supone que debe producir lo positivo y anular
lo negativo no hace más que desplazar y a la vez
multiplicar los efectos de lo negativo, llevando a la
proliferación la carencia que fue su causa, esa ne-
cesidad está inscrita en el signo fármacon, que Ro-
bín (por ejemplo) desmembra, ora en remedio, ora
en droga. Decimos el signo fármacon, queriendo se-
ñalar con ello que se trata indisociablemente de un
significante y de un concepto significado.
A) En el Timeo, que se separa, desde sus pri-
meras páginas, en la distancia entre Egipto y Grecia,
como entre la escritura y el había («Vosotros, grie-
gos, sois siempre niños: un griego no es nunca vie-
jo», mientras que en Egipto, «desde la antigüedad,
todo está escrito»: panta guegrámmena), Platón de-
muestra que entre los movimientos del cuerpo, el
149
mejor es el movimiento natural, el que, espontá-
neamente, desde el interior, «nace eii él por su pro-
pia acción»:
150
i
151
cual término la vida no podría prolongarse.» Ibid.)
La inmortalidad y la perfección de un ser vivo con-
sisten en no tener relación con ningún exterior. Es
el caso de Dios (cf.: República, II, 381, b c). Dios no
tiene alergia. La salud y la virtud (uigueia kai arete),
que se hallan a menudo asociadas cuando se trata
del cuerpo y, analógicamente, del alma (cf.: Gorgias,
479 b), proceden siempre del exterior, actuando co-
mo el exterior mismo, no tendrá nunca virtud pro-
pia y definible. Pero ¿cómo excluir a ese parásito
suplementario manteniendo el límite, digamos el
triángulo?
B) El sistema de esos cuatro rasgos se recons-
tituye cuando, en el Fedro, el rey rebaja y despre-
cia al fármacon de la escritura, palabra que no ha-
brá, pues, que apresurarse, tampoco ahí, a consi-
derar como una metáfora, salvo si se deja a la posi-
bilidad metafórica todo su poder de enigma.
Quizá podamos leer ahora la respuesta de Za-
mus:
.178
grafes exocen ipalotrión tipón), y no desde el
interior y gracias a ellos mismos, como se acor-
darán de las cosas (uk endocen autus ifautón
anamimneskomenus). No es pues para la memo-
ria, sino para la rememoración para lo que tú
has descubierto un remedio (ukun mnemes, ala
ipomneseós, farmakon eures). En cuanto a la
instrucción (Sofías de)f es la apariencia (doxan)
lo que tú procuras a tus discípulos, y no en abso-
luto la realidad (aleceian): cuando en efecto con
tu ayuda rebosen de conocimientos sin haber re-
cibido enseñanza, parecerán buenos para juzgar
dé mil cosas, y la mayor parte del tiempo resul-
tarán carentes de todo juicio; y serán además in-
soportables porque serán apariencias de hom-
bres instruidos (doxofoi) en vez de ser hombres
instruidos (anti sófoi)» (274 e-275 b).
153
juicio real se encuentra esa serie de oposiciones. Y
colocada de tal suerte que el fármacon, o, si se quie-
re, la escritura no tenga otra salida que desapare-
cer: es en apariencia como la escritura resulta be-
néfica para la memoria, ayudándola desde el inte-
rior, por su movimiento propio, a conocer lo verda-
dero. Pero, en realidad, la escritura es esencialmen-
te mala, exterior a la memoria, productora no de
ciencia, sino de opinión; no de verdad, sino de apa-
riencia. El fármacon produce el juego de la aparien-
cia a favor del cual se hace pasar por la verdad, etc.
Pero mientras que en el Filebo y el Protágoras el
fármacon, porque es doloroso, parece malo y en
cambio es benéfico, aquí, en el Fedro, así como en
el Timeo, se hace pasar por un remedio bienhechor
y, en cambio, resulta en verdad perjudicial. Una ma-
la ambigüedad es, pues, opuesta a una buena ambi-
güedad, una intención de mentira a una simple apa-
riencia. El caso de la escritura es grave.
No basta con decir que la escritura está pensada
a partir de tales o tales otras oposiciones puestas
en serie. Platón la piensa, e intenta comprenderla,
dominarla a partir de la oposición misma. Para que
esos valores contrarios (bien/mal, verdadero/falso,
esencia/apariencia, dentro/fuera, etc.) puedan opo-
nerse es preciso que cada uno de los términos re-
sulte simplemente exterior al otro, es decir, que una
de las oposiciones (dentro/fuera) esté ya acredita-
da como matriz de toda oposición posible. Es pre-
ciso que uno de los elementos del sistema (o de la
serie) valga también como posibilidad general de
la sistematicidad o de la serialidad. Y si se llegase
a pensar que algo como el fármacon —o la escri-
tura—, lejos de ser dominado por esas oposiciones,
inaugura su posibilidad sin dejarse comprender en
.178 154
ellas; si se llegase a pensar que es sólo a partir de
algo semejante a la escritura —o al fármacon—
-
como puede anunciarse la extraña diferencia entre
el interior y el exterior; si, por consiguiente, se lle-
gase a pensar que la escritura como fármacon no
se deja asignar simplemente un lugar en lo que ella
sitúa, no se deja subsumir bajo los conceptos que
a partir de ella se deciden, no abandona más que
su fantasma a la lógica, que no puede querer domi-
narla más que para proceder aún de ella misma,
habría entonces que plegar a extraños movimientos
lo qué" ni siquiera podría llamarse ya la lógica o el
discurso. Tanto más cuanto que lo que impruden-
temente acabamos de llamar fantasma no puede ser
ya, con la misma certeza, distinguido de la verdad,
de la realidad, de la carne viva, etc. Hay que acep-
tar que, en cierto modo, el dejar a su fantasma sea
por una vez no salvar nada.
Este pequeño ejercicio habrá servido, sin duda,
para advertir al lector: la explicación con Platón,
tal como se esboza en este texto, ya ha sido sustraí-
da a los modelos reconocidos del comentario, de la
reconstitución genealógica o estructural de un sis-
tema que pretende corroborar o refutar, confirmar
o «derrocar», llevar a cabo una vuelta —a— Platón
o «mandarle a paseo» a la manera aún platónica
del jairein, Se trata de otra cosa muy distinta. Re-
léase, si no se cree, el párrafo anterior. Todos los
modelos de lectura clásica son en él excedidos en
un punto, justamente en el punto de su pertenen-
cia al interior de la serie. Entendiendo que el exceso
no es una simple salida fuera de la serie, puesto que
sabemos que ese gesto entra en una categoría de la
serie. El exceso —¿pero se le puede seguir denomi-
nando así?— no es más que cierto desplazamiento
de la serie. Y cierto repliegue —lo denominaremos
más tarde observación— a la serie de la oposición
e incluso a su dialéctica. No podemos aún califi-
carlo, denominarlo, comprenderlo bajo un simple
concepto sin errarlo de inmediato. Ese desplaza-
miento funcional que afecta menos a entidades con-
ceptuales significadas que a diferencias (y ya lo ve-
remos, a «simulacros») hay que hacerlo. Se escribe.
Es preciso, pues, en primer lugar leerlo.
Si la escritura produce, según el rey y bajo el
sol, el efecto inverso al que se le atribuye, si el fár-
macon es nefasto, es que, como el del Timeo, no es
de aquí. Viene de allá abajo, es exterior o extranje-
ro: al ser vivo, que es el aquí mismo del interior,
al logos como zóon al que pretende socorrer o su-
plir. Las huellas (típoi) de la escritura no se inscri-
ben esta vez, como en la hipótesis del Teeteto
(191 ss.), en hueco sobre la cera del alma, respon-
diendo así a los movimientos espontáneos, autócto-
nos, de la vida psíquica. Sabiendo que puede aban-
donar o confiar sus pensamientos al exterior, a la
consigna, a las señales físicas, espaciales y superfi-
ciales que se dejan sobre una tablilla, quien dispon-
ga de la tejné de la escritura descansará en ella. Sa-
brá que puede ausentarse sin que los típoi dejen de
estar allí, que puede olvidarlos sin que abandonen
su servicio. Le representarán incluso si él los ol-
vida, llevarán su palabra incluso si él no está ya
allí para animarlos. Incluso si está muerto, y sólo
un fármacon puede detentar semejante poder, so-
bre la muerte sin duda, pero también en conclusión
con ella. El fármacon y la escritura se trata, pues,
efectivamente siempre de una cuestión de vida o
muerte.
¿Se puede decir sin un anacronismo conceptual
.178
—y por lo tanto sin cometer una falta grave de lec-
tura— que los típoi son los representantes, los su-
plentes físicos de lo psíquico ausente? Más bien
habría que pensar que las huellas escritas no atañen
ni siquiera al orden de la físis porque no están vi-
vas. No crecen; no más de lo que se habrá insemi-
nado, como dirá Sócrates dentro de un instante,
con una caña (cálamos). Violentan la organización
natural y autónoma de la mneme, en la que no se
oponen físis y psiqué. Si la escritura pertenece a la
físis, ¿no es a ese momento de la físis, a ese movi-
miento necesario mediante el cual su verdad, la
producción de su aparecer, gusta, dice Heráclito, de
refugiarse en su cripta? «Criptograma» condensa
en una sola palabra la proposición de un pleonasmo.
Si creemos, pues, al rey fiándonos de su palabra,
es a esa vida de la memoria a lo que el fármacon
de la escritura vendría a hipnotizar: fascinándola,
haciéndola salirse entonces de sí y adormeciéndola
en el monumento. Confiando en la permanencia e
independencia de sus tipos (típoi), la memoria se
dormirá, no se mantendrá más, no se afanará ya por
mantenerse tensa, presente, lo más próxima posi-
ble de la verdad de los seres. Fascinada por sus
guardianes, por sus propios signos, por los tipos
encargados de la guardia y vigilancia del saber, se
dejará tragar por Lecé, invadir por el olvido y el
no-saber (42). No hay que separar aquí memoria y
verdad. El movimiento de la aleceia es de un ex-
(42) Remitimos aquí en especial al texto tan rico de
JEAN-PIERRE VERNANT (que aborda estos problemas con in-
tenciones muy distintas), «Aspects mythiques de la mé-
moire et du temps», en Mythe et Pensée chez les Grecs,
Maspéro, 1965. Sobre la palabra Tipos, sus relaciones con
perigrafe y paradeigma, cf.: A . VON BLUMENTHAL, Tupos
und Paradeigma, citado por Ρ. M. S C H U H L en Platón et
Vart de so* temps, P.U.F., 1952, pág. 18, núm. 4.
157
tremo a otro despliegue de mneme. De la memoria
^iva, de la memoria como la vida psíquica en tanto
que se presenta a sí misma. Los poderes de la
Lecé aumentan simultáneamente los dominios de la
muerte, de la no-verdad, del no-saber. Por eso la
escritura, al menos en tanto que vuelve «olvidadi-
zas a las almas», nos lleva del lado de lo inanimado
y del no-saber. Pero no se puede decir que su esen-
cía la confunda simple y presentemente con la muer-
te y la no-verdad. Pues la escritura no tiene esen-
cia o valor propio. Mima en su tipo a la memoria, el
saber, la verdad, etc. Por eso los hombres de es-
critura aparecen, bajo la mirada de dios, no como
sabios (sófoi), sino en realidad como pretendidos o
supuestos sabios (doxosófoi).
Es la definición del sofista según Platón. Pues
esa requisitoria contra la escritura acusa en primer
lugar a la sofística; se puede inscribirla en el inter-
minable proceso entablado por Platón, con el nom-
bre de filosofía, contra los sofistas. El hombre que
se apoya en la escritura, que se pavonea de los po-
deres y de los saberes que ésta le asegura, ese simu-
lador desenmascarado por Zamus tiene todos los
rasgos del sofista: «imitador del que sabe», dice el
Sofista (mimetés tu sófu, 268 c). El que podríamos
llamar grafócrata se parece como un hermano al
sofista Hippias tal como aparece en el Hippias me-
nor: vanagloriándose de saber y de Haber todo. Y
ante todo —lo que Sócrates, por dos veces, en dos
diálogos, finge irónicamente haber olvidado en su
enumeración—de saber más que nadie de mnemó-
nica o de mnemotecnia. Es incluso el poder que más
aprecia:
.178 158
mía es el mismo hombre quien dice la verdad y
quien engaña.
HIPPIAS: Parece que sí.
SÓCRATES: Pues bien, Hippias, examina del mis-
mo modo todas las ciencias y ya verás si no ocu-
rre lo mismo con todas. Precisamente, tú eres el
más hábil (sofótatos) de los hombres en todas
por igual. ¿Acaso nq te he oído yo jactarte, cuan-
do enumerabas la variedad verdaderamente en-
vidiable de tus aptitudes en la plaza, junto a los
puestos de los banqueros? [...] Además, decías
que llevabas poemas, epopeyas, tragedias, diti-
rambos, ¿qué sé yo qué más?, muchos discursos
m prosa de todo tipo. Y añadías, a propósito de
las ciencias de que hablaba yo hace un instante,
que tú sabías más de ellas que nadie, igual que
de ritmos, modos musicales, gramática, y mon-
tones de otras cosas, si recuerdo bien. ¡Ah! Y
me parece que me olvidaba de la mnemotecnia,
de la que te glorias: ¡y muchas otras cosas, se-
guro, que ahora no recuerdo! Y esto es lo que
quiero decir: en todas las ciencias que tu dominas
—¡y son muchas!— y en las demás, dime, según
lo que acabamos de constatar juntos, ¿sabes de
una sola en la que quien dice la verdad sea dis-
tinto de quien engaña o no se trate de un único
e idéntico hombre? Mira, considera todas las for-
mas de habilidades, todas las astucias, todo lo
que quieras; no la hallarás, amigo mío, porque
no existe. Si hay una, di cuál es.
HIPPIAS: N O veo ninguna, Sócrates, ahora mismo.
SÓCRATES: Y no la encontrarás nunca, en mi opi-
nión. Si por lo tanto, estoy yo en lo cierto, ¿re-
cuerdas, Hippias, lo que se deduce de nuestro
examen?
HIPPIAS: N O me doy cuenta del todo de lo que
quieres decir, Sócrates.
SÓCRATES: Debe de ser que no utilizas tu mne-
motecnia... (368 ad).
El sofista vende, pues, los signos y las enseñas
de la ciencia: no la memoria (mneme), únicamente
los monumentos (hipomnémata), los inventarios, los
archivos, las citas, las copias, los relatos, las listas,
las notas, los dobles, las crónicas, las genealogías, las
referencias. No la memoria, sino las memorias. Res-
ponde así a la petición de los jóvenes ricos y es en-
tre ellos donde es más aplaudido. Después de haber
confesado que los jóvenes admiradores no aguantan
el oirle hablar de la parte más hermosa de su cien-
cia (Hippias mayor, 285 d), el sofista debe decir todo
a Sócrates:
.178 160
nesis en su movimiento propiamente psíquico, a
la verdad en el proceso de su (de la) presentación,
a la dialéctica. La escritura puede únicamente imi-
tarlas. (Podríamos mostrar, pero haremos aquí la
economía de tal desarrollo, que la problemática
que vincula actualmente, y aquí mismo, a la escri-
tura con la (puesta en) cuestión de la verdad, así
como del pensamiento y el habla a ella ordenados,
debe necesariamente exhumar, pero sin limitarse a
ellos, los monumentos conceptuales, los vestigios del
campo de batalla, las referencias que señalan los lu-
gares de enfrentamiento entre la sofística y la filo-
sofía, y, de una manera más general, todos los con-
trafuertes alzados por el platonismo. En muchos
respectos, y desde un punto de vista que no cubre
todo el campo, estamos en la actualidad en vísperas
del platonismo. Que podemos pensar igual de natu-
ralmente como al día siguiente del hegelianismo. En
ese punto, la filosofía, la episteme no son «derroca-
das», «rechazadas», «frenadas», etc., en nombre de
algo como la escritura; muy al contrario. Pero son,
según una relación que la filosofía denominaría
simulacro, según un exceso más sutil de la verdad,
asumidas y al mismo tiempo desplazadas a un cam-
po muy distinto, donde aún se podrá, pero única-
mente, «imitar al saber absoluto» según la expre-
sión de Bataille, cuyo nombre nos evitará aquí toda
una red de referencias.)
La línea del frente que se inscribe violentamente
entre el platonismo y su otro más próximo, en la
especie de la sofística, está muy lejos de resultar
unida, continua, como tendida entre dos espacios
homogéneos. Su diseño es tal que, por una indeci-
sión sistemática, las partes y los partidos intercam-
bian frecuentemente sus respectivos lugares, imitan
las formas y adoptan los caminos del ^adversario.
Esas permutaciones resultan, pues, posibles y si
deben inscribirse en un terreno común, la disensión
es interna y se apoya en una sombra absoluta muy
distinta de la sofística y del platonismo, una resis-
tencia sin medida común con toda esa conmutación.
Contrariamente a lo que más arriba habíamos
dejado creer, tendremos también buenas razones
para pensar que la requisitoria contra la escritura
no apunta en primer lugar a la sofística. Al contra-
rio, parece en ocasiones proceder de ella. Ejercitar
la memoria, en lugar de confiar huellas al exterior,
¿no es la recomendación imperiosa y clásica de los
sofistas? Platón se apropiaría, pues, una vez más,
como hace a menudo, de una argumentación de los
sofistas, Y aquí, una vez más, la volvería en contra
de ellos. Y más adelante, después del juicio del rey,
todo el discurso de Sócrates, ya lo analizaremos pun-
to por punto, está tejido con esquemas y conceptos
salidos de la sofística.
Habrá, pues, que reconocer minuciosamente el
paso de la frontera. Y comprender bien que esta
lectura de Platón no está animada en ningún mo-
mento por ningún slogan o consigna del tipo de
«vuelta a los sofistas».*
Así, en los dos casos, por ambos lados, se sospe-
cha de la escritura y se prescribe la vigilia ejercita-
da de la memoria. A lo que Platón apunta, pues, en
la sofística no es al recurso a la memoria, sino, en
tal recurso, a la sustitución de la memoria viva por
el resumen ayuda-memoria, del órgano por la pró-
tesis, a la perversión consistente en reemplazar un
miembro por una cosa, aquí en sustituir la reani-
mación activa del saber, su reproducción presente,
por la «memoria» mecánica y pasiva. El límite (en-
162»
tre el interior y el exterior, lo vivo y lo no-vivo) no
separa simplemente al habla y la escritura, sino a
la memoria como desvelamiento que (re-) produce
la presencia y la re-memoración como repetición
del monumento: la verdad y su signo, el ser y el tipo.
El «exterior» no comienza en la juntura de lo que
en la actualidad denominamos lo psíquico y lo físi-
co, sino en el punto en que la mneme, en lugar de
estar presente en sí en su vida, como movimiento
de la verdad, se deja suplantar por el archivo, se
deja expulsar por un signo de re-memoración y de
ctíti-memoración. El espacio de la escritura, el espa-
cio como escritura se abre en el movimiento violen-
to de esa suplencia, en la diferencia entre mneme e
hipomnesis. El exterior está ya en el trabajo de la
memoria. La enfermedad se insinúa en la relación
consigo de la memoria, en la organización general
de la actividad mnésica. La memoria es por esencia
finita. Platón lo reconoce atribuyéndole la vida. Co-
mo a todo organismo vivo, ya lo hemos visto, le
asigna límites. Una memoria sin límite no sería ade-
más una memoria, sino la infinidad de una presen-
cia en sí. Siempre tiene, pues, la memoria, necesi-
dad de signos para acordarse de lo no presente con
lo que necesariamente tiene relación. El movimiento
de la dialéctica lo testimonia. La memoria se deja
así contaminar por su primer exterior, por su pri-
mer suplente: la hipomnesis. Pero con lo que sueña
Platón es con una memoria sin signo. Es decir, sin
suplemento. Mneme sin hipomnesis, sin fármacon.
Y eso en el momento mismo, y por la misma razón
que llama sueño a la confusión entre lo hipotético
y lo anhipotético en el orden de la inteligibilidad
matemática (República, VII, 533 b).
¿Por qué es peligroso el suplemento? No lo es,
163
si se puede decir así, en sí, sino en lo que podría
presentarse como una cosa, como un ser-presente.
Sería entonces tranquilizador El suplemento aquí,
no es, no es un ser (on). Pero no es tampoco un
simple no-ser (me on). Su deslizamiento le hurta
a la alternativa simple de la presencia y la ausen-
cia. Ese es el peligro. Y lo que permite al tipo
hacerse pasar por el original. Desde el momento
en que el exterior de un suplemento se ha abierto,
su estructura implica que pueda hacerse «tipar», re-
emplazar por su doble, y que un suplemento de su-
plemento resulte posible y necesario. Necesario por-
que ese movimiento no es un accidente sensible y
«empírico», está ligado a la idealidad del eidos, como
posibilidad de la repetición del mismo. Y la escri-
tura se le aparece a Platón (y después de él a toda la
filosofía que se constituye como tal en ese gesto)
como ese arrastramiento fatal del redoblamiento:
suplemento de suplemento, significante de un signi-
ficante, representante de un representante. (Serie,
pues, de la que no resulta aún necesario —pero lo
haremos más tarde— hacer saltar el primer término
o más bien de la primera estructura y hacer apare-
cer su irreductibilidad.) Es evidente por sí mismo
que la estructura y la historia de la escritura foné-
tica han representado un papel decisivo en la deter-
minación de la escritura como redoblamiento del
signo, como signo de signo. Significante del signifi-
cante fónico. Mientras que este último se manten-
dría en la posibilidad animada, en la presencia viva
de mneme o de psiqué, el significante gráfico, que
le reproduce o imita, se aleja de él un grado, cae
fuera de la vida, arrastra a ésta fuera de sí misma
y la pone a dormir en su doble «tipado». De donde
los dos efectos negativos de ese fármacon: embota
.178 164
la memoria y si resulta caritativo, no es para mne-
me, sino para hipomnesis. En lugar de despertar a
la vida en su originalidad «en persona», puede todo
lo más restaurar los monumentos. Veneno debilita-
dor para la memoria, remedio o reconstituyente pa-
ra sus signos exteriores, esos síntomas, con todo lo
que esa palabra puede connotar en griego: aconteci-
miento empírico, contingente, superficial, general-
mente de caída o de hundimiento, que se distingue,
como un índice, de aquello a lo que remite. Tu es-
critura no cura más que el síntoma, decía ya el rey,
con lo que nos enteramos de la diferencia infran-
queable entre la esencia del síntoma y la esencia del
significado; y de que la escritura pertenece al orden
y a la exterioridad del síntoma.
Así, aunque la escritura sea exterior a la memo-
ria (interior), y aunque la hipomnesis no sea la me-
moria, le afecta y le hipnotiza en su interior. Tal es
el efecto de ese fármacon. Exterior, la escritura no
debería, sin embargo, afectar a la intimidad o a la
integridad de la memoria psíquica. Y, sin embargo,
como lo harán Rousseau y Saussure, cediendo a la
misma necesidad, pero sin leer en ello otras rela-
ciones entre lo íntimo y lo extranjero, Platón man-
tiene tanto la exterioridad de la escritura como su
poder de penetración maléfica, capaz de afectar o
de infectar a lo más profundo. El fármacon es ese
suplemento peligroso que penetra por efracción en
aquello mismo de lo que hubiese querido prescindir
y que a la vez se deja asustar, violentar, colmar y
reemplazar, completar por la l^ella misma cuyo pre-
sente se aumenta desapareciendo en él.
Si, en lugar de meditar, la estructura que hace
posible semejante suplementariedad, si en lugar so-
bre todo de meditar la reducción mediante la cual
«Platón-Rousseau-Saussure» intenta inútilmente do- s
minarla en un extraño «razonamiento», nos conten- d
tásemos con hacer aparecer la «contradicción lógi- d
ca», habría que reconocer en ella al famoso «razona- d
miento del caldero», ese mismo que Freud recuerda d
en la Traumdeutung para ilustrar con él la lógica c
del sueño. Queriendo que todas las posibilidades es- p
tén de su parte, el litigante acumula los argumentos t
contradictorios: 1. el caldero que os devuelvo está d
nuevo; 2. los agujeros ya los tenía cuando me lo c
prestasteis; 3. además, no me habéis prestado nin- n
gún caldero. Igualmente: 1. La escritura es riguro-
samente exterior e inferior a la memoria y al habla a
vivas, a quienes, por lo tanto, no les afecta. 2. Les s
es perjudicial porque las adormece y las infecta en se
su propia vida, que sin ella estaría intacta. No ha- d
bría vicios de memoria ni de habla sin la escritura. q
3. Además, si se apela a la hipomnesis y a la escri- fi
tura, no es por su valor propio, es porque la me- ci
moria viva es finita, porque ya tenía huecos antes a
incluso de que la escritura dejase en ella sus huellas. la
La escritura no surte ningún efecto en la memoria. li
La oposición entre mneme e hipomnesis regiría, n
pues, el sentido de la escritura. Veremos que esta d
oposición forma sistema coñ todas las grandes opo- pr
siciones estructurales del platonismo. Lo qüe en úl- si
timo término se juega entre estos dos conceptos es, fi
por consiguiente, algo como la decisión principal de bl
la filosofía, aquella por la que se instituye, se man- de
tiene y contiene su fondo adverso. «h
Ahora, entre mneme e hipomnesis, entre la me- bi
moria y su suplemento, el límite resulta más que su- pl
til, apenas perceptible. De una y otra parte de ese pr
límite, se trata dé repetición. La memoria viva repite ra
la presencia del eidos y la verdad es también la po- si
166
sibilidad de la repetición en el recuerdo. La verdad
desvela al eidos o al ontós on, es decir, a lo qiie pue-
de ser imitado, reproducido, repetido en su identi-
dad. Pero en el movimiento anamnésico de la ver-
dad, lo que es repetido debe presentarse como tal,
como lo que es, en la repetición. Lo verdadero es re-
petido, es lo repetido de la repetición, lo represen-
ado presente en la representación. No es el repeti-
dor de la repetición, el significante de la significa-
ción. Lo verdadero es la presencia del eidos sig-
nificado.
Y al igual que la dialéctica, despliegue de la
anámnesis, la sofística, despliegue de la hipomnesis,
upone la posibilidad de la repetición. Pero esta vez
e mantiene en el otro lado, en la otra cara, se po-
dría decir, de la repetición. Y de la significación. Lo
que se repite es el repetidor, el imitador, el signi-
icante, el representante, eventualmente en ausen-
ia de la cosa misma que parecen reeditar, y sin la
nimación psíquica o mnésica, sin la tensión viva de
a dialéctica. Ahora bien, la escritura sería la posibi-
idad para el significante de repetirse solo, maqui-
almente, sin alma que viva para sostenerle y ayu-
arle en su repetición, es decir, sin que la verdad se
resente en ninguna parte. La sofística, la hipomne-
is, la escritura no estarían, pues, separadas de la
ilosofía, de la dialéctica, de la anámnesis y del ha-
la viva más que por el espesor invisible, casi nulo,
e una hoja entre el significante y el significado; la
hoja»: metáfora significante, advirtámoslo, o más
ien tomada a la cara significante, puesto qúe im-
licando un haz y un envés la hoja se anuncia en
rimer lugar como superficie y soporte de escritu-
a, Pero al mismo tiempo la unidad de esta hoja, del
istema de esta diferencia entre significado y signl·
.178 166
ficante, ¿no es también la inseparabilidad entre la
sofística y la filosofía. La diferencia entre significa-
do y significante es, sin duda, el esquema rector a
partir del cual el platonismo se instituye y determi-
na su oposición a la sofística. Inaugurándose así, la
filosofía y la dialéctica se determinan determinando
a su otro .
Esta complicidad profunda en la ruptura tiene
una primera consecuencia: la argumentación del Fe-
dro contra la escritura puede tomar prestados to-
dos sus recursos a Isócrates o a Alcidamas desde el
momento en que, «transponiéndolos» (43), vuelve sus
armas contra la sofística. Platón imita a los imita-
dores para restaurar la verdad de lo que imitan: la
misma verdad. Sólo en efecto la verdad como pre-
sencia (usía) del presente (on) resulta aquí discrimi-
nante. Y su poder de discriminación, que rige o, si
se prefiere, es regido por la diferencia entre signifi-
cado y significante, queda en todo caso sistemática-
mente inseparable de ello. Ahora bien, esta discri-
minación se sustrae hasta no separar ya, en última
instancia, más que al mismo de sí, de su doble per-
fecto y casi indiscernible. Movimiento que se produ-
ce por entero en la estructura de ambigüedad y de
reversibilidad del fármacon.
¿Cómo simula en efecto el dialéctico al que de-
nuncia como simulador, como hombre del simula-
cro? Por una parte, los sofistas aconsejaban, como
Platón, ejercitar la nicinoiih^ Vero erayirltrllenios"
visto, para poder hablar sin saber, para recitar sin
juicio, sin cuidado por la verdad, para dar signos.
169»
242
aunque al principio fuesen difíciles de entender,
no hay por qué asustarse, pues incluso el que
sea torpe de mente puede volver y escrutarlas
varias veces, y no es tampoco con su longitud,
si son útiles, como se puede en absoluto justificar
lo que a mí me parecería una impiedad en cual-
quier hombre: el hurtarse a prestar a esa demos-
tración toda la asistencia (to me u boecein tu-
tois tois logois) de que es capaz (X, 891 a. Cito
siempre la traducción más autorizada, aquí la
de Diés, añadiendo, cuando nos interesa, las pa-
labras griegas que es preciso, y dejando al lector
que aprecie los habituales efectos de traducción.
Sobre las relaciones entre leyes no-escritas y le-
yes escritas, ver en especial VII, 793 b c).
171»
Si la presencia es la forma general del ser, el pre-
sente es siempre otro. Ahora bien, lo escrito, en tan-
to que se repite y permanece idéntico a sí en el tipo,
no se pliega en todos los sentidos, no se pliega a
las diferencias entre los presentes, a las necesidades
variables, fluidas, furtivas de la psicagogía. Quien
habla, por el contrario, no se somete a ningún es-
quema preestablecido; conduce mejor sus signos;
está allí para acentuarlos, doblarlos, retenerlos o
soltarlos según las exigencias del momento, la natu-
raleza del efecto buscado, la ocasión que ofrezca
el interlocutor. Asistiendo a sus signos en su opera-
ción, quien actúa con la voz penetra más fácilmente
en el alma del discípulo para producir en ella efec-
tos siempre singulares, llevándola, como si estuvie-
se aposentado en ella, adonde pretende. No es, pues,
su violencia maléfica, sino su impotencia sin aliento,
lo que reprochan los sofistas a la escritura. A ese
servidor ciego, a sus movimiento torpes y errantes,
la escuela ática (Gorgias, Isócrates, Alcidamas) opo-
ne la fuerza del logos vivo, el gran maestro, el gran
poder: logos dinastes megas estin, dice Gorgias en
la Egloga de Elena. La dinastía del habla puede ser
más violenta que la de la escritura, su efracción es
más profunda, más penetrante, más diversa, más
segura. Sólo se refugia en la escritura quien no sabe
hablar mejor que cualquier pelanas. Alcidamas lo re-
cuerda en su tratado «sobre los que escriben discur-
sos» y «sobre los sofistas». La escritura como conso-
lación, como compensación, como remedio para el
habla débil.
A pesar de estas semejanzas, la condena de la es-
critura no tiene lugar en los retores como en el Fe-
dro. Silo escrito resulta menospreciado, no lo es en
tanto que fármacon que viene a corromper la memo-
.178
ria y la verdad. Es porque el logos es un fármacon
más eficaz. Así lo denomina Gorgias. En tanto que
fármacon, el logos es a la vez bueno y malo; no es
regido en primer lugar por el bien y la verdad. Es
sólo en el interior de esa ambivalencia y de esa in-
determinación misteriosa del logos, y cuando haya
sido reconocida, donde Gorgias determina la verdad
como mundo, estructura u orden, añadidura (cos-
mos) del logos. Con eso anuncia sin duda el gesto
platónico. Pero antes de semejante determinación
estamos en el espacio ambivalente e indeterminado
del fármacon, de lo que en el logos permanece como
poder, en potencia, no es aún lenguaje transparente
del saber. Si pudiésemos recobrarlo en categorías
ulteriores y justamente dependientes de la historia
así abierta, categorías según la decisión, habría que
hablar aquí de la «irracionalidad» del logos vivo, de
su poder de hechizamiento, de fascinación aterrori-
zadora, de transformación alquímica que le empa-
renta con la brujería y la magia. Brujería (goeteia),
psicagogía, tales son los «hechos y gestos» del ha-
bla, del más temible fármacon. En su Elogio de Ele-
na, Gorgias se sirve de estas palabras para calificar
el poder del discurso:
173
la misma violencia que un rapto?,.. El habla,-la
que persuade al alma, cuando le ha persuadido
le obliga tanto a obedecer a las cosas dichas
como a consentir a las cosas que suceden/ Per-
suadirla en tanto que está obligada es un error, y
respecto a la persuadida, en tanto que ha sido
obligada de palabra, lo malo que se dice de ella
no se basa en nada» (45).
La elocuencia persuasiva (peizó) es el poder de
efracción, de rapto, de seducción interior, de rapto
invisible. La propia fuerza furtiva. Pero mostrando
que Elena cedió a la violencia de un habla (¿habría
cedido ante unas letras?), declarando inocente a esa
víctima, Gorgias acusa al logos de su poder de men-
tir. Quiere, «dando lógica (loguismon) al discurso
(toi logoi), al mismo tiempo acabar con la acusación
contra una mujer tan mal afamada, y, demostrando
que sus acusadores están equivocados, es decir, mos-
trando la verdad, poner término a la ignorancia».
Pero antes de ser dominado, domado por el cos-
mos y el orden de la verdad, el logos es un ser vivo
salvaje, una animalidad ambigua. Su fuerza mágica,
«farmacéutica», se basa en esta ambivalencia, y eso
explica que resulte desproporcionada a lo poco que
es un habla:
242
absoluto, realiza obras muy divinas. Pues puede
, apaciguar el terror y alejar la tristeza, hace na-
cer la alegría y aumenta la piedad...».
«La persuasión que entra en el alma mediante el
discurso», tal es el fármacon y tal es el nombre que
utiliza Gorgias:
5. E L FARMAKEUS
175»
era el mal quien nos convertía el bien
(tágazon) en falso, precioso y queridó,
porque éste era el remedio (fármacon) de
la enfermedad que era el mal: pero su-
primida la enfermedad, el remedio ya no
tiene objeto (uden dei farmacu). ¿Ocurre
lo mismo con el bien?... —Parece, repuso,
que así sea en verdad.»
Lisis, 220 c d.
176
tes de querer embrujarle, de haberle echado un sor-
tilegio (Farmattein bulei me, ó Sókrates, 194 a). El
retrato de Eros por Diotimo está situado entre esta
apostrofe y el retrato de Sócrates por Alcibíades.
El cual recuerda que la magia socrática actúa
mediante el logos sin instrumento, mediante una
voz sin accesorios, sin la flauta del sátiro Marsias:
.178 176
tes dionisíacos (218 b). Y cuando no actúa como el
veneno de la víbora, el sortilegio farmacéutico de
Sócrates provoca una especie de narcosis, embota
y paraliza en la aporía, como la descarga del pez-
torpedo (narké):
.178
miento sofístico, en deshacer una sustancia o un?
poder ocultos por el análisis y la pregunta. No con-
siste en desmontar la seguridad charlatanesca de
un farmakeus desde la instancia obstinada de una
razón transparente y de un lagos inocente. La iro-
nía socrática precipita un fármacon en contacto con
otro fármacon. Más bien, invierte su poder y vuelve
la superficie de un fármacon (47). Tomando así no-
ta, acta y fecha, clasificándolo, de que lo propio del
fármacon consiste en cierta inconsistencia, en cierta
impropiedad, y de que esa no-identidad consigo le
permite siempre el ser vuelto contra sí mismo.
En esa vuelta hay ciencia y hay muerte. Que se
consignan en un solo y mismo tipo en la estructura^
del fármacon: nombre único de esa poción que hay
que esperar. Y que hay incluso que, como Sócra-
tes, merecer.
179
II
.178
se de las Leyes desecha la hipótesis: «Volvamos,
pues, a nuestro legislador para decirle: ¡Pues bien!,
legislador, sin duda que para producir el temor nin-
gún dios dio a los hombres semejante droga (fár-
macon) y tampoco hemos inventado nosotros nada
parecido,—pues los brujos (goetas) no forman parte
de nuestros invitados; pero para producir la ausen-
cia de temor (afobias) y una audacia exagerada e
intempestiva, allí donde no resulta necesaria, ¿exis-
te un brebaje o somos de otra opinión?» (649 a).
En nosotros es el niño quien tiene miedo. Ya no
habrá más charlatanes cuando el niño que se «man-
tiene dentro de nosotros» deje de tener miedo a la
muerte como a un mormolikeion, un espantajo para
asustar a los niños, un Coco. Y habrá que múltipla
car diariamente los ensalmos para librar al niño de
ese fantasma: «CEBES: ¡Pues entonces procura que
ese niño, disuadido por ti, ya no tenga miedo de la
muerte como del Coco! —Pero entonces, lo que le
hace falta, dijo Sócrates, es un ensalmo diario has-
ta que gracias a él se lo haya quitado de encima.
—¿De dónde sacaremos, Sócrates, contra ese tipo
de terrores, un encantador (epódon) que sirva, ya
que, dijo, tú nos vas a dejar?» (Fedón, 77 e). En el
Critón, Sócrates se niega también a ceder a la mul-
titud que intenta «asustarnos como a niños multi-
plicando sus espantajos, evocando las prisiones, los
suplicios, las confiscaciones» (46 ic).
El contra-hechizo, el exorcismo, el antídoto es
la dialéctica. A la pregunta de Cebes, Sócrates res-
ponde que no hay que buscar sólo un mago, sino
también —y es el ensalmo más seguro— aprender
dialéctica: «... en la búsqueda de semejante encan-
tador no ahorréis ni bienes ni esfuerzo, pensando
qúé no hay nada en lo que pudierais, con más acier-
181
to, gastar vuestros bienes. Pero someteros a vos-
otros mismos, es preciso, a una búsqueda mutua;
pues quizá os sea difícil encontrar persónas que
sean más aptas que vosotras para realizar ese ofi-
cio» (Fedón, 78 a b).
Someterse a la búsqueda mutua, buscar el cono-
cerse a sí mismo mediante el rodeo y el lenguaje
del otro, tal es la operación que Sócrates, recordan-
do lo que el traductor llama «el precepto de Delfos»
(tu Delfiku grammatos), presenta a Alcibíades como
antídoto (alexifármacon), contra-veneno (Alcibíades,
132 b). En el texto de las Leyes cuya cita hemos in-
terrumpido antes, cuando la necesidad de la letra
haya sido firmemente planteada, la introyección, la
interiorización de los grámmata en el alma del juez,
como lugar de residencia más seguro para ellos, es
entonces recetada como antídoto. Volvamos al texto:
242
tos (alexifármaca) contra los demás discursos; así
asegura su propia rectitud y la de la ciudad, pro-
curando a las personas honradas la salvaguarda
y el acrecentamiento de sus derechos, a los mal-
vados toda la ayuda posible para que renuncien
a su locura, a su intemperancia, a su cobardía,
en una palabra a toda su injusticia, en la medida
en que sus errores tienen cura; en cuanto a aqué-
llos en quienes son verdaderamente la trama de
su destino, si, a almas así formadas administran,
como remedio (iama) la muerte, entonces es
cuando, podemos repetirlo con toda justicia, ta-
les jueces o directores de los jueces merecerán
el ser alabados en toda la ciudad» (XII, 957 c-
958 a. Los subrayados son míos).
183»
del antídoto en general, antes de que resulte posible
distribuirlo entre las regiones de lo divino o de lo
humano. La dialéctica es el paso entre esas dos re-
giones); y 2) Los problemas (problémata): lo que
uno tiene ante sí —obstáculo, refugio, armadura,
escudo, defensa—. Dejando la vía de los antídotos,
el Extranjero busca la división de los problémata
que pueden funcionar como armaduras o cierres.
Los cierres (frágmata) son colgaduras o proteccio-
nes (alexeteria) contra el frío y el calor; las protec-
ciones son techumbres o cubiertas; cubiertas que
pueden ser extendidas (como alfombras) o envol-
ventes, etc. La división se prosigue así a través de
las distintas técnicas de fabricación de las cobertu-
ras envolventes y llega finalmente al vestido tejido
y al arte del telar: especie problemática de la pro-
tección. Este arte excluye, pues, si seguimos la divi-
sión al pie de la letra, el recurso a los antídotos; y
por consiguiente a esa especie de antídoto o de fár-
macon invertido que constituye la dialéctica. El tex-
to excluye la dialéctica. Y sin embargo, habrá que
distinguir más adelante entre dos texturas, cuando
se reflexione en que la dialéctica es igualmente un
arte de tejer, una ciencia de la simploké.
La inversión dialéctica del fármacon o del peli-
groso suplemento hace, pues, a la muerte aceptable
y nula. Aceptable por anulada. Acogiéndola bien, la
inmortalidad del alma, actuando como un anticuer-
po, disipa su fantasma espantoso. El fáfmacon in-
vertido, que hace huir a todos los espantajos, no es
otro que el origen de la episteme, la apertura a la
verdad como posibilidad de la repetición y sumi-
sión del «turor de vivir» (epicimein zén, Critón,
53 e) a la ley (al bien, al padre, al rey, al jefe, al ca-
pital, al sol invisibles). Son las propias leyes quie-
242
nes, en el Critón, invitan a no «manifestar ese furor
de vivir con menosprecio de las leyes más impor-
tantes».
¿Qué dice, efectivamente, Sócrates cuando Gebes
y Simmias le piden que les proporcione un encan-
tador? Les llama al diálogo filosófico y a su objeto
más digno: la verdad del eidos como de lo que es
idéntico a sí, siempre el mismo que sí y por lo tanto
simple, no compuesto (asínceton), indescomponible,
inalterable (78 c, e). El eidos es lo que puede siem-
pre ser repetido como lo mismo. La idealidad y la
invisibilidad del eidos, es su poder-ser-repetido. Y la
ley es siempre la ley de una repetición, y la repeti-
ción es siempre el sometimiento a una ley. La muer-
te abre, pues, al eidos como a la ley-repetición. En
la prosopopeya de las Leyes del Critón, Sócrates es
llamado a aceptar a la vez la muerte y la ley. Debe
reconocerse como retoño, hijo o representante (ék-
gonos) e incluso esclavo (dulos) de la ley que, unien-
do a su padre y a su madre, hizo posible su naci-
miento. La violencia es, pues, aún más impía cuando
se ejerce contra la ley de la madre/patria que cuan-
do hiere a padre y madre (51 c). Por eso, le recuer-
dan las Leyes, Sócrates debe morir de acuerdo con
la ley y dentro del recinto de esta ciudad, él que
(apenas) quiso salir nunca de ella:
185»
muestran que te agradamos, nosotros y el Esta-
do (polis). No te habrías mantenido encerrado
más que ningún otro ateniense en esta ciudad
(polis) si no te hubiese convenido más que a nin-
gún otro, siempre unido a ella hasta llegar a no
salir ni para asistir a una tiesta, salvo al Istmo,
una sola vez, y sin haber ido a ningún país ex-
tranjero, excepto en expedición militar, sin ha-
ber viajado nunca a ningún sitio como hacen los
demás, sin ni siquiera haber concedido nunca el
deseo de conocer otra ciudad y otras leyes, ple-
namente satisfecho con nosotros y con este Esta-
do (polis). Y en tanto nos preferías a todo, con-
sentías formalmente en vivir bajo nuestra auto-
ridad (51 a c-52 b c).
187»
él no servía. «Voy a escribir, me dijo, el conjuro
tal como me lo dictes» (155 <¿-156 a. Cf. también:
175-176 48).
188
veneno. Semejante operación no resultaría posible
si el fármaco-logos no cobijase en sí mismo esa com-
plicidad de valores contrarios, y si el fármacon en
general no fuese, antes de toda discriminación, lo
que, dándose como remedio, puede corromper (se)
en veneno, o lo que dándose como veneno puede re-
sultar ser remedio, puede aparecer después de admi-
nistrado en su verdad de remedio. La «esencia» del
fármacon es que, no teniendo esencia estable, ni ca-
rácter «propio», no es, en ningún sentido de esa pa-
labra (metafísico, físico, químico, alquímico) una
sustancia. El fármacon no tiene ninguna identidad
ideal, es aneidético, y en primer lugar porque no es
monoeidético (en el sentido en que el Fedón habla
del eidos como de un simple: monoeides). Esta «me-
dicina» no es un simple. Pero no es por ello un com-
puesto, un sínceton sensible o empírico que partici-
pe de varias esencias simples. Es más bien el medio
anterior en que se produce la diferenciación en ge-
neral, y la oposición entre el eidos y su otro; ese
medio es análogo al que más tarde, después y según
la decisión filosófica, será reservado a la imagina-
ción transcendental, ese «arte escondido en las pro-
fundidades del alma», que no depende simplemente
ni de lo sensible ni de lo inteligible, ni de la pasivi-
dad ni de la actividad. El medio-elemento será siem-
pre análogo al medio-mixto. De cierta manera, Pla-
tón ha pensado e incluso formulado esa ambivalen-
cia. Pero lo ha hecho de paso, incidentalmente, dis-
cretamente: a propósito de la unidad de los contra-
rios en la virtud y no de la unidad de la virtud y de
su contrario:
.178 188
educación donde las leyes podrán hacerla nacer;
es para ellos para quienes ha creado el arte ese
remedio (fármacon); es, como decíamos, el víncu-
lo verdaderamente divino, que une entre sí a las
partes de la virtud, por desemejantes que sean
por naturaleza y por contrarias que puedan ser
sus tendencias. (Poltico 310 a).
.178
¿Hay juego o artificio en esa aproximación cru-
zada? Es que hay, sobre todo, el juego en semejante
movimiento y ese quiasmo es autorizado, y aun pres-
crito, por la ambivalencia del fármacon. No sólo por
la polaridad bien/mal, sino por la doble participa-
ción en las regiones distintas del alma y del cuerpo,
de lo invisible y de lo visible. Esta doble participa-
ción, una vez más, no mezcla dos elementos previa-
mente separados, remite a lo mismo que no es lo
idéntico, al elemento común, al médium de toda di-
sociación posible. Así, la escritura es dada como su-
plente sensible, visible, espacial de la mneme: se
revela a continuación perjudicial y embotadora para
el interior invisible del alma, la memoria y la ver-
dad. A la inversa, la cicuta es dada como veneno
perjudicial y embotador para el cuerpo. Se revela
luego como benéfica para el alma, que libra del
cuerpo y despierta a la verdad del eidos. Si el fár-
macon es «ambivalente», es, por lo tanto, por cons-
tituir el medio en que se oponen los opuestos, el mo-
vimiento y el juego que los relacionan mutuamente,
los vuelve y los hace pasar una o otro (alma/cuerpo,
bien/mal, interior/exterior, memoria/olvido, habla/
escritura, etc.). Es a partir de ese juego o de ese mo-
vimiento como los opuestos o los diferentes son de-
tenidos por Platón. El fármacon es el movimiento,
el lugar y el juego (la producción de) la diferencia.
Es la diferenzia de la diferencia. Tiene en reserva,
en su sombra y vigilia indecisas, a los diferentes y
191
a las desavenencias que la discriminación vendrá a
recortar. Las contradicciones y las parejas de opues-
tos se levantan sobre el fondo de esa reserva diacríti-
ca y diferemte. Ya diferemte, esa reserva, para «pre-
ceder» a la oposición de los efectos diferentes, para
preceder a las diferencias como efectos, no tiene,
pues, la simplicidad puntual de una coincidentia
oppositorum. De ese fondo viene la dialéctica a ex-
traer sus filosofemas. El fármacon, sin ser nada por
sí mismo, los excede siempre como su fundo sin
fondo. Se mantiene siempre en reserva aunque no
tenga profundidad fundamental ni última localidad.
Vamos a verle prometerse al infinito y escaparse
siempre por puertas ocultas, brillantes como espe-
jos y abiertas a un laberinto. Es también esa reser-
va de trastienda a lo que llamamos la farmacia.
6. E L FARMACOS
.178
tamente general y se verifica incluso en el caso de
que tal poder resulte valorizado: el buen remedio,
la ironía socrática vienen a turbar a la organización
intestina de la complacencia en sí. La pureza del in-
terior no puede desde entonces ser restaurada más
que acusando a la exterioridad bajo la categoría de
un suplemento inesencial y con todo perjudicial pa-
ra la esencia, de un sobrante que habría debido no
venir a añadirse a la plenitud intacta del interior.
i La restauración de la pureza interior debe, pues, re-
constituir, recitar —y es el mito mismo, la mitolo-
gía, por ejemplo, de un logos que narra su origen
y se remonta a la víspera de una agresión farmaco-
gráfica— aquello a lo que el fármacon habría debi-
do no sobreañadirse, viniendo así a resultarle lite-
ralmente parásito: letra que se instala en el interior
de un organismo vivo para quitarle su aliento y es-
torbar la pura audibilidad de una voz. Tales son las
relaciones entre el suplemento de escritura y el lo-
gos-zóon. Para curar a este último del fármacon y
expulsar al parásito, resulta necesario, pues, volver
al exterior a su lugar. Mantener al exterior fuera.
Lo que es el gesto inaugural de la «lógica» misma,
del buen «sentido» tal como se concilia con la iden-
| tidad en sí de lo que es: el ser es lo que es, lo exte-
rior está fuera y lo interior dentro. La escritura,
pues, debe volver a convertirse en lo que no habría
nunca debido dejar de ser: un accesorio, un acciden-
te, un excedente.
La cura mediante el logos, el exorcismo, la catar-
sis anularán, pues, el excedente. Pero siendo esta
anulación de naturaleza terapéutica, debe apelar a lo
mismo que expulsa, y al sobrante que pone fuera.
Es necesario que la operación farmacéutica se exclu-
ya de sí misma.
193
¿Qué quiere decir? ¿Qué escribir?
.178 194
parte inapreciable para el propio autor, sfi algo así
existe. Se puede decir en todo caso que todas las pa-
labras «farmacéuticas» que hemos señalado hacían
efectivamente, si se puede decir, «acto de presencia»
en el texto de los diálogos. Pero hay otra palabra
que, que nosotros sepamos, no es utilizada nunca
por Platón. Si la ponemos en comunicación con la
serie farmakeia — fármacon —farmakeus, no pode-
mos contentarnos ya con reconstituir una cadena
que, por resultar secreta, y aún desapercibida a Pla-
tón, no dejaba de pasar por ciertos puntos de pre-
sencia detectables en el texto. La palabra a que va-
mos a hacer referencia ahora, presente en la lengua,
que remite a una experiencia presente en la cultura
griega y aun del tiempo de Platón, parece, sin em-
bargo, ausente del «texto platónico».
¿Pero qué quiere decir aquí ausente o presente?
Como todo texto, el de «Platón» no podía dejar de
estar en relación, de manera al menos virtual, diná-
mica, lateral, con todas las palabras que componen
el sistema de la lengua griega. Fuerzas de asociación
unen, a distancia, con una fuerza y según vías distin-
tas, a las palabras «efectivamente presentes» en un
discurso con todas las demás palabras del sistema
léxico, aparezcan o no como «palabras», es decir,
como unidades verbales relativas en determinado
discurso. Comunican con la totalidad del léxico me-
diante el juego sintáctico y al menos mediante las
sub-unidades que componen lo que se denomina una
palabra. Por ejemplo, «fármacon» comunica ya, pe-
ro no sólo, con todas las palabras de la misma fa-
milia, con todas las significaciones construidas a
partir de la misma raíz. La cadena textual que debe-
mos así volver a poner en su sitio no es, pues, ya sim-
plemente «interior» al léxico platónico. Pero al des-
bordar ese léxico, queremos menos exceder, equivo-
cados o no, cierto límites, que levantar la sospecha
sobre el derecho a plantear tales límites. En una
palabra, no creemos que exista rigurosamente un
texto platónico, cerrado sobre sí mismo, con su inte-
rior y su exterior. No es que entonces haya que con-
siderar que hace agua por todas partes y qué se le
puede ahogar confusamente en la generalidad indi-
ferenciada de su elemento. Simplemente, y a condi-
ción de que las articulaciones sean rigurosa y pru-
dentemente reconocidas, debe de resultar posible se-
parar fuerzas de atracción ocultas uniendo una pa-
labra presente y una palabra ausente en el texto de
Platón. Tal fuerza, dado el sistema de la lengua, no
ha podido dejar de pesar sobre la escritura y sobre
la lectura de ese texto. Respecto a ese paso, la men-
cionada «presencia» de una unidad verbal muy re-
lativa —la palabra—, sin ser un accidente contin-
gente que no merece ninguna atención, no constitu-
ye, sin embargo, el último criterio y la última perti-
nencia.
El circuito que proponemos es además tanto más
fácil y legítimo cuanto que conduce a una palabra
que se puede considerar, en una de sus caras, como
el sinónimo, casi el homónimo, de una palabra de la
que Platón se ha «efectivamente» servido. Se trata
de la palabra «fármacos» (brujo, mago, envenena-
dor), sinónimo de farmakeus (utilizado por Platón),
que tiene la originalidad de haber sido sobredeter-
minada, sobrecargada por la cultura griega con otra
función. Con otro papel, y formidable.
Se ha comparado al personaje del fármacos con
un chivo expiatorio. La enfermedad y el exterior, la
expulsión de la enfermedad, su exclusión fuera del
cuerpo (y fuera) de la ciudad, tales son las dos sig-
196
nificaciones principales del personaje y de la prác-
tica ritual.
Harpocratión las describe así, comentando la pa-
labra fármacos: «En Atenas se expulsaba a dos hom-
bres a fin de purificar la ciudad. Y en las Targuelias,
lo que ocurría era que los hombres expulsaban a un
hombre y las mujeres a otro (51)»· En general, los
(51) Las principales fuentes que permiten describh: el
ritual del fármacos están reunidas en los Mythologische
Forschungen (1884), de W . MANNHARDT, y recordadas en
particular por J. G. FRAZER en La rama dorada (ed. espa-
ñola F.C. E.), por J. E. HARRISON, Prolegomena to the stu-
dy of greek religión ( 1 9 0 3 , págs. 9 5 ss.), Themis, a study
of the social origins of greek religión ( 1 9 1 2 , pág. 4 1 6 ) ; por
NILSSON, History of greek religión ( 1 9 2 5 , pág. 2 7 ) ; por
Ρ . M . S C H U H L , Essai sur la formation de la pensée grec-
que ( 1 9 3 4 , págs. 36-37). Se podrá consultar igualmente el
capítulo que MARIE DELCOURT consagra a Edipo en sus
Légendes et cuite des héros en Gréce ( 1 9 4 2 , pág. 1 0 1 ) ; del
mismo autor, Pyrrhos et Pyrrha. Recherches sur les va-
leurs du feu dans les légendes hélléniques ( 1 9 6 5 , pág. 2 9 ) ,
y sobre todo, Oedipe ou la légende du conquérant ( 1 9 4 4 ,
páginas 2 9 - 6 5 ) .
Ha llegado, sin duda, el momento de observar, a pro-
pósito de la aproximación tan necesaria entre el personaje
de Edipo y el personaje del fármakos, que, a pesar de las
apariencias, el discurso que mantenemos aquí no es, stric-
to sensu, psicoanalítico. Y ello al menos en la medida en
que tocamos el fondo textual (cultura, lengua, tragedia, fi-
losofía griegas, etc.) en que Freud debió empezar a extraer
y no piído dejar de referirse. Es a ese fondo a lo que nos-
otros nos proponemos interrogar. Eso no significa que la
distancia así señalada con relación a un discurso psicoana-
lítico que evolucionaría ingenuamente en un texto griego
insuficientemente descifrado, etc., sea del mismo tipo que
en la que se mantienen, por ejemplo, M. DELCOURT (Lé-
gendes, págs. 109, 113, etc.) y J. P . VERNANT (Oedipe sans
complexe, en Raison présente, 1 9 6 7 ) .
Después de la primera publicación de este texto ha apa-
recido el notable ensayo de J . P . VERNANT, Ambigüité et
renversement sur la structure énigmatique d'Oedipe-Roi,
en Echanges et Communications, mélanges offerts a Clau·
de Lévi-Strauss (Mouton, 1 9 7 0 ) . Se puede leer en él, en es-
pecial, esto que parece confirmar nuestra hipótesis (cf. no-
ta 47): «¿Cómo puede la Ciudad admitir en su seno a
quien, como Edipo, "ha lanzado su flecha más lejos que
nadie" y se ha convertido en isoceos? Cuando funda el
.178 196
fármacoi eran muertos· Pero no era ese, al pare-
cer (52), la finalidad esencial de la operación. La
muerte sobrevenía la mayoría de las veces como
efecto secundario de una enérgica fustigación. Que
Í9&
apuntaba en primer lugar a los órganos genitales (53).
Una vez alejados del espacio άβ la ciudad, losf fárma-
cos, los golpes (54) debían expulsar o atraer al mal
logia gift, traducción del latín dosis, a su vez transcripción
del griego dosis, dosis, dosis de veneno. Esa etimología su-
pone que los dialectos alto y bajo alemanes habrían resera
vado un nombre culto a una cosa de utilización vulgar, lo
cual no es la ley semántica habitual. Y, además, habría que
explicar aún la elección de la palagra gift para esa traduc-
ción y el tabú lingüístico inverso que ha pesado sobre el
sentido «don» de esa palabra en ciertas lenguas germáni-
cas. En fin, el empleo latino y, sobre todo, griego de la
palabra dosis en el sentido de veneno prueba que también
entre los antiguos hubo asociaciones de ideas y de reglas
morales del tipo de las que describimos.
Hemos acercado la incertidumbre del sentido de gift a
la del latín venenum, a la de fíltrón y fármacon; habría
que añadir la aproximación (BRÉAL, Mélanges de la société
linguistique, t. III, pág. 410) venia, venus, venenum, de
vanati (sánscrito, agradar), y gewinnen, win (ganar). Hay
que corregir también un error de cita. Aulu-Gelle sí que
disertó sobre estas palabras, pero no era él quien citaba
a Homero (Odisea, IV, pág. 226); es Gaius, el propio ju-
rista, en su libro sobre las Doce Tablas (Dige$to, L. XVI,
De verb. signif236).» (Sociologie et anthropologie, P. U. F.,
página 255, núm. 1.)
(52) C f . HARRISON, op. cit., pág. 104.
(53) «Del mismo modo, la intención de quienes golpea-
ban al chivo expiatorio en los órganos genitales con escilas
[planta herbácea bulbosa, en ocasiones cultivada por sus
virtudes farmacéuticas, en especial diuréticas] era segura-
mente librar a sus poderes de reproducción de un encanto
o de una exigencia impuesta por demonios u otras cria-
turas maléficas...» (FRAZER, Le Bouc émissaire, pág. 2 3 0 ) .
(54) Recordemos la etimología supuesta de fármacon!
fármacos. Citemos a E. BOISACQ, Dictionnaire étymologique
de la langue grecque. «Fármacon: Encanto, filtro, droga,
remedio, veneno. Fármacos: Mago, brujo, envenenador;
aquel a quien se inmola en expiación de las faltas de una
ciudad (cf.: Hipponax: Aristófanes), de donde foragido (*)>
Farmasso: at. tto.: trabajar o alterar con ayuda de una
droga.
(*) HAVERS, IF, XXV, 3 7 5 - 3 9 2 , partiendo de paremfa-
raktos: parakekommenos, deriva fármacon de farma:
«golpe», y éste de R. bher: golpear. Cf. lit. buriu, de suerte
que fármacon habría significado: «Lo que se refiere a un
golpe demoníaco o que es empleado como medio curativo
contra semejante golpe», dada la creencia popular muy ex-
tendida de que las enfermedades son causadas por golpes
199
fuera de sus cuerpos. ¿Se les quemaba también a
modo de purificación (kazármos)? En sus Mil histo-
rias, refiriéndose a ciertos fragmentos del poeta sa-
tírico Hipponax, Zezes describe así la ceremonia:
«El (ritual del) fármacos era una de esas antiguas
prácticas de purificación. Si se abatía una calamidad
sobre la ciudad, que expresara el enojo de dios, ham-
bre, peste o cualquier otra catástrofe, llevaban co-
mo a un sacrificio al hombre más feo de todos a
modo de purificación y como remedio a los sufri-
mientos de la ciudad. Procedían al sacrificio en un
lugar convenido y daban [al fármacos], con sus ma-
nos, queso, un pastel de cebada e higos, luego se le
golpeaba siete veces con puerros, higueras silvestres
y otras plantas silvestres. Finalmente le prendían
fuego con ramas de árboles silvestres y esparcían
del demonio y curadas del mismo modo. KRETSCHMER,
Glotta, III, 388 ss., objeta que fármacon en la epopeya de-
signa siempre una sustancia, hierba, ungüento, bebida u
otra materia, pero no la acción de curar, de encantar, de
envenenar; la etimología de Havers no añade más que una
posibilidad frente a otras, por ejemplo, la derivación de
feró, ferma, «quod térra fert».
Cf. también HARRISON, pág. 108: «...fármacos significa
simplemente "hombre-mágico". El término emparentado,
en lituano, en burin, mágico; nuestro «formulario» conser-
va algún vestigio de su connotación primitiva. Fármacon
quiere decir en griego droga curativa, veneno, tintura, pero
siempre, para lo bueno o para lo malo, en un sentido má-
gico.»
En su Anatomy of criticism, Northrop Frye reconoce
en la figura del fármacos una estructura arquetípica y per-
manente de la literatura occidental. La exclusión del fár*
macos, que no es, dice Frye, «ni inocente ni culpable» (pá«
gina 41) se repite en Aristófanes o Shakespeare, opera lo
mismo sobre Shylock que sobre Falstaff, sobre Tartufo no
menos que sobre Charlot. «Encontramos una figura de
fármacos en la Hester Prynne de Hawthorne, el Billy Budd
dé Melville, la Tess de Hardy, el Septimus de Mrs. Dallo*
way, en ías historias de judíos y de negros perseguidos, en
las historias de artistas cuyo genio les transformaren Is-
maeles de la sociedad burguesa» (pág. 41; cf. también pá*
ginas 148-149).
.178
sus cenizas en el mar y al viento, a modo de purifi-
cación, como he dicho, de los sufrimientos de la
ciudad.»
El cuerpo propio de la ciudad reconstituye, pues,
su unidad, se encierra en la seguridad de su fuero
interno, se devuelve el habla que la vincula a sí mis-
ma dentro de los límites del ágora excluyendo vio-
lentamente de su territorio al representante de la
amenaza o de la agresión exterior. El representante
representa, sin duda, la alteridad del mal que viene
a afectar e infectar al interior, irrumpiendo impre-
visiblemente en él. Pero el representante del exte-
rior no resulta en menor medida constituido, regu-
larmente situado por la comunidad, escogido, si se
puede decir, de su seno, mantenido, alimentado por
ella, etc. Los parásitos eran, como es natural, do-
mesticados por el organismo vivo que los alberga a
sus propias expensas. «Los atenienses mantenían re-
gularmente, a expensas del Estado, cierto número
de individuos degradados e inútiles; y cuando una
calamidad como la peste, la sequía o el hambre se
abatía sobre la ciudad, sacrificaban a dos de esos
rechazados, como chivos expiatorios» (55).
La ceremonia del fármacos se representa, pues,
en el límite entre el interior y el exterior que ella
tiene como función marcar sin tregua. Intra muros¡
extra muros. Origen de la diferencia y de la parti-
ción, el fármacos representa al mal introyectado y
proyectado. Benéfico en tanto que cura —y por eso
venerado, rodeado de cuidados—, maléfico en tanto
que encarna los poderes del mal, y por eso temido,
rodeado de precauciones. Angustioso y apaciguador.
201
Sagrado y maldito. La conjunción, la coincidentia
oppositorum, se deshace sin cesar mediante él paso,
la decisión, la crisis. La expulsión del mal y de la
locura restaura la sofrosine.
La exclusión tenía lugar en los momentos críti-
cos (sequía, peste, hambruna). La decisión era en-
tonces repetida. Pero el dominio de la instancia crí-
tica requiere que se soslaye la sorpresa: mediante
la regla, la ley, la regularidad de la repetición, la fe-
cha fija. La práctica ritual, que tenía lugar en Abde-
ra, en Tracia, en Marsella, etc., se reproducía todos
los años en Atenas. Y aun en el siglo V, Aristófanes
y Lisias aluden claramente a ello. Platón no podía
desconocerlo.
La fecha de la ceremonia es notable: el sexto día
de las Targuelias. Es el día en que nació aquel cuya
condena a muerte —y no sólo porque su causa pró-
xima fue un fármacon— se parece a la de un fárma-
cos del interior: Sócrates.
Sócrates, apodado el farmakeus en los diálogos
de Platón, Sócrates, que ante la acusación (grafé)
lanzada en contra suya, se negó a defenderse, decli-
nó la oferta logográfica de Lisias, «el más hábil de
los actuales escritores», quien le había propuesto
prepararle una defensa escrita, Sócrates nació el
sexto día de las Targuelias. Diógenes Laercio lo tes-
timonia: «Nació el sexto día de las Targuelias, el
día en que los atenienses purifican su ciudad».
n
d
q
.178 202
7. L o s INGREDIENTES: EL AFEITE, EL FANTASMA,
LA FIESTA
204
como una dependencia de la memoria. Y, por consi-
guiente, de la presentación de la verdad. En el mo-
mento en que es llamada a comparecer ante la ins-
tancia paterna, la escritura se halla determinada en
el interior de una problemática del saber-memoria;
se halla, pues, desprovista de todos sus atributos y
de todos sus poderes de desbrozamiento. Su fuerza
de penetración es cortada no por la repetición, sino
por la enfermedad de la repetición, por lo que en
la repetición se desdobla, se redobla, repite la repe-
tición y haciéndolo, separado de la «buena» repe-
tición (la: que presenta y reúne al ser en la memoria
viva), puede siempre, abandonado a sí, no repetirse
más. La escritura sería una pura repetición y, por lo
tanto, una repetición muerta, que puede siempre no
repetir nada o no poder espontáneamente repetirse
a sí misma: es decir, igualmente no repetirse más
que a sí misma, la repetición hueca y abandonada.
Esta pura repetición, esta «mala» reedición sería,
pues, tautológica. Los logoi escritos, «se creería que
el pensamiento anima lo que dicen; pero si se le¿
dirige la palabra con la intención de aclararse sobre
uno de sus dichos, es algo único que se contentan
con significar, lo mismo siempre (en ti semainei mo-
non tauton aei)y> (275 d). Repetición pura, repetición
absoluta de sí, pero de sí ya como cita y repetición,
repetición del significante, repetición nula o anula-
dorá, repetición de muerte, es todo uno. La escritura
río es la repetición viva del ser vivo.
Lo cual la emparenta con la pintura. Y lo mismo
que la República, en el momento en que condena a
las artes de imitación, junta pintura y poesía, lo
mismo que · la Poética de Aristóteles las asociará
igualmente bajo el concepto de mimesis, Sócrates
compara aquí lo escrito al retrato, el grafema al zo-\
242
grafema. «Lo que hay de terrible (deinon), en efecto,
creo, en la escritura, es también, Fedro, que tenga
en verdad tanta semejanza con la pintura (komoion
zographiá). Y así, los hijos que engendra ésta pare-
cen seres vivos (os zonta), pero que se les haga algu-
na pregunta, ¡que, llenos de dignidad (semnós) no
dicen ni palabra! Lo mismo ocurre con los escri-
tos...» (275 d)«
La impotencia para responder de sí mismo, la
irresponsabilidad de la escritura, son acusadas por
Sócrates en el Protágoras. Los malos oradores polí-
ticos, los que no saben responder a «una pregunta
suplementaria», «son como los libros, que no pue-
den ni contestar ni preguntar» (329 a). Por eso es
por lo que, dice además la Carta VII, «ningún hom-
bre razonable se arriesgará a confiar sus pensamien-
tos a ese vehículo en especial cuando resulta tan fi-
jado como los caracteres escritos» (343 a; cf. tam-
bién Leyes, XII, 968 d).
¿Cuáles son en profundidad, bajo los enunciados
de Sócrates, los rasgos de semejanza que hacen de
la escritura un homólogo de la pintura? ¿A partir
de qué horizonte se anuncian su silencio común, ese
mutismo testarudo, esa máscara de gravedad solem-
ne y prohibida que disimula tan mal una incura-
ble afasia, una sordera de piedra, una cerrazón irre-
¡
mediablemente débil a la petición del logos? Si es-
critura y pintura son convocadas juntas, llamadas a
comparecer con las manos atadas ante el tribunal
del logos, a responder allí, es simplemente porque
ambas son interrogadas: como representantes su-
puestas de un habla, como capaces de un discurso,
depositarías e incluso encubridoras de las palabras
que se les quiere hacer decir entonces. Que no se
muestren a la altura de ese proceso verbal, que se
.178 206
muestrén impotentes para representar dignamente
a un habla viva, para ser su intérprete o portavoz,
para sostener una conversación, para responder a
las preguntas orales, y entonces no valdrán nada.
Son estatuillas, máscaras, simulacros.
No olvidemos que pintura se dice aquí zógrafía,
representación inscrita, dibujo de lo vivo, retrato
de un modelo animado. El modelo de esta pintura
es la pintura representativa, conforme a un modelo
vivo. La palabra zógrafepna se abrevia incluso en
ocasiones en gramma (Cratilo, 430 e y 431 c). Igual,
la escritura debería pintar al habla viva. Se parece,
pues, a la pintura en la medida en que es pensada
—en toda esa problemática platónica se puede enun-
ciar con una palabra esa determinación maciza y
fundamental— a partir de ese modelo particular que
es la escritura fonética tal como reinaba sobre la
cultura griega. Los signos de la escritura funciona-
ban en ella en un sistema en que debían representar
a los signos de la voz. Signos de signos.
Así, igual que el modelo de la pintura o de la
escritura es la fidelidad al modeló, igualmente la
¡
semejanza entre pintura y escritura consiste en la
propia semejanza: es que esas dos operaciones de-
ben tender ante todo a asemejar. Son las dos, en
efecto, aprehendidas como técnicas miméticas, sien-
do el arte determinado en primer lugar como mi-
mesis.
A pesaí de esa semejanza de séméjáhzas?, él caso
de la escritura es más grave. Como todo árté imita-
tivo, la pintura y la poesía se hallan ciertamente
alejadas de la verdad (República, X, 603 b). Pero
ambas tienen circunstancias atenuantes. Lsj. poesía
imita, pero a la voz, de viva voz. La pintura, como
la escultura, es silenciosa, pero su modelo no habla.
Pintura y escultura son artes del silencio, lo sabe
bien Sócrates, él, ese hijo de escultor que al princi-
pio quiso seguir el oficio de su padre. Lo sabe y lo
dice en el Gorgias (405 c d). El silencio del espacio
pictórico o escultórico es, si se puede decir, normal.
No lo es ya en el orden de la escritura, puesto que
la escritura se da como imagen del habla. Desnatu-
raliza, pues, más gravemente lo que pretende imi-
tar. No sustituye siquiera una imagen por su mo-
delo, inscribe en el espacio del silencio y en el silen-
cio del espacio el tiempo vivo de la voz. Desplaza
a su modelo, no da ninguna imagen de él, arranca
violentamente a su elemento la interioridad anima-
da del habla. Haciéndolo, la escritura se aleja in-
mensamente de la verdad de la cosa misma, de la
verdad del habla y de la verdad que se abre al habla.
Y por lo tanto del rey.
Recordemos en efecto la famosa requisitoria
contra la mimética pictórica en la República (X,
597 57). Se trata primero de expulsar a la poesía de
la ciudad, y esta vez, a diferencia de lo que ocurre
en los Libros II y III, por razones que se refieren ex-
clusivamente a su naturaleza mimética. Los poetas
trágicos, cuando practican la imitación, dañan al
entendimiento de quienes les escuchan (tes ton
akuontón dianoias), si estos últimos no disponen
de un antídoto (farmacon, 595 a). Y ese contravene-
no es «el conocimiento de lo que las cosas son real-
mente» (to eidenai auta oia tinkenai onta). Si se
piensa en que más adelante los imitadores y los sue-
ños de encantamientos serán presentados como char-
latanes y taumaturgos (602 d), es decir, especies del
género farmakeus, el saber ontológico resulta una
(57) Estudiaré este pasaje, desde otro punto de vista,
en un texto aún por publicar, «Entre deux coups de dés».
.178 208
vez más una fuerza farmacéutica opuesta a una
fuerza farmacéutica. El orden del saber no es el or-
den transparente de las formas o de las ideas, tal
como podría interpretársele por retrospección, es
el antídoto. Mucho antes de ser dividido en violen-
cia oculta y en saber justo, el elemento del fármacon
es el lugar de combate entre la filosofía y su otro.
Elemento en sí mismo, si se puede decir aún, inde-
cidible.
Pero para definir la poesía de imitación hay que
saber lo que es la imitación en general. Y es el ejem-
plo entre todos familiar del origen del lecho. Ten-
dremos todo el tiempo para preguntarnos en otro
lugar sobre la necesidad que hace escoger este ejem-
plo y sobre el deslizamiento que en el texto hace
pasar insensiblemente de la mesa al lecho. AI lecho
ya hecho. En todo caso, Dios es el verdadero padre
del lecho, del eidos clínico. El carpintero es su «de-
miurgo». El pintor, al que aquí se le llama aún zoo-
grafo, no es ni el generador (fiturgos: autor de la
fisis —como verdad— del lecho), ni el demiurgo.
Sólo el imitador. Se ha alejado tres pasos de la ver-
dad original, de la fisis del lecho.
Y por lo tanto del rey.
«Es lo que será también, pues, el poeta trágico,
ya que es imitador: estará naturalmente tres pues-
tos detrás del rey y la verdad, y todos los demás
imitadores también» (597 e).
En cuanto a inscribir por escrito a ese eidólonr
a esa imagen que es ya la imitación poética, equi-
valdría a alejarla del rey un cuarto paso, o más bien,
por cambio de orden o de elemento, a distraerla
desmesuradamente, si no dijese ya el propio Platón
en otro lugar, hablando del poeta imitador en ge-
neral, «que está siempre a una distancia infinita de
la verdad» (tu de alezos porro pañi afestóta) (605 c).
Pues a diferencia de la pintura, la escritura no crea
ni siquiera ún fantasma. El pintor, es sábido, no
produce el ser-verdadero, sino la apariencia, el fan-
tasma (598 b), es decir, lo que ya simula la copia
(el Sofista," 236 b). Sé traduce en general fantasma
(copia de copia) por simulacro (58). El que escribe
en el alfabeto ni siquiera imita ya. Sin duda también
porque imita, en cierto sentido, perfectamente. Tie-
ne más posibilidades de reproducir la voz, puesto
que la escritura fonética la descompone mejor y la
transforma en elementos abstractos y espaciales.
Esta des-composición de la voz es aquí a la vez lo
que la conserva y lo que la corrompe más. La imita
perfectamente porque no la imita del todo. Pues la
imitación afirma y agudiza su esencia al desapare-
cer. Su esencia es su no-esencia. Y ninguna dialécti-
ca puede resumir esa inadecuación consigo. Una imi-
tación perfecta no es ya una imitación. Suprimiendo
.178 210
la pequeña diferencia que, separándole de lo imita-
do, remite con eso a ello, se hace a lo imitante ab-
solutamente diferente: otro ser que ya no hace refe-
rencia a lo imitado (59). La imitación no responde a
su esencia, no es lo que es —imitación— más que:
resultando culpada o más bien defectuosa en algún
punto. Es mala por esencia. No es buena más que*
siendo mala. Estando inscrito en ella el fracaso, no-
tiene naturaleza, no tiene nada propio/Ambivalente,,
jugando consigo, escapando de sí misma, no reali-
zándose más que ahuecándose, bien y mal a la vez,;
indecidiblemente la mimesis se emparenta con el
fármacon. Ninguna «lógica», ninguna «dialéctica»-
puede consumir su reserva en tanto ella debe sin
tregua extraer de ella y asegurarse con ella.
Y de hecho, la técnica de la imitación, igual que-
la producción del simulacro, ha sido siempre, en
opinión de Platón, manifestación mágica, taumatúr-
gica:
.178 212
de una representación, pictórica o escultórica, que
captura, cautiva la forma del otro, en especial en
su rostro, su cara, habla y mirada, boca y ojo, nariz
y orejas: vultus.
La palabra fármacon designa, pues, también el
color pictórico, la materia en que se inscribe el zo-
grafema. Veamos el Cratilo: en su conversación con
Hermógenes, Sócrates examina la hipótesis según
la cual los nombres imitan a la esencia de las cosas.
Compara, para distinguirlas, la imitación musical o
pictórica, por una parte, y la imitación nominal, por
otra. Su gesto no nos interesa sólo porque apel^t al
fármacon, sino también porque otra necesidad se le
impone, que a partir de ahora intentaremos eluci-
dar progresivamente: en el momento de abordar a
los elementos diferenciales de la lengua de nombres
debe, como más tarde lo hará Saussure, suspender
la instancia de la voz como sonoridad imitante de
sonidos (música imitativa). Si la voz nombra, es por
la diferencia y la relación que se introducen entre
los stoijeia, los elementos o las letras (grámníata).
La misma palabra (stoijeia) designa a los elementos
y a las letras. Y deberemos reflexionar en lo que
aparece aquí como necesidad convencional o peda-
gógica: se designa a los fonemas en general, voca-
les --foneenta (e2)— y consonantes, por las letras
que los inscriben.
215
8. LA HERENCIA DEL FÁRMACON: LA ESCENA
DE FAMILIA
216
ninguna objeción. Y si se la busca bien, como en
esas imágenes-adivinanzas, se verá quizá su imagen
inestable, dibujada al revés, entre la maleza, al fon-
do de un jardín eis Adónidos kepus. En los jardines
de Adonis (276 b).
Sócrates acaba de comparar los retoños (ekgo-
na) de la pintura y los de la escritura. Ha ridiculi-
zado su suficiente insuficiencia, la monótona y so-
lemne tautología de las respuestas que nos signifi-
can cada vez que les interrogamos. Y prosigue:
.178 21
todos los fantasmas: errante. Rueda (kiUúdeitái) co
aquí y allá como alguien que rio sabe adonde va, ha- to
biendo perdido el camino correcto, la buena direc- in
ción, la regla de rectitud, la norma; pero también de
como alguien que ha perdido sus derechos, como
un fuera-de-la-ley, un desviado, un mal muchacho, ac
un granuja o un aventurero. Recorriendo las calles, ca
no sabe ni siquiera quién es, cuál es su identidad, si pr
es que tiene una, y un nombre, el dé su padre. Re- la
pite la misma cosa cuando se le interroga en todas pr
las esquinas de la calle, pero ya no sabe repetir su da
origen. No saber de dónde se viene ni adonde se va, so
para un discurso sin fiador, es no saber hablar, es te
el estado de infancia. Desarraigado, anónimo, sin me
vínculos con su país y su misión, ese significante gu
casi insignificante está a disposición de todo el mun- tre
do (·.•),.lo mismo de los competentes que de los in- el
si
- (es) J. p. Vernant señala semejante «democratización» lue
de y por la escritura en la Grecia clásica. «A esa importan-
cia que toma entonces el habla, convertida desde entonces los
en el instrumento por excelencia de la vida política, corres- (lo
ponde también un cambio en la significación social de la
escritura. En los reinos del Oriente Próximo la escritura no
constituía la especialidad y el privilegio de los escribas. que
Permitía a la administración regia controlar, contabilizán-
dola, la vida económica y social del Estado. Tendía a cons- yt
tituir archivos mantenidos siempre más o menos secretos var
en el interior del palacio...» En la Grecia clásica, «en lur
gar de ser el privilegio de una casta, el secreto de una clase seg
de escribas que trabajaba para el palacio del rey, la es- dén
critura se convierte en "cosa común" a todos los ciudada-
nos, un instrumento de publicidad... Las leyes deben estar que
éscritas... Las consecuencias de esta transformación del es-
tatuto social de la escritura resultarán fundamentales para sig
la historia intelectual. Op. cit., pág. 151-2 (cf. también pági-
na 52, pág. 78 y les Origines de la pensée grecque, pág. 43-4). es
Ahora bien, ¿no se puede decir que Platón siga pensando# a escr
la escritura desde el puesto del rey, presentándola en el in- ca*
terior de las estructuras ya periclitadas dé la basileia? Sin
duda, en los mitemas que informan aquí su pensamiento. peta
Pero, por otra parte, Platón cree en la necesidad de escribir dea
las leyes; y la desconfianza de las virtudes ocultas de la ble
.178 218
ompetentes, de los que entienden y saben del asun-
o (tois epaiusin) que de aquellos a quienes no les
nteresa en absoluto y que, no sabiendo nada, pue-
en afligirle con todo tipo de impertinencias.
Dispionible para todos y cada uno, ofrecida en las
ceras, ¿no es la escritura esencialmente democrátl·
a? Se podría comparar el proceso de la escritura al
rocesó de la democracia, tal como es instruido en
República. En la sociedad democrática, ninguna
reocupación por la competencia, las responsabili-
ades son confiadas a cualquiera. Las magistraturas
on sacadas a suertes (557 a). Lo igual es igualmen-
dispensado a lo igual y a lo desigual (558 c). Des-
esura, anarquía; el hombre democrático, sin nin-
una preocupación por la jerarquía, «establece en-
e los placeres una especie de igualdad» y entrega
gobierno de su alma al primero que llega, «como
lo decidiese la suerte, hasta que está saciado, y
ego se abandona a otro, y, sin rechazar a ninguno,
s trata en pie de igualdad... En cuanto a la razón
ogon) y a la verdad (alecé), continué, las rechaza y
les deja entrar en la guarnición. Que se le diga
e tales placeres vienen de deseos nobles y buenos,
tales otros de deseos perversos, que hay que culti-
r y honrar a los primeros, reprimir y domar a los
gundos, a todo eso responde con una señal de des-
n, sostiene que todos son de igual naturaleza y
e hay que honrarles por igual» (561 b, c).
Ese demócrata errante como un deseo o como un
nificante exento del logos, ese individuo que n o
ni siquiera regularmente perverso, que está dis-
ritura apuiitaría más bien a una política no «democráti-
* dé lá escritura. Hay que separar todos estos hilos y res-
ar to40s estos niveles o todos estos desplazamientos. El
arrollo de la escritura fonética es en todo caso insepara-
dél riióvimiento de «democratización».
puesto a todo, que se presta a todos, que se entrega
por igual a todos los placeres, a todas las activida-
des, eventualmente incluso a la política y a la filo-
sofía («a veces se le creería sumergido en la filoso-
fía; a menudo es hombre de Estado, y, saltando a
la tribuna, dice y hace lo que se le ocurre»; 561 d),
ese aventurero, como el del Fedro, simula todo al
azar y no es verdaderamente nada. Entregado a to-
das las corrientes, está en la masa, no tiene esencia,
ni verdad, ni patronímico, ni constitución propia. La
democracia no es, por otra parte, una constitución
en mayor medida que el hombre democrático tiene
un carácter propio: «He mostrado también, creo,
seguí, que reúne formas de todo tipo y caracteres
de cien especies, y que es el hombre bueno y abiga-
rrado (poikilon) que se parece al Estado democrá-
tico. Así, muchas personas de los dos sexos envidian
ese tipo de existencia en que se encuentran casi to-
dos los modelos de gobierno y de costumbres»
(561 e). La democracia es la orgía, el libertinaje, el
bazar, el mercado de objetos usados, la «feria» (pan-
topolion) de las constituciones donde se puede ir a
elegir el modelo que se quiere reproducir» (557 d).
Se considere como gráfica o política, o mejor
—lo que hará todo el siglo XVIII francés y, sobre
todo, Rousseau— como político-gráfica, semejante
degradación puede explicarse siempre a partir de
una mala relación del padre con su hijo (cf. 559 a-
560 b). Los deseos, dice Platón, deben educarse como
a hijos.
La escritura es el hijo miserable. El miserable.
El tono de Sócrates es ora acusador y categórico,
denunciando a un hijo desviado y rebelde, una desr
mesura y una perversión, ora compadecido y con-
descendiente, apiadándose de un ser desvalido, un
.178 220
hijo abandonado por su padre. De cualquier forma,
un hijo perdido. Cuya impotencia es la de un huér-
fano (e4), tanto como de un parricida perseguido, y
a veces injustamente. En la conmiseración, Sócra-
tes se deja arrastrar bastante lejos: si hay discursos
vivos perseguidos y desprovistos de la ayuda de un
logógrafo (ese fue el caso del habla socrática), hay
también discursos medio muertos —escritos— per-
seguidos porque les falta el habla del padre muerto.
Se puede entonces atacar a la escritura, dirigirle
reproches injustos (uk en diké loidoreceis) que sólo
el padre podría levantar —asistiendo así a su hijo—
si justamente no le hubiese matado su hijo.
Es que la muerte del padre abre el reino de la
violencia. Escogiendo la violencia —y es de eso de
lo que se trata desde el principio— y la violencia
contra el padre, el hijo —o la escritura parricida—
no puede dejar de exponerse. Todo eso se hace para
(e4) El huérfano es siempre, en el texto de Platón —y
en otros lugares—, el modelo del perseguido. Insistíamos
para empezar en la afinidad de la escritura y del mitos, en
su oposición común al logos. La orfandad es quizá otro ras-
go de parentesco. El logos tiene un padre; el padre del mito
resulta casi siempre inhallable: de donde la necesidad de
la asistencia (boeceia) de que habla el Fedro respecto de la
escritura como huérfano. Aparece también en otros lugares:
SÓCRATES: ...Así resultaban aniquilados tanto el mito de
Protágoras como el tuyo, al mismo tiempo que se identifi-
can ciencia y sensación.
TEETETO: Aparentemente.
SÓCRATES: Pero no realmente, creo, querido, si por lo me-
nos el padre del primer mito viviera, pues le habría parado
muchos golpes: pero ahí no hay más que un huérfano, y le
arrastramos por el barro. Con más motivo aún porque los
tutores que Protágoras le dejó le niegan todo socorro (boe-
cein), empezando por nuestro Teodoro. Nosotros, pues, nos
aventuraremos, por espíritu de justicia, a ayudarle fboe-
cein).
TEODORO: ... te lo agradeceremos mucho, si quieres ayu-
darle (boeces).
SÓCRATES: Bien hablado, Teodoro. Considera, pues, mi
ayuda (boeceian), tal como la aporto... (Teeteto, 164 d-165 a).
que el padré muerto, primera víctima y último re- s
curso, no esté ya más allí. El estar-allí es siempre h
de un habla paterna. Y el lugar de una patria. n
Lá escritura, el fuera-de-la-ley, el hijo perdido. e
Debemos recordarlo aquí, Platón asocia siempre el E
habla y la ley, logos y nomos. Las leyes hablan. En y
la prosopopeya del Critón se dirigen a Sócrates. Y en v
el décimo libro de la República, hablan justamente
al padre que ha perdido a su hijo, le corisuelan, le
piden que resista:
223
ocuparme exclusivamente de vosotros, represen-
tando junto a cada cual el papel de un padre
o de un hermano mayor (osper patera e adelfon
presbiteron), incitándoos a procurar ser mejores
(Apología, 30 c-31 b).
.178 224
critura —el discurso escrito— no tenía otro estatu-
to, si aún se puede decir, que el de huérfano o de
parricida moribundo. Si se pervierte en el transcur-
so de su historia rompiendo con su origen, nada de-
cía aún que éste fuese ya en sí mismo malo. Aparece
ahora que el discurso escrito, en el sentido «propio»
—inscrito en el espacio sensible— está malformado
desde su nacimiento. No ha nacido bien: no sólo,
como hemos visto, no es completamente viable, sino
que no es de buen nacimiento, de nacimiento legíti-
mo. No es gnesios. No es por completo un pechero,
es un bastardo. Por la voz de su padre no puede ser
declarado, reconocido. Está fuera-de-la-ley. Después
de la aprobación de Fedro prosigue, en efecto, Só-
crates:
227
como contingencias retóricas a los términos de la
analogía propuesta por Sócrates.
La analogía: la relación de la escritura-simula-
cro con lo que representa —la escritura verdadera
(la verdadera escritura porque es verdadera, autén-
tica, responde a su valor, conforme a su esencia, es-
critura de la verdad en el alma de quien tiene la
episteme)—, esa relación es análoga a la relación de
las simientes fuertes, fértiles, que engendran pro-
ductos necesarios, duraderos y nutritivos (simien-
tes frugíferas) con las simientes débiles, pronto ago-
tadas, supérfluas, que dan nacimiento a productos
efímeros (simientes floríferas). Por un lado, el agri-
cultor paciente y sensato (O nun ekón gueorgos);
por el otro, el jardinero de lujo con prisas y juga-
dor. Por un lado, lo serio (spude); por otro, el juego
(paidia) y la fiesta (eorte). Por un lado, el cultivo, la
cultura, el saber, la economía; por el otro, el placer
y el gasto sin reservas.
.178 228
pa (ón spermatón kedoito) y que desea que; den
fruto, es que con toda seriedad (spude) irá en
pleno verano a sembrarlas en los jardines de
Adonis (67) por la satisfacción de ver esos jardin-
cillos tomar un aspecto soberbio al cabo de ocho
a seguirla palabra por palabra (to remad) en su fórmula.
Más bien te hará, con más claridad aún, comprender l o que
quiero decir, lo siguiente: Acuérdate, por ejemplo, de lo que
decíamos antes: que al enfermo un plato le parece y le re-
sulta amargo, plato que, por el contrario, al hombre con
buena salud le resulta y le parece todo lo contrario. Hacer
a uno de los dos más cuerdo no se debe hacer ni es, en rea-
lidad, factible; ni tampoco acusar de ignorancia al enfermo
porque sus opiniones son así y declarar al sano cuerdo por-
que las suyas son contrarias. Hay que hacer la inversión
(metableteon) de los estados; pues una de esas disposicio-
nes vale más que la otra. Lo mismo ocurre en la educación,
es de una disposición a la disposición que vale más como
hay que realizar la inversión: y el médico produce esta in-
versión gracias a los remedios (fármacois), el sofista me-
diante sus discursos (logois) [...]. En cuanto a los pruden-
tes (sófus), amigo Sócrates, me hallo muy lejos de ir a bus-
carlos entre las ranas; los encuentro, para el cuerpo, entre
los médicos; para las plantas, en los agricultores [...]. Así,
hay personas más prudentes (sofóteroi) unas que otras, sin
que 67nadie tenga opiniones falsas...»
( ) «En las fiestas de Adonis, observa Robin, se hacían
crecer, fuera de época, en una concha, en un cesto, en un ja-
rrón, plantas que morían enseguida: ofrendas que simboli-
zaban el fin ^prematuro del amado de Afrodita.» Adonis, na-
cido en un árbol —metamorfosis de Mirra—, fue amado y
dejado por Venus, luego por Marte, celoso y transformado
en jabalí: que le mató de una herida en el muslo. En los
brazos de Venus, llegada demasiado tarde, se convierte en
anémona, flor efímera de primavera. Anémona, es decir,
aliento.
Acercaremos a la oposición agricultor / jardinero, (fru-
tos / flores; duradero / efímero; paciencia / prisa; serio /
juego, etc.) el tema del doble don en las Leyes: «En cuanto
a los frutos de otoño, debe darse una parte a cada uno de
la siguiente forma: Es la propia diosa quien nos gratifica
con un doble don; uno es el juguete de Dionisos (paidian
Dionisiada) y no se guarda; el otro está destinado por na-
turaleza a ser guardado. Tengamos, pues, para los frutos de
otoño, la siguiente ley: Quienquiera que cate los frutos lla-
mados campestres, uvas o higos, antes de que haya llegado,
con la salida de Arcturus, la época de las vendimias... de-
berá pagar a Dionisos cincuenta dracmas sagrados, etc.»
(VIII, 844, d, e).
días? ¿O bien no sería para divertirse (paidias) O8)
así como por causa de la fiesta (eortes) como ac-
tuaría de ese modo, suponiendo qué se le ocu-
rriese hacerlo? Pero más bien, si hay algunas
que le interesen realmente, pondrá en provecho
el arte del cultivo para sembrarlas en el terreno
apropiado, y se felicitará sin duda si, al cabo de
ocho meses, todas las que sembró han llegado a
su término [...] Y del hombre que posee la cien-
cia de lo justo, la de lo hermoso, la del bien,
¿vamos a afirmar que tiene menos inteligencia
que el campesino, con relación a sus semillas?
[...] Así, ya ves que no es seriamente (spude)
como iría a escribir en el agua (en idati grapsei,
proverbio equivalente a «escribir en la arena»)
esas cosas con tinta, sirviéndose de una caña
para sembrar con discursos (melani speirón dia
kalamu meta logon), que no sólo resultan inca-
paces de prestarse ayuda (boecein) mediante el
habla, sino incapaces también de enseñar conve-
nientemente la verdad (276 a c).
.178 230
líquido, se bebe, se absorbe, se introduce en el inte-
rior, al que marca primero con la dureza del tipo,
invadiéndole enseguida e inundándole con su reme-
dio, con su brebaje, con su bebida, su poción, su
veneno.
En el líquido, los opuestos pasan más fácilmente
uno dentro de otro. El líquido es el elemento del
fármacon. Y el agua, pureza del líquido, se deja más
fácilmente, más peligrosamente, penetrar y luego
corromper por el fármacon, con el que se mezcla y
compone de inmediato. De donde, entre las leyes
que deben regir la sociedad agraria, aquella que pro-
tege severamente el agua. Y en primer lugar contra
el fármacon:
232
cretos, y llenará todo con su clamor... (Leyes,
VIII, 838 e-839 b).
242
do decimos que Platón escribe a partir de la muerte
del padre, no pensamos únicamente en determinado
acontecimiento titulado «la muerte de Sócrates», al
que se dice que Platón no asistió (Fedón 59 b: «Pla-
tón, me parece, estaba enfermo»); sino en primer lu-
gar en la esterilidad de la simiente socrática aban-
donada a sí misma. Sócrates sabe que no será nunca
ni hijo ni padre ni madre. El arte de la celestina
debería ser el mismo de la partera (es al «mismo
arte al que compete cuidar y recoger los frutos de
la tierra y saber en qué tierra qué planta y qué si-
miente hay que echar»), si la prostitución y la trans-
gresión de la ley no los hubiesen separado. Si el arte
de Sócrates resulta aún superior al de una celestina-
partera, es, sin duda, porque él tiene que distinguir
entre el fruto aparente o falso (eidolon kai pseudos)
y el fruto verdadero y vivo (gonimon te kai aleces);
pero Sócrates comparte en lo esencial Ja suerte de
las comadronas: la esterilidad. «Tengo> en efecto,
la misma esterilidad que las parteras... Hacer parir
a los demás es obligación que el dios me impone,
procrear es poder del que me ha apartado.» Y re-
cordemos la ambigüedad del fármacon socrático, an-
xiógeno y tranquilizante: «y esos dolores mi arte
tiene el poder de despertarlos o de apaciguarlos»
(Teeteto, 150 a-151 e).
La simiente debe, pues, someterse al logos. Y vio-
lentarse al hacerlo, pues la tendencia natural de la
esperma se opone a la ley del logos: «Es esa médula
que hemos llamado en nuestros discursos anteriores
la esperma. Tiene un alma y respira. La abertura
por la que respira le da la concupiscencia vital de
salir al exterior. Y así es como la médula ha produ-
cido el amor de la generación. De ahí procede el que,
en los varones, lo que se refiere a la sustancia de las
.178 234
partes pudendas es insolente y autoritario, como un
ser vivo rebelde al razonamiento (tu logu), y que se
esfuerza, bajo la acción de sus furiosos deseos, en
dominar todo» (Timeo, 91 b).
Hay que tener cuidado: en el momento en que
Platón parece alzar a la escritura haciendo del habla
viva una especie de grafía psíquica, mantiene ese
movimiento en el interior de una problemática de la
verdad. La escritura en te psijé no es una escritura
de desbroce, sino sólo de enseñanza, de transmisión,
de demostración, todo lo más de descubrimiento,
escritura de aleceia. Su orden es el de la didáctica o
de la mayéutica, en cualquier caso de la elocución.
De la dialéctica. Esa escritura debe de ser capaz de
sostenerse a sí misma en el diálogo vivo y sobre todo
de enseñar convenientemente lo verdadero, tal co-
mo está ya constituido.
Esa autoridad de la verdad, de la dialéctica, de
lo serio, de la presencia, no se desmentirá al térmi-
no de ese admirable movimiento, cuando Platón,
después de haberse de algún modo reapropiado de
la escritura, lleva la ironía —y lo serio— hasta la
rehabilitación de cierto juego. Comparada a otros
juegos, la escritura lúdica e hipomnésica, la escri-
tura del segundo orden vale más, debe «pasar por
delante». Antes que sus otros hermanos, pues hay
cosas peores en la familia. Así, el dialéctico se en-
tretendrá en ocasiones en escribir, en acunqiular los
monumentos, los hipomnémata. Pero lo hará ponién-
dolos al servicio de la dialéctica y para dejar una
huella (ijnos) a quien quiera seguir su pista por el
camino de la verdad. El límite pasa ahora, pxá.s que
entre la presencia y la huella, entre la huella dialéc-
tica y la huella no dialéctica, entre el juego en el
«buen» sentido y el juego en el «mal» sentido de la
palabra.
242
9. E L JUEGO: DEL FÁRMACON A LA LETRA Y DEL
CEGAMIENTO AL SUPLEMENTO
237»
La oposición spude/paidia no será nunca de
simple simetría. O bien el juego no es nada (es su
única posibilidad), no puede dar lugar a ninguna
actividad, a ningún discurso digno de ese nombre,
es decir, cargado de verdad o al menos de sentido.
Es entonces alogos o atopos. O bien el juego co-
mienza a ser algo y su misma presencia da lugar a
una confiscación dialéctica. Toma sentido y trabaja
al servicio de lo serio, de la verdad, de la ontología.
Sólo los logoi peri ontón pueden ser tomados en se-
rio. Desde el momento en que llega al ser y al len-
guaje, el juego desaparece como tal. Igual que la es-
critura debe desaparecer como tal ante la verdad,
etcétera. Es que no existe el como tal de la escritura
y del juego. No teniendo esencia, introduciendo la
diferencia como condición de la presencia de la
esencia, abriendo la posibilidad del doble, de la
copia, de la imitación, del simulacro, el juego y la
grafía van desapareciendo incesantemente. No pue-
den, por afirmación clásica, ser afirmados sin ser
negados.
Platón juega así a tomarse en serio al juego. Es
lo que más arriba llamábamos su hermoso juego.
No sólo son definidos conjo juegos sus escritos (70),
sino que los asuntos de los hombres en general no
deben, según él, ser tomados en serio. Es conocido
ese famoso texto de las Leyes. Releámoslo, no obs-
tante, para seguir en él la asunción teológica del jue-
go en los juegos, la neutralización progresiva de la
singularidad del juego:
.178
Seguramente los asuntos humanos no mere-
cen la pena de que se les tome con gran seriedad
(megales men spudes uk axia); sin embargo, nos
vemos obligados a tomarlos en serio, y ahí reside
nuestro infortunio. Pero, ya que estamos donde
estamos, orientar hacia algún objeto de manera
concebible ese celo inevitable será quizá tarea a
nuestra medida (emin simmetron) [...] Quiero
decir que hay que aplicarse con seriedad a lo
que es serio, no a lo que no lo es; que por natu-
raleza, Dios merece todo nuestro bienaventura-
do celo (makariu spudes), pero que el hombre,
ya lo hemos dicho (71), no ha sido hecho más que
para ser un juguete (paignon) en las manos de
Dios, y ahí reside en verdad lo mejor de su suer-
te. Ese es pues el papel a que debe, a todo lo
largo de su vida, conformarse todo hombre y
toda mujer, jugando a los juegos más hermosos
que existan, pero con pensamientos muy distin-
tos a los que ahora tienen [...] En la actualidad,
se imagina, en suma, que las cosas serias deben
de hacerse con vistas a los juegos: así, se piensa,
las cosas de la guerra, que son cosas serias, hay
que llevarlas bien con vistas a la paz. Ahora bien,
la guerra, en verdad, no ha podido ofrecernos
nunca ni la realidad ni la promesa de un juego
(71) Cf. Leyes, I, 644 d, e: «Representémonos a cada uno
de los seres vivos que somos como una marioneta (paignon)
fabricada por los dioses; fuese por diversión (paignon) por
parte suya, fuese con un fin serio (ós spude), eso no pode-
mos saberlo; lo que sabemos es que esos afectos ^μβ están
en nosotros como tendones o hilos nos tiran, y opuestos co-
mo son, nos arrastran en sentido inverso hacia acciones
contrarias, en la línea de demarcación entre la virtud y el
vicio. Es preciso, declara el razonamiento (logos), que cada
cual obedezca constantemente a una sola de las tracciones
y que no la abandone bajo ninguna circunstancia, Resistien-
do a la tracción de los otros nervios; esa es la regl£ de oro,
la santa exigencia de la razón (ten tu loguismu agóguen
\risen kai ieran) que se llama ley común de la ciudad y que,
en tanto que las demás son de hierro, rígidas y semejantes
a modelos de toda clase, es flexible porque es de bro... et-
cétera.» Sujetar a partir de ahora con una mano esta brida
llamada jrise o jrisología.
239
auténtico o de una educación digna de ese nom-
bre, que son justamente, en nuestra opinión, lo
afirmamos, la cosa seria por excelencia. Así, es
en la paz en donde hay que vivir, y lo más que
se pueda, la mayor parte posible de la existencia.
¿Dónde está pues el camino correcto? Vivir ju-
gando, y jugando juegos tales como los sacrifi-
cios, los cantos, los bailes, que nos harán capa-
ces de ganar el favor de los dioses y de rechazar
los ataques de nuestros enemigos y de vencerlos
en el combate... (803 b).
El juego se pierde siempre salvándose en los
juegos. Hemos seguido en otro lugar, en la «época
de Rousseau» (72), esta desaparición del juego en los
juegos. Esa (no-) lógica del juego y de la escritura
permite comprender algo ante lo que habido tanto
asombro (73): ¿por qué, subordinando o condenando
la escritura y el juego, ha escrito tanto Platón, pre-
sentando, a partir de la muerte de Sócrates, sus
escritos, como juegos, y acusando a lo escrito en el
escrito, presentando contra él esa acusación (grafe)
que no ha dejado de resonar hasta nosotros?
¿Qué ley rige esta «contradicción», esta oposi-
ción consigo de lo dicho contra la escritura, dicho
que se dice contra sí mismo desde el momento en
que se escribe, que escribe su identidad y alza su
propiedad contra ese fondo de escritura? Esa «con-
tradicción», que no es otra que la relación consigo
de la dicción que se opone a la inscripción, expuU
sándose a sí misma al perseguir a lo que es propia-
mente su añagaza, esa contradicción no es contin-
gente. Bastaría, para convenir en ello, con observar
que lo que parece inaugurarse en la literatura occi-
72
(73 ) De la gramatología, págs. 443 ss.
( ) Las principales referencias están reunidas en la
Théoire platonicienne de l'amour, de Robin, págs. 54-59;
.178 240
dental con Platón no dejará de reeditarse al menos
en Rousseau y luego en Saussure. En esos tres ca-
sos, en esas tres «épocas» de la repetición del pla-
tonismo que nos da un nuevo hilo a seguir y a re-
conocer otros nudos en la historia de la filosofía o
de la episteme, la exclusión y la humillación de la
escritura deben componerse en alguna parte, en su
misma declaración, con:
1. una escritura general, y en ella con
2. una «contradicción»: la proposición escrita
del logocentrismo; la afirmación simultánea del es-
tar-fuera del exterior y de su intrusión nefasta en el
interior;
3. la construcción de una obra «literaria». An-
tes de los Anagramas de Saussure hubo los de Rous-
seau; y la obra de Platón puede ser leída, poi1 en-
cima y con independencia de su «contenido» logo-
céntrico, que no resulta entonces más que una «fun-
ción» inscrita, en su textura anagramática.
Así es como la «lingüística» elaborada por Pla-
tón, Rousseau y Saussure debe a la vez poner fuera
a la escritura y tomarle, sin embargo, por razones
esenciales, todos sus recursos demostrativos y teó-
ricos. Hemos intentado mostrarlo en otro lugar con
respecto al ginebrino. El caso resulta al menos igual
de claro en lo que respecta a Platón.
Es sabido que Platón se explica a menudo con
las letras del alfabeto. Se explica con ellas, eso quie-
re decir que parece servirse de ellas para explicar
la dialéctica, no para «explicarse-con» la escritura
de la que se sirve. Su intención es entonces de apa-
riencia didáctica y analógica. Pero obedece a una
necesidad constante, que no es tematizada nunca
como tal: es siempre para hacer aparecer la ley de
la diferencia, la irreductibilidad de la estructura y
de la relación, de la proporcionalidad, de la analo-
gía.
Habíamos observado antes qué tipos podía de-
signar con la misma pertinencia al carácter gráfico
y al modelo eidético. En la República, antes incluso
de servirse de la palabra tipos en el sentido de
forma-modelo (eidos), Platón había debido recurrir,
siempre para fines aparentemente pedagógicos, al
ejemplo de la letra como modelo que hay que cono-
cer antes de reconocer sus copias, los iconos en el
reflejo del agua o del espejo:
242
el Timeo, no sólo todo el juego matemático de las
proporcionalidades remite a un logos que puede
prescindir de la voz, el cálculo de Dios (loguismos
ceu) (34, a), que puede expresarse en el silencio d e
las cifras, sino que, además, la introducción del
otro y de la mezcla (35 a), la problemática de la
causa errante y del lugar —tercer género irreduc-
tible—, la dualidad de los paradigmas (49 a), toda
eso «obliga» (49 a) a definir como huella al origen*
del mundo, es decir, a la inscripción de las formas,,
de los esquemas, en la matriz, en el receptáculo
En una matriz o en un receptáculo que no están en»
ninguna parte y no resultan jamás ofrecidos en for-
ma de la presencia o en presencia de la forma, su-
poniendo una y otra ya inscripción en la madre.
Aquí, en todo caso, los giros que se llaman con cier-
to embarazo las «metáforas de Platón» son exclu-
siva e irreductiblemente escritúrales. Detectemos
primero uno de esos signos de embarazo en un pre-
facio al Timeo: «Para concebir el lugar es preciso»
siempre, mediante una abstracción prácticamente
casi irrealizable, separar, despegar los objetos del
«lugar» que ocupan. Sin embargo, esa abstracción
nos es impuesta por el propio hecho del cambio,,
puesto que dos objetos diferentes no pueden coexis-
tir en el mismo lugar y puesto que, sin cambiar de
lugar, un objeto puede convertirse en «otro». Por
lo tanto, no podemos representarnos el «lugar» mis-
mo más que mediante metáforas. Platón ha utiliza-
do varias* bastante distintas, que han turbado fuer-
temente a los modernos. El «lugar», el «sitio»,,
«aquello en lo que» las cosas aparecen, «sobre lo
245»
que» se manifiestan, el «receptáculo», la «matriz»,
la «madre», la «nodriza», todas esas formas nos
hacen pensar en el espacio, que contiene a las cosas.
Pero más adelante se trata del «porta-huellas», del
«excipiente», de la sustancia enteramente desodori-
zada, en la que los perfumistas fijan los olores, del
oro al que el joyero puede imprimir montones de
figuras distintas» (Rivaud, ed. Budé, pág. 66). Este
es el pasaje más allá de todas las oposiciones del
«platonismo», hacia la aporía de la inscripción ori-
ginal:
244
rece ora con un aspecto ora con otro. En cuanto
a las figuras que entran en ella o que salen, son
las imágenes de los seres eternos (ton ontón aei
mimemata), que éstos imprimen en ella (tipo-
centa), de una determinada manera difícil de ex-
presar y maravillosa, cuya descripción aplazamos.
Por el momento, baste con fijar bien en la men-
te esas tres clases de ser: lo que nace, aquello
en lo que nace, y aquello a semejanza de lo cual
se desarrolla lo que nace. Y conviene comparar
el receptáculo a una madiie, el modelo a un pa-
dre, y la naturaleza intermedia entre ambos a
un niño. Además, hay que concebir también lo
siguiente: debiendo ser la huella muy variada y
presentar al ojo todas las variedades, aquello en
lo que se forma esa huella no podría recibirla
adecuadamente si no estuviese absolutamente li-
bre de todas las figuras que debe recibir de al-
guna parte [...] Así, no diremos que la madre
es el receptáculo de todo lo que nace, de todo lo
que es visible y de una manera general, objeto
de sensación, es tierra ni aire ni fuego ni nin-
guna de las cosas que nacen de ellas o de las
cuales ellas nacen. Pero si dijésemos de ella que
es una determinada especie invisible y sin forma,
que recibe todo y participa de lo inteligible de
una manera muy embarazosa y muy difícil de
entender, no mentiríamos (48 e-51 e; La jora está
embarazada de todo lo que aquí se disemina.
Penetramos en ello en otra parte).
245
bléme du devenir et la notion de la matiére..., pá-
gina 310, núm. 744):
... hay siempre un tercer género: el del lugar:
no puede morir y proporciona un emplazamien-
to a todos los objetos que nacen. El mismo no es
perceptible más que gracias a una suerte de ra-
zonamiento híbrido (loguismó tini nozo: razona-
miento bastardo) que no acompaña en absoluto
a la sensación: apenas se puede creer en él. Es
él ciertamente lo que vemos como en un sueño,
cuando nos afirmamos que todo ser está forzo-
samente en alguna parte, en cierto lugar, ocupa
determinado sitio, y que lo que no está ni sobre
la tierra ni en ninguna parte en el cielo no es
nada. Pero todas esas observaciones y otras, her-
manas suyas, que se refieren a la naturaleza mis-
ma de ese ser, tal como es en realidad y fuera
del sueño, a menudo, en estado de vigilia, somos
incapaces por el hecho de esa suerte de estado
de sueño, de distinguirlas netamente y de decir
lo que es cierto (52 be).
La inscripción es, pues, la producción del hijo, al
mismo tiempo que la constitución de una estruc-
turalidad. El vínculo entre las relaciones estructu-
rales de proporcionalidad y la literalidad no apa-
rece únicamente en el discurso cosmogónico. Tam-
bién en el discurso político y en el discurso lin-
güístico.
En el orden de lo político, la estructura es una
escritura. En el momento de la última dificultad,
cuando ningún otro recurso pedagógico resulta dis-
ponible, cüando el discurso teórico ya no puede
formular de distinto modo el orden, el mundo, el
cosmos de lo político, se recurre a la «metáfora»
gramática: la analogía de las «grandes letras» y de
las «pequeñas letras» interviene en el famoso texto
.178
de la República (368 c-e) en el punto en que «una
vista penetrante» es necesaria y en que «esa pene-
tración nos falta». La estructura es leíd^ como una
escritura en la instancia en que la intuición de la
presencia, sensible o inteligible, viene a faltar.
Idéntico gesto en el campo lingüístico. Como en
el Curso de lingüística general, la referencia escri-
tural se hace absolutamente indispensable en el
momento en que se trata de dar cuenta del princi-
pio de la diferencia y de la diacriticidad en general
como condición de la significación. Así se explica la
segunda aparición de Zeuz en la escena platónica.
En el Fedro, el inventor del fármacon pronunciaba
en persona un largo discurso y presentaba sus le-
tras a la aprobación del rey. Más breve, más indi
recta, más alusiva, su otra intervención nos parece
filosóficamente igual de notable. No se hace en
nombre de la invención de la grafía, sino de la gra-
mática, de la ciencia gramatical como ciencia de las
diferencias. Es al comienzo del Filebo: se ha enta-
blado una discursión sobre las relaciones entre el
goce (jairein) y la cordura o prudencia (fronein)
(11 d). Se choca con la dificultad del límite. Y por
consiguiente, como en el Timeo, de la composición
del mismo y del otro, de lo uno y de lo múltiple,
de la finitud y de la infinidad. «... los antiguos, que
valían más que nosotros y vivían más cerca de los
dioses, nos han transmitido esta tradición, que todo
de lo que se puede decir que existe está hecho de
uno y de múltiple y contiene en sí mismo, origina-
riamente asociados (en autois simfiton), el límite y
la infinidad (peras de kai apeirian)». La dialéctica
es el arte de respetar a esos intermediarios (ta me-
sa) (16 c-17 a); Sócrates la opone a la erística apre-
miada por pasar a la infinidad. Esta vez las letras,
247
a diferencia de lo que ocurre en el Fedro, están en-
cargadas de introducir la claridad (safeneia) en el
discurso:
.178 248
mudas que no tienen ni ruido ni sonido (áftonga
kai áfona), luego, de la misma forma, a las vo-
cales y las intermediarias, finalmente determinó
su número y dio a cada una de ellas y a todas
juntas, el nombre de elementos (stoijeion). Cons-
tantado pues que ninguno de nosotros era capaz
de áprender una cualquiera de ellas desgajada
de todo el conjunto, consideró a esa interdepen-
dencia (desmon) como un vínculo único que hace
de todas ellas una unidad, y les asignó una cien-
cia única que denominó arte gramatical (18 b d).
242
jero tiene aún miedo de no tener fuerza, de jugar
al loco, ciertamente, pero también de sostener un
discurso que resultaría sin pies ni cabeza; o, si se
quiere, de emprender un camino tal que no podría
ir más que cabeza abajo. Ese parricidio en todo
caso será tan decisivo, tajante y temible como una
pena capital. Sin esperanza de regreso. Uno se jue-
ga en él, si se quiere darle ese nombre, la cabeza,
al mismo tiempo que lo que uno es. Así, después
de haber, sin hacerse ilusiones, pedido a Teeteto que
no le considere como parricida (patraloian), el Ex-
tranjero eleva otra súplica:
251»
lo que he dicho no te dé ocasión para mirarme
como un desequilibrado (manikos) que pasa de
un extremo a otro según le parece (pará poda
matabalón emauton ano kai katb) (242 a tí).
253
pero ese punto ha sido raspado por la necesidad del
parricidio. Es decir, por la necesidad misma del
lagos. Y es la diferencia quien impide que haya de
hecho una diferencia entre gramática y ontología.
¿Y qué es la imposibilidad de una verdad o de
una presencia plena del ser, de lo plenámente ser?
O a la inversa, puesto que semejante verdad es la
muerte como absoluto del cegamiento, ¿qué es la
muerte como verdad? No ¿qué es?, ya que la forma
de esa pregunta está producida por aquello mismo
a lo que cuestiona, sino ¿cómo se escribe, cómo se
inscribe la imposible plenitud de una presencia ab-
soluta del ontós on? ¿Gomo se prescribe la nece-
sidad de la multiplicación de géneros e ideas, de la
relación y de la diferencia? ¿Cómo se traza la dia-
léctica?
La invisibilidad absoluta del origen de lo visible,
del bien-sol-padre-capital, el hurtamiento a la forma
de la presencia o de la sereidad, todos esos excesos
que Platón designa como epekeina tes usías (más
allá de la sereidad o de la presencia) da lugar, si
se puede decir aún, a una estructura de suplencia
tal que todas las presencias serán los suplementos
sustituidos al origen ausente y que todas las dife-
rencias serán, en el sistema de las presencias, el
efecto irreductible de lo que queda epekeina tes
usías.
Igual que, como hemos visto, Sócrates suple al
padre, la dialéctica suple a la noesis imposible, a
la intuición prohibida del rostro del padre (bien-
sol-capital). El retiro del rostro abre y limita a la
vez el ejercicio de la dialéctica. La suelda irreme-
diablemente a sus «inferiores», las artes miméticas,
el juego, la gramática, la escritura, etc. La desapa-
rición del rostro es el movimiento de la diferenzia
242
que inaugura violentamente la escritura y que se
abre a la escritura. Todos esos «movimientos», en
todos esos «sentidos», pertenecen al mismo «siste-
ma». Pertenecen al mismo sistema la proposición
de la República, que describe en términos no-vio-
lentos la inaccesibilidad del padre epekeina tes
usias, y la proposición parricida que, proveniente
del Extranjero, amenaza al logas paterno. Y ame-
naza al mismo tiempo a la interioridad doméstica y
jerarquizada de la farmacia, al buen orden y la bue-
na circulación, la buena ordenación de sus produc-
tos controlados, clasificados, dosificados, etiqueta-
dos, rigurosamente diferenciados en remedios y ve-
nenos, simientes de vida y simientes de muerte,
buenas y malas huellas. Unidad de la metafísica,
de la técnica, del binarismo ordenador. A ese domi-
nio filosófico dialéctico de los fármaca que debería
transmitir del padre legítimo al hijo bien nacido,
una escena de familia le cuestiona sin tregua, cons-
tituyendo y agrietando a la vez el paso que une la
farmacia a la casa. El «platonismo» es a la vez el
ensayo (repetición) general de esa escena de familia
y el esfuerzo más grande para dominarla, para apa-
gar su ruido, para disimularla bajando el telón en
el alborear del Occidente. ¿Podemos salir nosotros
a la búsqueda de otro guardia, desde el momento
en que el sistema «farmacéutico» no fuerza sólo,
con una única y a la misma toma, a la escena del
Fedro, a la escena de la República y a la escena del
Sofista, a la dialéctica, la lógica y la mitología pla-
tónicas, sino también, al parecer, a ciertas estructu-
ras no-griegas de la mitología? Y si no está asegu-
rado que exista algo como tales «mitologías» no
griegas, no autorizándose nunca la oposición mytosf
255»
logos más que después de Platón, ¿a qué necesidad
general e innombrable se nos remite? En otros tér-
minos, ¿qué significa el platonismo como repeti-
ción?
Repitamos. La desaparición del bien-padre-capi-
tal-sol es, pues, la condición del discurso, compren-
dido esta vez como momento y no como principio
de la escritura general. Esta escritura (es) epekeina
tes usias. La desaparición de la verdad como pre-
sencia es la condición de toda (manifestación de)
verdad. La no-verdad es la verdad. La no-presencia
es la presencia. La diferenzia, desaparición de la pre-
sencia originaria, es a la vez la condición de posibi-
lidad y la condición de imposibilidad de la verdad.
A la vez. «A la vez» quiere decir que el ser-presente
(on) en su verdad, en la presencia de su identidad
y la identidad de su presencia se dobla desde que
aparece, desde que se presenta. Aparece, en su esen-
cia, como la posibilidad de su propia duplicación.
Es decir, en términos platónicos, de su no-verdad
más propia, de su pseudo-verdad reflejada en el ico-
no, el fantasma o el simulacro. No es lo que es, idén-
tico e idéntico a sí, único, más que añadiéndose la
posibilidad de ser repetido como tal. Y su identidad
se ahueca con ese añadido, se hurta en el suplemen-
to que la presenta.
La desaparición de la cara o la estructura de re-
petición no se dejan, pues, dominar por el valor de
verdad. La oposición de lo verdadero y de lo no-
verdadero está, al contrario, comprendida por ente-
ro, inscrita en esa estructura o en esa escritura ge-
neral. Lo verdadero y lo no-verdadero son especies
de la repetición. Y no existe repetición posible más
que en lo gráfico de la suplementariedad, añadien-
do; a falta de una unidad plena, otra unidad que
.178
viene a suplirla, siendo a la vez la misma y lo bas-
tante otra para reemplazar añadiendo. Así, por una
parte, la repetición es aquello sin lo cual no habría
verdad: la verdad del ser bajo la forma inteligible
de la idealidad descubre en el eidos lo que puede
repetirse, siendo lo mismo, lo claro, lo estable, lo
identificable en su igualdad consigo. Y sólo el eidos
puede dar lugar a la repetición como anámenesis o
mayéutica, dialéctica o didáctica. Aquí la repetición
se da como repetición de vida. La tautología es la
vida que no sale de sí más que para volver a entrar
en sí. Manteniéndose junto a sí en la mneme, en el
logos y en la fone. Pero, por otro lado, la repetición
es el movimiento mismo de la no-verdad: la pre-
sencia del ser se pierde, se dispersa, se multiplica
mediante mimemas, iconos, fantasmas, simulacros,
etcétera. Mediante fenómenos, ya. Y esta repetición
es la posibilidad del devenir sensible, la no-ideali-
dad. Del lado de la no-filosofía, de la mala memoria,
de la hipomnesis, de la escritura. Aquí la tautología
es la salida sin regreso de la vida fuera de sí. Repe-
tición de muerte. Gasto sin reserva. Exceso irreduc-
tible, por el juego del suplemento, de toda intimidad
en sí de lo vivo, del bien, de lo verdadero.
Esas dos repeticiones se refieren la una a la otra
según la gráfica de la suplementariedad. Es decir,
que no se puede «separarlas» a una de otra, pen-
sarlas por separado, «etiquetarlas», que no es posible
en la farmacia el distinguir el remedio del veneno,
el bien del mal, lo verdadero de lo falso, el interior
del exterior, lo vital de lo mortal, el primero del
segundo, etc. Pensado en esa reversibilidad original,
el fármacon es el mismo precisamente porque no
tiene identidad. Y el mismo (es) coiíio suplemento.
0 como diferenzia. Como escritura. Si hubiese que-
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rido-decir alguna cosa, tal hubiese sido el discurso
de Zeuz haciendo al rey, de la escritura como fár-
macon, un singular presente.
Pero Zeuz, sobre todo, no volvió a tomar la pa-
labra.
La sentencia del gran dios fue dejada sin res-
puesta.
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da Carta: «... Reflexiona, pues, en eso y ten cuidado
de no tener que arrepentirte un día de lo que hoy
vas a dejar divulgarse indignamente. La mejor sal-
vaguardia será el no escribir, sino aprender de me-
moria... to me grafein alV ekmanzanein..., pues es
imposible que los escritos no acaben yendo a parar
al dominio público. Así, nunca jamás he escrito yo
sobre estas cuestiones... ud'estin singramma Pid-
iónos uden ud'estai, no hay obra de Platón y no
la habrá. Lo que en la actualidad se designa con ese
nombre, Sókratus estin kalu kai neu guegónotos...,
es de Sócrates en la época de su hermosa juventud.
Adiós y obedéceme. Cuando hayas leído y releído
esta carta, quémala...»
—Espero que ésta no se pierda. Pronto, una co-
pia... grafito... carbón... releído esta carta... qué-
mala. Hay allí ceniza. Y ahora habría que distin-
guir entre dos repeticiones...
Pasa la noche. Al alba se oye llamar a la puerta.
Parecen venir de fuera, esta vez, los golpes...
Dos golpes..., cuatro...
—Pero es quizá un resto, un sueño, un pedazo
de sueño, un eco de la noche..., ese otro teatro, esos
golpes de fuera...
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