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Rococo

El documento describe la historia de la moda durante el periodo Rococó entre 1715 y 1775. El estilo Rococó se caracterizó por formas curvilíneas y ornamentación, influyendo en el diseño de interiores, moda y arquitectura. La burguesía emergente promovió este estilo que reemplazó al Barroco. Los trajes de la época se decoraban con cintas, encajes y flores de seda. El gusto por el Rococó de Luis XV y su amante Madame de Pompadour transformó Versalles y se extendió

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Rococo

El documento describe la historia de la moda durante el periodo Rococó entre 1715 y 1775. El estilo Rococó se caracterizó por formas curvilíneas y ornamentación, influyendo en el diseño de interiores, moda y arquitectura. La burguesía emergente promovió este estilo que reemplazó al Barroco. Los trajes de la época se decoraban con cintas, encajes y flores de seda. El gusto por el Rococó de Luis XV y su amante Madame de Pompadour transformó Versalles y se extendió

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HISTORIA DE LA MODA II

EL ROCOCÓ

Contexto Histórico
El siglo XVII comenzó con Europa de nuevo en guerra. La guerra de Sucesión española (1701-
1714) implico a todos los países europeos. Luis XIV reinaba en Versalles y Francia se encontraba en
la sima del poder. Sin embargo, conforme avanzaba el siglo, se atisbaba un cambio en el horizonte.
La industria y el comercio prosperaban, pero este hecho no era impulsado por los monarcas
europeos o por la nobleza. En el continente, una clase media urbana, la burguesía, protagonizaba
muchos de sus acontecimientos. En Francia, la esfera de influencia del arte, la cultura y la moda, se
trasladaba de Versalles a París. Allí, en los salones y Hotels particuliers, los intelectuales se
mezclaban con la clase emergente, discutían de filosofía y comentaban las novedades mundiales.

Como la burguesía gozaba de una nueva e influyente posición, desaparece el imperante estilo
barroco y es reemplazado por el rococó, un suntuoso estilo que influyo en el diseño de interiores, la
moda y la arquitectura entre 1715 y 1775. Derivado de la palabra francesa rocaille (que significa
“rocalla” o “incrustación de conchas”), el rococó (a veces conocido como estilo Luis XV) abogaba por
el ornamento, las sinuosas volutas y las formas curvilíneas. Así como el barroco influyo en el vestido
de la corte de Luis XIV y en el estilo de la sastrería europea, el rococó extendió su dominio también
en la moda. Durante el reinado de Luis XV, la industria textil adquirió un enorme desarrollo. Cintas,
encajes, frunces, escarolados, flores de seda y mariposas decoraban los trajes de los poderosos.

Al asentar Luis XV su nueva posición como monarca, su


relación con Madame de Pompadour floreció. Su gusto por el
rococó –el arte de François Boucher, pintado en bellos tonos
pastel; la decoración de chinerías, y la porcelana producida
en Sèvres, una fábrica que Madame de Pompadour construyó
en 1736 para elaborar porcelana francesa al modo sajón-
transformo el aspecto de Versalles y se extendió a los
salones de toda Europa.

Hasta la Revolución francesa, el mundo miraba a Francia


como inspiración estética. España, Italia y Portugal
atravesaban momentos difíciles. Más prósperos eran los
principados germánicos de Austria, Prusia y Rusia. En medio
de la guerra de Sucesión austriaca, Prusia tomo Silesia y puso
los ojos en Viena. María Teresa, emperatriz de Austria y reina
de Hungría (y madre de María Antonieta), defendió su país
firmando una alianza con Rusia y los Borbones. Su autonomía
aumentó después, cuando su hija se casó con Luis XVI y se
convirtió en reina de Francia. Mientras tanto, Pedro el Grande,
zar de Rusia, elevó su país a un nuevo rango de importancia
mundial, y acometió esta tarea adoptando el traje occidental.

Su sucesora, Catalina la Grande, la retomo donde él la había dejado. Federico el Grande había
transformado Prusia en una potencia mundial y se recompensó a sí mismo con el palacio de Sans
Souci, en Potsdam, una réplica de Versalles.
Durante el siglo XVIII, Inglaterra culmino su ascenso a potencia mundial.
Las colonias americanas habían enriquecido a los ingleses y pronto Canadá
fue arrebatada a Francia. La India fue la siguiente conquista inglesa.
Buckingham House –diseñada por William Winde en 1702 para el duque de
Buckingham- fue adquirida por 28.000 libras en 1762 por Jorge III, rey de
Inglaterra, quien la estableció como su residencia oficial en Londres.
En 1820, el arquitecto John Nash recibió el encargo de Jorge IV de
diseñar un nuevo palacio en aquel lugar. Desde su adquisición en el siglo
XVIII, el palacio de Buckingham ha servido como residencia oficial de la
monarquía británica.
Al otro lado del Atlántico, las colonias americanas habían organizado una
nueva sociedad y, con ella, un rentable estilo de vida pionero. En 1776,
Estados Unidos declaro su independencia, y la nueva nación se liberó de lo
que consideraban anticuadas normas de Jorge III.

La segunda mitad del siglo XVII vio surgir en el mundo la era de la


ilustración. La filosofía de la ilustración, un movimiento cultural de origen
germánico, defendía la razón sobre la autoridad. El filósofo Voltaire (cuyo
verdadero nombre era Fraçois Marie Arouet) fue su principal defensor en
Francia y uno de los fundadores de la Enciclopedia francesa, publicada
en 1751 con el propósito de llevar el conocimiento al pueblo. Las ideas de
Voltaire eran fomentadas en las cortes de Federico el Grande de Prusia y
de Catalina la Grande. Voltaire fue encarcelado dos veces por sus teorías
revolucionarias, que atacaban el Antiguo Régimen Francés. El tema
esencial de sus ensayos, poemas y obras era Ecrasez l’infame (aplastar
los abusos). El objetivo de Voltaire eran los que ejercían el poder: los
líderes eclesiásticos, el gobierno y la elite social. Voltaire colaboró en el
crecimiento de la semilla que desembocó en la Revolución Francesa. En esta tarea también participó
el filósofo francés, nacido en Suiza, Jean-Jacques Rousseau, cuyo contrato social, publicado en
1762, estipulaba que “el hombre nace libre y es encadenado en todas partes”.

Aunque María Antonieta defendió a Rousseau y a los


filósofos librepensadores del momento, calculó mal su
impacto. Mientras ella se recreaba en el Hameau, su jardín
paradisíaco de Versalles, los sans-culottes –trabajadores y
agricultores- agitaban las calles de París. En mayo de 1789,
Luis XVI convocó en Versalles los estados generales (el
equivalente francés del parlamento), y promulgó leyes
suntuarias en las que estipulaba que los nobles, los clérigos y
el tercer estado (los plebeyos) debían adoptar un “traje
apropiado”. Los nobles llevarían oro y brocados, medias y
sombrero con plumas; los clérigos, túnicas púrpura, y el tercer
estado, un oscuro y triste uniforme. Su enfoque no fue
acertado y resultó ser una débil medida para controlar la
situación. Seis semanas después, las demandas del tercer
estado –los impuestos injustos constituían uno de los muchos
motivos de queja- habían vencido a la monarquía. En diez
violentos años, Francia dejó de ser una monarquía absoluta y
se convirtió en una república. Luis XVI y María Antonieta
murieron en la guillotina. Todas las iglesias fueron cerradas, y
las propiedades, vendidas en beneficio del estado. Los ligeros,
despreocupados y suntuosos ideales del rococó, difundidos
durante el siglo, fueron reemplazados por la brusca, práctica e
independiente era de la revolución.
La Mujer
En el siglo XVIII, las mujeres estaban preparadas para alcanzar una mayor autonomía. Rose Bertin
es uno de los más famosos ejemplos del nuevo tipo de mujer de este siglo, una mujer que gozaba de
mayor libertad. Hija de un policía de provincias, fue la marchande de modes de María Antonieta y se
relacionó con la realeza. En los siglos XVI y XVII, sólo las viudas y las hijas de algunos hombres
ricos y poderosos podían vivir su propia vida. Durante el siglo XVIII, sin embargo, al aumentar la
independencia de la mujer con respecto al hombre y el dinero, incluso mujeres de la escala social
más baja podían moverse en nuevas áreas, montar sus propios negocios, abrir salones y escribir
libros.
La emperatriz María Teresa (1717-1780), heredera de
los tronos de Hungría y Bohemia, sirvió como
archiduquesa de Austria cuando su padre, Carlos VI,
murió en 1740, y defendió con éxito a sus súbditos del
resto de Europa durante la guerra de Sucesión austriaca
(1740-1748) y la guerra de los Siete Años (1756-1763). No
compartía la afición a la moda y el gusto por las
frivolidades de su hija María Antonieta. Por el contrario, su
principal preocupación era el poder.
María Teresa no era famosa por su belleza (de mayor, la
gente la llamaba “la gorda”), y su marido, el emperador
Francisco I (1708-1765), era un inepto. Cuando el murió,
María Teresa previno a una confidente sobre el
matrimonio con un hombre incapaz de gobernar. El
grandioso traje de la corte estaba prescrito: los hombres
llevaban una casaca roja encima de un chaleco dorado, y
las mujeres, un vestido con bordados dorados y plateados,
y adornos de encaje. La sociedad sobre la que reinaba
María Teresa estaba dividida en cinco estamentos; cada
uno de ellos se identificaba por su atuendo, que era
establecido por la corte.

Catalina la Grande (1729-1796) se convirtió en emperatriz de


Rusia después de que su marido, Pedro III, fuera asesinado, y
reinó durante treinta y cuatro años. Se consideraba una mujer que
se había hecho a sí misma. Tuvo éxito en la expansión del imperio
ruso: en 1772 se anexionó el territorio vecino de Polonia.
Pensadora liberal pero gobernante conservadora, por no decir
represiva, fue mecenas de Diderot y Voltaire. Así como Pedro el
Grande miraba a Francia con inspiración estética, Catalina odiaba
esta frivolidad.
Las condiciones eran más primitivas en su amada Rusia que en
Europa occidental. Durante un viaje que realizo en su juventud,
fue obligada a acampar en tiendas, a caminar ente charcos y a
vestirse sola en la cocina. Cuando ascendió al trono, las cosas
cambiaron, incluida su actitud ante los extranjeros. Catalina la
Grande construyo palacios, casas de campo, parques, escuelas y
hospitales en San Petersburgo y Moscú, y se propuso la
educación de las clases medias. Le gustaba la pintura, la
escultura, las joyas y las alfombras, que compraba a
coleccionistas privados de toda Europa.
Como Diana de Poitiers en el siglo XVI, Madame de
Pompadour (1721-1764), cuyo verdadero nombre era Jeanne-
Antonette Poisson, llegó a ser la favorita del rey de Francia y la
más famosa cortesana francesa. Luis XV vio por primera vez a
la marquesa durante una cacería. Después de un lujoso baile de
máscaras celebrado en Versalles (en ocasiones se abrían al
público, con el único requisito de que los invitados fueran bien
vestidos), al que la marquesa fue disfrazada de Diana cazadora,
se convirtió en la favorita oficial del rey y se instaló en la corte.
El rey le dio carta blanca para que decorara Versalles como
quisiera. También le regaló algunas propiedades, como castillos
en Montretout, La Celle, Bellevue y Crécy. Luis pagaba,
además, sus mansiones en Versalles y en los Campos Elíseos,
así como otras residencias en Versalles, Fontainebleau y
Compiègne. Le gustaba el rococó, y su influencia se difundió
desde la corte a toda Francia. Encargó al artista Boucher la
decoración de la residencia de Bellevue, donde creó un vasto
jardín de perfumadas flores chinas. Para oponerse a la
influencia de la fábrica de porcelana de Meissen -establecida
por Augusto el Fuerte de Sajonia-, Madame de Pompadour fundó otra en Sèvres, cerca de Bellevue.
Le interesaba apasionadamente la producción de porcelana, hasta tal punto que facilitaba modelos a
la fábrica y pidió diseños a artistas como Boucher. El “rosa Pompadour” fue creado allí para ella. La
marquesa también influía en asuntos de estado: Luis la consultaba acerca de nombramientos de
embajadores y otras cuestiones.

La extravagancia excesiva es el rasgo más importante que se


asocia con la última reina francesa, María Antonieta (1755-1793).
Sus cuidados personales podían llegar a costar 258.000 libras al
año. Gracias a Rose Bertin, su marchande de modes, se convirtió
en la reina de la moda francesa, título que prefería al de reina de
Francia, según una dama de la corte. Se había casado con Luis
XVI a los quince años. Al principio, el rey no pudo consumar el
matrimonio, así que María Antonieta persiguió el placer en otros
lugares, como los elegantes salones parisinos, los casinos, las
carreras de caballos y los bailes de máscaras. Sin embargo, su
independencia fue censurada. Su hermano, el emperador José II,
instruyó finalmente al rey sobre cómo consumar su matrimonio, y
pronto fueron padres de dos niñas y un niño. Durante un tiempo,
María Antonieta se consagró a la maternidad, pero esta calma fue
pasajera. En 1785 se vio envuelta en el escándalo del collar de la
reina. El cardenal de Rohan le había comprado un collar. Un
grabado muestra que la joya era un collar de 17 diamantes –una
rivière-, con cuatro colgantes también de diamantes y tres tiras, unido a otra cascada de diamantes
doble, compuesta por otros cuatro colgantes de diamantes. Sin embargo, el famoso collar nunca
adornó el cuello de la reina: el marido de la amante del cardenal de Rohan revendió las piedras (se
dice que había 500 diamantes). Cuando fue descubierta la estafa, el cardenal fue arrestado, y la
reina, sospechosa de complicidad, fue desacreditada. Este escándalo, estalló en el momento en que
la monarquía estaba al borde de la bancarrota, mancilló definitivamente la reputación de la reina.
Ocho años después, María Antonieta fue guillotinada frente a una muchedumbre que aplaudía.
La Revolución francesa puso en ebullición los movimientos a favor de la mujer. Algunas mujeres
pronunciaron discursos políticos en público, y otras tomaron las armas. En su Declaration des
droits de la femme et de la citoyenne, Olympe de Gouges reclama para las mujeres la igualdad ya
reivindicada para y por los hombres. Sin embargo, sus compañeros revolucionarios no tenían la
misma opinión: una buena ciudadana era una mujer que permanecía en el hogar y cuidaba de los
hijos.
Madame de Pompadour María Antonieta

J.H.Fragonard, El Columpio ó Los


alegres riesgos del columpio,
c.1767, Wallace Collection, Londres.

Esta es una de las obras más


representativas del arte rococó. La
obra le fue encargada por el abad
Claude Richard, su protector. Él le
había dado las instrucciones de
que pintara a la señora en un
columpio empujado por un obispo,
y a él al frente de forma que pudiera
ver las piernas de ella, de forma
picara. Se sabe que el cuadro le fue
encargado a otro pintor que no
aceptó realizarlo por considerarlo
demasiado frívolo y picaresco.
Indumentaria
Así como la historia cambió irrevocablemente en el siglo
XVIII por la revolución francesa y americana, las prendas
masculinas y femeninas, con este tumultuoso telón de fondo,
también experimentaron un cambio radical. Los estilos
franceses fueron muy influyentes durante el siglo XVIII. El
mundo elegante siguió el ejemplo de la moda establecida por
París.
Hasta aproximadamente 1675, la ropa de las clases
acomodadas había sido confeccionada por sastres o por
sirvientes, pero, a partir de ese momento, la tarea pasó a
manos de los couturiers. Las mujeres utilizaron los servicios
de las couturières y de las sombrereras, convertidas en
verdaderas creadoras. En Inglaterra, los sastres para mujeres
recibían el nombre de Mantua makers, por el nombre del
vestido flotante que llevaban habitualmente las inglesas. Las
couturières trabajaban en su boutique, en casa o en la de sus
clientes.
En los estratos más modestos, la mujer era la encargada de
la costura. Remendaba las prendas y confeccionaba la ropa
de casa y la ropa de toda la familia. Como se precisaba tener mucha fuerza para dar forma a los
corsés (prenda que llevaban las mujeres en los siglos XVIII Y XIX), en los talleres se utilizaban
hombres para su confección, aunque las tareas más ligeras eran competencia de las mujeres.
En Francia, la “maestra couturière”, encargada de realizar los vestidos de mujer, y las
sombrereras consiguieron imponerse en una profesión hasta entonces dominada por los hombres.
Gracias a Rose Bertin, las comerciantes de modas pasaron de ser simples costureras a convertirse
en creadoras reconocidas. Hasta entonces, la mayoría de los creadores trabajaban en el anonimato.
Al intuir los beneficios que la fama podría brindarle, Rose Bertin empezó a promocionarse
ofreciendo sus servicios a las damas de la alta sociedad. Poco
tiempo después, asumía el doble papel que representaba ser
couturière de la reina y “ministra de la moda” de París. Rose
Bertin fue una perspicaz mujer de negocios, capaz de crear y dirigir
una empresa que empleaba a numerosas trabajadoras. También
aportó un sistema precursor de la firma: los vestidos hechos a
medida empezaron a llevar el monograma del creador que los había
concebido.
Anqué sus creaciones para María Antonieta corresponden al
pomposo estilo rococó, Bertin introdujo también el vestido
redingote –estilo de inspiración inglesa, imitación del traje
masculino-, así como sencillos vestidos de muselina, ceñidos con un
lazo. Las mujeres elegantes que conocían su trabajo acudían en
masa a su tienda de la rue Saint-Honoré. Entre ellas estaban
Madame Polignac y Madame de Guiche. Sin embargo, su estilo y su
seguridad en sí misma provocaban celos entre sus colegas, cosa
que dolía a algunas de sus aristocráticas clientes. La Revolución
arruinó temporalmente la industria de la moda francesa. Rose
Bertin, como muchos otros comerciantes y prestigiosos couturiérs,
tuvo que exiliarse por falta de clientes. La muerte de André Scheling,
un sastre cuyo talento y capacidad llevó a los fabricantes de tejidos
de Lyon a buscar su consejo, causó una gran conmoción pública y
paralizó la industria de la moda. En ese momento, Rose Bertin se
refugió en Viena, antes de instalarse en Londres, donde descubrió
que la Revolución había resultado ser un gran nivelador social:
algunas de sus anteriores clientas se habían convertido en
sombrereras, costureras e incluso sirvientas.
Prendas Femeninas
A lo largo del siglo XVIII y hasta la revolución, la silueta femenina se caracterizaba por el uso del
miriñaque o panier, anchos aros de metal sobre los que el vestido, ensanchando a partir de la
cadera, tomó una amplitud considerable (hasta 150 centímetros). Los miriñaques anchos se usaban
con el traje de corte, mientras que para el ámbito doméstico se preferían los pequeños. El miriñaque
se confeccionaba con una serie de tres aros de metal superpuestos, cosidos a la enagua, y se
sujetaba mediante otro aro colocado alrededor de la cintura. Posteriormente, el miriñaque fue
concebido con dos aros y asegurado por medio de un cinturón. Con el tiempo, la incomodidad de los
miriñaques y la dificultad para moverse en ciertos espacios, como palcos de teatro y carruajes,
condujeron al abandono de esta moda. El voluminoso miriñaque hacia parecer la cintura, encerrada
en un corsé, muy delgada, mientras que un gran escote desvelaba el nacimiento del pecho. El
vestido se abría por delante para descubrir la falda interior y las enaguas.

El panier es el
guardainfante
español, más
sofisticado y de
múltiples
modelos, pero
todos cumpliendo
la misma función
que se le asignó
en el siglo
anterior. Habían
incluso paniers
articulables, es
decir, que eran de
metal y podían
plegarse para que
la usuaria cruzara
las puertas de
frente.
Esta imagen fue captada en sus cuadros por Watteau, un discípulo de Rubens que pintó
esplendidas escenas de la vida parisina. Una de ellas es L’Enseigne de Gersaint (1720-1721), que
le encargó el marchante Gersaint cuando cambió el nombre de su tienda, Au Grand Monarque, por
À la Pagode. En el lienzo predominan los motivos usuales de Watteau: hombres elegantes con traje
de diario, una mujer reclinada que enseña un profundo escote, y otra, vuelta de espaldas, que lleva
el pelo empolvado de gris y un amplio vestido flotante de satén rosa.

L'Enseigne de Gersaint, por Antoine Watteau.

El trabajo de Watteau revela el espíritu de elegancia que dominaba al vestido Regencia y el


Rococó. Incluso su nombre se aplica a un estilo de vestido femenino. El vestido Watteau, que
aparece en satén rosa en la tienda Gersaint, era una prenda básica del guardarropa de una mujer
elegante de la época. Este vestido flotante, con escote y la pieza del estómago adornado con cintas,
se llevaba sobre un cuerpo ceñido y una bajo falda de vuelo. En la espalda caían pliegues desde los
hombros hasta el bajo de la larga falda, eliminando la línea de la cintura. Estos pliegues llegaron a
ser conocidos como “pliegues Watteau”, un estilo que permaneció como un rasgo característico de
los vestidos del siglo XVIII.
Madame de Pompadour fue retratada frecuentemente
con elegantes vestidos “a la francesa”, una moda
lujosa que evidenciaba, en sus superfluos adornos, el
gusto predominante en el rococó. Esta compleja
creación llevaba una cintura encorsetada y una falda con
miriñaque. El cuerpo estaba cortado en punta
descendente, disponía de un profundo escote en V o
cuadrado, y se adornaba con encajes plisados que se
denominan frívolamente Tâtez-y (“tocad aquí”). La
amplia sobrefalda con un borde bordado y decorado con
plisados, cuentas y flores. Hay que tener en cuenta que
los vestidos de Madame Pompadour no solo estaban
ideados por su couturière. Como las demás mujeres de
su tiempo, ella misma escogía los materiales, así como
las fornituras que adornaban sus suntuosos vestidos.

El retrato de Boucher de Madame de Pompadour muestra el estilo de vestido de corte rococó


que lucían las mujeres a mediados del siglo XVIII. Un típico vestido de corte de mangas ceñidas que
terminaban por encima del codo con flotantes volantes de encaje, a veces con algunos toques
decorativos: un lazo de encaje o un ramillete de flores artificiales. Otro volante adornaba el escote, y
el corsé escotado, llamado “modestia”, estaba cubierto de tejido y lazos. La falda se abría para
revelar otra falda interior, decorada más profusamente con flores, frunces y encajes. Con el tiempo,
este suntuoso estilo de vestido dio paso a otros más prácticos, como el negligé, un vestido que unía
cuerpo y falda. Se dice que la actriz Dancourt lanzó esta moda cuando apareció en la obra
Adrienne, de Terencio, y por eso el negligé se conoció también como adrienne.
El vestido “a la inglesa” muestra el
gusto pre-revolucionario por la moda de
este país. La chaqueta, corta, con
amplias solapas y manga larga, se
inspiraba en el redingote masculino. Una
bajofalda de montar reemplazaba al
miriñaque, y un pequeño cojín acentuaba
la forma de la parte posterior -el cul de
París o simplemente el culo- e iba
prendido detrás, bajo la falda. El vestido
se concibió con la forma de un cuerpo
entallado, construido sobre una ballena,
que ciñe cómodamente el cuerpo. De la
cintura cae una falda, más larga en la
espalda para formar una cola.
Completaba el traje un adorno en el
cuello, también de inspiración masculina:
una especie de fular adornado con
encaje que recuerda a la chorrera.

El vestido “a la polonesa” estuvo también de moda. El término fue acuñado durante la guerra
que Francia sostuvo con Polonia, y se aplicó a un vestido que lleva la falda drapeada (con tres
drapeados posteriores, para recordar la división de Polonia en tres reinos), para mostrar una enagua
y los tobillos, lo cual lo convertía en práctico para caminar. A menudo se acompañaba de zapatos de
tacón y de un caraco, una ligera chaqueta de seda.
María Antonieta odiaba llevar corsés. En su época, los miriñaques desaparecieron y las faldas
caían en ligeros pliegues. Durante su embarazo, la reina adoptó un vestido recto, ceñido a la cintura
con un fajín flojo, llamado vestido “a la levita”, inspirado en los trajes creados para la
representación de Athalie, en el teatro francés. Este traje fue adoptado entonces en la corte por
mujeres.
La granja modelo que María Antonieta había construido en el Petit Trianon inspiró un nuevo tipo de
indumentaria. La simplicidad se impulsó y el blanco se convirtió en el color de moda. La “camisa de
la reina” y el negligé, de muselina y algodón, se inscribieron en esta nueva tendencia.

La moda se hizo más informal y la revolución intensificó esta tendencia. Las campesinas ya habían
adoptado un estilo simple: cuerpo, chaqueta entallada y falda de vuelo con pliegues, a menudo con
motivos tricolores. La mujeres que asumían la causa revolucionaria llevaban el negligé a la
patriota, un redingote azul real que se ponía sobre un vestido de cuello rayado blanco y rojo,
mientras que las realistas se vestían de negro. La revolución suprimió la seda, el terciopelo y el
brocado y liberó a la mujer de prendas restrictivas: corsés, miriñaques, pelucas altas y empolvadas,
altos tacones, lunares postizos y cintas. Todas esas fruslerías desaparecieron.

La austeridad se impuso en el traje femenino. Convertida en


cuestión política, la moda se transformó en medio de expresión de
las ideas democráticas. Las ciudadanas compraban telas
“republicanas”: “Igualdad” o “Libertad”. También bautizaban a sus
hijos con nombres de connotación revolucionaria: Republica,
Civilización o Marat. Las tiendas de rue Saint-Honoré cerraron, pero
abrieron otras que vendían ropa lista para llevar.

El cambio en la indumentaria femenina se pone de manifiesto en


un vestido “a la francesa” de 1770-1780, de lino y seda con rayas
blancas y verdes, que forma parte de la colección del Costume
Institute de Nueva York. Se trata de un vestido retrousée Dans les
poches, así llamado por su vaporosa falda, cuyos faldones se
pliegan hacia las aberturas laterales. Richard Martin asocia esta
moda con la filosofía de la libertad y el amor por la naturaleza
predicada por Rousseau.
En Inglaterra, la duquesa de
York lanzó un estilo que
prefigura la línea imperio.
Durante su embarazo se le
ocurrió ponerse un falso vientre;
hecho, pasó el cul de parís de
su vestido hacia delante. Esta
moda atravesó el Canal y fue
adoptada por las parisinas
elegantes, estuvieran
embarazadas o no. La moda
también se inspiró en el pasado.
Vestidos sencillos –“a la
vestal” y “a la Diana”-,
inspirados en la Antigüedad
clásica, aparecieron con el
estilo Directorio de David a
comienzos del siglo XIX. Se
impusieron el vestido-camisa,
ligero y flotante, y las largas
túnicas de lino, algodón y
muselina.

Vestido a la vestal Vestido-Camisa

Prendas Masculinas
El hombre del siglo XVIII llevaba la Culotte –calzones- y la chaqueta
conocida como chupa. Esta se convirtió en el chaleco, el elemento
decorativo del guardarropa masculino. Confeccionado a menudo con
damasco, raso o terciopelo, tenía bolsillos, mangas largas, delicados
bordados que mostraban paisajes, flores o animales y botones de oro,
plata o esmalte. Sólo se cerraban unos pocos botones superiores, y la
prenda dejaba ver la chorrera de encaje de la camisa, anudada como
bufanda. Los calzones terminaban en la rodilla, donde se juntaban con
unas medias de seda blancas sujetas con lazos. Un abrigo sin cuello,
la casaca, se ceñía al cuerpo (la cintura parecía muy estrecha porque
algunos hombres llevaban un corsé debajo); se acampanaba
ligeramente en las caderas en un semicírculo (los faldones podían
estar sujetos con ballenas) y se abría en la parte posterior de la cintura.
A menudo se forraba con seda de un color que combinase con el del
chaleco.
Luis XV era el único hombre que podía llevar en Francia una casaca
de brocado. El rey creó un nuevo estilo, realzando un hombro de
manera que se pudiera ver el traje interior. El traje real era lujoso:
calzones bombachos, medias de seda y zapatos de fina piel.

Durante gran parte del siglo XVIII, las ropas masculinas estuvieron dominadas por el estilo inglés.
El encaje y los lazos eran considerados frívolos en Inglaterra, así que la chorrera fue reemplazada
por una corbata de seda negra, aunque posteriormente se sustituiría por un fular de muselina
blanca. El chaleco de un caballero inglés estaba confeccionado con seda de color; era corto y
terminaba en dos puntas en la cintura.
El frac es una prenda que llega hasta media pantorrilla, con mangas largas y estrechas. Verde
pálido, amarillo pastel o a veces negro, el frac también estaba presente en el guardarropa de los
italianos, donde recibía el nombre de goldoniana. A finales del siglo, los calzones se sostenían con
tirantes y se alargaron hasta cubrir las rodillas. En 1730, los hombres habían dejado de llevar medias
debajo de los calzones.

Aunque el traje masculino se fue haciendo más sobrio a lo largo del siglo XVIII, surgieron grupos
de excéntricos. Hacia 1770 aparecieron los Macaronis, jóvenes ingleses que habían viajado por
Europa y cuya estancia en Italia había influido en su estilo. Los Macaronis llevaban cuellos
drapeados, y pronto una corbata rematada con encaje tomó su nombre. Para llamar la atención en la
calle, llevaban tacones con tacos de hierro que hacían ruido al caminar. Su estilo era abiertamente
afeminado. Los historiadores consideran que, con sus trajes excéntricos, no solo acabaron con la
imagen conformista del hombre a la moda, sino que, por las reacciones de rechazo que suscitaron,
también provocaron la desaparición del “hombre elegante”, una categoría de personaje comúnmente
admitida.
Los Incroyables (increíbles) fueron otro grupo de elegantes
contestatarios que aparecieron en Francia durante el Directorio.
Llevaban pendientes de oro, escarpines escotados (que apenas cubrían
el empeine y los dedos de los pies) y calzones sujetos bajo la rodilla con
cintas de colores brillantes. No tenían ideales políticos. Para los
historiadores de la moda, los Incroyables eran un grupo de jóvenes
privilegiados y extravagantes que nunca representaron realmente a la
moda en su tiempo.
Después de la Revolución, las prendas masculinas –inspiradas en las
prendas inglesas de montar- se aproximaron a estilos más modernos y
se hicieron más sobrias. Los calzones de seda hasta la rodilla fueron
progresivamente reemplazados por los pantalones hasta el tobillo.
Redingotes de lana, chalecos cortos, cuellos duros y calcetines eran
elementos básicos del guardarropa.

Jacques Louis David


Aunque en las primeras pinturas de David (1748-1825) se aprecia
una tendencia al rococó, el artista descartó este frívolo estilo y se
convirtió en el pintor más importante de la Revolución Francesa.
Protegido en un momento determinado por Luis XVI, David llegó a ser
jacobino y seguidor de Robespierre. Votó por la muerte del rey y pinto
a María Antonieta camino a la guillotina. En plena Revolución, intentó
influir en la indumentaria francesa. Le encargaron diseñar un traje
nacional que respondiese a los ideales revolucionarios de libertad,
igualdad y fraternidad. Su idea –calzones, una túnica tipo toga y una
capa azul- estuvo sin duda inspirada por los tres años que pasó en
Roma. Sin embargo, este austero traje nunca fue utilizado por los
ciudadanos y solo se llevaba en los festivales públicos organizados
por el pintor. El vestido, derivado de fuentes de inspiración clásica,
griegas y romanas, tenía un corte menos complicado.
Robespierre
Maximilien François Marie Isidore de Robespierre (Arras, 6 de mayo
de 1758 – París, 28 de julio de 1794) fue un político francés (apodado
«El Incorruptible» por su dedicación a la Revolución y por su resistencia
a los sobornos) y uno de los más importantes líderes de la Revolución
Francesa. Fue uno de los miembros más influyentes del Comité de
Salvación Pública, que gobernó de facto durante el periodo en el que los
revolucionarios consolidaron su poder, etapa denominada sobre todo en
la tradición anglosajona como Reinado del Terror. Robespierre fue
guillotinado el 28 de julio de 1794 junto a 21 de sus seguidores.

Tejidos
En el siglo XVIII asistimos a un importante desarrollo global del comercio textil. En Inglaterra, a lo
largo de cincuenta años, una gran cantidad de invenciones mecanizadas revolucionarán la
fabricación del algodón y la lana. Se inventaron la máquina de lanzadera volante y la máquina de
tejer. Hargreaves ideó la máquina de hilar algodón, la famosa spinning Jenny; Arkwright, otra
máquina hidráulica para hilar algodón, y Cartwright, el primer telar mecánico. En 1785, al instalarse
la máquina de vapor de James Watt en una hilandería de algodón, Inglaterra entro en la era de la
producción en masa.
Mientras tanto, el algodón se había convertido en una industria esencial para la construcción de las
colonias americanas. Ello se debía a Eli Whitney, un joven un joven graduado de Yale, que se
estableció en Savannah, donde inventó la desmotadora de algodón. Este artilugio para el trabajo
manual comenzó a utilizarse en 1793, posibilitando la separación de la fibra del algodón de la
semilla.
Previamente, la cosecha y la manufactura que rodeaban la producción de algodón constituían una
ardua tarea. Los esclavos recogían el algodón a mano, un trabajo que debía realizarse cuando
estaba seco, de manera que las mejores condiciones se daban bajo un ardiente sol. El algodón
debía ser despepitado, un proceso lento y laborioso que liberaba las fibras de la semilla. Las fibras
eran hiladas con una manivela manual.
La industria del algodón, sin embargo, era moralmente censurable. El algodón solo se podía
recolectar mediante la esclavitud. Inglaterra desempeñó un papel fundamental en el comercio de
esclavos. Los barcos salían de Liverpool y en África, las mercancías se cambiaban por seres
humanos, que luego eran exportados a las colonias sureñas. Trabajaban en condiciones inhumanas,
recolectando a mano el algodón que luego era enviado a Inglaterra para su manufactura.
La india era otro de los productores de algodón. Desde 1780, las personas elegantes utilizaban
indianas y otros finos tejidos de algodón hindú: linón, batista, muselina y gasa. La “camisa de la
reina” de María Antonieta estaba confeccionada en algodón hindú y adornada con complejos
fruncidos.
A finales del siglo XVIII, tanto la producción de tejidos como las técnicas de teñido y estampado
adquirieron un gran desarrollo. Uno de los tejidos estampados mejor conocidos del momento es la
tela de Jouy: algodón decolorado, estampado con bloques de madera o láminas de cobre. Se
producía en una fábrica situada a las afueras de Paris, en Jouy-enjosas, que había sido fundada por
dos hermanos alemanes, Christophe Philippe y Frederic Oberkampf. La técnica para producir tela de
Jouy fue inspirada originalmente por Francis Nixon, un artesano irlandés que en 1752 fue pionero en
el uso de láminas de cobre grabadas para imprimir ilustraciones a gran escala sobre tejidos. Cinco
años antes, Nixon se había asociado con un mercader ingles que había intuido el potencial comercial
de su técnica. Los Oberkampf mejoraron las posibilidades de la tela de Jouy, al trabajar con tonos
fuertes, tintes de colores sólidos y láminas de cobre que permitían estampar pequeños detalles. Los
motivos representados en este tejido incluían –y siguen incluyendo- paisajes, diseños florales,
arquitectura, escenas inspiradas en paisajes de libros, obras de teatro y mitología, así como
actividades de ocio, como vuelos en globo aerostático. María Antonieta tenía un abanico de tela de
Jouy. El romántico tejido decorativo también se utilizaba para cortinas y tapices, sillas y camas.
Cuando en 1783 Luis XVI convirtió la fabrica en Manufactura Real, la moda de la tela de Jouy se
extendió por los círculos cortesanos y burgueses. Desde entonces no ha decaído.
Diseños varios de telas de Jouy

La locura por la China hizo necesaria la importación de


rasos, sedas estampadas (conocidas como pequín) y
bordados de Oriente. Los tejedores europeos se inspiraron
también en esta moda china para ofrecer nuevos tonos, como
el amarillo oro y el “verde de China”, que añadieron al rosa
pálido, el gris tórtola y el azul niebla de la paleta del rococó.
Los elementos decorativos de un vestido rococó –encajes,
cintas y apliques florales- se hacían en Italia. El ikat –una
técnica de estampación de reserva, originaria de Asia central,
en la que los hilos se ataban y se teñían antes de ser tejidos-
se aplicó en vestidos hechos de tafetán de seda.

Vestido arremangado por los tobillos


Faya de seda de Pequín de franjas rojas y blancas con afecto
muaré; fleco de pasamanería; falda a juego; fichú de algodón
calado; portacartas de tafetán de seda con bordado floral
rematado con trencilla; zapatos de tacón alto de raso de seda.
Vestido a la francesa.
Seda chiné de Lyon azul celeste con motivos florales y
orlas; ribete del mismo tejido; puños con doble volante;
peto y falda a juego; enganeantes de encaje de Aleçon;
barbas y cofia de encaje de Argentan

Vestido a la
francesa
Chintz de Jouy
en lino blanco
con motivos
vegetales de
color azul.

Maquillaje y Cuidados
Lavarse no era una práctica común en el siglo XVIII. Por eso, la gente llevaba maquillaje para
disimular la piel sucia. Se continuaba utilizando pintura blanca hecha con plomo como fondo de
maquillaje para el rostro, y las mejillas se realzaban con colorete rojo. El olor corporal se disimulaba
con perfume. Luis XV insistía en que sus cortesanos llevaran un perfume diferente cada día.
Madame de Pompadour gastaba quinientas mil libras en perfumes y dedicaba mucho tiempo a cuidar
su aspecto.

Los ideales democráticos que se desarrollaron en


Francia a finales del siglo influyeron en todos los aspectos
del gusto personal, entre los que se incluían la preferencia
por el aire y los aromas puros y limpios, así como el
rechazo a los perfumes fuertes. María Antonieta,
estableció la moda de las esencias ligeras. Sus favoritas
eran las de violeta y rosa. Mientras, el comercio del
perfume se fue desarrollando en Inglaterra. En Londres,
Jermyn Street, el menorquín Juan Floris inauguró en 1730
Floris. El negocio se convirtió en la perfumería favorita de
la realeza y todavía existe hoy en día como la segunda
perfumería más antigua, después de la farmacia de Santa
María Novella en Florencia.
En 1770, la familia Cleaver fundó una compañía de jabones y perfumes. Con el tiempo fue
conocida como Yardley, nombre que tomó de William Yardley, un fabricante de espadas, espuelas y
hebillas que se hizo cargo de la compañía de su yerno, William Cleaver, para salvar el negocio de la
bancarrota. Uno de sus productos más populares fue una pomada para hombres fabricada con
lavanda de Norfolk y grasa de oso.
Pelucas
Hombres y mujeres se empolvaban el pelo en el siglo XVIII.
Para producir el efecto deseado, las mujeres se empolvoreaban
harina en la cabeza. Los hombres también la utilizaban para sus
imponentes pelucas blancas, llamadas, desde el siglo anterior,
de melena o in-folio. En Inglaterra, este peinado fue
reemplazado por la peluca Ramillies (que toma su nombre de la
victoria de Marlborough de 1706), que lleva unos rulos sobre las
orejas y el pelo recogido en una cola con un lazo negro.

Igual que ocurrió con los couturiers, a los peluqueros


se les fue reconociendo por su nombre y en el siglo XVIII
se convirtieron en una profesión reconocida. Las pelucas
se hacían con pelo humano, pelo de cabra, crin de
caballo o fibras vegetales, y hombres y mujeres de todas
las clases las usaban. Madame de Pompadour, gracias
a su peluquero favorito, Léonard, lanzó la moda de los
Pouf, peinados artificiales altísimos. El pouf au
sentiment –uno de los favoritos de la corte- llevaba
pájaros, mariposas, cupidos, ramas de árboles y
vegetación, todo colocado en una peluca altísima. Su
altura limitaba la postura de la mujer mientras viajaba en
su carruaje (a menudo debía sentarse en el suelo).
También fueron nidos de pulgas y piojos, y las damas
llevaban rascadores para aliviar las molestias producidas
por estos insectos. Con el tiempo, estas construcciones
pasaron de moda.
El gusto natural, surgido en la Revolución, acabó con
el pelo empolvado, ya que la pérdida de tiempo que
entrañaba inspiraba el rechazo de los revolucionarios,
quienes acusaron a los aristócratas de haber contribuido
a la escasez de pan por su frívola utilización de la
harina. Como resultado, los hombres empezaron a lucir
su propio pelo, y las mujeres se lo arreglaban con
diversos peinados sueltos y naturales.
El Corsé
Las mujeres llevaban corsé desde el siglo XVI,
pero en el siglo XVIII se había convertido en una
obra de arte, al menos para un ojo inexperto, ya
que, bajo una seductora apariencia, se escondía
un verdadero instrumento de tortura. Las
ballenas rígidas de los corsés se forraban con
áspero algodón natural. A pesar de ser
causantes de múltiples daños (esquirlas, lesiones
de hígado o desplazamiento de costillas), los
corsés realzaban las formas femeninas. También
se consideraban un símbolo de posición social:
su uso impedía a las mujeres hacer esfuerzos
excesivos e indicaba que eran miembros de una
clase ociosa. Los corsés se hacían de raso,
sedas bordadas y sedas brocadas. Las mujeres
trabajadoras llevaban un corselete de cordones.

En 1770 se publicó un panfleto titulado La


Dégradation de l’espèce humaine par l’usage
du corps à baleines, que lanzó una verdadera
cruzada contra el corsé. Las ideas expresadas en
el texto fueron adoptadas por los pensadores
progresistas del momento, tanto hombres como
mujeres; Rousseau fue el más virulento de ellos.
La Revolución acabará con los corsés. A partir de
ese momento, las francesas comenzaron a
llevarlos sin ballenas.
Sombreros
Desde aproximadamente 1690 hasta la Revolución, el tricornio -un
sombrero de tres picos- fue el sombrero masculino más corriente.
Diversos elementos podían adornarlo: encaje, galones o incluso
plumas de avestruz. Las mujeres llevaban grandes sombreros de ala
ancha, de paja o fieltro. A partir de 1789, hombres y mujeres adoptaron
un tipo de tocado de estilo militar. Los revolucionarios se reconocían
por el gorro frigio, un sombrero de fieltro blando, tomado de los
griegos. El tricornio se transformó en bicornio, primero reservado sólo
a los oficiales del ejército, pero más tarde se incorporó al guardarropa
masculino.

Después de la Revolución, los tocados femeninos


adoptaron formas diferentes. La “teresa” –descrita por Douglas Russell como una
cofia- se llevaba para proteger el peinado. También se pusieron de moda todo
tipo de bonetes, como la calesa, bonete de tejido transparente montado sobre
unos arcos que podían levantarse o plegarse, con la ayuda de una cinta, como la
capota de un automóvil. La dormilona era un bonete de noche que las mujeres
llevaban también por la mañana en la casa.
Revistas de Moda
La moda como cultura comenzó a desarrollarse a principios del siglo taba seco, XVIII. En 1693
apareció la primera revista femenina, The Ladies Mercury, publicada por el librero londinense John
Dunton. Hablaba de moda y ofrecía artículos variados sobre temas con el amor, el matrimonio y el
protocolo.
Desde 1600 se publican libros sobre indumentaria, en cuyas páginas se ilustraban las prendas de
los siglos pasados y de las civilizaciones antiguas, pero en el siglo XVIII comenzaron a editarse
anuarios de moda: almanaques y dietarios. Éstos llevaban un calendario e información dirigida a las
mujeres. En 1731 apareció por primera vez el concepto de revista en Gentleman´s Magazine, que
publicaba el impresor británico Edward Cave y que supuso el inicio de una nueva forma de difundir la
moda. A partir de ese momento se empezaron a publicar otras revistas, que copiaban o modificaban
la fórmula original. En Francia, Cabinet des Modes ilustraba los nuevos estilos con grabados
coloreados. La moda, según el Cabinet, abarcaba diversas materias, entre ellas: mobiliario,
decoración de interiores, carruajes y joyería. La contribución alemana llegó a finales del siglo XVIII:
en 1786 se publicó por primera vez el Journal des Luxus und der Moden. Las revistas también
llevaban grabados o láminas de moda, las más memorables de las cuales fueron diseñadas por
Gravelot y Moreau el joven.
Originalmente, las revistas estaban dirigidas a la intelectualidad, pero, con el tiempo, empezaron a
atender a un mercado más amplio. Amas de casa y sirvientas, deseosas de enterarse de las últimas
tendencias de la moda. Según ha observado Valerie Steele, en Francia las revistas dirigidas a las
masas tenían una intención más concreta, como era que la gente conociera la moda parisina y
empezaran a copiarla.

Grabados de la revista Cabinet Des Modes

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