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Manguel - La Biblioteca Como Poder

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= Alberto Manguel rece ™ LA BIBLIOTECA.DE We La ambicion de Bouvard y Pécuchet es casi una realidad hoy, cuando toda la sabiduria del mundo parece estar ahf, parpadeando detras de esa pantalla que es como una sirena. Jorge Luis Borges, que un dfa imagin6 la biblioteca infini- ta formada por todos los libros posibles”, inventé también un personaje semejante a Bouvard-y-Pécuchet que trata de compilar una biblioteca universal tan completa que nada en el mundo quedaria excluido de ella.” Al final, como sus pre- cursores franceses, fracasa en su intento, pero no totalmen- te. La noche en que renuncia a su gran proyecto alquila una calesa y recorre la ciudad. Ve muros de ladrillo, gentes, casas, un rfo, un mercado, y siente que de algtin modo todas esas cosas son obra suya. Cae en la cuenta de que su proyecto no es imposible, pero si redundante. La enciclopedia mundial, la biblioteca universal ya existe y es el mundo. {98} LA BIBLIOTECA DE NOCHE LAY Bal Biel Owe CA COMO PODER NingGn lugar proporciona una conviccién mas clara de la vanidad de las aspiraciones humanas que una biblioteca publica. Samuel Johnson, en The Rambler, 23 de marzo de 1751 El poder de los lectores radica no en su habilidad para reunir informacién ni en su capacidad para ordenar y catalogar, sino en sus dotes para interpretar, asociar y transformar sus lec- turas. Para las escuelas talmtidicas, como para las del Islam, un estudioso puede convertir la fe religiosa en poder activo por medio de la lectura, ya que el conocimiento adquirido a través de los libros es un don divino. Segtin un antiguo hadizo tradicion islamica, “un sabio tiene mas poder frente al demo- nio que mil devotos”.”’ Para estas culturas del Libro Sagrado, el conocimiento esta no en la acumulacién de textos 0 de informacion ni en el libro en si, sino en la experiencia resca- tada de la pagina y transformada de nuevo en experiencia, en las palabras reflejadas tanto en el mundo exterior como en el propio ser del lector. En el siglo XVII, Gottfried Wilhelm Leibnitz, el famoso ma- tematico, filésofo y jurista aleman, afirm6 que el valor de una biblioteca dependia no del ntimero de voltimenes o las rarezas que atesoraba, sino de su contenido y del uso que de éste hacfan los lectores. Comparaba la biblioteca con una iglesia o una escuela, un lugar dedicado a la instruccién y el aprendizaje, y aconsejaba coleccionar sobre todo titulos cientificos y desechar en cambio aquellos libros que él con- sideraba meramente decorativos o de entretenimiento y, por lo tanto, inutiles. “Un tratado de arquitectura 0 una coleccién de periddicos —escribi6— valen tanto como cien voltimenes de clasicos literarios”™, y preferia los libros pequefios a los grandes porque aquéllos ahorraban espacio y, por lo general, carecian de embellecimientos superfluos. Sostenia que la mi- sion de las bibliotecas consistfa en facilitar la comunicacién entre los estudiosos y concibié la idea de una organizacion bibliografica nacional que ayudara a los cientificos a cono- cer los descubrimientos de sus contempordneos. En 1690 fue nombrado bibliotecario de la biblioteca ducal de Brunswick- Lunenberg de Hannover y, mas tarde, de una institucién tan importante como la Biblioteca Herzog August de Wolfenbiit- tel, cargo este tiltimo que ocup6 hasta su muerte, ocurrida en 1716. Leibnitz fue el responsable del traslado de la coleccién de Wolfenbiittel desde el lugar que ocupaba originalmente a otro que juzg6 mds apropiado para guardar los libros, un edificio dotado de un techo de cristal que permitfa la entra- da de la luz natural y contenia varios pisos de estanterias. Sin embargo, la estructura de madera de la construccién no permitia utilizar calefaccion y aquellos lectores que valiente- mente utilizaban los libros lo hacian con manos temblorosas y dando diente con diente,'"' A pesar de la opinién de Leibnitz, de acuerdo con la cual el valor de una biblioteca radica exclusivamente en su con- tenido, con frecuencia se ha otorgado una autoridad espuria a estos considerados como objetos y se ha visto supersticio- samente el edificio que los alberga como un monumento simbé6lico a esa autoridad. Cuando en La taberna, de Emi- le Zola, muestran a un entusiasta de Napoleén III una obra que presenta al monarca como un seductor lascivo, el pobre hombre es incapaz de encontrar las palabras para defender a {102} LA BIBLIOTECA DE NOCHE 0 La Biblioteca Herzog August Wolfenbiittel. su rey porque “todo estaba en un libro; jno podia negarlo!”.' Aun hoy, cuando a la actividad intelectual se le concede poca o ninguna importancia, los libros, leidos 0 no leidos y sea cual fuere el valor que se les asigne, gozan de un prestigio que inspira reverencia. Aquellos que quieren ser considerados poderosos escriben gruesos voliimenes de memorias, y los politicos que, como los antiguos reyes de Mesopotamia, de- sean ser recordados como distribuidores de ese poder siguen fundando bibliotecas (y bautizandolas con su nombre). En Estados Unidos, una larga serie de bibliotecas presidenciales atestigua este deseo de obtener una inmortalidad intelectual (ademas de desgravaciones fiscales). En Francia, cada afio ofrece una nueva cosecha de confesiones, memorias sinceras y hasta novelas escritas por politicos importantes: en 1994, el ex presidente Valéry Giscard d’Estaing lleg6 a exigir su ingreso enlaselecta Académie Frangaise, reservada alo mas granado de la intelectualidad francesa, basdéndose en la enjundia de una novelita romantica: Le Passage.'®’ Y lo consigui6. En Ar- gentina, tanto Evitacomo Juan Peron se enorgullecian de sus autobiograffas combinadas con testamento politico cuando, ALBERTO MANGUEL {103} Y= Asurbanipal eliltimo como todos sabian, habfan sido es- gran monarca asirio. critas por un negro. Impulsado por su deseo de acabar con su imagen de gobernante inculto, Perén hizo que la Academia Argentina de Letras le invitara a pronunciar un discurso en el cuarto centenario del nacimiento de Cervantes, un autor que, como confesarfa riendo mas tarde, nunca se habia molestado en leer™, pero cuya obra, en grandes voltimenes encuadernados en piel y con letras doradas, podfa verse detras de él en varias fotografias oficiales. Asurbanipal, el ultimo monarca asirio importante, que gobern6 desde el 668 al 633 a.C., era plenamente consciente de la asociacién entre los gobernan- tes y la palabra escrita. Se jactaba de saber escribir, aunque “entre los reyes, mis predecesores, ninguno aprendi6 ese arte”, Las tablillas que coleccion6 en su palacio de Ninive, aunque destinadas a su uso privado, declaran sin embargo en el colo- fon, una tras otra y para conocimiento de todos, que el poder otorgado por las letras habfa sido depositado en sus manos: “Palacio de Asurbanipal, Rey del Mundo, Rey de Asiria, quien confia en Azur y Ninlil, a quien Nabu y Tashmetu prestaron ofdos y a quien le fue concedida una gran sagacidad... La sabiduria de Nabu, los signos de la escritura, tantos como han sido concebidos, escribi en estas tablillas, las ordené en series, [las] revisé y las puse en mi palacio para mi contemplacién y recitacion fealeen Aunque Asurbanipal, como un sinfin de gobernantes después de él, decia estar orgulloso de sus dotes de escriba y de lector, lo que claramente le importaba no era la transformacién de la {104} LA BIBLIOTECA DE NOCHE experiencia en sabiduria, sino la representacién emblematica de las poderosas cualidades asociadas con los libros. Bajo tales gobernantes, las bibliotecas se convirtieron no en “templos del saber” (como dice el tépico), sino en templos dedicados aun benefactor, fundador o proveedor. Siglos después de Asurbanipal, el valor simbdlico de la funda- ci6n de una biblioteca no ha cambiado mucho. Incluso en el Renacimiento, cuando las bibliotecas europeas se convirtie- ron oficialmente en ptiblicas (comenzando con la Ambrosiana de Milan en 1609), el prestigio de fundar, dotar o erigir una ins- titucién de ese tipo siguié siendo privilegio de un benefactor y no de una comunidad. Los famosos multimillonarios que, en los siglos XIX y XX se enriquecieron con fabricas y bancos en Estados Unidos utilizaron diligentemente su fortuna para crear escuelas, museos y, sobre todo, bibliotecas, que, ademas de revestir importancia como centros culturales, se convirtie- ron en monumentos dedicados a sus fundadores. “3Cudl es el mejor regalo que se le puede hacer a una co- munidad?”, preguntaba el mas famoso de estos benefactores, Andrew Carnegie, en 1890. “El mejor es una biblioteca publi- ca”, afirmaba en respuesta a su propia pregunta.'°* No todos eran de la misma opini6n. En Gran Bretafia, por ejemplo, la idea segtin la cual “una biblioteca ptiblica es esencial para el bien de una comunidad” no se hizo oficial hasta 1850, cuan- do el representante de Dumfries en el Parlamento, William Ewart, logr6 que se aprobara un proyecto de ley que estable- cia el derecho de toda ciudad a tener una instituci6n de este tipo.!” Todavia en 1832, Thomas Carlyle se preguntaba irri- tado: “;Cémo es que no existe una biblioteca de Su Majestad en cada cabeza de condado? jEn todas ellas existe una carcel y una horca!”.'°* La historia de Andrew Carnegie no permite llegar a con- clusiones sencillas. Su relacién con la riqueza y la cultura del libro fue compleja y contradictoria. Implacable en su btisqueda de beneficios econémicos, doné casi el noven- ALBERTO MANGUEL {105} ta por ciento de su enorme fortuna a fundar todo tipo de instituciones ptiblicas, incluidas mds de dos mil quinientas bibliotecas, en una docena de pafses angl6fonos, desde su lugar de origen, Escocia, hasta las islas Fidji y las Seychelles. Veneraba, pero no amaba, la actividad intelectual. “La biblio- teca publica era su templo —escribe uno de sus bidgrafos—, ylasecci6n de “Cartas al director” su confesionario”.! Brutal en cuanto al trato que dispensaba a sus obreros, constitu- y6 una fundacién para ayudar econémicamente a mas de cuatrocientos artistas, cientificos y poetas, entre ellos a Walt Whitman, quien describié a su protector como una fuen- te “de la mas amable de las voluntades”. Aunque Carnegie crefa en la inviolabilidad del capitalismo (que él llamaba “el evangelio de la riqueza”), insistfa en que “un trabajador es un ciudadano mas util, y deberfa ser mas respetado, que un principe ocioso”."!° Andrew Carnegie habfa crecido, como él mismo solia recor- dar a sus oyentes, rodeado de una terrible pobreza. Dos hom- bres ejercieron una gran influencia en él durante su infancia en Escocia. Uno fue su padre, un habil tejedor de damasco cuya pericia convirtié en superflua la nueva tecnologia de la Revolucién Industrial. Will Carnegie era, a decir de todos, un hombre de caracter que, pese a verse obligado a trabajar diezo doce horas al dia, encontré tiempo suficiente para crear junto con otros companeros de oficio una pequefia biblioteca en Dunferline, una muestra de valentia que debi6 de impresionar profundamente a su hijo. El otro fue su tfo, Thomas Morrison, un evangelista partidario de la reforma agraria que predicaba la oposicién no-violenta a los abusos de los empresarios y el fin de lo que él consideraba el perenne sistema feudal esco- cés, “Nuestra norma —ensefiaba— es Todos poseerdn; todos disfrutardn. Nuestro principio, Derecho universal igualitario; y nuestra ley sera Todo hombre es un caballero, toda mujer una dama y todo nifio un heredero”." En el curso de una de las protestas contra los grandes fabricantes de tejidos de lino que amenazaban, una vez mas, con reducir los jornales de los {106} LA BIBLIOTECA DE NOCHE tejedores, el tio Thomas fue detenido. Aunque nunca se le lle- g6 aacusar formalmente, el incidente marc6é profundamente al joven Carnegie, aunque no lo suficiente como para influir ensu ética empresarial. Afios después, exhibia enmarcado en su despacho el escrito de cargos, al que llamaba su “titulo de nobleza”. Debido a estas experiencias, decfa, se convirtié en un violento joven republicano cuyo lema era “muerte a los pri- vilegios’.'" Y sin embargo, mientras gobern6 sus siderurgias de Pittsburgh, sus empleados se vefan obligados a trabajar siete dfas por semana, no tenfan mis fiestas que Navidad y el Cuatro de Julio, recibian jornales miserables y vivian en barriadas insalubres en las que las cloacas corrian paralelas a las tuberfas del agua. Una quinta parte de los obreros de Carnegie murieron a causa de accidentes.''* En 1848, cuando Carnegie tenia apenas trece afios, sus padres cayeron en la mas absoluta miseria. Para escapar al hambre, la familia emigr6 a Estados Unidos y, después de una dificil travesfa, se instal6 en Pittsburgh, donde descubrieron que la situacin de los tejedores no era mucho mejor de la que habian conocido en su pais. Finalmente, el joven Carnegie en- contro trabajo, primero en la Compafifa de Telégrafos de Ohio y el Atlantico y mas tarde en los Ferrocarriles de Pensilvania. En las oficinas del ferrocarril el trabajo acababa pronto por la tarde, dejando al muchacho tiempo “para cultivarse”. Carnegie descubrié en el centro de Pittsburgh una biblio- teca publica, fundada por un tal Coronel Anderson, “para aprendices que no tenfan la oportunidad de asistir ala escue- la’. “El Coronel Anderson me abrié las puertas de la riqueza intelectual del mundo —recordaba en 1887—. Me aficioné a la lectura. Semana tras semana me deleitaba con los libros. Me haefan llevadero mi trabajo, pues me levantaba a las seis de la mafiana satisfecho de trabajar hasta las seis de la tarde si luego tenfa un libro que leer”.'"* Pero en 1853 la biblioteca de Anderson se traslad6 a otro local y los nuevos administradores decidieron cobrar un cuota de dos délares a todos los usuarios, exceptuando los ALBERTO MANGUEL {107} “verdaderos aprendices” (es decir, aquellos que estuvieran ligados por contrato a un patrén). Carnegie, que entonces contaba dieciséis afios y no era un “verdadero aprendiz”, cre- y6 que la medida era injusta y, tras discutir infructuosamente con el bibliotecario, escribid una carta abierta al director del Pittsburgh Dispatch. La carta se publico el 13 de mayo de 1853: “Sefior Director: Convencido de que siente un profundo interés por todo aquello que tiende a elevar, instruir y mejorar a la juventud de este pais, me veo obligado a llamar su atencién sobre la circunstancia siguiente. Recordara usted que hace algun tiempo el sefor Anderson (un caballero de esta ciudad) lego una crecida suma de dinero para la creaci6n y el mantenimiento de una biblioteca dedicada a muchachos trabajadores y aprendices residentes en esta ciudad. La biblioteca ha funcionado con éxito durante mas de un ano, esparciendo valiosas semillas entre nosotros, y aunque muchas han caido “al borde del camino y en lugares pedregosos”, no pocas han encontrado terreno abonado. Los muchachos trabajadores eran admitidos en ella sin coste alguno, tan solo con el aval de sus padres o tutores. Pero su accion bienhechora ha sido en gran medida limitada por los nuevos directores, que se niegan a permitir que pueda utilizarla todo muchacho que no esté aprendiendo un oficio y no esté ligado por contrato a un patrén durante un tiempo determinado. Creo sinceramente que los nuevos directores han interpretado erréneamente las generosas intenciones del donante. Resulta dificil creer que era su propésito excluir a los muchachos trabajadores sélo porque no estan ligados a su patr6n por medio de un contrato. Un muchacho trabajador sin contrato de aprendiz”.**® {108} LA BIBLIOTECA DE NOCHE Tras un enérgico intercambio de cartas, el bibliotecario asi hostigado se vio obligado a convocar una junta de adminis- tradores en la que se dirimi6 la cuestién en favor de Carnegie. Para éste se trataba de lo que él consideraba “una practica justa”. Como demostraria mas tarde repetidamente, cualquier cuestion de justicia, cualquier cuestién de derechos, cualquier esfuerzo de superacion s6lo importaba si en tiltima instancia contribuia a procurarle un ahorro o un poder mayor. “El di- nero no es nada comparado con el poder”, dirfa a uno de sus socios unos veinticinco aios después.'® Los Estados Unidos de fines del siglo XIX proporcionaron a Carnegie un marco ideal para sus convicciones. Llamado en cierta ocasién para ensalzar los méritos de las institucio- nes americanas en comparaci6n con las de su Escocia natal, describi6 su pais de adopcién como “el lugar perfecto para prosperar en los negocios”. En Estados Unidos, argumenta- ba “la mente esté libre de una reverencia supersticiosa con respecto a las viejas costumbres y no se deja intimidar por formas y apariencias atractivas y carentes de significado’. Como sefiala su bidgrafo Peter Krass, en su descripcién de la utopfa americana “no menciona, al referirse a la igualdad de derechos, las protestas de los trabajadores del hierro y el algod6n, en las que las fuerzas de la policia huyeron en desbandada, ni dice una palabra sobre la esclavitud, ni sobre el desplazamiento al que fueron obligados los indios, ni so- bre el sufragio de las mujeres. [Carnegie] Tenfa una memoria selectiva; preferfa ignorar la otra cara de América, como lo hacfa al amasar millones de délares con sus fabricas de acero mientras los trabajadores a los que explotaba morian por docenas”.'” Carnegie creia que un hombre debja ser despiadado si querfa hacerse rico, pero crefa también que debia emplear su riqueza en “iluminar el espfritu” de la comunidad que explotaba. Para sus detractores, las bibliotecas que fund6 no fueron més que un mero trampolfn para su glorificacién personal. Raramente daba dinero para comprar libros, s6lo ALBERTO MANGUEL { 109} Y Carnegie presentando sus bienes como una “Bestia confiable” al Tio Sam, en una caricatura de Harper's Weekly. financiaba la construcci6n del edificio en que debian con- servarse y, aun en ese caso, imponia como condicién que la ciudad proporcionara el solar y el dinero para mantenerla. Insistfa en que las bibliotecas funcionaran tan eficientemen- te como sus fabricas y que no se incurriese en despilfarros. Tampoco financi6 bibliotecas estatales ni aquellas que ha- bian de mantenerse a base de cuotas de suscripcién, ya que estas instituciones tenfan acceso a otro tipo de fondos. “Ha comprado la fama y la ha pagado en efectivo’, dijo de él con agudeza Mark Twain.'* Muchos juzgaron las bibliotecas de Carnegie antidemo- craticas, considerdndolas “centros destinados a ejercer un control social sobre las clases trabajadoras... que inculcan en los lectores ideas y valores capitalistas con el fin de controlar {110} LA BIBLIOTECA DE NOCHE sus pensamientos y acciones”."® Sea como fuere, lo cierto es que cumplieron un papel que superaba el de instrumentos del engrandecimiento de Carnegie. Cuando el arquitecto que disefié su primera biblioteca pidi6 al millonario su escudo para esculpirlo sobre la entrada, éste, que carecia de tal dis- tinci6n, sugirié colocar en su lugar un sol naciente alegérico rodeado por las palabras “Haya luz”."*° Durante décadas sus bibliotecas siguieron siendo una paradoja: un monumento a su fundador y un fructifero instrumento cultural que ayud6 a despertar a miles de personas a la vida intelectual. Docenas de escritores han reconocido su deuda con las bibliotecas Carnegie. John Updike, al describir sus experien- cias de adolescente en la de Reading, Pensilvania, habla de su gratitud “por la libertad que me proporcion6 en esos afios de formaci6n, en los que, por lo general, nos convertimos 0 no en lectores para toda la vida”. Y concluye: “Alli se me abrieron las puertas de una especie de parafso”.'*! Eudora Welty sittia en la Biblioteca Carnegie de Jackson, Mississippi, los comien- zos de su carrera literaria. Como habia estipulado el funda- dor, su donaci6n estaba supeditada al compro- miso de la comunidad de garantizar el man- tenimiento y la buena gestion de la biblioteca; en Jackson, en 1918, la bibliotecaria que teniaa su cargo estas tareas era una tal sefiora Calloway, quien, como recuerda la escritora “dirigia la biblioteca por sf sola desde la mesa a la que se sentaba de espaldas alos libros y frente a las escaleras, con sus ojos A Escudo de Andrew Carnegie. ALBERTO MANGUEL {111} de dragon fijos en la puerta principal, porque, ;quién sabia qué clase de persona podia entrar alli? La palabra SILENCIO, en grandes letras negras, figuraba por todas partes escritaen letreros clavados con chinchetas”. La sefiora Calloway estable- cia sus propias normas: “No podias devolver un libro el mismo dia en que lo habias sacado; no le importaba que hubieras Jeido hasta la ultima palabra y que necesitaras empezar otro. Podias sacar dos libros y sdélo dos, y esta regla funcionaba cuando eras nifia y durante el resto de tu vida”. Pero estas normas arbitrarias no hicieron mella en la pasién lectora de Eudora Welty: lo que importaba era que alguien (entonces no sabia quién era aquel distante benefactor) habia puesto a su exclusiva disposici6n (crefa ella) un tesoro por medio del cual sus “ansias devoradoras de leer” se veian instantaneamente satisfechas, El critico H. J. Mencken objetaba con sarcasmo: “Vaya a la biblioteca Carnegie mas cercana y examine su catélogo de libros. Lo mas probable es que lo encuentre lleno de majade- rias literarias y tan desprovista de buenas lecturas como las librerias de Boston”. Pero para la mayoria de los escritores, aunque los fondos de una biblioteca no sean formidables, sélo el hecho de poder entrar en un lugar en el que, al parecer, los libros son innumerables y estan a disposicién de quien los solicite, supone una alegria. “Supe que aquello era una ben- dicién —escribié Eudora Welty al final de su vida—, lo supe en aquel momento. El gusto no es tan importante, llega con el tiempo. Y yo queria leer inmediatamente. Mi tinico temor era que los libros se acabaran’. Es posible que el mismo Carnegie creyera que los edifi- cios que él pagaba servirian como muestra de sus esfuerzos “por hacer de la tierra un lugar un poco mejor que el que yo encontré”.'*‘ Fuera cual fuese su deseo, para cientos de miles de lectores sus bibliotecas se convirtieron no en la prueba de una preocupacion egoista o desinteresada ni en testimonio de la magnanimidad de un millonario, sino en el baluarte intelectual necesario en el coraz6n de cualquier sociedad (112) LA BIBLIOTECA DE NOCHE culta, un lugar donde a todo ciudadano, con tal de que sepa leer, se le otorga ese derecho basico a “tener poder frente al Demonio’. ALBERTO MANGUEL { 113)

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