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Clase 1 Generos

La clase aborda cómo la sociedad construye y legitima ciertos modelos masculinos a través de mecanismos que hacen de la masculinidad una forma de hegemonía. La noción de masculinidad hegemónica permite ver cómo la desigualdad de género se instala como práctica cotidiana. El documento también explica la importancia del concepto de género para entender cómo lo femenino y masculino se conforman cultural e históricamente, más allá de lo biológico. Finalmente, analiza cómo los estereotipos de

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Clase 1 Generos

La clase aborda cómo la sociedad construye y legitima ciertos modelos masculinos a través de mecanismos que hacen de la masculinidad una forma de hegemonía. La noción de masculinidad hegemónica permite ver cómo la desigualdad de género se instala como práctica cotidiana. El documento también explica la importancia del concepto de género para entender cómo lo femenino y masculino se conforman cultural e históricamente, más allá de lo biológico. Finalmente, analiza cómo los estereotipos de

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Clase 1

La masculinidad como dispositivo de poder

La presente clase tiene como propósito abordar aquellos contenidos que nos
ayudan a comprender cómo nuestra sociedad, sus instituciones y sistemas de
valores construyen y legitiman determinados modelos masculinos. Los
mecanismos sociales implícitos que hacen de la masculinidad una forma
específica de hegemonía se instalan como una dinámica social dominante,
no a través de la imposición, sino desde el consentimiento y la naturalización
de un deber ser. En este sentido, la noción de masculinidad hegemónica
permite hacer visible las diferentes maneras en que la inequidad de género se
instala como una práctica social cotidiana y difícil de detectar.

Documental “La Masculinidad”. La hegemonía implica además una jerarquización de


las masculinidades. Eso indica además que cualquier hegemonía está en una posición
de tensión presta a descolocarse también. Es algo que se construye, se aprende y se
reproduce en las instituciones. Es interesante cómo se ve el “fantasma”, la lógica que
no cesa de la veta patriarcal, porque por un lado el neoliberalismo hace que sea
imposible ya la división de tareas moderna con el hombre sosteniendo a la familia –en
todo sentido-, pero la lógica permanece y además el neoliberalismo trae nuevas
formas de ejercer sexismos. Protector, competitivo, productor, patern familia, potente:
significaciones que siguen. A las mujeres se les va enseñando nuevas formas de vivir su
feminidad, a los hombres no se les ofrecen actualmente modelos, y los hombres no han
aprendido en la historia de la humanidad con cursos; aprendieron y cambiaron las
condiciones cada vez que las mujeres se sublevaron, dijeron NO y pusieron el cuerpo:
voto, igualdad salarial, etc. Las mujeres ponen límites y los hombres responden. El
núcleo de las mujeres cambia homogéneamente, los márgenes se resisten, pero el
grueso de las mujeres acuerda y lucha; con los hombres es al revés, en los márgenes se
dan los cambios de algunas masculinidades aventuradas, pero el núcleo sigue siendo
profundamente patriarcal
La importancia del concepto de genero
El género como categoría analítica surgió para explicar las desigualdades entre
mujeres y varones, cómo lo femenino y lo masculino se conforman a partir de
una relación mutua, complementaria, cultural e histórica. 

Hoy se denomina género al conjunto de ideas, representaciones, prácticas y


prescripciones sociales que se elaboran a partir de la diferencia anatómica
entre los sexos. O sea, el género es lo que la sociedad considera lo “propio” de
los hombres y lo “propio” de las mujeres. Se reproduce mediante costumbres y
valores profundamente tácitos que han sido inculcados desde el nacimiento
con la crianza, el lenguaje y la cultura (Lamas, 2002).
Esta definición evidencia la importancia de la construcción social y cultural que,
a partir de los diferentes procesos de socialización, define las características
emocionales, afectivas, intelectuales, así como los comportamientos y
conductas que cada sociedad asigna como “propias” y “naturales” a los
géneros, según los criterios y valores de los distintos grupos humanos. 

De este modo, podemos diferenciar lo biológico o anatómico (el sexo), del


consenso social que relaciona a los cuerpos con pene con la masculinidad,
convirtiendo a esos sujetos en varones, y a los cuerpos con vulva con la
feminidad, configurando a esas sujetas como mujeres.

“Cuando se introduce la perspectiva de género, suele afirmarse que nacemos


con un sexo y, en base al mismo, se nos asigna un género (...) pero existe una
forma alternativa de explicarlo: los seres humanos nacemos con diferentes
características corporales, como resultado de procesos que sí son biológicos.
Sin embargo, es la cultura en que nacemos la que hace de las diferencias
genitales LA DIFERENCIA que nos clasifica y divide entre machos y hembras.
Esta clasificación entre machos y hembras, entonces, no es un mero hecho
biológico, sino una interpretación cultural que hace que toda la variedad de
cuerpos sea reducida a dos únicos sexos” (Chiodi, Fabbri, Sánchez, 2019).

Justamente en esta interpretación opera el género como dispositivos de poder,


como estructurador de los cuerpos y subjetividades, trama que define lo que
debemos y podemos sentir, desear, hacer en el marco de estructura binaria.
Repensar esa categoría, darle visibilidad como marca y poner en evidencia la
conformación de sus guiones y jerarquías es lo que se llama tener una mirada
de género y nos permite interrogarnos acerca de cómo, por qué y en qué
términos se establecen relaciones de poder asimétricas entre mujeres,
varones, identidades trans, gays, lesbianas, queer, intersex, y toda forma de
existir que no represente la afirmación de la norma. 

Las diferentes maneras de habitar nuestros cuerpos lejos está de ser una
cuestión natural; nuestra existencia, la mayoría de las veces, se inscribe en las
exigencias y mandatos que se deben cumplir cuando se asigna el género de
las personas. En esta posibilidad radica la potencia del concepto dejando en
claro que las relaciones sociales entre varones, mujeres, otras identidades de
género y orientaciones sexuales en nuestra sociedad son relaciones desiguales
y jerárquicas. 

Estereotipos: guiones y normas de género


Lo que conocemos como feminidad y/o masculinidad, entonces, son
construcciones sociales realizadas sobre la base de estereotipos de género
elaborados a partir de una interpretación dicotómica de las personas según el
sexo asignado al nacer.  

Los estereotipos de género son imágenes construidas social e históricamente


que establecen aquello que se espera socialmente de la mujer y el varón. Los
estereotipos no solo se piensan en términos binarios sino que sirven para
invisibilizar, negar y sancionar a todas aquellas acciones, personas, roles y
funciones que no se ajustan al modelo normativo vigente en determinada
sociedad. Es en este sentido que están elaborados con base en prejuicios,
actitudes y creencias aplicadas a todas las mujeres y los varones en general, e
intervienen en la construcción social de la identidad de las personas. Los
estereotipos se tornan sumamente negativos cuando su aplicación funciona
como un encorsetamiento que impide el desarrollo de las personas, y establece
jerarquías de subordinación de las mujeres respecto de los varones (y de los
varones entre sí) que niega a las personas el ejercicio pleno de sus derechos. 

Desde que nacemos, la cultura, el lenguaje, la vida afectiva inculcan en todas


las personas ciertas normas y valores profundamente arraigados en la
sociedad, dados como naturales, por lo tanto, no se cuestionan. De un modo
no consciente, por medio de la educación formal e informal, vamos
aprendiendo y reproduciendo en nuestro andar cotidiano estas
representaciones, que se incorporan a nuestras vidas, que se adecuan a
nuestros cuerpos y se transmiten a la mayoría de los sujetos que integran la
sociedad. 

Las estructuras sociales, inmersas en un sistema patriarcal en el que se


legitima la dominación masculina, son las encargadas de construir un modelo
de femineidad distinto al de masculinidad, donde las mismas actitudes son
calificadas/valoradas de manera diferente cuando las realiza un varón o una
mujer. Esto quiere decir que los aspectos identificados con la masculinidad se
encuentran sobrevalorados socialmente en relación con aquellos asociados a
la feminidad, estableciendo jerarquías y relaciones.

En esta construcción, han sido identificados con la masculinidad, aspectos y


actitudes relacionadas con lo racional, lo activo, la participación pública, el
ejercicio del poder. Mientras que las mujeres resultaron proyectadas hacia el
otro lado,  identificadas con lo irracional, lo pasivo, la emotivo, la naturaleza, la
sensibilidad. 

Todas las personas, en mayor o menor grado, somos reproductores de estos


estereotipos. Se trata de valores sociales propios de la cultura en la que nos
han criado y educado, cuya base de aceptación social se encuentra en la
promoción y reproducción de ciertas ideas generalizadas de cómo deben (o
deberían) habitar los cuerpos, tanto los varones como las mujeres. 

Resulta fundamental, en primer, lugar visibilizar cómo y en qué situaciones los


varones cis heterosexuales construyen, alteran o reproducen estos
estereotipos: ámbito familiar, trabajo, pareja, amigas, amigos, ámbitos de
recreación, etc. Para ser reconocidos en una sociedad que valora los atributos
masculinos, los varones deben demostrar en todos los ámbitos de que son
capaces de encarar la vida con una actitud autónoma, segura, agresiva,
valiente y fuerte. La masculinidad hegemónica se construye cuando los
varones se asumen, voluntariamente, como seres capaces de responder
fielmente a estas demandas del patriarcado. La desobediencia de estos
mandatos representa un costo para los varones que no cumplen con la
representación de la expectativa puesta sobre él. 

El sistema patriarcal se apoya en las estructuras sociales para garantizar la


transmisión de este sistema de valores de generación en generación a través
de usos, costumbres, tradiciones, normas familiares, prejuicios y hábitos
sociales que aprendemos a través de un sutil pero eficaz proceso de
socialización. Como ya mencionamos, el “ser masculino” o “el ser femenino” es
una construcción social que involucra al individuo socialmente, indicando cómo
relacionarse, sentirse, expresarse e identificarse, por lo que, indudablemente,
actuar conforme al rol de género afecta nuestro ser cotidiano íntimamente. Esta
idea supone pensar en profundidad las implicancias de ser o no ser varón o
mujer en nuestra sociedad, en términos que involucren la distribución de
responsabilidades, obligaciones, privilegios, derechos, etc.

Para ello básicamente lo que debemos tener en cuenta es que el patriarcado


es un sistema sociocultural en el cual se considera que los hombres deben
tener el poder y mandar sobre las mujeres, tanto en la familia, el trabajo, como
en la sociedad en general, y trabajar sobre estas dimensiones sin quedarse en
la superficie, en lo meramente estético. Para que el cambio de las relaciones
de género sea posible debe implicar una verdadera reconstrucción de lo
masculino, para que no quede en una promesa que no contribuye a modificar
las desigualdades estructurales. Pensar críticamente cómo se construye la
figura del varón, el lugar que tiene, es una manera de promover una ruptura
con el cerco patriarcal que determina el ejercicio de la masculinidad como una
posición de poder.

El modelo de masculinidad hegemónica


“Es la configuración de la práctica de género que encarna la respuesta
corrientemente aceptada al problema de la legitimidad del patriarcado, lo que
garantiza la posición dominante de los hombres y la subordinación de las
mujeres" (Connel, 2005). El sentido de la hegemonía radica en la eficiencia de
un dispositivo que construye símbolos y un conjunto de prácticas que se
constituyen en cualidades aceptadas y legitimadas por el resto de los
colectivos. La masculinidad hegemónica se impone, privilegiando a algunos
hombres, asociándose con ciertas formas de poder determinando modelos
“exitosos” de “ser hombre” y, simultáneamente, marcando otros estilos
masculinos como inadecuados o inferiores. Este modelo ideal otorga los
fundamentos y razones a los procesos de socialización que están presentes en
nuestra sociedad.
“El término masculinidad puede resultar huidizo y complejo. Muta, se
desplaza y reconfigura sus límites constantemente. Aún así, se puede
identificar cierta versión que se erige como norma y produce socialmente las
fronteras de lo que se espera de los sujetos nacidos con pene. Toda versión de
masculinidad que no se corresponda con la dominante sería equivalente a
intentos más o menos frustrados de ser varón. El modelo hegemónico produce
una subjetividad masculina normal vinculada con la fuerza, la potencia, lo
activo y, fundamentalmente, encarnada en un cuerpo considerado, desde el
punto de vista biológico, masculino (portador de un pene). A pesar de que ese
modelo delimita, en gran medida, los espacios dentro de los que se puede
mover un varón, sus fronteras no son estables y necesitan rehacerse
constantemente” (Sánchez, 2015). 

Lo guiones y tramas normativas de la cultura exaltan un tipo de masculinidad


sobre muchas otras posibles. Esta masculinidad se impone como norma y
produce socialmente lo que debe esperarse de las personas que se identifican
masculinas. Toda versión que no se corresponda con esa norma o guión
hegemónico será colocada en un lugar de inferioridad. La premisa inicial para
ser reconocidos y valorados socialmente como sujetos posibles de ejecutar y
habitar una masculinidad deseable, es que hayan nacido con pene y testículos,
asignados como varones al nacer y que se identifiquen de ese modo. Pero,
además, se espera de ellos que sean heterosexuales, es decir, que orienten su
deseo sexual hacia mujeres cisgénero, nacidas con vagina y vulva. A partir de
allí comienzan a desplegarse una serie de guiones, jerarquías y mandatos que
no dejan de buscar articular constantemente una supuesta ligazón “natural”
entre esa asignación inicial, el deseo heterosexual y ciertos comportamientos,
afecciones, actividades que se naturalizan en esta tríada.

Los mandatos de la masculinidad hegemónica


Los mandatos representan una orden expresa y explícita que otorga sentido a
una manera de existir. La masculinidad hegemónica se encarga de elaborar
estos sentidos a partir de lo que nuestra sociedad define como normativo,
bueno, ordenado y recomendable para los varones; pero también engloba lo
que en ellos se considera inadecuado, desordenado o desechable, de este
modo, el ideal de masculinidad es un referente construido y condicionado por
los mandatos. 
En nuestra sociedad sigue vigente la exigencia de ser proveedores, mandato
que “obliga” a los varones a ser el “jefe de familia”, el que “lleva el sustento a la
casa”, el que “mantiene a la familia”. El varón tiene la responsabilidad de
garantizar el bienestar económico propio y de aquellas y aquellos que “están a
su cargo”, los hombres se deben al trabajo, su capacidad de constituir una
familia y hacerse responsable es posible por la posibilidad de ser proveedor del
núcleo familiar. Esta situación le permite al varón gozar de ciertos privilegios
como: ocupar los espacios públicos, no responsabilizarse de las tareas de
cuidado y crianza, administrar los recursos económicos, gozar de prestigio y
reconocimiento. Por otro lado, de esta forma se constituyen jerarquías
ordenadas a partir de la manera en que el varón cumple con este mandato.
Para una proporción importante de los varones su trabajo remunerado, en las
condiciones actuales, no les permite cumplir como proveedores, lo que supone
faltar a una de las obligaciones principales del varón.

Por otro lado, el deber de proteger es un mandato que le impone al varón cis la
responsabilidad de proteger a las personas vulnerables: niños, niñas, etc., pero
en especial a las mujeres. Los cuerpos de los varones son los fuertes, los que
defienden, protegen de la agresión, pero esos mismos cuerpos pueden agredir
a aquellos/as que están a su cuidado.  Este mandato permite a los varones cis
gozar de libertades que ni lxs niñxs ni las mujeres pueden, como: habitar sin
restricciones los espacios públicos, la autonomía, el derecho al control y el
poder de decidir sobre aquellas y aquellos que se suponen más vulnerables.
Aquellos varones cis que no pueden cumplir con esta función sufren el
desplazamiento, la marginación y el no reconocimiento como pares.

En relación a la sexualidad, la genitalidad tiene un rol central porque es


sinónimo de virilidad, se habilita al varón cis a vivir su sexualidad libremente,
poniendo en juego la potencia viril ante la mirada de las demás personas. La
ideología heterosexista dominante es una de las ideologías más arraigadas en
nuestras identidades. Esa masculinidad dominante se caracteriza por la
centralidad de la heterosexualidad como mandato, conjuntamente con una
activa sexualidad que se corresponda con el ejercicio viril de ese modelo
masculino. La hombría puede probarse en la práctica sexual con las mujeres
como un registro de importancia vital para demostrar atributos. Elizabeth
Badinter (1994) afirma que la característica distintiva de una verdadera
masculinidad contemporánea es la heterosexualidad, convirtiéndola
(coincidiendo con Bourdieu) en un fenómeno que aparece como “natural”. Es
decir, la sexualidad es una prueba central de la identidad masculina, de cómo y
con quién se tiene sexo. Quien no cumpla con el precepto quedará excluido de
la grupalidad masculina, lo que genera presiones y obligaciones para ser y
pertenecer. En este sentido, el deseo es regulado y construido para seguir
sosteniendo la supuesta complementariedad del par varon-mujer, no habiendo
lugar para las prácticas no heterosexuales. La ventaja de este mandato se
centra en la posibilidad que tiene el varón de vivir sin restricciones su
sexualidad.

Se espera que el varón resuelva cuestiones relativas a su persona y a las del


resto, esta suficiencia se basa en la suposición de que es poseedor de las
cualidades de racionalidad y autodeterminación. Esta situación condiciona la
manera en que los varones construyen sus vínculos, generando la
imposibilidad de construir una intimidad donde se muestren vulnerables,
necesitando de las demás personas. Esto complica la capacidad para pedir
ayuda, y puede fomentar un sentimiento de soledad. Las ventajas de este
mandato se ven claramente en los ámbitos laborales, donde se les otorga
mayor valor que, por ejemplo, a las mujeres, donde se valora esta cualidad
como un elemento necesario para el liderazgo y el trabajo productivo.

Importancia de trabajar los mandatos


Es muy importante poner en evidencia que gran parte de los recorridos
biográficos de los varones están atravesados por narrativas de género y por los
mandatos de masculinidad. En segundo lugar, pero no menos importante y
relacionado con este elemento, está la idea de que, como son productos de
esas narrativas, los varones también son víctimas del modelo de género
normalizante. No hay dudas que esto es así y que el ejercicio de esa
masculinidad normativa produce costos y efectos negativos sobre la
subjetividad y los cuerpos de los propios varones que ejercen esos mandatos.
Sin embargo, no hay que pensar los efectos en términos aislados, sino en
relación a los privilegios y sobre todo en términos relacionales. Sin duda
podemos ser víctimas de esos mandatos, pero debemos pensar que ser
víctima para ocupar posiciones de privilegios no funciona del mismo modo que
quien ocupa el lugar de exclusión, presa u “objeto” a eliminar.
Cuestionamiento a las masculinidades tradicionales
En nuestro país los cambios sociales, económicos y políticos hacia la equidad
entre mujeres y varones y otras identidades de género han provocado un cierto
cuestionamiento social de la estructura patriarcal. Esta “pseudo-crisis del
patriarcado” ha generado una cosmovisión identitaria en aquellos varones
fuertemente identificados con la masculinidad hegemónica. El ideal de la
masculinidad, con el que los varones se han sentido identificados durante
mucho tiempo, comienza a distanciarse de las vivencias cotidianas y se puede
presentar como un modelo disfuncional. Esto ha llevado a una revisión de las
relaciones de género, de las prácticas y los contenidos del modelo identitario
masculino de su patrón de prácticas, representaciones culturales y contenidos
subjetivos que sostienen y actualizan la dominación de los varones cis sobre
las mujeres y otras identidades, y de unos grupos de varones sobre otros.
Aunque el modo tradicional de encarnar el género masculino ha atravesado
diversas crisis, este contexto deja al varón cis en una situación nueva, de
incertidumbres difíciles de tramitar a través de una lógica patriarcal. Los
procesos de constitución de la subjetividad masculina, al encontrarse hoy en el
centro de lo que puede entenderse como sociedad posmoderna, se hallan en
permanente mutación y es posible pensarlos como procesos que se
encuentran desfondados, por ello el temblor de viejos sentidos. Por lo tanto,
si hablamos de crisis y conmoción de la subjetividad masculina, lo que
estamos haciendo es describir la caída del sentido que sostiene el
modelo masculino de la sociedad actual. Lo que entra en crisis son las
significaciones sociales que marcaban qué sentido tenía ser hombre, padre,
amante, amigo, hijo, ciudadano. La salida que encuentran muchos varones
para demostrar su resistencia ante este hecho es aumentar el ejercicio de
episodios violentos contra sus parejas, sus hijos e hijas u otras personas
cercanas o no. Esta nueva configuración a la que se enfrentan los varones, y
por supuesto las mujeres, significa que la identidad masculina no se resigna a
perder sus recursos de poder. Entonces, la crisis de la masculinidad que
intentamos destacar se da por el agotamiento de un modelo tradicional de lo
masculino, por la dificultad de encontrar el modelo alternativo del ser varón,
pero sobre todo por una resistencia a perder un lugar de privilegio y de poder.
Promoción de modelos igualitarios de masculinidad
Se puede constatar, en las diversas formas de expresión pública (colectivo de
varones, medios de comunicación, etc.) y en las investigaciones realizadas
sobre varones, que surgen voces y preguntas de los propios varones sobre sus
formas de ser que, de alguna manera, cuestionan los modelos aprendidos y de
los cuales no hay claridad en cómo construir una alternativa. Las
masculinidades no hegemónicas (marginales, subordinadas o
alternativas, en la consideración de Connell) cuestionan los tradicionales
roles de género que legitiman a los varones en su posición de poder y a la
mujer en subordinación. El modelo hegemónico de masculinidad exige una
transformación, lo cual supone un paso previo e inevitable para la asunción de
nuevas masculinidades, pero esta transición a los nuevos modelos supone, a la
vez, un período de crisis y desconcierto para varones y mujeres, necesario
para una transformación real que implique un futuro en verdadera igualdad y
libertad. El varón debe proponerse desvincularse de ese bienestar que le
confiere su masculinidad, que le permite hacer y deshacer, detentar el
poder, someter, violentar y decidir sobre aquellas personas que padecen
esa desigualdad. El varón debe transformar y reconocer otras maneras de
ser varón. La búsqueda actual de un nuevo modelo consiste ya no sólo en
aprender a ser antisexistas sino en establecer nuevas relaciones, nuevos
encuentros y nuevas formas de ser padres, hijos, hermanos y
compañeros. La identidad masculina puede construirse promoviendo
acciones individuales que transforman lo cotidiano y también
promoviendo políticas públicas que incorporen a los varones en el
proceso de armado de un nuevo modelo de “ser varones”, que nos
ayuden a construir relaciones más acordes con los cambios sociales,
proponiendo un proyecto de identidad colectiva novedoso.

¿Cómo podríamos, desde nuestras palabras y reflexiones definir y


caracterizar el concepto de masculinidades?

Por empezar, es interesante resaltar que hablamos de masculinidades en


plural, desestimando que exista LA masculinidad de una manera ontológica,
aunque exista, no obstante, un tipo de masculinidad predominante. Hablar
entonces de “LA masculinidad” se sostiene en tanto enmarcada en una
jerarquización de las mismas –generalmente marginales, subordinadas o
alternativas, como se señaló-. Las masculinidades como concepto, responden
a una construcción social que además de estar determinada socio-
políticamente, es una categoría profundamente relacional, tanto en lo referido a
las mujeres, como otras perspectivas de identificarse con lo masculino y aún
otras identidades no binarias. Las masculinidades serían constructos
identificatorios, desde los cuales los varones –cis y trans- se despliegan
sociedad, en una constante fricción entre el deseo singular desde donde se
empeña esa identidad, y los constructos, mandatos de género que se cuelan y
nos interpelan todo el tiempo. El punto estará en encontrar una forma de
asumir una masculinidad que, además de implicar un derecho y un indicador de
salud, permita no entrar en discriminaciones, sexismos y violencias sobre otras
identidades exactamente igual de válidas.

 b-  Elabore cuestionamientos o estrategias, que podrían aplicarse en un


grupo de varones, relacionados con micro-machismos y privilegios.

Creo que la mejor estrategia para desarticular ejercicios machistas (sean micro
o macro, dado que es muy difícil en verdad hacer una distinción…) y reflexionar
sobre los privilegios que implica la masculinidad hegemónica y sus matices, es
desandar la propia subjetividad desde un cuestionamiento directo sobre la
personalidad. Es decir, historizar y rastrear sobre cómo fue esa construcción de
“varón” en cada sujeto, intentando armar un entramado biográfico, reflexivo,
histórico y contextual, desde donde armarse de herramientas para la tarea más
difícil: cuestionar, interrogar, interpelarse. Seguramente es posible rastrear
singularmente sucesos o momentos en los cuales se puede interponer un
interrogante sobre porqué sucedía/sucedió así, qué explicaciones encuentran
en sus modos de ser varón hoy y qué consecuencias (favorables y negativas)
creen que tiene haberse constituido así.
CLASE 2

Clase 2: Grupalidades masculinas, dinámicas de reconocimiento, resistencias y cambios

Ya vimos en la clase anterior el funcionamiento de los mandatos y costos del


modelo hegemónico de hacerse varón en nuestra sociedad. Es muy importante
tener en cuenta y recordar que en nuestras sociedades las tramas de género y
sexualidad se ordenan, no sólo a partir de las jerarquías heteronormativas sino
también de jerarquías cis géneros. Entonces, cuando se habla de un varón a
secas (sin marcas y clivajes) y de las formas “normales” de hacerse varón, la
sociedad, por lo general, está hablando de varones cis heterosexuales. ¿Esto
quiere decir que muchos de esos mandatos no sean ejercidos por varones
gays o trans o mujeres cis o trans? No, pero en las escalas de género y
sexualidad siempre van a ser visto como fallando en el sistema cis
heteronormativo, por lo tanto, sus prácticas y existencias serán siempre vistas
como al margen del sistema sexo-género.

En esta clase, vamos a realizar un recorrido por diferentes modos de


socialización masculina que ligan, de manera a veces compleja y difícil de
desarmar, a la violencia con el modo esperado de ser varón. Recordemos: ser
varón implica en nuestra sociedad rechazar cualquier elemento que refiera
cierta fragilidad o penetrabilidad. Ser varón en los términos de la normativa,
siguiendo este planteo, implica sostener el modelo de género esperado a
cualquier costo, siempre insistiendo con ocultar la fragilidad constitutiva, a
riesgo de que en esa insistencia se termine con la vida de otras personas y
también del mismo sujeto varón.

 Homosocialidad, Grupalidad masculina

 En una entrevista realizada a María Elena Walsh le preguntaron si


le parecía que vivíamos en una sociedad machista. Ella, de manera
irónica, respondió : “Existe un lugar común que sin duda ignoras –
ironiza- que dice que vivimos en una sociedad machista. Y es verdad,
pero a medias. Vivimos en una sociedad machista y además intensa,
románticamente homosexual. Los varones insisten en crear pretextos
bélicos porque adoran vivir entre ellos, sin mujeres, confinados en las
fuerzas armadas y luciendo coquetos uniformes y brillantes
condecoraciones… sacralizan el deporte porque nada les gusta más que
abrazarse y manosearse después del partido. Hasta son capaces de
ganarlo y todo, con tal de premiarse con esos arrebatos”. 

Este elemento, que ella narra de manera burlona e irónica, es un


elemento estructurante del modo en cómo se constituyen las formas de
hacerse varones en nuestra sociedad. Desde chicos nos enseñan que
los varones deben constituirse en y a partir de la mirada de otros
varones. Esto, en los estudios sobre masculinidades, es lo que se llama
“homosocialidad masculinidad”.
Michael Kimmel la definió como un arduo recorrido de reconocimiento
homosocial. “Los hombres estamos bajo el cuidadoso y persistente
escrutinio de otros hombres. Ellos nos miran, nos clasifican, nos
conceden la aceptación en el reino de la virilidad” (Kimmel, 1998). Así,
en diferentes investigaciones puede verse, en los relatos autobiográficos
de varones cis heterosexuales la presencia decisiva que tuvo el grupo
de amigos en la conformación de su “identidad”. Toda una historia de
fijación y negación de las fronteras que definen lo esperable y aceptable,
un recorrido lleno de peligros, exclusiones y violencias (hacia las demás
personas y hacia sí mismos).  

Nos interesa aquí llamar la atención sobre el eje fundamental de la


homosocialidad: el reconocimiento entre pares en la conformación
“identitaria”. 

“La homosocialidad, al igual que la amistad, no es necesariamente un


espacio de intimidad entre varones, por el contrario, la mayoría de las
veces tiende a convertirse en un espacio de masculinización: un
espacio donde se plantean pruebas de masculinidad. A la manera de
testigo del performance masculino, el grupo homosocial funciona a
menudo en sentido contrario a la intimidad” (Núñez Noriega, 2007, p.
83).  

La “masculinidad normal” tiene como motor fundamental la


búsqueda de reconocimiento por parte del grupo y el miedo a la
pérdida de ese reconocimiento. El adentro de ese grupo, en el cual
“se encaja o se es encajado”, parece estar sostenido por la idea de
mostrarse siempre potente. Con los pares de género se debe ser
siempre activo, no se puede mostrar debilidad, no se puede mostrar que
no se puede. La masculinidad se hace a partir del permanente escrutinio
de otros varones, estar en grupo de pares, muchas veces, no es
compartir cierta intimidad, sino el espectáculo de reconocerse y mirarse
como varones. 

Es muy común que en esos grupos de pares se hable poco de


cuestiones vinculadas a sentimientos, dolores, preocupaciones y más
bien se trate de compartir hazañas sexuales. Uno de los textos
elegidos para acompañar esta clase (Marcar la cancha) sirve como
ejemplo para pensar esos modos de construir grupalidad a partir de
vínculos que implican exclusión y ciertas relaciones de violencia o de
negación de formas de fragilidad. 
 Modelos de identidad masculina y su relación con la violencia

 La identidad alude a una característica distintiva de las personas,


pues implica la asunción de una conciencia de sí o de “yo”, como
estructura subjetiva básica en la que ser persona es la culminación de
un complejo proceso. Ser o llegar a ser es más que una cuestión que
se dirime en el sujeto individual, es un proceso gestado y definido
en el colectivo. Ser “yo” requiere de un referente, de referencias que
necesariamente deben ser legitimadas y construidas desde lo colectivo.
La masculinidad hegemónica es el resultado de esta construcción
colectiva que, entre otras cosas, permite y legitima el uso del
dominio y la violencia como medio para afirmar o exigir
reconocimiento de la propia identidad, lo que sitúa la dominación
de género en el centro de una cultura de la violencia que se
transmite a lo largo de una cadena de diferenciaciones sociales.

La violencia de género es un fenómeno histórico, producido y


reproducido por las estructuras sociales de dominación de género y
reforzado por la ideología, la cual los sujetos tienden a reproducir y
sostener a cualquier costo.

Ejercer las violencias se les impone a los varones que siguen el modelo
normativo. Forma parte del proceso de construcción de su masculinidad,
de su identidad masculina, de las características que los han de definir
como varones en sí, varones hegemónicos. 

El ejercicio de la violencia es un fenómeno que se expresa en múltiples


formas: física, verbal, psicológica, económica. Los escenarios en los que
se hace visible, tanto en el ámbito público como privado, son igualmente
variados: las relaciones de pareja, el seno del hogar, la escuela, los
medios de comunicación o las prácticas deportivas.

La violencia puede entenderse como una forma extrema de ejercicio del


poder que actúa no solamente sobre las acciones de las demás
personas, sino directamente sobre ellos, sobre sus cuerpos, sus
propiedades, su integridad moral, su dignidad humana. En la violencia,
la otra persona deja de ser sujeto o sujeta libre (con voluntad y
posibilidad de resistencia) para convertirse en objeto de uso, abuso o
destrucción.

Los varones no ejercen violencia únicamente sobre la mujer, sino


también la ejercen contra otros varones que están abajo de la jerarquía
que impone el sistema patriarcal. De esta forma se establece un orden
vertical en el cual se acceden a posiciones, derechos, privilegios,
obligaciones, el permiso de ejercer determinadas costumbres sociales,
etc. Esto se produce por un sistema de sexo-género que en sí mismo es
violento. Los costos de dicho orden pueden tener efectos sobre aquellos
varones que sienten la responsabilidad de alcanzar un “deber ser” y por
diferentes situaciones esto les resulta imposible, produciendo en ellos
sentimientos como el temor, aislamiento y dolor, generando experiencias
contradictorias entre los mismos varones ya que las expectativas de la
masculinidad son imposibles de alcanzar.  

Las violencias de género en nuestra sociedad afectan principalmente y


con más fuerza a las mujeres y las diversidades sexo-genéricas
(lesbianas, gays, bisexuales, trans, travestis, queer, intersex). Sin
embargo, pueden ser blanco de violencias de género también sujetos
inscriptos en el género masculino, varones que no representan el ideal
masculino, que no cumplen con todos los mandatos que impone el
modelo hegemónico de masculinidad, todas y todos aquellos que
resisten las imposiciones de cómo ser varón dentro del sistema
patriarcal.

Importancia de trabajar los modelos masculinos tradicionales y su relación con la


violencia

Despatologizar las acciones vinculadas a la violencia nos permite pensar que,


en efecto, los varones que ejercen violencia no son individualmente varones
enfermos, “fallados”, “confundidos” o violentos en sí, sino que se pueden
rastrear las causas y razones de esta forma de actuar en la vida en el contexto
de estos varones, en su recorrido que es tan personal como social. Es
necesario contar con acciones de prevención y asistencia que produzcan
espacios donde los varones estén dispuestos a cuestionar las formas de
construir los modelos masculinos y pensar en alternativas que se basen en la
equidad, la libertad, la autonomía, el reconocimiento de la diferencia y la
eliminación de la violencia.

Como hemos planteado, desde pequeños los varones son conducidos a la


asunción de los patrones conductuales asociados al ser masculino, varón,
macho. El asumir la violencia como parte intrínseca de su identidad y de
ese proceso, ocupa un espacio primordial. Las dinámicas del proceso
formativo que se les imponen, encierran todo el tiempo la asimilación de
conductas violentas, agresivas. 

La violencia se convierte en requisito indispensable para competir, para


mostrarse fuertes y activos, para detentar un poder, en fin, para dominar no
solo a las mujeres, sino también a otros varones. Resulta lógico entonces que
el ejercicio de la violencia sea un arma esencial para determinar las relaciones
de dominación-subordinación que se establecen en el seno del sistema sexo-
género. 

Las políticas de trabajo con varones deben tener como objetivo principal
generar la posibilidad de construir alternativas identitarias donde la
violencia sea cuestionada y sancionada.  

Se debe trabajar pensando en que los varones no solo tengan la posibilidad de


identificarse con otros modelos, sino que también puedan producirlos de forma
activa, cuestionando los sentidos producidos por el sistema patriarcal.
En definitiva, es necesario que se perciba claramente que erradicar la violencia
es inseparable de la reforma misma de las relaciones de género tal como se
conocen y consideran.

Resistencias al cambio

Gran parte de las violencias de género tienen que ver con las desigualdades
que impone el sistema sexo-género, que adjudica características, valores,
cualidades, espacios, tareas y posibilidades distintas a varones cis, mujeres
cis, varones trans, mujeres trans, gays, lesbianas, personas intersexuales, y
que determina que todo aquel que no sea un varón cis heterosexual se
encuentre en una situación de desventaja y dominación.

En los últimos años los varones socializados dentro del modelo masculino
dominante han desarrollado numerosas resistencias contra los progresos hacia
la equidad de género. Esta situación supone una gran amenaza a la
subjetividad masculina en tanto la cuestiona directamente.

Este camino hacia la conquista de derechos desarma y conmueve modelos


masculinos hegemónicos que han prevalecido en nuestras sociedades y
manifiestan la pérdida de control colectivo de aquellos espacios donde
tradicionalmente los varones adquirían su identidad y desarrollaban la
homosocialidad. Es decir, con la progresiva ocupación del espacio público por
parte de las mujeres y su consecuente emancipación política y económica.

Es en este sentido que comprendemos que la violencia de género constituye


una manifestación de las resistencias de varones cis heterosexuales hacia los
cambios que impone la conquista de derechos y la consecuente pérdida de
privilegios, estatus y poder.

La importancia de los efectos de la homosocialidad en los grupos de varones

Pensar en los efectos nos sirve para comenzar a comprender el rasgo


constitutivo que tiene el grupo homosocial en la producción de la identidad
masculina en nuestras sociedades, y las consecuencias posibles de una
educación sentimental vinculada a la violencia y la demostración de
potencia constante.

Esos primeros espacios de socialización en la construcción identitaria


masculina, donde existen acciones reprimidas, castigadas y corregidas por el
propio grupo, moldean nuestros parámetros de entendimiento respecto a lo que
es “ser varón”. Esas prácticas, además, van de la mano con aquellas que son
impulsadas por la misma dinámica grupal, en las que muchas veces los
varones deben hacer determinadas cosas para seguir perteneciendo, casi
como ritual obligatorio. 

Muchas veces, estas condiciones están ligadas a las actividades colectivas que
se comparten, como practicar algún deporte o salir a determinados boliches los
fines de semana. Pero en otros casos, esa participación tiene que ver con
ejercer violencias hacia las mujeres o entre pares, como pueden ser los abusos
sexuales en manada o los rituales de peleas grupales.

La masculinidad hegemónica como factor de riesgo.

La construcción de la identidad masculina hegemónica representa un


verdadero riesgo en la propia salud de aquellos varones que buscan
hacer propio este modelo. Las presiones que ejercen los mandatos sociales,
legitimando al machismo y al sistema patriarcal, llevan a que la adaptación a
ellos sea a cualquier costo, incluso deteriorando y descuidando la salud física y
mental. 

La demostración de la fuerza como mandato es uno de los factores principales


en la pérdida de conocimiento respecto al autocuidado del cuerpo y a la
demostración de sensibilidad. Muchas veces, inconscientemente, la asistencia
médica periódica y/o los controles de rutina en los varones son vistos como
parte de un mundo sensible al cual deciden no acceder. 

Lo mismo sucede con los comportamientos agresivos y/o


violentos, impulsados por el deber de “proteger” o “defenderse” de
un ataque (casi siempre propiciado por otro varón), lo que puede
causar lesiones o incluso la muerte. 

Para graficar un poco este punto, tomaremos como referencia las


estadísticas vitales del Ministerio de Salud de la República Argentina,
correspondientes al año 2018. Identificamos que en las defunciones por
causas externas (accidentes de tránsito, suicidios, agresiones, eventos
de intención no determinadas, etc.) los varones representaron una tasa
de 4831 fallecidos, mientras que en las mujeres la cifra es de 976.  

Estos números son una muestra de las consecuencias que puede tener
el llevar una vida cargada de actitudes abusivas y prácticas de riesgo.
Aunque, si pensamos en una vida “poco saludable”, podemos identificar
costumbres muy ligadas a la masculinidad hegemónica como el
consumo excesivo de alcohol, el tabaquismo, la competitividad, la
productividad laboral exagerada, la imprudencia, entre otras.

El cuidado y el control como formas de ejercer el poder.

Las tareas de cuidado, limitadas al territorio de lo privado y lo doméstico,


han sido asignadas históricamente  a las mujeres. Sin embargo, las
prácticas que comprenden al cuidado en términos de “protección” se han
convertido en un mandato de la masculinidad hegemónica, reforzando el
lugar de fortaleza y de sacrificio como demostración de poder para la
sociedad. 

Parte de los mandatos de la masculinidad hegemónica tienen que ver


con ser garantes de la protección de personas vulneradas
(principalmente mujeres, niñas y niños). A su vez, esta responsabilidad
es leída muchas veces como la habilitación directa para ejercer la
dominación sobre las mismas personas que debería resguardar,
utilizando mecanismos de control que aseguren la dependencia
absoluta y la necesidad de tener “un hombre al lado”. 

Esta forma de ejercer el poder se reproduce fuertemente en los espacios


intrafamiliares, donde la figura paterna cumple ese rol de protección,
mientras que el cuidado y la crianza es llevado adelante por la figura
femenina. La reducción de las responsabilidades paternas a la simple
condición de “protector” es uno de los factores por los que la
desigualdad de género, en la figura de la “familia ideal” (la familia cis
heterosexual), se sigue profundizando a lo largo de la historia.  

Es notable y muy visible la transformación que ha habido respecto a la


ocupación del espacio público para las mujeres, quienes han modificado
incluso el sentido común sobre sus deberes y obligaciones en el ámbito
laboral. 

Sin embargo, la actividad doméstica y el cuidado de niñas y niños sigue


siendo mayormente responsabilidad de las mujeres, quienes trabajan
afuera de la casa y vuelven a ella para continuar estas tareas, dejando
su tiempo de ocio como última posibilidad. Además, es importante
mencionar que estas tareas no suelen tener una retribución económica,
por lo que se valora aún menos que un trabajo con remuneración.

 La importancia de producir un espacio de trabajo con varones

Los dispositivos tienen como objetivo ofrecer un espacio donde se pueda


trabajar con los varones, esto es, un lugar donde el sujeto se encuentre con la
posibilidad de pensarse críticamente, trabajando sobre las estructuras que lo
constituyeron como sujeto masculino a lo largo de su historia de vida. Los
espacios grupales deben ocuparse de generar las condiciones para producir un
sujeto responsable, que tenga la posibilidad de construir nuevas lógicas de
encuentro, que pude realizar y realizarse en otros modos de vincularse. 

El espacio debe destacarse como un espacio público, diferenciándose


claramente de lo restrictivo, lo expulsivo y de lo privado, y defendiendo
una postura de institución de puertas abiertas como condición necesaria
de cualquier política estatal. Importa destacar la intención de correrse de
la visión criminalizante y punitiva de la intervención para generar
propuestas de transformaciones genuinas. 

Estas condiciones y esta manera pensar al sujeto de la intervención


permiten crear modos vinculares novedosos que transforman la posición
del varón cis autosuficiente, duro, fuerte, insensible, produciendo un
sujeto con necesidades emocionales. El dispositivo termina siendo un
espacio necesario, de sostén, de apoyo y de una manera diferente de
existir, es por ello que nos encontraremos con demandas concretas
hacia todos aquellos que son parte de esta trama grupal. El varón
encuentra en el grupo un lugar para conectarse con aquello que resulta
tensionante, encuentra la posibilidad de tramitar aquello que le resulta
conflictivo y disfuncional.

El grupo abre el acceso, no a uno sino a tres espacios de la


realidad para trabajar: el espacio del sujeto singular, el de los
vínculos intersubjetivos y el del grupo en sí mismo. Por ello
consideramos necesario el establecimiento de dispositivos que permitan
el trabajo con varones agresores.

 Marco jurídico y normativo.

En  Argentina, con la Ley de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y


Erradicar la Violencia contra las Mujeres en los ámbitos en que se desarrollen
sus relaciones intrapersonales N° 26.485, promulgada en abril del año 2009, se
produjeron cambios de paradigmas en relación a las normas locales arraigadas
a hábitos, costumbres y pensamientos de las sociedades patriarcales de
antaño (queda en claro que seguimos viviendo todas y todos en este sistema
patriarcal).

Esta norma se enmarca en las obligaciones asumidas por el Estado argentino


de avanzar contra esta problemática de derechos humanos, al firmar y ratificar
la CEDAW (1979) y Belém do Pará (Convenciones internacionales en la ONU y
OEA, respectivamente, para eliminar la discriminación y violencias contra la
mujer, las cuales cuentan con jerarquía y rango constitucional, es decir que se
encuentran en la cúspide del ordenamiento jurídico nacional, siendo todo lo que
las contradiga inconstitucional [Art.75 inc 22 de la Constitución Nacional]),
reconociendo y poniendo de relieve, así, el proceso histórico y social que
atraviesa hace años la humanidad, y que ha sido impulsado principalmente por
los movimientos feministas del mundo.  El artículo 5 de la CEDAW establece
que los Estados deberán crear medidas adecuadas para modificar patrones
socioculturales en hombres y mujeres, con el fin de eliminar las prácticas
consuetudinarias y estereotipos basados en la desigualdad y opresión. 

En aquellos mismos instrumentos normativos se ha dictaminado la necesidad e


importancia de trabajar sobre la prevención de las violencias. Entendiendo a
ésta, en parte, como reducción de daños, que en lo que respecta a la temática
en cuestión, aquellos son variados: secuelas físicas, psicológicas, privación de
derechos, hasta la misma muerte de mujeres, niñas y personas del colectivo
LGBTI+. Por esta razón, la Organización Mundial de la Salud se ha
pronunciado en este sentido y la considera una problemática de salud con
consecuencias globales. También se lee sobre la necesidad de eliminar, con la
ayuda de todos los componentes de la sociedad y el Estado, la tolerancia o
indiferencia que pueda existir con respecto a la violencia de género. 

Siguiendo por el contexto internacional, citaremos a la Conferencia


Internacional sobre la Población y el Desarrollo de 1994 en El Cairo y la
Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer de 1995 en Beijing, donde,
como objetivos y acciones a futuro para poder lograr la erradicación de
las violencias y la desigualdad de género, y teniendo como objetivo la
justicia social, es importante trabajar con hombres y niños apuntando a
la educación y reeducación de conductas, estereotipos y patrones. 

En esta dirección se establece la necesidad de crear y tomar medidas


legislativas, administrativas, judiciales y todas aquellas que contribuyan
a la prevención y erradicación de las violencias, teniendo como horizonte
la protección de las mujeres, niñas y distintas identidades de género. Es
decir, la determinación de una medida cautelar o la imposición de una
pena, por sí solas (si bien son a veces el único medio expedito para
resguardar a quien sufre) no alcanzan a abordar integralmente un
fenómeno que es de orden multicausal y transversal. Esta condición
hace que la violencia sea indispensable abordarla de manera que
atraviese las distintas esferas estatales y republicanas, trabajando de
manera coordinada entre poderes, instituciones públicas y
organizaciones de la sociedad civil. 

Así tenemos en la provincia de Buenos Aires el Sistema Integrado


Provincial (SIP), creado por resolución de la Secretaría de Derechos
Humanos a fines del 2016,  que apunta al trabajo entre poderes e
interministerial, para el abordaje integral de la violencia de género, pero
que ha sido (por obvias cuestiones de apremio y necesidad) dirigido a la
protección de las mujeres y el colectivo LGBTI+, que son el objetivo de
la violencia machista, y han atravesado y atraviesan por una condición
de vulnerabilidad, y también a la sanción punitiva de quien la ejerza. Uno
de los objetivos del mismo es alcanzar en los distintos territorios una
mecánica funcional y efectiva para la protección de los derechos
vulnerados, fomentando la adhesión de los municipios a la creación de
mesas de trabajos entre las distintas instituciones. 

La Ley nacional 26.485 expresa la facultad del organismo nacional en la


materia de disponer asistencia técnica y creación de dispositivos para la
prevención y la reeducación. Así mismo, en el capítulo destinado a los
lineamientos básicos de las políticas estatales, se establece la
prerrogativa de trabajar interinstitucionalmente en la creación de
programas destinados a la reeducación de hombres que ejerzan
violencias (Art. 10, inc. 7). 

A principios del siglo y del nuevo milenio (gobierno de Ruckauf, en el


2001), la provincia de Buenos Aires promulgó la Ley 12.569 de violencia
familiar (que sigue vigente) cuyo artículo 15 ya sostenía la premisa de
crear espacios para la prevención, asistencia y tratamiento de la
violencia en el seno familiar. La modificación posterior (2013), corrige y
agrega artículos, añadiendo perspectiva de género, poniendo de resalto
la vulnerabilidad de las mujeres y las niñas y niños, ante las distintas
violencias y modalidades de su ejercicio, mostrando que pasaba a ser
prioritaria la protección de estas y estos, debiendo desarrollarse en
distintos ámbitos, organismos e instituciones de la estructura estatal
provincial y municipal.

Específicamente, en cuanto a lo que venimos desarrollando aquí, en


relación a las medidas cautelares y judiciales en general, se encuentra el
artículo 7 bis donde se lee: “Frente a un nuevo incumplimiento y sin
perjuicio de las responsabilidades civiles o penales que correspondan, el
juez o jueza podrá aplicar alguna/s de las siguientes sanciones:  ...c)
Asistencia obligatoria del agresor a programas reflexivos, educativos o
terapéuticos tendientes a la modificación de conductas violentas.”
(subrayado propio).  

La redacción del artículo permite leer que el dispositivo de varones


llegaría para el agresor posterior a la conducta violenta, detonadora de
una denuncia que active el proceso (además del proceso penal de ser
necesario), e incluso posterior a una desobediencia (de la orden dada
por la autoridad judicial), el juez podría hacer ingresar al agresor a un
dispositivo de reeducación. Tanto esto que aquí se comenta, como la no
especificidad del incumplimiento de las medidas ordenadas en el fuero
civil que ha sido tomado por analogía dentro del delito de desobediencia,
el cual no está creado al efecto, ni con perspectiva de género o trabajo
interdisciplinario, son plausibles de otros debates, mesas de trabajo, en
otros contextos, pero aun así no deja de ser relevante comentarlo.  Más
aún a sabiendas que no ha habido modificaciones legislativas
sustanciales en los últimos años.

En el año 2014 se presentó el Anteproyecto de Reforma al Código


Penal, en su artículo 139 establece que: “1.Será reprimido con prisión de
seis meses a un año, el que ilegalmente impidiere u obstruyere
gravemente el contacto de menores con su padre o madre (…) 4. Se
impondrá la pena del inciso 1 al que desobedeciere una orden judicial de
restricción, de acercamiento o de contacto, en protección de menores o
impartida en prevención de violencia familiar” . Similar norma se
encuentra en el Proyecto de reforma del Código Penal, presentado en
marzo del 2019. Ninguno ha sido sancionado, siendo la modificación
general de aquel un reclamo antiguo y un tema pendiente para los
gobiernos. 

Es real que, al día de hoy, el trabajo con hombres, jóvenes y niños que
apunta al reconocimiento y cambio de prácticas violentas está en
desarrollo y construcción, ya sea con organizaciones que investigan y
conducen programas reflexivos, o con órdenes judiciales que
acompañan ciertas medidas (recomendando asistir a dispositivos
municipales), o incluso, accesorias a la pena y reglas de conductas en
delitos contextualizados en situaciones de violencia de género y
machista.

Como expresamos más arriba, el marco jurídico, si bien difuso, fija una
necesidad de incorporar en la agenda los dispositivos y programas que
pongan foco en cómo sensibilizar, reconocer y modificar estereotipos,
mandatos patriarcales, acciones y prácticas violentas, con el fin de evitar
la reiteración y sobre todo enfatizar que, de esta manera, se está en pos
de aproximarnos como sociedad a la equidad de géneros. 

Actividad

Luego de ver el video “la primera vez” ¿Qué sensaciones transmiten las
certezas, ideas y afirmaciones de estos padres? Y ¿Como podríamos pensarlo
en relación a las violencias?

Elabore una breve reflexión con estas palabras claves: expectativas,


sexualidad, exigencias, privilegios, jerarquía, reconocimiento, diferencia
generacional.

El video presenta de entrada tres cuestiones superpuestas: los ritos sociales de


reconocimiento, la sexualidad como variable dentro de la constitución identitaria
y una diferencia jerárquica y binaria según el sexo dentro de las
representaciones sociales. La sexualidad en sí es una temática que aparece en
prácticamente todas las instituciones y áreas sociales: de escuelas a bares, de
oficinas a hospitales, de supermercados a clubes. Específicamente, el debut
sexual o la primera relación sexual, forma parte de un rito social iniciatorio,
generalmente asociado a la adolescencia, que porta con una carga emocional
particular. Debido a que se la suele asociar a dicha franja etaria, es que suele
aparecer la intervención y mediación de padres o adultxs responsables para
acompañar y/o aportar en tal tránsito.

Ahora bien, generalmente suele haber una división familiar tajante donde el
pare se preocupa intensa y exclusivamente del debut sexual del hijo varon,
desestimando la sexualidad de su hija o relegándola al dsicurso materno.
Entonces el despertr sexual se entrecruza con un discurso transgeneracional
que intenta bordear y trasnmitir algo de lo “esperable”, “deseable” o
“aconsejable” para el encuentro sexual. Este puede ser un momento en el cual
la intimidad junto a un adulto responsable puede desandar estigmas y
ansiedades, asi como apoyar y repreoducir la presión heteronormativa de
cumlpir con un ideal masculino que ya acecha al púber desde mandatos
culturales de la homosocialidad, ligados a la potencia, la fuerza, la
indivudualidad, la seducción, la no vulnerabilidad, la resistencia y también la
violencia; variables que determinan la jerarquía masculinda a los ojos de
varones, y también de las mujeres que entran en una dinámica de “ser
deseables” para este patrón. Esta violencia suele quedar enmarcada en
establecer al varón como “encargado” de acceder al debut sexual, y desde allí
se borran dimensiones esenciales del lado de la partenaire (dando por sentado
que hablamos de la clásica tranmisión padre-hijo cis-heterosexual): el
consentimiento, el respeto, la escucha, la empatía y la no suposición. El sentido
de creerse “protector” o “garante” en tanto varón, se difumina rápidamente
hacia una posición de dominio que lejos de incluir acciones empáticas,
repercuten en un ejercicio de violencia sobre la mujer, reducida a un objeto de
itnercambio pasivo muchas veces.

Para evitar que se forjen subjetividades lo menos aplastadas por etas


exigencias y mandatos androcéntricos y sexistas, es fundamental una
educación emocional integral. Al igual que pasa con la salud sexual integral, no
se cree que deban ser ejes urgentes porque no haya, sino que siempre hay
educación sexual y educación emocional, en todo caso, se tratará de pensar en
educaciones alternativas, que incluyan una política de cuidado, de expresión de
afetcos, responsabilidad, empatía, de comunicación saludable, de
esclarecemiento de vínculos, de consentimiento y fundamentalmente,
construidas en dualidad y no bajo una única dirección avsallante masculina
sobre los cuerpos de las mujeres y de otras masculinidades no hegemónicas
y/o disidentes.
Clase 3: Estrategias y desafíos en el trabajo con varones que ejercen violencia de
género
La violencia por motivos de género nos plantea la necesidad de diseñar
dispositivos que puedan ofrecer algún tipo de respuesta de forma urgente
interviniendo y transformado esta situación. Las políticas públicas para la
prevención y la atención de la violencia de género con enfoque en
masculinidades son una herramienta fundamental para transformar las
realidades y los imaginarios socioculturales asociados a la violencia ejercida
hacia mujeres, personas lgtbi+ e infancias. En este sentido, la atención a
varones que ejercen violencias basadas en el género forma parte de las
políticas ampliadas de protección y prevención de las violencias contra las
mujeres, personas LGTB+ e infancias, y la Ley 26.485 menciona en su
artículo 9 a los “programas de reeducación y rehabilitación para
varones”. 

El ejercicio de las violencias por parte de varones constituye un problema de


salud pública y de derechos humanos, que requiere de abordajes integrales
que acompañen las medidas en materia de justicia y seguridad. Para ello, es
indispensable contar con espacios psico-socioeducativos y terapéuticos,
con enfoque de derechos, género y masculinidades, que garanticen servicios
públicos de atención a varones agresores, acompañándolos en el
reconocimiento, transformación y reparación de las prácticas violentas
ejercidas, y previniendo la revictimización y la reincidencia. Es imprescindible
desarrollar estrategias de trabajo que permitan producir conjuntamente
modelos y formas de habitar masculinidades que trasciendan las relaciones
desiguales que se dan entre varones y mujeres y personas LGBTI+ y que
ofrezcan alternativas de resolución de conflictos que vertebren a partir de la
violencia y desde la vulneración.

Es en este sentido que el armado de dispositivos debe considerar  las


violencias como  una problemática relacional, compleja, multicausal y
multidimensional, política, social y emocional, por lo que se deben
contemplar respuestas más amplias e inclusivas, lo que implica un abordaje
integral, que tome en cuenta varias dimensiones, abriendo nuevos posibles
focos de entrada, que involucre a las personas comprometidas, en este caso,
que contemple al varón como partícipe necesario del conflicto en cuestión,
ofreciendo una alternativa de contención, seguimiento y desplazamiento
subjetivo.  

Ejes centrales a tener en cuenta para el diseño de un dispositivo

Partimos de la concepción de abordar a las violencias no como una


enfermedad ni trastorno patológico, sino como una práctica que, como
tal, se aprende, y por lo tanto puede ser desaprendida. Siguiendo los
lineamientos de la Ley 26.485, Ley de protección integral para prevenir,
sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, entendemos que este tipo
de violencias, como aquellas que tiene como destinatarios a personas de la
población LGBTI+, están basadas en relaciones de desigualdad y
jerarquización sexo genéricas existentes en la sociedad. Es por ello que el
trabajo para erradicarla debe también incluir medidas y actividades que
pongan de manifiesto las estructuras sociales, los discursos y tramas que
hacen posible la profundización y repetición de las prácticas violentas.

Este enfoque nos permite observar y analizar críticamente las relaciones


sociales, en las que frecuentemente las mujeres y otras identidades de género
no hegemónicas quedan en una posición de desventaja social, política,
económica y cultural frente a la masculinidad tradicional. Por ello, es
imprescindible cuestionar y deconstruir las implicancias y efectos de la
masculinidad hegemónica, sus vínculos con diferentes formas de violencia, y a
partir de allí, construir acciones tendientes a promover la equidad entre los
géneros en nuestras sociedades.

Las formas de masculinidad normativa vinculadas a una sexualidad


activa, a la violencia, al ejercicio del poder y a la vulneración de las
personas, no emergen desde las entrañas de los varones como potencia
interior, sino que se van construyendo y reconociendo en el encuentro
con la mirada de otros varones que operan como examinadores de una
“verdadera masculinidad” y de la sociedad que los educa para ocupar
determinadas posiciones. Sin embargo, ese recorrido de legitimación está
lleno de peligros, con riesgos de fracaso y con una competencia intensa e
imparable donde el miedo a caer en el afuera (“dejar de ser macho”) es la
emoción que moviliza cada gesto, práctica, palabra en el recorrido de “hacerse
varones”. La violencia, en sus diferentes formas, va a aparecer allí más
destacada donde se va a dar la validación de una mampostería masculina
normal

En este sentido, hacer valer la identidad masculina en el marco de la


hegemonía es convencer que no se es homosexual y que no se es mujer
(Connell, 1997;  Fuller, 1997; Kimmel, 1997; Abarca Paniagua, 2000). “El varón
aprendió que debía nombrar todo rasgo afectivo, delicado y pasivo, como
cualidades femeninas y, al asomo de estos rasgos, como el anuncio de
homosexualidad” (Abarca Paniagua, 2000, p. 224). Es decir, se les enseña a
los varones que deben negar y rechazar todo rasgo que sea nombrado como
femenino. Así, la sensibilidad, la expresión de dolencias, el miedo y el llanto
son vistos como signos de debilidad y, por ello, femeninos.  En este marco, la
violencia, pensada como demostración de fortaleza, es justificada y legitimadas
como parte “natural” o “propia de los varones”.

Víctor Seidler, investigador mexicano en temáticas de masculinidad, se


refiere a los vínculos entre hablar y masculinidad y dice, entre otras
cosas:

Los hombres pueden sentir que están fallando a sí mismos si admiten


sentirse frustrados en el cumplimiento de las exigencias que plantean el
trabajo y el hogar (…)  Prefieren dejar sus sentimientos íntimos sin
examinar, y a menudo están tan acostumbrados a no exteriorizarlos que
llegan a dar por supuesto que las emociones son algo realmente
inefable. A menudo las personas comienzan a reflexionar sobre temas
personales gracias a la experiencia de ser interrogados, de modo que la
propia entrevista puede ayudarles a reflexionar sobre cuestiones
personales. (2007, p. 63).

Podemos pensar entones que la creación de un espacio de reflexión y


de trabajo sobre los modos en que nos hacemos varones, y las
ligazones de ello con distintas formas de violencia, abre en principio una
pequeña pausa a las formas en que se producen las masculinidades
dominantes en nuestra sociedad. Generar un espacio donde se
suspenda, al menos instantáneamente, esas performances sociales que
producen violencias y distintas formas de odio, es un inicio en la
creación de espacios libres de diferentes formas de violencia de género.

Pensar la violencia desde esta perspectiva nos invita a reflexionar más


allá del paradigma víctima/victimario (sin negar la responsabilidad
jurídica del hecho de violencia o la culpabilidad de los varones violentos)
y de la figura del varón violento como figura excepcional o por fuera del
orden de lo social. 

Entender la violencia y, en especial la violencia de género, como


estructurante del modo como se construyen los varones en las
sociedades actuales, es decir, como la forma “natural” de “hacerse
varón”, es una apuesta a pensar la lucha por la erradicación de la
violencia de género a través de un dispositivo educativo que construya
imágenes, representaciones, corporalidades y rituales vinculados a la
masculinidad que sean más diversas y que no se establezcan sobre la
matriz de la fortaleza, la insensibilidad, la posesión, el control y la
violencia.

La idea del programa tiene que ver con el modo integral en que debe
entenderse a la problemática de la violencia de género. Además de
acompañar a las personas que denuncian en su recorrido y protección,
es importante tomar medidas que terminen también con prácticas y
acciones que muchas veces vuelven a repetirse por estar naturalizadas
o por ser menospreciadas por quien las lleva a cabo, o por el resto de
los miembros de la comunidad.

Objetivos
Los dispositivos de abordaje con varones agresores tienen como
objetivo principal la intervención para proteger a la mujer víctima de
violencia. Se da prioridad a la seguridad de las mujeres. Es necesario
que también se establezcan otros tipos de objetivos como:

El cese de cualquier tipo de violencia.

 El cese de persecución u hostigamiento, tanto


personalmente, como vía llamados, mensajes, y demás redes
sociales. 

 Responsabilización subjetiva de aquellos varones que


participan del espacio: que los varones reconozcan que
ejercen violencia.

 Construir propuestas vinculares diferentes: transformación


de roles y funciones en los ámbitos familiares, trabajo, amigos
etc.

 Desarrollar un cambio profundo en el sistema de valores


patriarcales.

 Recuperar el equilibrio emocional (post episodio de


violencia, post denuncia).

 Apoyar el cumplimiento de sus obligaciones judiciales,


familiares, y asesorar correctamente en estas cuestiones. 

 Trabajar y proponer actividades para la resignificación de


los patrones culturales patriarcales/machistas. 

 Reducir los índices de reincidencia de los agresores


denunciados (que no vuelvan a tener denuncias ni producir
episodios de violencias). 
Marco teórico referencial 

Existen distintos modelos de abordaje con diferencias en el modo de


implementación. Lo que debe quedar claro es que las referencias
teóricas deben estar vinculadas directamente con una mirada de género,
es imposible establecer modos de intervención que no diseñen tácticas y
estrategias con una fuerte perspectiva de género.

Modelo Ecológico Multidimensional: este modelo ecológico fue creado


por Urie Bronfenbrenner para el estudio del desarrollo humano a través
de su tránsito por distintos subsistemas: macro, exo, y microsistema.
Este postula que, durante su desarrollo, el individuo sufre distintas
alternativas de aprendizaje de acuerdo a la influencia que ejercen los
subsistemas por los que va transitando. Este pasaje por los subsistemas
influirá en su conducta y en el rol que desempeñará en su vida adulta:
familia, trabajo, relaciones de pareja, educación, etc. Es necesario
conocer, en cada caso, qué actores intervienen en cada uno de estos
niveles para un óptimo abordaje.

Es pertinente agregar algunas cuestiones que menciona Enrique Vera


Manzo en el trabajo “Civilización y violencia en la Obra de Norbert
Elías”.  El enfoque de Elías está construido desde las dimensiones socio
genéticas del entramado social: la dimensión macro y las dimensiones
psicogenéticas del habitus: la dimensión micro.  Elías creía que todo
fenómeno social puede ser abordado de esa doble manera, ya que
existe un paralelismo entre las transformaciones en la estructura del
entramado social y las que ocurren en el plano de los habitus. Por este
concepto Elías entiende la incorporación individual de normas
transmitidas por las unidades de pertenencia sociales (familia, aldea,
tribu, iglesia, nación). En la formación del habitus converge un proceso
tanto de inculcación (socialización) de las normas de una unidad social
como de incorporación (individuación del habitus). En la identidad de un
individuo hay un repertorio de capas simbólicas, tantas como sean las
unidades de pertenencia en las que esté inmerso. El habitus social se
manifiesta en los cánones de conducta y los sentimientos individuales,
cuyos modelos se transforman en el transcurso de las generaciones y
expresan las disposiciones compartidas por los miembros de una
sociedad o de una unidad de pertenencia.

Entendiendo la importancia de pensar las condiciones en que se


producen las subjetividades masculinas, y partiendo de la idea de
que la violencia de género no es una problemática individual sino
una problemática socio- cultural que impregna de aprendizajes las
vivencias humanas, se perfila el dispositivo grupal como el ámbito
propicio para la intervención.

Es en los espacios grupales, comunitarios y sociales donde se valorizan


o se desvalorizan las emociones, los saberes y los haceres, es en estos
espacios de confrontación y convergencias permanentes donde se
construyen experiencias y vivencias nuevas.

Por eso, el grupo es una herramienta ideal para el desarrollo de


espacios críticos reflexivos, para la desconstrucción y para la
construcción de nuevas posiciones y significaciones que deberán ser
puestos en práctica por los varones que ejercen violencia de género, en
su vida cotidiana. 

“La finalidad del grupo psico-socio-educativo, está ligada a visualizar


sintomatologías y elaboraciones del trauma, su finalidad es construir
nuevos sentidos, emociones y aprendizajes significativos (a través de
experiencias y vivencias lo suficientemente disruptivas para ser
confrontados con la subjetividad patriarcal de los varones que ejercen
violencia de género) y luego de estos procesos crítico reflexivos, se
produzca en cada varón nuevos sentidos, emociones y aprendizajes
puedan ser utilizados empíricamente en su vida cotidiana, sin la
utilización de la violencia de género, para resolver sus conflictos
relacionales afectivos y simultáneamente en todos los ámbitos de su
vida” (Romano, 2020). 

Población Objeto

Uno de los supuestos necesarios para el trabajo con varones es


que el uso de la violencia es una opción aprendida y, como tal,
puede desaprenderse. Se plantea, entonces, que los varones que
ejercen o ejercieron violencia no representan personas enfermas,
no presentan psicopatologías, no son enfermos.

Son producto y reproductores de una sociedad patriarcal configurada en


el machismo, pero no todos los varones son aptos para ser parte de los
dispositivos: varones implicados en casos de femicidio, homicidio,
patologías psiquiátricas graves, abuso sexual intrafamiliar, u ofensores
sexuales, delitos de lesiones gravísimas, personas que se encuentren
detenidas en régimen carcelario. También se señala que casos severos
de adicción a diferentes drogas, alcoholismo, podrían necesitar también
de la intervención de otras instituciones (Centro de Prevención de
Adicciones, Centro de Atención Primaria de Salud, Servicio de Salud
Mental, Comunidad Terapéutica), y de un trabajo articulado.
 Modalidad de Atención

Cuando ya nos encontramos trabajando con varones que ejercen


violencia de género es necesario intentar llegar a abordar y producir
cambios en distintas áreas sobre las cuales se busca trabajar con los
varones que asisten a dispositivos grupales. Si en estos espacios
logramos producir un proceso de cambio a nivel cognitivo, producirá
modificaciones en el psicodinamismo y a su vez en sus habilidades
sociales y conductuales, e influirá en lo interaccional/vincular. 

Se trabaja con entrevistas de admisión, y luego, la incorporación a los


grupos “psico-socio-educativos”, donde se constituyen grupos abiertos y
grupos cerrados. 

En los grupos abiertos la frecuencia es semanal, la duración de la


asistencia es de un año, y se trabaja con derivaciones de la justicia Civil.
En los grupos cerrados la asistencia es semanal,  la duración es de 4
meses, y las derivaciones son de la justicia Penal. En estos 4 meses de
asistencia se estiman 20/19 encuentros. La menor cantidad de
encuentros que se realizó fue de 13.

Se piensa el proceso del asistente en un primer año de grupo de primer


nivel, un segundo año de segundo nivel, y un tercer año de
seguimiento. 

Nivel 1: se enfoca en trabajar el control de la conducta violenta, su


reconocimiento, aceptación y responsabilización. 

Nivel 2: se insiste en profundizar tanto el cambio de conducta como la


toma de conciencia en todos los aspectos trabajados en el nivel 1. 

Nivel 3: asistencia a espacios individuales. Este nivel surge de la


necesidad de continuar dentro de un espacio de contención, reflexión,
seguimiento, y tratamiento que les permita sostener y fortalecer los
cambios logrados. 

La entrevista de admisión se sugiere hacerla de manera individual. En


esta surgen muchísimos datos para el abordaje del caso. Se parte de la
premisa del psicoanálisis, de la singularidad del caso a caso, más allá de
las cuestiones legales universales. En las entrevistas de admisión,
surgen cuestiones de la biografía del hombre que nos denotan su
posición subjetiva ante el hecho de violencia o la denuncia, y la escucha
activa del discurso del derivado en estas primeras entrevistas dan
cuenta de estructuras y rasgos de personalidad. También se completa la
ficha de admisión, se explica al ingresante las condiciones y encuadres
del Programa, y se firma un consentimiento informado para el ingreso al
dispositivo. La cantidad de entrevistas de admisión queda a
consideración del Equipo Técnico. 

En estas primeras entrevistas el Equipo Técnico se encontrará con


diversos tipos de discursos, de acuerdo a las características de
personalidad del entrevistado. Estos pueden ser: 

•Victimizante

•Querellante

•Negador

•Justificante

•Minimizador

• Con grado de reconocimiento 

• Seductor y manipulador. 

Se recomienda para los entrevistadores una actitud cordial y de


confianza, a fines de establecer un buen reportaje. Se busca, mediante
algunas preguntas e intervenciones, que el hombre pueda relatar algo
de lo acontecido previo a su derivación o consulta, para buscar algún
indicio de implicación subjetiva. El momento de las intervenciones y
confrontaciones se dará en el espacio grupal socio educativo, si es que
el hombre acepta ingresar y asistir. 

Es necesario destacar que no es facultad de estos dispositivos realizar


evaluaciones diagnósticas, ni pronósticos, ni evaluaciones vinculares
familiares. 

Se acreditará mediante informes al organismo derivante acerca de la


asistencia, o no, al dispositivo, así como la acreditación de participación
activa y regular. 

La cantidad de entrevistas de admisión con cada asistente queda sujeta


a la evaluación del equipo de trabajo.

Dispositivo Grupal

Cuando un varón ingresa a un dispositivo para varones que ejercen


violencia de género “su mundo” entra en turbulencia, se desmantela, sus
ideas ya no tienen ni el valor, ni la legitimación social que el patriarcado
les otorgó durante muchos

Abordar la intervención desde el dispositivo grupal es pensar al grupo en


los términos que los plantea Pichón-Riviere: el grupo operativo. Este se
caracteriza por ser un colectivo entendido como unidad de lo múltiple, de
estructura compleja, ya que incluye las posiciones o roles del integrante,
coordinador y observador, pero que como roles responden a un otro
estructurante, la tarea. La tarea es, en su sentido explícito, la producción
de un saber colectivo direccionado hacia el objetivo que el mismo grupo
se plantea. En su sentido implícito, tarea es la producción de una
posición subjetiva. La tarea implica un proceso de elaboración colectiva
que no solo tiene efectos en lo social, sino que produce cambios
subjetivos. El otro del grupo aparece como partenaire, pareja
indispensable, para el apoyo en la producción de un saber singular. 

El dispositivo grupal como herramienta profesional es posible y


necesario para una restitución y reconstrucción de un posicionamiento
subjetivo, dado que es una metodología de trabajo pertinente para la re
significación de los sentidos que nos constituyen como sujetos.

En el dispositivo grupal cada participante debe identificar sus propias


justificaciones, este acto de desvelamiento es esencial en el proceso
individual y grupal, porque las justificaciones se vuelven verdaderas
murallas que, de no ser derribadas hasta sus simientes, se revitalizaran
rápidamente. En este sentido las justificaciones funcionan como los
mitos sociales que no requieren validación empírica para ser tomados
como válidos y son los verdaderos obstáculos para la transformación.

Al estar inmerso en un grupo el sujeto queda definido como sujeto de


vínculo en un espacio de apuntalamiento y de posibles identificaciones,
donde puede trabajar con otros su subjetividad. Romper con lo instituido
a través de espacios grupales de reflexión y contención posibilita otras
formas de vincularse, responder ante los conflictos y problemas que se
le presentan.

“Su mundo” ya no cuenta con el aval absoluto de sus aprendizajes


previos, de sus experiencias, que lo justifiquen, y así, sostengan sus
prácticas abusivas como normales y naturales. Sus emociones, de las
cuales poco conoce, las empiezan a descubrir contradictorias,
caprichosas o manipulativas, cargadas de miedos e incertidumbres y
abundante culpa. Entrando también en crisis su corporalidad, que está
siendo impactado por esta turbulencia de ideas, emociones y prácticas
que cuestionan su configuración subjetiva patriarcal.
En el marco del dispositivo grupal se da lugar de privilegio a la palabra,
en función de la implementación de técnicas, disparadores e
intervenciones. La palabra no debe ser  patrimonio exclusivo de la
coordinación. Se trata, entonces, que a partir de la escucha el “sujeto
que dice”  pueda subjetivar el acto delictivo y articular esta falta a la
pena impuesta. De darse esta implicación subjetiva es inevitable que el
sujeto revise su posición frente a la Ley. 

En este proceso de develar con los varones utilizamos técnicas grupales


con alta exposición al generar vivencia y experiencias que produzcan
aprendizajes lo suficientemente significativos para ser trasladados a la
vida cotidiana. Comprometiéndose, haciéndose responsables de su
propia transformación. Definiendo a nuestro dispositivo grupal como
psico-socio-educativo.

Así lo expresa el Lic. Marcelo Romano, integrante de la Red de Equipos


de Trabajo y Estudio en Masculinidades (RETEM) en “Pensando un
dispositivo para varones que ejercen violencia de género en los ámbitos
de las relaciones afectivas”. Romano parte del concepto de que la
violencia de género no es una problemática individual, sino una
problemática socio cultural que impregna de aprendizajes las vivencias
humanas, es por ello que se postula el dispositivo grupal como el ámbito
propicio para su desarrollo. Todo conocimiento, para tener o mantener
un efecto concreto en la práctica humana, requiere un sentido colectivo,
un valor social que lo convalide y legitime en un contexto histórico-
cultural determinado, es decir requiere ser transformado en un
aprendizaje con valor social. 

Un nuevo conocimiento podría implicar un nuevo aprendizaje que en


algunas ocasiones genera rupturas, rupturas que no se hacen sin
resistencias (mucho menos cuando estas rupturas implican pérdidas de
privilegios socio- culturalmente adquiridos). Por eso, retoma Romano, la
importancia de los grupos como herramienta ideal para el desarrollo de
espacios críticos reflexivos, para la confrontación (de- construcción) y
para la síntesis (cons-trucción) de nuevos saberes, haceres y, por
supuesto, emociones que deberán ser puestos en práctica en su vida
cotidiana por los varones que ejercen violencia de género. Algo
importante que se remarca es que este no es un grupo terapéutico, es
un grupo psico-socio-educativo, su finalidad no está ligada a visualizar
sintomatologías y elaboraciones del trauma, su finalidad es construir
nuevos aprendizajes significativos, lo suficientemente significativos para
ser confrontados con la subjetividad patriarcal de los varones que
ejercen violencia de género, y luego de procesos crítico-reflexivos. Estos
nuevos aprendizajes pueden ser utilizados empíricamente en la vida
cotidiana de los participantes, sin la utilización de la violencia de género
para resolver, en principio, sus conflictos relacionales afectivos y
simultáneamente en todos sus ámbitos relacionales. 

La construcción de sentido en términos pedagógicos es el primer


instrumento racional que nos va a permitir comenzar a erosionar
las resistencias al cambio que cada varón presente, (resistencia
patriarcal, resistencia de privilegios materiales, resistencia de
privilegios simbólicos…)

Es necesario, entonces, que las creencias que subyacen a determinadas


conductas sean confrontadas para producir un cambio y esta es la tarea
de los coordinadores en la dinámica grupal con los varones. 

Construcción del equipo de trabajo

La construcción del equipo de trabajo debe estar basada en la


interdisciplina,  una problemática multicausal y compleja como lo es la
violencia contra las mujeres implica necesariamente pensar abordajes
integrales que puedan, cooperativamente, intervenir en varios frentes
que den sentido a las acciones singulares de cada uno. 

En este sentido es que pensamos necesaria la construcción de un


equipo de trabajo que se base en la articulación de saberes y
experiencias en el planeamiento, realización y evaluación de acciones,
con el objetivo de alcanzar resultados integrados en situaciones
complejas

Los equipos técnicos de los dispositivos hasta ahora funcionando en


nuestra provincia de Buenos Aires están formados por profesionales de
la Psicología, Trabajo Social, Abogacía, Psicología Social. Esta lista de
ninguna manera limita la participación de otro tipo de profesiones.

Una de los aspectos que debe tenerse en cuenta es cuestión del


cuidado de les trabajadores, ya que la tarea puede ser emocionalmente
agotadora para el personal. Para ello se mencionan las supervisiones y
sesiones regulares de equipo como medidas para asegurar un apoyo
regular para mantener la calidad y la eficacia del programa y para
gestionar los riesgos para la salud mental de les trabajadores.
Interinstitucionalidad

Es fundamental el trabajo entre las instituciones que abordan las


problemáticas de violencia y asistencia a víctimas, por ello es necesario
formular intervenciones desde una perspectiva integral, desafiando la
desarticulación, la fragmentación institucional, la descoordinación de
acciones, la duplicación de funciones y servicios. 

Previo a la puesta en marcha de un dispositivo especializado se deben


mantener reuniones con estos organismos intervinientes que van a
realizar las derivaciones: ONGs, Fiscalías, Juzgados de Paz, Juzgado
Civil, Juzgado Penal, Equipos Técnicos de Comisaría de la Mujer y
Servicios Locales, Patronatos de Liberados, con los fines de explicar los
modos de funcionamientos del Programa, los criterios de admisión,
casos abordables, y casos no abordables, diagramar canales de
comunicación, días y horarios de admisiones, y días y horarios de los
espacio grupales psico-socioeducativos. 

Evaluación de Riego

Como toda política pública en general la evaluación de los programas se


vuelve un eje imprescindible a la hora de pensar si está operando, que
se puede mejorar, que está saliendo mal o simplemente para contrastar
lo que se espera con los resultados concretos. Esta acción no puede
realizarse sin una estadística que permita reconocer los efectos del
dispositivo.

Por otro lado, es necesario realizar además una evaluación o la


valoración del riesgo, que nos sirve como procedimiento para
identificar la probabilidad de aparición de una conducta violenta, o
en otros términos, generar un criterio según el cual se clasifica la
probabilidad de que el varón ejerza de nuevo la violencia. El análisis
del riesgo se vuelve un eje central si se explicita que el objetivo del
dispositivo responde a la prevención de las repeticiones de los actos de
violencia.

Dentro de mi ámbito laboral, el H.I.G.A San Martín de La Plata, puedo registrar un gran
espectro de leyes incorporadas en relación a políticas de género, fundamentalmente
desde el área de Maternidad desde donde me desempeño actualmente. Debido a los
casos que llegan, las opciones que el hospital brinda y el trabajo interdisciplinario
(fundamentalmente con Trabajo Social), nombraría como fundamentales y más
constantes en su aplicación las leyes Nº 25.673 (Creación del Programa Nacional de
Salud Sexual y Reproductiva; la Ley N°26.061, de protección integral de los derechos
de las niñas, niños y adolescentes); la Ley Nacional Nº 26.743/2012 (Derecho a la
identidad de género de las personas); la Ley Nacional Nº 26.485/2009 (Ley de
protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres
en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales); los Derechos
personalísimos de niñas, niños y adolescentes. Acceso autónomo a la atención en salud
integral, sexual y reproductiva. Ministerio de Salud de la Nación. Del mismo modo, se
encuentran vigentes protocolos y cursos ministeriales obligatorios: el protocolo para la
atención integral de las personas con derecho a la interrupción legal del embarazo
Violencia sobre las mujeres; la capacitación para trabajadores de la salud en el primer
nivel de atención sobre violencia de género; la guía para equipos de salud de atención
de la salud integral de personas trans. El constante uso de las disposiciones legales,
recomendaciones y guías aportadas por los Ministerios dentro de la atención en salud
mental, es sumamente importante para garantizar el acceso a la salud de una forma
equitativa y respetuosa, teniendo una gran implicancia institucional donde el personal
profesional y administrativo debe cumplir con una formación adecuada para cumplir
tales funciones. Por el lado de mi pertenencia a la Facultad de Psicología (UNLP),
rescato actualmente la implementación de la capacitación derivada de la “Ley Micaela”
en un acuerdo entre Ministerio de Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de
la Provincia de Bs.As., y la Facultad de Psicología. La Ley es la 27499, que establece
la capacitación obligatoria en perspectiva de género para todas las personas que se
desempeñan en la función pública. Esta implementación, junto a la formación de
Comisiones de Género dentro de la facultad, así como capacitaciones para estudiantes y
graduados emprendidas por la Secretaría de DDHH de la misma, me parecen
fundamentales para mejorar la calidad docente, la implicación institucional y la
potenciación crítica de la disciplina, en tanto invita a cuestionar y reubicar
posicionamientos dentro de la transmisión en una carrera humanística y de salud.
La presente unidad comienza diciendo que se entiende “ que la violencia más extrema
es una violencia que sucede mayoritariamente puertas adentro, es decir dentro del
ámbito privado”, y el film propuesto expresa muy bien esto. No obstante, es una
película que aborda otros muchos ejes presentes: la responsabilidad (o
irresponsabilidad) del Estado, la vulneración extrema, la diferencia de clase en
yuxtaposición con la violencia de género, el triunfo colonialista presente aún en
nuestro país, el sistema patriarcal jurídico vigente, la hipocresía cuando los
violentos son familiares, la intersección entre tipos/modalidades de violencia, los
privilegios del hombre hetero-cis blanco de clase media/alta, la re-victimización,
entre otros.
Entendiendo que la lucha contra la opresión de las mujeres no es un asunto
privado, es una violación de los derechos humanos y por tanto una cuestión de
Estado, la película es muy útil para graficar cómo aparecen diferentes tipos de
violencia en diferentes ámbitos privados y cómo funciona el sistema judicial bajo
un imperativo aún paternalista, racista y fuertemente sexista. Siguiendo la vida de
la empleada doméstica (Gladys), la ex pareja (Sofía Gala) y Alicia (Cecilia Roth),
se traza fundamentalmente el diagrama donde la violencia patriarcal en una
vertiente jurídica y social se manifiesta. En un entrecruzamiento complejo donde la
violencia se articula con ejercicios de poder y diferencias de clase que determinan
situaciones de vulnerabilidad diferentes. Creo que la película logra graficar la
crudeza con que se perpetúan delitos contra las mujeres cotidianamente, las
diferentes modalidades, recursos disponibles e implicancias según el espacio
social que transitan y la respuesta perpetuante de la justicia patriarcal nacional.
Por otro lado, creo que se puede rastrear la violencia física, psicológica, sexual,
económica y simbólica ejercida, teniendo en cuenta el tridente de mujeres
vulneradas mencionado. Del mismo modo, las modalidades aparecen casi todas,
fundamentalmente laboral, doméstica, institucional, contra libertad reproductiva.
Esta diseminación de violencias por los cuerpos de las tres mujeres, enseñan las
micro y macro maniobras que la cultura patriarcal ejerce para poder decidir,
dominar, someter y apropiarse de las mujeres, reducidas a una dimensión casi
orgánica. La película logra en un mismo pliegue, poner de manifiesto que estas
violencias aparecen cotidianamente y hacia toda mujer, pero que además, existen
graduaciones intrincadas con variables (etnia, nivel educativo, recursos
económicos, procedencia, referentes afectivos, etc.) que determinan que en una
situación el tipo de violencia sea más catastrófico que en otros. Eso lleva
obligadamente a rever el rol del Estado en la prevención y erradicación de estas
violencias que, si bien se intensifican en el ámbito privado, se produce y
reproducen en los propios organismos e instituciones del campo social que
deberían desarticular y defender los intereses de las damnificadas. También creo
que sirve para señalar cómo la lógica patriarcal se engarza con instituciones
históricas y modernas, como la familia, la justicia, la educación y el trabajo, desde
donde puede desplegar con mayor desigualdad aún la dominación y opresión. El
arrasamiento subjetivo sobre la protagonista Gladys, enseña la aniquilación
clasista, el racismo, la invisibilización, el desprestigio y la cosificación que muchas
empleadas domésticas han vivido y viven actualmente en Argentina, siendo
además representantes de mujeres que pasan las mismas situaciones en ámbitos
diferentes. Considero que el alcance y el auge de la película tiene que ver con que
se estrena en una plataforma de alto alcance y mediante una familia bastante
representativa de un sector nacional, lo que hace que la clase media-alta que
accede a la misma se incomode enormemente al ver la crudeza en que se
despliegan las violencias, y seguramente –en mayor o menor medida- encontrar
puntos en común que impactan. Lamentablemente estos impactos suelen olvidarse
rápido, dado que ni las noticias, ni las películas, ni los movimientos populares ni
incluso a veces las experiencias personales bastan para lograr conmover ciertas
prácticas y creencias que reproducen esta lógica dominante. De allí, reitero, la
importancia de un Estado presente y dispuesto a llevar estas discusiones en
grados profundos y en la mayor cantidad de sectores e instituciones posibles
mediante agentes responsables.

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