La corporalidad.
Este eje tiene como centro la corporalidad –es decir el cuerpo como expresión de la identidad– y la
salud desde una dimensión integral. Se entiende al cuerpo como un cuerpo habitado, como un
cuerpo tratado socialmente y vivido en el marco de ciertas condiciones, que supera el enfoque
tradicional y biomédico. La idea de cuerpo no se reduce a la dimensión biológica, fisiológica, sino
también a su representación simbólica; es decir, los cuerpos están atravesados y construidos por el
lenguaje, por la forma de nombrarlos, de verlos, marcados por sensaciones, características, modelos,
ideales y sentidos que la sociedad otorga en un contexto histórico determinado.
Cuerpos en plural
Todas las personas somos distintas. El lugar donde nacemos, la ciudad o el pueblo donde vivimos,
nuestro color de piel, nuestra genitalidad. Nacemos con un cuerpo que tiene diferencias respecto de
otros cuerpos. Todas y todos tenemos el mismo derecho a ser respetadas y respetados, sin importar
nuestras características físicas. De la misma manera que hablamos de juventudes o adultez —en
plural—, ya que no hay una sola manera de ser joven y adulto, decimos que existen cuerpos —en
plural, también—, infinidad de cuerpos diferentes.
¿Quién define que un cuerpo sea lindo o bello? En cada momento histórico y en cada sociedad se
definen modelos de belleza, los cuales producen efectos sobre las personas y los cuerpos y
establecen un mundo de lo femenino y un mundo de lo masculino.
En el Renacimiento, los pintores italianos fueron conocidos por pintar voluptuosos cuerpos
desnudos; en la actualidad, vemos a través de los medios masivos, delgadas y angulosas formas
femeninas.
El cuerpo es una construcción histórica y social que, como tal, va cambiando con el tiempo y en
función de distintas perspectivas. Nuestro cuerpo nos ayuda a definir quiénes somos y cómo nos
presentamos en sociedad. A través de la ropa, los tatuajes, la moda, nuestro cabello y nuestros
gestos, nos comunicamos y expresamos lo que nos gusta o nos interesa. En este sentido, el cuerpo es
también una forma de comunicación.
A lo largo del tiempo han existido distintas formas de ver y calificar los cuerpos. Se han definido
cuerpos “normales” y otros cuerpos fueron “normalizados” de acuerdo con modelos definidos
como “adecuados” en distintos momentos históricos. Hubo cuerpos que podían expresarse
libremente y cuerpos que eran ocultados, silenciados o censurados.
El cuerpo también puede ser un objeto de consumo, una mercancía. Por ejemplo, en los medios de
comunicación masiva se nos presentan imágenes estereotipadas de los cuerpos. A veces, por
ejemplo, se señala la extrema delgadez de los cuerpos como ideal de belleza con el objetivo de
vender un producto.
¿Qué son los estereotipos de belleza?
Podríamos comenzar por preguntarnos ¿qué es la belleza? y quizá podríamos responder que “lo
bello” refiere a aquello que nos gusta, es lindo, nos hace sentir bien. Sin embargo,
históricamente, nuestra cultura ha construido diferentes significados y definiciones de qué es la
belleza. A través de los medios de comunicación y del mercado de la moda -entre otros- circulan
en nuestra sociedad formas o “modelos” de lo que “está bien”, de aquello que es “bello”, de una
meta a alcanzar y de cómo deberían ser nuestros cuerpos. Un discurso hegemónico que se
impone con la transmisión de un ideal. Este ideal se convierte en una presión por encajar y
ajustarse, pero para la mayoría de las personas no es posible de alcanzar. Esos “modelos” son
los que conocemos como “estereotipos de belleza” y, a pesar de que se modifican con el tiempo y
el contexto social, suelen constituirse en mandatos que condicionan nuestros comportamientos,
hábitos y relaciones con los demás, y, por lo tanto, merecen ser revisados.
¿Por qué pensar este tema desde la perspectiva de género?
Históricamente, la imposición de estos modelos ha tenido una marca de género, en tanto las
exigencias para los cuerpos feminizados han sido siempre mayores. En nuestra cultura, las
miradas sobre los cuerpos femeninos se centraron en el “modelo maternal” y su camino hacia la
reproducción y, con el paso del tiempo, también en el modelo de “mujer-objeto”, que supone
bellos la delgadez, la altura, los rasgos suaves, las pieles blancas y sin vello, los cabellos
brillantes y lacios, las actitudes complacientes y los temperamentos amables. Aunque pareciera
que los cuerpos masculinos no han sufrido de la misma manera estas exigencias, el modelo
impuesto para ellos contempla cuerpos musculosos, blancos, flacos, actitudes valientes y
temperamentos arriesgados. Si nos corremos por un momento de estos mandatos, estereotipos y
exigencias sociales, podríamos preguntarnos: ¿Representan la diversidad de nuestra sociedad?
¿Podríamos encontrar otros significados sociales que nos muestren y valoren bellezas
diferentes, situadas, diversas? Actualmente, podemos identificar avances en este sentido,
protagonizados por las nuevas generaciones que, en el marco de los movimientos feministas y
de la diversidad, reclaman por la soberanía de sus cuerpos. Este proceso se vive de forma
diferente en cada lugar, según las características de cada pueblo y cada clase social, por lo que
su abordaje requiere de una mirada atenta y contextualizada.
¿De qué modo se vinculan los estereotipos de belleza con la violencia por motivos de género?
Como ya dijimos, los estereotipos reproducen modelos que circulan en nuestra sociedad en
forma de “mandatos” que se convierten en la exigencia de un ideal a alcanzar. En mayor o
menor medida, todas las personas hemos sido expuestas a estos “mandatos” y los reproducimos
de alguna forma, aunque no nos demos cuenta. Sin embargo, al tratarse de un ideal, no es
posible alcanzarlo completamente, siempre habrá una falta, un defecto, una falla. Por eso, los
estereotipos de belleza pueden generar dolor, vergüenza, angustia y rechazo por el propio
cuerpo. Y ese proceso de sujeción y sometimiento, que implica frustración y estar siempre en
falta con la propia belleza, está directamente vinculado con una forma de violencia por motivos
de género. Por una parte, porque los mandatos hegemónicos de belleza que exigen e imponen
determinadas formas de ser, obstaculizan la libertad de las personas -en particular de los
cuerpos feminizados- para vivir a gusto con otros criterios de belleza situados y pertenecientes a
cada comunidad. Y, por otra parte, porque a menudo sucede que, quienes no cumplen con esos
modelos hegemónicos, sufren discriminación y están en relación de subordinación con un
discurso que tracciona siempre hacia ese ideal.
En este sentido, decirle a una persona que es “gorda”, “petisa” o “narigona” implica señalar que
no cumple con el ideal de delgadez, altura y tamaño de nariz, lo que atenta contra la propia
aceptación y puede generar impactos en la salud de las personas. En esta línea, seguramente
encontraremos gran cantidad de ejemplos. Tales mandatos y modelos no solo están
diferenciados según el género, sino que, además, la presión sobre las mujeres para que se
ajusten a ellos es mayor que sobre los varones. Muchas veces, por no cumplir con estos modelos,
las mujeres quedan afuera de, por ejemplo, puestos de trabajo y/o son objeto de burlas,
cargadas, comentarios degradantes. También podemos pensarlo en términos de las
vinculaciones sexoafectivas, en tanto se considera que las mujeres que cumplan y se ajusten a
ese modelo, serán más deseadas, más buscadas, etc. Es importante resaltar que nos referimos a
procesos sociales y no a cuestiones aisladas o individuales. La conformación de identidades y
subjetividades se ve influenciada por estos mandatos, que merecen ser revisados ya que pueden
implicar violencias y restricciones a la libertad de las personas.
Los estereotipos reproducen modelos que circulan en nuestra sociedad en forma de “mandatos”
y se convierten en la exigencia de un ideal a alcanzar.
Las relaciones afectivas
Las relaciones afectivas entre las personas, se dan en todas las sociedades y pueden ser diferentes
según las culturas. Por ejemplo, en los países de Asia o Europa podemos encontrar expresiones de
amor y amistad diferentes a las de América Latina. También dentro de cada país hay diversidad de
formas culturales y pueden existir diferentes modos y características distintivas a la hora de vivir el
amor.
Pero, más allá de las diferencias entre culturas, las relaciones de amistad o de pareja deben ser
respetuosas con los derechos de las personas. Las situaciones de control y de acoso, como prohibir
estar con las amistades, el temor a dar una opinión, o que nuestras parejas o amistades nos quieran
imponer formas de actuar, no ayudan a la construcción de vínculos igualitarios.
Tanto las mujeres como las personas lesbianas, gay o trans son más vulnerables a estas situaciones
de control, debido a la discriminación presente en nuestra sociedad.
Cuando en una relación de pareja, o incluso entre las amistades, se ven afectadas la seguridad o la
dignidad personal, es momento de terminar ese vínculo para buscar el bienestar personal. En
algunos casos, esto implica pedir ayuda a otras personas.
En una relación de amistad o de pareja igualitaria, es decir, respetuosa con el derecho de cada
persona, siempre está presente el consentimiento. Esto implica que ambas personas estén de
acuerdo en llevar adelante alguna acción, que puede ser desde tomarse de las manos a la hora de
salir a pasear, compartir fotos a través de las redes sociales, hasta alguna otra acción de carácter más
íntimo. Para realizar esas acciones siempre tiene que haber un acuerdo verbal claro de antemano.
Para ello, hay que preguntar claramente si la otra persona está de acuerdo en hacer algo, nunca se
debe suponer que existe ese acuerdo. Comunicar abiertamente qué es lo que se quiere puede
generar vergüenza, pero logra que esa experiencia sea más positiva y mucho más agradable.
Por lo tanto, el consentimiento o el acuerdo mutuo necesita de la comunicación y el respeto. ¿Qué
integrante del vínculo debe plantear el consentimiento? La persona que sienta el deseo de llevar
adelante una acción. Algunos ejemplos de preguntas que nos pueden ayudar a ir incorporando la
práctica del consentimiento son: “¿Estás cómoda o cómodo?”, “¿hay algo que no quieras hacer?”.
De este modo, las relaciones de amistad o de pareja se convierten en experiencias donde entra en
juego la admiración, el afecto, el entusiasmo, el disfrute, la ternura, el respeto, la comunicación.
En este cuadro, se mencionan algunas acciones. Siguiendo el ejemplo, marquen con una X en cada
acción, si consideran que se corresponde con “relaciones basadas en el respeto” o con “relaciones no
igualitarias”. Luego, anoten algunas otras acciones que consideren en los espacios en blanco.
relaciones relaciones no
Acciones
basadas en el igualitarias
respeto
Revisar el celular de otra persona.
Confiar en la otra persona.
Dialogar para resolver las situaciones
Conflictivas.
Burlarse de los puntos de vista de la
otra persona.
Incentivar el crecimiento personal de
la otra persona.
Prohibir o limitar los vínculos de la
otra persona con las amistades.
Criticar la forma de vestir de la otra
persona.
Abrazar sin el consentimiento de la
otra persona.
Reconocer que todas las personas nos
equivocamos.
X