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EL Poder de La Alabanza, Marlin

Este libro discute la importancia de la gratitud continua a Dios y cómo la alabanza surge de una vida agradecida. Explica que la gratitud solo se obtiene a través del gozo por lo que Dios hace, y que esto lleva a una mayor comprensión de Dios y el fortalecimiento de la fe. También analiza cómo aceptar la voluntad de Dios, incluso en tiempos difíciles, conduce a una vida de alabanza natural. Sin embargo, el resumen también plantea algunas preocupaciones con la comprensión del autor sobre el bautismo
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EL Poder de La Alabanza, Marlin

Este libro discute la importancia de la gratitud continua a Dios y cómo la alabanza surge de una vida agradecida. Explica que la gratitud solo se obtiene a través del gozo por lo que Dios hace, y que esto lleva a una mayor comprensión de Dios y el fortalecimiento de la fe. También analiza cómo aceptar la voluntad de Dios, incluso en tiempos difíciles, conduce a una vida de alabanza natural. Sin embargo, el resumen también plantea algunas preocupaciones con la comprensión del autor sobre el bautismo
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SEMINARIO TEOLÓGICO U.E.B.

E INFORME DE LECTURA:
Alumno: Samuel Boone J. de O. 01
Asignatura: Culto Cristiano
Libro: El Poder de la Alabanza, Merlin R. Carothers.

En este libro, veremos, como idea principal del autor, con base en 1 Tesalonicenses 5:16-18, la

importancia que tiene la continua gratitud a Dios en nuestras vidas. Con relación a la alabanza, nos

explicará que es imposible alabar a Dios verdaderamente sin tener vida agradecida por todo y, claro,

reconociendo que del Señor proviene todo lo que nos sucede. Así mismo, la gratitud solo se

consigue si estamos gozosos por lo que Dios hace en nuestra vida. Esto es: el gozo lleva a la

gratitud, y la gratitud a la alabanza, y todo esto ayuda nuestra comprensión de la voluntad del Padre,

el amor de Dios y en el fortalecimiento de nuestra fe.

La alabanza es un modo de vida, en el que aceptamos con gozo y con fe (entendiendo que

nuestro entendimiento es limitado, por lo que primero debemos confiar para después comprender) la

voluntad de Dios sobre nuestros deseos, planes, perspectivas e intereses. Esto incluye aceptar lo

externo a nosotros y también a nosotros mismos (todos nuestros defectos), entendiendo que somos

criaturas creadas a imagen y semejanza de Dios.

A partir del vivir a Cristo de esta manera, el anunciar lo que amamos es natural. El problema

está en que muchas personas no proclaman a Jesús ya que no le dan el verdadero valor que tiene la

Salvación. El precio del perdón de nuestros pecados es normalizado, por el hecho de que a uno no le

ha costado sacrificio (ha sido gratuito), y esto nos lleva a no estar netamente agradecidos.

Dios es amor y el amor es acción, y solo el perfecto amor de Dios nos podía alcanzar. Este

amor es esencia, por lo cual es invariable e indivisible. Nuestra concepción natural de amor es

imperfecta, variable. Pero es gracias al amor recibido por Dios que somos capaces de comprender el

verdadero amor. Conseguimos tomar la decisión de creer, por voluntad propia y por fe, más allá de

los sentimientos, la acción salvífica de Cristo en nuestra vida, y así, recibir el mayor regalo de amor

que puede haber.

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Como hemos dicho, Dios nos creó, y a los que hemos creído en Él, nos ha dado a su

Espíritu, quien nos ayuda a cambiar. Dios nos ve de manera diferente, Él ve al hombre nuevo,

olvidándose del antiguo. Puede que aún no seamos capaces de vernos como Dios no mira, pero en

sus ojos está el perfecto y eterno amor. Y todo esto sucedió porque Él lo ha querido. La perfecta

obra dependía de alguien perfecto, por lo que dio a su Hijo, pues si la salvación dependiese de

nosotros la gloria no sería de Cristo. Satanás busca que confundamos estos conceptos, haciéndonos

creer, por un lado, que el poder que Dios nos da depende de nosotros, y por otro, que no somos

salvos o no somos maduros espiritualmente si no tenemos los dones que otros fieles tienen. Las

murmuraciones de Satanás nos llevan a confusión, pasando a sentirnos, en algunos casos, superiores

en conocimiento y santidad que los otros hermanos. Esto hace que juzguemos según nuestra

“bondad”, poniendo nuestras obras por encima del don de Dios. La mayor obra que podemos hacer

es tener fe en Jesús. La fe tiene que llevarnos a la acción, sabiendo que somos instrumentos inútiles,

en los cuales el poder de Dios se manifiesta.

No es fácil tener una vida agradecida en todo momento, pero esto suena a un acto religioso.

La gratitud no es algo por lo que me tengo que esforzar, sino tiene que proceder de lo que hemos

recibido. La comprensión y la experiencia del verdadero amor nos lleva a entender que Dios quiere

lo mejor para sus hijos. Los problemas y dificultades ya no son vistas como obstáculos sino como

oportunidades (privilegios) que Dios nos da para crecer, moldearnos a su imagen, corregir,

aumentar nuestra fe, unirnos y depender cada vez más a Él. Es a través de la vida que Dios muestra

su amor y misericordia. Él nos ayuda a empezar de nuevo: cuando le pedimos sinceramente que nos

ayude a cambiar, buscando su gloria, Él nos concederá las oportunidades. Nuestro problema es que

en muchas ocaciones somos nublamos por la desesperanza, impaciencia y la ansiedad y no

depositamos toda nuestra fe en su hacer. Otro problema es que creemos que el cambio depende de

las capacidades de uno, las cuales son limitadas, y no dejamos que Dios actúe milagrosamente en

nuestra vida.
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Para que podamos ser fieles a los propósitos de Dios en nuestra vida, necesitamos de un

ingrediente fundamental: el amor. Jesús nos ha mandado amar tanto a nuestros amigos como a

nuestros enemigos, amar como Él nos ha amado (hasta la injusta muerte). Si no hay amor, nuestro

testimonio es vacío, no coopera con lo que anunciamos. Si no hay amor, nuestras intenciones son

vanas y egoístas y nuestras acciones son motivadas por todo lo que desagrada a Dios. Nuestra vida

se llena de temor, frustración; nuestros medios pasan a ser destructivos y dañinos.

Somos llamados a ser fieles a Dios en todo lo que nos acontezca. El Señor no permite que

que pasemos por momentos complicados sin que en ellos haya un propósito para el bien del Reino

(siendo este nuestro bien). El sufrir y ser castigado por ser obedientes a su Palabra conlleva mérito

delante de Él. No debemos encontrar en el sufrimiento la alegría, sino hallarlo en la perspectiva

divina. Si decimos que tenemos fe, pero no somos capaces de regocijarnos en todo, debemos

observar en qué disponemos nuestra confianza.

Como podemos ver, Dios no es el creador del mal, ya que Dios es amor. Dios creó a los

seres humanos libres y con la capacidad de hacer el mal. El mal es consecuencia de la rebelión del

hombre, y permanece en el mundo con el permiso del Señor. Nada malo puede sucederle al creyente

sin el permiso de Dios. Este mal es la causa de la injusticia y el motivo por el que Cristo vino a la

tierra. Con la fe en Cristo somos capaces de vencer al mundo. El poder de Dios cambiará la

intención y la autoridad del mal sobre una situación a la intención original, perfecta del Señor. El

resultado final de todas las situaciones, sean alegres o dolorosos, pertenecen al Señor, por lo que la

gratitud tiene que mantenerse.

El poder de Dios en nosotros, el cual vence el mal, tiene que ser enfocado en Él, y no en la

circunstancia complicada. Jesús es la fuente de poder y es Él quien vence el mal. No debemos

luchar contra el pecado, ya que en algún momento caeremos ante la tentación, más bien tenemos

que llenarnos y crecer en Jesús. Las tinieblas son vencidas con el brillo de la luz.

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La queja contra Dios significa acusar a Dios de administrar de mala manera los detalles de la

vida. La murmuración impide la alabanza, impide la gratitud, el gozo y el poder de Dios. Puede que

las circunstancias exteriores no sean las más positivas, pero ellas no deben desestabilizar nuestra

actitud interior. Nuestro gozo debe ser inamovible y afirmado en Jesús. Para fortalecernos debemos

hacer de la gratitud un hábito.

En mi opinión, por un lado, este libro nos habla de algo maravilloso. A lo largo de sus

páginas no deja de martillar el mismo clavo, no para de recordarnos la transcendencia que tiene la

gratitud a Dios en nuestra fe y en nuestra vida. También recordamos, en primer lugar, cuán

necesario es el gozo interrumpido entre nosotros y Dios. En segundo, respecto a la oración, vemos

que debe ser sin cesar, ya que de esta forma conocemos a Dios y su voluntad. Por medio de ella y de

la Palabra nos aferramos a Cristo. La constancia en la oración nos llevará a estar siempre gozosos

en el Señor. En tercer lugar, la completa gratitud es resultado del gozo y la oración sin cesar. Hemos

sido lavados del pecado gracias al precio pagado por la compra de la justificación y del gozo que

podemos tener gracias a ella.

Por otro lado, me parece complicado comprender, como vemos en el tercer capítulo, la

comprensión del escritor sobre el bautismo del Espíritu Santo y el don lenguas. El bautismo del

Espíritu Santo sucede en la verdadera y sincera conversión, en el creer en Jesús como Señor y

Salvador, en el arrepentimiento de los pecados. El Espíritu de Dios viene a habitar en nosotros y

somos participes del cuerpo de Cristo. El Espíritu nos regenera y os transforma. En el caso de los

cuatro casos en Hechos de los Apóstoles (Pentecostés, Cornelio, Samaritanos y los discípulos de

Juan Bautista), en los que el Espíritu desciende después de la profesión de fe, no significa que el

Espíritu Santo descienda en un segundo momento, sino que en aquellas situaciones, en las que la

iglesia estaba saliendo de Israel para el mundo (distintas etnias), fue necesario una experiencia

única y posterior para comprobar que los distintos grupos gentiles estaban siendo incluidos en el

cuerpo de Cristo. Por esto no es necesario que hoy sea necesaria, en un segundo momento, una
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confirmación. Así mismo, el don de hablar en lenguas espirituales no es don que se nos da a todos, a

cada uno Dios dio distintos dones, y les dio distintas funciones dentro del cuerpo. EL don de

lenguas no confirma el bautismo en el Espíritu Santo. La posición del escritor nos lleva a

comprender que el don de lenguas es un más que una dádiva de Dios, sino un derecho de todo

creyente, ya que “si uno quiere, podrá hablar en lenguas”.

Un detalle que también me ha llamado la atención negativamente es la la reiterada

importancia que le da a su libro “El Poder de la Alabanza” en la transformación de personas,

pareciendo, incluso, que le quita protagonismo al poder de la Palabra y del Espíritu Santo.

En todos lo ejemplos que vemos sobre la transformación de las personas, observamos que

parece ser algo inmediato y fácil ser agradecidos a Dios por todo lo complicado. Quizás el escritor

podría, en uno u otro testimonio, ser más cálido, esto es, mostrar que a veces costará agradecer a

Dios por lo que nos hace sufrir. Cada persona es diferente y le afecta de manera distinta las

circunstancias de la vida. Parece que no existe un acompañamiento pastoral, sino que todo cambia

en un momento. Noto una desvalorización o despreocupación respecto al dolor ajeno.

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