De las relaciones entre el fantasma y el síntoma (por Gabriela Camaly)
La articulación entre el fantasma y el síntoma es lo que quiero retomar hoy para tratar de situar
qué es lo que entendemos como goce del fantasma, aquello que anuda en el fantasma como
sentido y como modalidad de goce, pero también cuál es su relación con aquel otro goce que
habita a cada uno y que no queda subsumido bajo la articulación fantasmática. Esta es la
perspectiva que quiero presentarles y, si hago a tiempo, también voy a tomar un testimonio.
Gozar del fantasma
La primera referencia que yo encuentro en Lacan sobre el fantasma está en el Seminario 1. Allí
Lacan habla del fantasma como marco de la realidad, lo cual constituye la visión fantasmática del
mundo. En verdad, no hay otro modo de lazo más que éste, fantasmático, y Lacan lo nombra
exactamente como "la aprehensión fantasmática del mundo"[1]. Hay algo en relación a lo que
planteaba Patricio que me interesa retomar y es que, a nivel del fantasma, encontramos el modo
en el que cada uno se inventa un Otro que goza identificándose de alguna manera a ser el objeto
del cual ese Otro goza, y con eso obtiene a su vez un goce que le es propio. Por lo cual, desde el
inicio de la enseñanza, cuando Lacan lo lee a Freud en "Pegan a un niño", extrae una estructura
lógica en la que se anudan una dimensión imaginaria, una articulación simbólica hecha por los
significantes que enlazan el sentido y un efecto de goce que repercute en el cuerpo. Con lo cual, el
concepto mismo del fantasma constituye un modo de anudamiento entre esos tres registros
-imaginario, simbólico y real- que para cada uno es singular.
Más adelante, en el Seminario 6, Lacan dice que "en la relación fantasmática vemos despuntar lo
que constituye para el sujeto el momento privilegiado de su goce"[2] y plantea que es a nivel del
síntoma donde el sujeto encuentra el lugar exacto de ese goce. Entonces, ya en el Seminario 6 está
presente también la articulación entre la construcción fantasmática y la conformación del síntoma,
es decir, lo que de esa construcción ficcional hace síntoma para cada uno. Esto me pareció
importante ya que me permitió ubicar lo que llamé "las paradojas del fantasma"[3]. Por un lado,
tenemos la aprehensión fantasmática del mundo, esto es, el sentido que hace de marco al lazo con
el otro y ahí se pone en juego también que en el fantasma se sostiene la relación con el objeto a
como causa de deseo; en ese plano nos llevamos bien con el fantasma porque nos funciona de una
buena manera. Pero hay otro plano en el que la relación con el fantasma se complica y es cuando
se empieza a presentar esa dimensión de goce que el sujeto registra como un pathos, es decir,
como un sufrimiento; es el momento preciso en el que esa condición de goce del Otro gozador
toma consistencia, y ese tomar consistencia lo implica al sujeto de alguna manera como objeto de
dicho goce.
El fantasma, el goce y el síntoma
A partir de acá, entonces, lo que quisiera plantear es que podríamos decir que hay un
anudamiento entre el fantasma, el goce y el síntoma que está presente a lo largo de toda la
enseñanza de Lacan: el fantasma como un articulación de sentido, el goce como aquello que
insiste volviendo siempre al mismo lugar y el síntoma como formación del inconsciente -es su
dimensión interpretable- y como goce que va a permanecer fuera del sentido y del alcance de la
interpretación. Respecto de este trío que conforman el fantasma, el goce y el síntoma, que se
puede rastrear a lo largo de toda la enseñanza de Lacan, podemos decir que también está
presente a lo largo de toda la experiencia de un análisis y que, en todo caso -es una hipótesis que
traigo esta noche para conversar con Uds.- existen distintos modos de relación de cada uno de
nosotros con ese anudamiento entre el fantasma, el goce y el síntoma.
Como ya sabemos, en el Seminario 11 Lacan pregunta cómo se vive la pulsión una vez que se ha
atravesado el fantasma fundamental. Esta es una pregunta que persiste y, tal vez, podemos
preguntarnos qué cambia para cada uno en la relación con el goce cuando se ha atravesado el
fantasma fundamental, es decir, cuando la construcción del fantasma conduce a la separación del
sentido gozado que estaba enlazado a él, pero también cuando nos encontramos con esa otra
dimensión del goce que no entra en el marco del fantasma. Digo esto porque el fantasma,
finalmente, puede ser reducido a una fórmula gramatical, puede ser nombrado con los
significantes que existen en el campo del Otro pero hay un goce en más que escapa al sentido. En
el análisis uno hace la experiencia de que, finalmente, ese sentido no es más que una ficción, pero
hay una parte del goce que habita al ser vivo que no llegamos a nombrarla jamás, es decir, no
llegamos a reducirla con lo imaginario y lo simbólico que se articulan en el fantasma.
Entonces, siguiendo estas elaboraciones, encontré una frase de Miller que me interesó traer
especialmente para esta noche. En el curso sobre el partenaire-síntoma, luego de trabajar la
relación entre la pulsión y el síntoma en su articulación con el fantasma, Miller dice que el
problema que tenemos en la relación entre el fantasma y el síntoma es que, como la pulsión
empuja hacia la formación del síntoma, más allá de todo lo que se diga, con el goce sólo resta
saber arreglárselas. Y afirma que, por eso, "podríamos decir que es posible definir al fantasma
como lo que impide arreglárselas con el goce del síntoma"[4]. Esta frase me interesa porque ubica
cómo el sentido del fantasma -esa ficción en la que cada uno vive y sobre la que Lacan llega a
afirmar el sujeto cree que sus fantasmas son la realidad e incluso en el Seminario 19 dice: "Uds. no
gozan más que de sus fantasmas"[5]; bien, esa relación de creencia en el fantasma, ese modo de
vivir en el fantasma hace de obstáculo a saber arreglárselas con el síntoma de una buena manera,
una manera que no sea bajo la forma del padecimiento. No lo había leído en otro lugar tan
claramente como en este pasaje de su curso, que el fantasma como ficción del goce del Otro -que
me afecta porque gozo con eso-, hace de obstáculo respecto de la invención sintomática.
De esto se desprende una diferencia entre el fantasma y el síntoma. El fantasma es un aparato de
goce que se sostiene en una articulación de sentido simbólico-imaginaria; en cambio el síntoma,
desprendido de su sentido, está más bien del lado de un acontecimiento de goce que afecta al
cuerpo del ser hablante y que va a permanecer fuera del sentido.
Pasaje al reverso
En esta línea, les voy a leer algo que está en el final de Sutilezas analíticas que permite mantener la
tensión entre fantasma y síntoma, y pensar cómo la experiencia del análisis puede permitirle a un
sujeto arreglárselas de otra manera tanto con el goce del fantasma como con el goce del síntoma,
porque no podríamos decir que se vive sin fantasma después del análisis, ni que se vive sin goce, ni
que se vive sin síntoma, sino que más bien hay una relación distinta, que habrá que ver en cada
caso cuál es, con el fantasma, con el goce y con el síntoma. Entonces, aquí viene lo que les quería
leer. Miller plantea que en la última enseñanza de Lacan hay un pasaje al reverso que va del
estatuto simbólico del lenguaje a sus efectos de goce. De este modo, en esta inversión, "el aparato
de goce ya no está contenido en los límites del fantasma, es el lenguaje mismo el que aparece
como este aparato", produciendo goce. Y dos renglones más abajo agrega: "Por lo tanto, en el
pasaje al reverso, en el lugar del fantasma aparece el sinthome. La relación fundamental con el
goce no está encerrada en el fantasma, que debería ser atravesado, sino que está en el sinthome,
no como condensación de sentido sino como modalidad de funcionamiento"[vi].
Quisiera iluminar este punto a partir de un testimonio. No lo voy a leer, se los voy a contar. Se
trata del testimonio de Marie-Hélène Blancard, "Tomar el goce a la letra", que muchos de ustedes
escucharon en el Congreso del 2012 que se hizo en Buenos Aires. Voy a recortar dos escenas. Ella
es hija de un secreto familiar: la madre estaba enamorada de quien fue su padre cuando eran
novios y éste parte para la guerra. Al tiempo, lo creen muerto y su madre se casa con otro hombre,
pero cuando el hombre amado vuelve de la guerra, ante esta situación, él se casa con la hermana
menor de la madre. No obstante, los amantes se encuentran y ella queda embarazada. Esto
constituye el secreto familiar por el que la madre es maldecida por la familia de ambos y el padre
tratado como un paria. La exigencia de silencio prima sobre los protagonistas de esta historia. Hay
un síntoma que M.-H. Blancard refiere, su propio silencio: "permanecer muda como una tumba", a
la vez que relata el momento en el que interroga a su madre sobre las condiciones de su venida al
mundo. En el momento en que la madre le relata toda esta trama de amor y de dolor; ante este
relato, el sujeto conmocionado por el sufrimiento materno, se desvaneció: "En ese instante me
hice la sufre dolores del Otro" define la posición de goce que encarnó en su vida amorosa hasta el
límite de lo insoportable. Esa posición de "hacerse la sufre dolores del Otro" entra de lleno en su
relación con el Otro, y se encarna en la relación con el partenaire sexual.
Ya muy avanzado el recorrido del análisis, una escena de la película Portero de noche, la reenvía a
su propia posición de goce masoquista: un alemán somete a una joven judía que se arrastra
implorante. Extrae entonces su posición fantasmática de sumisión a un Otro implacable: "ese era
el índice de mi posición femenina como objeto de causa del deseo y objeto del sacrificio". Se
circunscribe de esa manera su posición a nivel del fantasma a partir de hacerse partenaire del Otro
materno en el marco de las contingencias de su venida al mundo, y cómo esa posición hace
síntoma en su relación el partenaire sexual. Pero hay un goce, que es un goce del cuerpo que tiene
que ver con cierta amenaza de muerte, que surge como una sorpresa al final del análisis. Hay un
sueño a partir del que recuerda algo que tenía olvidado y le brinda la clave de su goce. Se trata del
recuerdo del relato de su abuela materna mientras que era adolescente, por el cual se entera que
su madre embarazada de ella, en el medio de aquella trama de amor y desesperación, intenta
suicidarse arrojándose al Sena. Su abuela logra detenerla; entonces, ella misma le debe la vida.
Ante ese relato, el registro del cuerpo fue como si todo su cuerpo se licuara, como si la vida misma
pudiera deshacerse y desaparecer. Se recorta ahí, entonces, aquello que para ella funcionó
siempre como una amenaza respecto de la vida y que tiene una connotación directa a nivel del
cuerpo, que hace acontecimiento.
Lo que me resulta muy interesante de este testimonio es, en primer lugar, la distinción entre el
goce del fantasma y el goce del síntoma como acontecimiento de cuerpo, y en segundo lugar, que
ella relata cómo su salida del análisis ha tenido que ver con encontrar el reverso de esas dos
modos de goce, es decir, un pasaje al reverso del goce del fantasma como objeto sometido -en
silencio- al sacrificio del Otro, y un pasaje al reverso de la amenaza mortificante de la licuación del
cuerpo. Entonces, el final de su análisis le permite nombrar una nueva relación con el goce que se
articula al deseo, ella dice que ha pasado a ser "una glotona de la vida", si bien hay un resto de
goce en relación a "la vida que hubiera podido no ser" que ella también sitúa.
Quise traer este testimonio porque me parece que permite localizar muy bien cómo desde el inicio
hasta el final del análisis están presenten tanto el goce fuera del sentido, aquello que va a anudar
el síntoma, así como el goce del fantasma que se va construyendo hasta que queda reducirlo a su
mínima expresión. Y se puede situar cómo en el final se trata de encontrar un arreglo, una
invención por el lado inverso al del padecimiento. No se trata de un "me acostumbré a eso y
convivo" sino de una operación por el reverso, una operación por la cual se separa del sentido
anudado al fantasma y se trata el goce mortífero del síntoma.
A mí me parece que en el análisis se va produciendo la construcción del fantasma, que esa
construcción está hecha de las ficciones y mutaciones que van surgiendo a lo largo de todo el
recorrido, pero está también lo que yo agregaría al costado más que en el más allá: se trata de
aquello que va cerniéndose cada vez como lo que no se puede nombrar del goce. Pienso, es una
hipótesis, que ese goce opaco está presente desde el inicio aunque no se lo pueda localizar. Desde
el comienzo de la experiencia está lo que se puede ir nombrando, abrochando con el significante,
lo que va tomando sentido, pero ese sentido mañana es otro y en la sesión siguiente vuelve a
modificarse porque no hay sentido definitivo en lo que se dice. Si existe un lugar en el mundo
donde cambia el sentido de lo que se va diciendo, ese lugar es el análisis justamente porque se
está dividido todo el tiempo, eso habla en uno y a la vez, se escapa. En el caso de Marie-Hélène
Blancard, la amenaza de licuación del cuerpo está siempre allí como algo que la acompaña; es la
presencia de un goce oscuro que ella sólo puede leer en el final y que retroactivamente puede
decir algo así como: ah! era eso, estaba desde el inicio amenazando el sentimiento de estar viva. Al
inicio el sujeto no lo puede reconocer, no lo puede decir pero lo siente, eso está presente
afectando su modo de estar en la vida y sus lazos. Bueno, hasta aquí lo que les quería contar.
Escansiones del fantasma (por Patricio Alvarez Bayón)
La idea en esta Noche es ir ubicando, a lo largo de los tres trabajos, de qué modo se va
construyendo un concepto en psicoanálisis, el concepto de fantasma, y luego, cómo se articula
este concepto con los otros términos elegidos para estas Jornadas que son Ficciones y mutaciones.
Al final, voy a situar solamente dos escenas de un testimonio muy conocido por ustedes, para
ubicar un punto de mutación a nivel del fantasma.
El concepto del fantasma se va construyendo en capas. La construcción en capas, citada por Miller
en varios textos, es importante a nivel epistemológico: implica que un concepto se va
construyendo en distintos niveles de complejidad, y se opone a otra lectura epistemológica que
implica considerar la construcción de los conceptos en épocas: de este modo, lo que en una época,
por ejemplo en la segunda enseñanza, se ubica como concepto, desestima o desarma lo que en la
primera enseñanza sirvió como tal. Miller insiste mucho en esto: no es que tal concepto sirve
durante una época y luego no sirve más, sino que el mismo concepto va adquiriendo en las
distintas épocas distintos niveles de complejidad.
Dado el tiempo que tendremos, me interesa ubicar solamente cuatro escansiones sobre el
fantasma -o cuatro capas-, y los elementos que va situando para construir el concepto.
Fijación y compulsión:
La primera escansión es muy temprana, dos años antes de comenzar su Seminario, en el texto
Intervención sobre la transferencia, donde Lacan ya ubica la dimensión pulsional del fantasma,
pero situada en la dimensión imaginaria: la pulsión -ubicada en esos tiempos en términos de
objeto parcial- articulada al semejante, ubicada en un caso de histeria, que le permite a Dora
situar su versión inconsciente de qué es un hombre y una mujer para ella. La versión de una mujer,
articulada en un semejante como es la Sra. K pero revestida por el fantasma, representa dos
dimensiones: el misterio de su propia femineidad, pregunta que sostiene la neurosis, y el "objeto
imposible de desprender de un primitivo deseo oral"[1]. Esta versión sólo puede establecerse a
partir de un recuerdo encubridor infantil donde Lacan ubica lo que Freud llama el punto de
fijación, escena descripta como la "matriz imaginaria en la que han venido a vaciarse todas las
situaciones que Dora ha desarrollado en su vida, verdadera ilustración de la teoría, todavía por
nacer en Freud, de los automatismos de repetición".
De este modo, si bien en este tiempo muy temprano de su enseñanza, el fantasma es ubicado a
nivel de lo imaginario, la "matriz imaginaria", es interesante situar que paradójicamente no se
ubica en el nivel de lo especular, sino que lo imaginario tiene allí un carácter distintivo en tanto se
articula con la pulsión: se trata del recorte pulsional que establece el fantasma, que selecciona
sólo uno de los objetos de la pulsión, y así relee la fijación freudiana: la matriz imaginaria cobra un
carácter de fijeza que no tienen las demás formaciones especulares.
Si lo leemos en la perspectiva de la última enseñanza, podemos distinguir aquí el borde
imaginario-real del fantasma, que se diferencia de lo imaginario especular.
Así, ya en esta primera versión del fantasma, se ponen en juego tres elementos que siempre
estarán en juego en este concepto: el fantasma relee la fijación freudiana, el fantasma es causa de
la compulsión a la repetición, y el fantasma recorta uno de los objetos pulsionales a partir de los
cuales hace su recorrido.
Frase y guión:
La segunda escansión que puede establecerse es en el Seminario 6, donde luego de haber
construido el grafo, Lacan destaca la dimensión simbólica del fantasma: la frase fantasmática y el
guión fantasmático. El guión fantasmático implica la posición de los lugares simbólicos donde se
ubica el lugar del Otro, el lugar del objeto y el del sujeto. En torno a ese guión se distribuyen los
roles simbólicos –como lo demuestra en la dramaturgia de Hamlet, cómo se sitúan los distintos
personajes en relación a un guión predeterminado, que teje y escribe el destino del sujeto-.
Por su parte, la frase fantasmática, es descripta por Lacan como una frase que tiene un valor
diferente al resto de los significantes, una fijeza con la cual es una de las primeras veces que usa el
término goce, la fijeza de la repetición. A su vez, esa frase es ubicada en relación a una gramática
que circunscribe la gramática pulsional freudiana, las voces activa, pasiva y media del recorrido de
la pulsión.
De este modo, a la luz de la última enseñanza de Lacan, se ubica la dimensión simbólico-real del
fantasma. No es el simbólico de la deriva significante, sino el simbólico-real de la fijeza pulsional.
Pero esa fijeza de la frase, en el nivel del guión fantasmático, sitúa al sujeto en una escena
imaginaria. Se articulan así la dimensión simbólico-real de la frase con la escena imaginaria, que da
un marco a la realidad que vive el sujeto. Es la primera versión de la ficción del fantasma, que
luego Lacan retomará como veremos.
De este modo, en la frase fantasmática, por ejemplo Pegan a un niño, se puede ubicar la
dimensión de destino de un sujeto, los lugares simbólicos y la escena desde la que ve su realidad.
Esta es la dimensión simbólica donde puede establecerse la gramática del fantasma.
La relación sexual existe:
La tercera escansión es a lo largo del Seminario 10 y el Seminario 11, donde el fantasma queda
ubicado en el punto de articulación entre deseo y goce. Ya estaba situado así desde el grafo, pero
aquí la articulación entre el deseo y el goce se produce según las dos vertientes posibles del objeto
causa o del resto, las cuales se sitúan respectivamente en relación al deseo o al goce.
En el Seminario 11 las operaciones lógicas de alienación y separación van a ubicar, además, el
momento lógico donde el fantasma se constituye, momento fundamental para la clínica con niños,
con la psicosis, con el autismo, etc., dado que el fantasma no está dado desde un tiempo mítico,
sino que tiene un tiempo lógico de constitución. Además, las operaciones de alienación y
separación darán cuenta de la posibilidad de la salida del análisis, la separación es la operación
lógica que no solo constituye el fantasma en el tiempo inicial, sino además, el que permite la salida
del análisis, en el punto donde la separación en un análisis no es otra cosa que el atravesamiento
del fantasma.
En ese momento, Lacan ubica la diferencia entre el objeto pulsional y el objeto fantasmático.
Miller le pregunta por esa diferencia en el Seminario 11 y Lacan responde que la pulsión es
acéfala, y que en la satisfacción del objeto pulsional no hay sujeto[2]; mientras que la diferencia
con el objeto fantasmático es que en el fantasma, en el marco que establece el fantasma, el sujeto
está en la escena, entonces, el sujeto se "apropia" de esa satisfacción, colocándose en relación al
objeto bajo el modo de la fórmula del fantasma $ à a. Entonces, en el fantasma no hay sólamente
una pulsión que se satisface sin sujeto, de modo autoerótico, sino que el sujeto está en juego a
nivel de esa satisfacción. Con lo cual, lo que Lacan sitúa en esta diferencia entre el objeto pulsional
y el objeto fantasmático, es que ahí se circunscribe una relación con el goce que permite la
localización del sujeto en la escena en la cual éste se articula con un goce que no es solo el goce de
su pulsión, sino que el goce ubicado, articulado, en relación al Otro.
Esta diferencia entre el objeto pulsional y el objeto del fantasma, ya estaba prefigurada desde el
Seminario 10, en la cual, la satisfacción pulsional que el fantasma provee, sirve para dar una
respuesta al deseo enigmático del Otro, el Che vuoi del deseo del Otro.
Pero en el Seminario 11 agrega otro elemento, que es que el goce pulsional propio es, en la ficción
fanstasmática, aquel goce que hace gozar al Otro, con lo cual, Lacan sitúa la dimensión de la
relación sexual. De este modo, el goce pulsional que provee el fantasma no sólo sirve para dar una
respuesta al deseo del Otro, sino que además sirve para el goce del Otro. De este modo, Lacan
prefigura lo que luego llamará la relación sexual que no existe. El goce que provee el fantasma,
hace existir la relación sexual con el Otro. Esta es la gran ficción del neurótico.
Un axioma de goce:
Esta escansión tercera del Seminario 10 y 11 se complementa, y de algún modo llega a su fin, con
la última escansión que se ubica en el fantasma como axioma de goce en los Seminarios 15 y 17:
"El fantasma, en lo que toca a la interpretación, tiene la función del axioma, es decir, que se
distingue de las leyes, variables, de deducción, que en cada estructura especifican la reducción de
los síntomas, por figurar en la estructura de modo constante (…) Devuelto así a su teclado lógico,
el fantasma le hará ver mejor el puesto que ocupa para el sujeto. Es el mismo que designa el
teclado lógico, y es el puesto de lo real"[3]. Este axioma en su fijeza, se diferencia de lo variable de
la estructura y de los síntomas. Allí Lacan toma a Wittgenstein para ilustrarlo, y plantea cómo en
su Tractatus, Wittgenstein arma una lógica proposicional, que es significante, pero que tiene la
característica de abarcar todas las proposiciones lógicas en relación al mundo, una lógica absoluta,
que podría decir todo en la medida en que es significante. Sin embargo, plantea Lacan, de todas
esas proposiciones, la única proposición que queda por fuera de toda la lógica significante, es el
axioma del fantasma. Esa es la única proposición de la cual se podría decir que es verdadera[4].
Ese axioma, entonces, es un axioma de goce cuyo valor no es el de la ficción que sostiene el lazo
con el Otro solamente, sino que además tiene en sí misma un valor de goce. Por lo cual, el
fantasma tiene las dos dimensiones, que no pueden abordarse la una sin la otra: no sólo se trata
de la ficción fantasmática en relación al sentido y en relación a hacer relación sexual con el Otro,
sino que en sí mismo tiene un valor de goce, que eso, justamente, es lo que lo vuelve un axioma y
lo saca de las proposiciones significantes.
Entonces, en ese punto el valor de goce que da el fantasma en la dimensión del axioma, es
justamente lo que permitiría hacer el pasaje por el cual se revele, se devele la cara ficcional del
fantasma, que es el punto donde el goce del sujeto hace relación sexual con el Otro, lo cual está
ubicado bien claramente cuando Lacan trabaja Pegan a un niño, el punto donde el niño en el
segundo tiempo de Pegan a un niño ubica que su satisfacción se produce a partir de percibir la
satisfacción del padre al pegar.
En ese punto, que sucumbe a la represión primaria, es el punto donde el sujeto puede ubicarse
como objeto de goce del Otro, porque no sólo goza él de ser pegado, sino que ese goce de ser
pegado es lo que sostiene el goce del padre al pegar, el punto donde percibe la satisfacción del
padre, o sea, es eso lo que hace relación sexual con el Otro: "Pegan a un niño. Lo que constituye
este fantasma es ciertamente una proposición (…) El Tú me pegas es esa mitad del sujeto, es la
fórmula que constituye su vínculo con el goce. Sin duda, recibe su propio mensaje en forma
invertida –aquí esto significa su propio goce bajo la forma del goce del Otro. De esto se trata
cuando resulta que el fantasma vincula la imagen del padre con lo que en un principio es otro
niño. Que el padre goce de pegarle es lo que aquí da su acento al sentido, también a esa verdad
que está a medias, ya que asimismo el que se identifica con la otra mitad, con el sujeto del niño
(…) Es él quien hace de esta frase el soporte de su fantasma, que es el niño a quien pegan. Esto
nos lleva, de hecho, a que un cuerpo puede no tener rostro (…) ¿Qué es lo que tiene cuerpo y no
existe? Respuesta, el Otro con mayúscula. Si creemos en él, en este Otro, tiene un cuerpo,
irreductible, de sustancia"[5].
En esa lógica en la cual el fantasma hace relación sexual con el Otro, da sustancia y existencia al
Otro mediante esa ficción, se pone en juego el punto de cierre del concepto del fantasma para dar
cuenta de lo real, y ahí, en la dimensión del axioma, están las dos caras por las cuales el fantasma
tiene un valor de verdad y un valor de goce. Es decir que por un lado tiene un valor de verdad
ficcional, de verdad mentirosa por la cual sostiene la ficción del goce del Otro, y en otro plano,
tiene un valor de goce, donde se puede circunscribir el punto de satisfacción pulsional.
En este punto, lo que circunscribe la localización de ese objeto, es la circunscripción de la
gramática pulsional que freudianamente ya se ubicaba como la forma activa, media y pasiva de la
gramática pulsional, las tres formas de recorrido en relación al objeto que produce la satisfacción.
Eso es una modalidad del goce, pero es una modalidad del goce que Lacan demuestra que el
análisis tiene que hacer inexistir. Lacan en el Seminario 19 plantea que hay que hacer inexistir la
relación sexual; el punto es, la relación sexual - lo repetimos todo el tiempo - no existe, sin
embargo, el neurótico tiene, lleva a cuestas permanentemente su modo de relación sexual, y el
análisis, justamente, en el punto del atravesamiento hace inexistir esa relación sexual.
Un real y otro real:
Ahora bien: en estas cuatro escansiones que pudimos ubicar, lo que demuestra el atravesamiento
del fantasma, es que ese real que puede ubicarse en el fantasma, no es todo lo real. Lo real del
fantasma no es equivalente a lo real. Sino que habrá que hacer un paso más, el paso del más allá
del fantasma, para circunscribir la dimensión de otro real, el real sin ley.
Hasta aquí llega esta presentación, al punto de ubicar cuál es el real que logra circunscribir el
fantasma, y dónde se presenta el límite mismo del fantasma para dar cuenta de lo real. Mis
compañeros, Gaby Camaly y Carlos Jurado, ubicarán en sus presentaciones por dónde continúa el
más allá del fantasma en las variables de un análisis. Pero antes de concluir, quiero ubicar un
testimonio en el cual ese punto de viraje entre el fantasma y su más allá se ubica, el testimonio de
Luis Tudanca[6].
Sitúa su entrada en análisis a partir del fantasma de la exclusión y a partir de su enojo, una
posición que lo ubica en su vida sintomáticamente en relación a ser excluido por el Otro, y su
enojo ante esta exclusión. En el análisis puede circunscribir dos recuerdos infantiles: en el primero,
el niño tiene un amigo con el que juega habitualmente, se presenta en la casa de ese amigo sin
avisar, el otro niño dice no poder recibirlo, se retira enojado. El segundo es un enojo con los
padres, decide irse de su casa, prepara un atado de ropa que carga en un plumero, sale a la calle
sin que los padres intervengan directamente, aunque acompañan. Antes de llegar a la esquina,
retorna. Estos recuerdos ubican el par enojo-rechazo que acompaña múltiples situaciones de la
vida del sujeto, y que solo se pueden ubicar a partir de la precipitación del fantasma. "Dos sueños
permiten la construcción del fantasma: en el primero, ´yendo en un auto, choco´, en el segundo,
´en una reunión con unos amigos conversando, siento un fuerte rechazo de mis opiniones´. Se
hace evidente, a partir de la conjunción de estos dos sueños la fórmula del fantasma: choco y me
rechazan; se debe leer el chocar en la dirección del ir al choque, ya no se trata de ninguna
dialéctica, se trata más bien de hacerse rechazar. No solo uno recibe del Otro su propio mensaje
en forma invertida, también recibe su propio goce bajo la forma del goce del Otro", es decir, en
este punto, el hacer relación sexual. Años de análisis mediante, o sea, años para construir esta
fórmula del "choco y me rechazan", y luego, tiempo después, está en una cena con amigos donde
está presente el analista, y el analista riéndose le dice "vos tenés un gusto por la pelea". A partir
de esta interpretación dice: "Se diluye de tal manera la cuestión que el sujeto empieza a
preocuparse de la consecuencia de la misma. Ante cualquier situación que pudiera ser leída como
posibilidad de confrontación con el otro, no solo no entraba en la misma, sino que salía corriendo
de dicha situación casi como una fuga. El cuerpo registraba bajo la forma de escalofríos y
temblores cualquier circunstancia de ese estilo". Daba un ejemplo: se metía en un taxi y el taxista
le empezaba a decir que hay que ir por esta calle, "no, mejor ir por Rivadavia", y se angustiaba
porque no se podía ni pelear con el tachero para que lo lleve por el otro lado. "La vida de todos los
días con sus rutinas continuaba, pero no sin dificultades, el lazo social resultaba cada vez más
pesado, costaba salir a la calle, ni hablemos de concurrir a la EOL. Se le cruzó la idea de que era
mejor como estaba antes, pero al solo pensar en eso, reaparecían los escalofríos, el cuerpo
protestaba".
En ese punto, a esta altura decanta una frase que marcó lo que siguió, "ya no me siento partícipe
de la tensión agresiva que genera la relaciòn con el semejante." Así, Tudanca marca un dato
posterior a la construcción del fantasma choco y me rechazan, que es lo que él llama la
deslibidinización de ese objeto que se pone en juego a nivel de la construcción del fantasma. Es
decir, no se trata sólo de la construcción de la frase fantasmática, sino de sus efectos a nivel del
modo de circunscribir lo real a través del objeto. El objeto en juego, a nivel de la pelea que hace
relación sexual con el Otro, se deslibidiniza, se desinviste como modalidad por la cual se
circunscribía su relación a lo real. Allí me parece interesante situar la dimensión de perplejidad
luego de la construcción del fantasma, para situar ese punto donde, cuando el sujeto no tiene el
guión que le proveyó el fantasma durante toda su vida, queda en un punto de perplejidad en
relación al Otro, y queda en un punto de perplejidad en relación a su propio goce. Luego, el pasaje
de esto irá hacia un S1, tres S1 en su caso, que pueden situar un más allá del fantasma. Pero me
parece importante situar cómo aquello que circunscribe lo real, que no es lo real pero lo
circunscribe y lo localiza, en el punto donde se desarticula y cae la relación sexual con el Otro, deja
al sujeto en un punto de perplejidad; en un punto de angustia en algunos casos, en un punto de
perplejidad en otros.
En conclusión, en la construcción en capas del concepto del fantasma, como fijación, como guión,
como lo que hace a la relación sexual, y como axioma, se dibuja el borde de lo que está más allá: la
dimensión donde el real circunscripto por el objeto tiene como su más allá a lo real sin ley, del que
sólo el sinthome podrá hacer uso en el recorrido de un análisis.