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Beato Luis Variara

Don Luis Variara escogió dedicar su vida a servir a los leprosos en Agua de Dios, Colombia. Introdujo la música y formó una banda con los niños leprosos para alegrarlos. Más tarde se ordenó sacerdote y fundó un instituto religioso para las hijas de María leprosas llamado Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús. Pasó el resto de su vida atendiendo a los enfermos de lepra en Agua de Dios con compasión y alegría.

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Beato Luis Variara

Don Luis Variara escogió dedicar su vida a servir a los leprosos en Agua de Dios, Colombia. Introdujo la música y formó una banda con los niños leprosos para alegrarlos. Más tarde se ordenó sacerdote y fundó un instituto religioso para las hijas de María leprosas llamado Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús. Pasó el resto de su vida atendiendo a los enfermos de lepra en Agua de Dios con compasión y alegría.

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DON LUIS VARIARA

Escogió vivir entre los leprosos,


a los que llevó la alegría
15 de enero de 1875 - 1 de febrero de 1923

Una noche de niebla invernal en el Oratorio de Valdocco, en Turín.


Ochocientos muchachos gritan, se persiguen jugando frenéticamente y
armando una alegre barahúnda. Uno de aquellos muchachos, Luis Variara,
escribió: "De repente, de una y otra parte se oyó gritar: ¡Don Bosco! ¡Don
Bosco! Instintivamente todos nos lanzamos hacia él. Lo rodeamos como un
enjambre de abejas. Don Bosco se mostraba exhausto de fuerzas. (Era el 20 de
diciembre de 1887, le quedaban cuarenta días de vida.) En ese momento yo
pude ponerme en posición tal de verlo a mi gusto. Me acerqué lo más que
pude y vi que levantando su cariñosa mirada la fijó por largo tiempo sobre mí.
Aquel día fue uno de los más felices de mi vida. Estaba cierto de haber
conocido a un santo, y que también Don Bosco había descubierto en mi alma
algo que solo Dios y él podían saber".

Aquel muchachito, Luis Variara, había ido al Oratorio de mala gana. Su


padre, maestro elemental y admirador de Don Bosco, le había comentado que
en el Oratorio muchos muchachos habían podido realizar su vocación y llegar
a ser sacerdotes.

Él había reaccionado con bruscas palabras: "¡Papá, yo no tengo


vocación!". Papá había sonreído. "Mientras tanto, ve allá, estudia y pórtate
bien. Si no tienes vocación, María Auxiliadora te la dará".

Desde su pueblo, Viarigi (Asti), metido en el verde Monferrato, Luis


Variara habla desembarcado entre la turba desenfrenada de Valdocco. Al
principio pasó días tristes y amargos. Lo que lo conquistó fue la mística. Un
compañero suyo de clase, Emiio Rossetti, recuerda: "Tenía una hermosa voz
de contralto. El maestro Dogliani lo preparó y le hizo entrar en el grupo de los
cantores".

Cinco cartas y un billetito

El 1891 fue el año decisivo de su vida. Recogido en oración,


concentrado en serias reflexiones, comprendió que ser salesiano no quería
decir elegir un oficio, sino dedicar toda su vida a Dios y a las personas que
Dios le confiaría.

Durante aquel año llegaron cartas de muchos misioneros. Llegaron


también cinco cartas de don Unia, misionero entre los leprosos de Agua de
Dios, Colombia. Narraban con sencillez el heroísmo de cada día para dar un
poco de alegría y esperanza cristiana a los muchachos y a los adultos
aquejados por aquella terrible enfermedad.

2 de octubre de 1892. A los diecisiete años, Luis Variara, arrodillado


ante el beato don Rúa, hace votos perpetuos de castidad, pobreza y obediencia.
Y pide que le manden a las misiones. Inicia los estudios que le van a conducir
al sacerdocio en Turín-Valsálice, en el seminario salesiano para las misiones
extranjeras. Aquí, en el mes de mayo de 1894, llegó enfermo y cansado el
misionero don Unia. Sintiéndose próximo a su fin, había ido a Italia a buscar
jóvenes salesianos que tomasen su relevo entre los leprosos.

Esto es lo que escribe Luis Variara: "Escribí en un billetito mi deseo de


partir hacia Colombia y pedí esta gracia a la Virgen. Coloqué el papelito en el
corazón de la Virgen, entre la Virgen y el Niño, y esperé con toda fe y
esperanza: mi petición fue escuchada. Al inicio de la novena don Unia fue a
Valsálice para escoger en nombre de don Rúa entre tantos clérigos a su
misionero. ¡Qué sorpresa la mía cuando, entre los 188 clérigos que tenían la
misma aspiración, deteniéndose delante de mí, me dijo: “¡Este es el mío!”.
Después, llamándome aparte me preguntó si quería ir a Colombia al lazareto
de Agua de Dios, y yo dije sí, con una alegría que parecía un sueño. Siempre
he atribuido esta gracia a María Auxiliadora".

Un rápido adiós a su pueblo, a su familia, luego 40 dias de viaje a través


del Océano Atlántico, luego en un barquito 1.000 kilómetros sobre el río
Magdalena, luego cuatro días a caballo hasta Agua de Dios. "¡Hemos llegado!
—escribe don Variara—. Nuestra llegada fue casi de improviso, pero cuánta
fiesta nos hicieron los queridos leprosos: parecían casi curados a la sola vista
de don Unia, a quien verdaderamente quieren mucho." Es el 6 de agosto de
1894.

La música entre los leprosos

Agua de Dios es el pueblo en el que viven en aquel momento 620


enfermos de lepra y otros tantos familiares sanos de los enfermos. El clima es
seco y caluroso, sobre los 35 grados. Cuando llega don Luis, trabajan entre los
enfermos tres salesianos: don Unia, el iniciador, don Rafael Crippa, que será
el amigo y el confidente de don Luis y el salesiano coadjutor Juan Lusso.
Están también desde hace dos años las Hermanas de la Presentación, que
prestan sus servicios en el hospital en el que se recogen los casos más graves,
se dedican a las niñas enfermas y sanas, y han dado inicio a un floreciente
grupo de Hijas de Maria.

La lepra es en este tiempo una palabra que causa pavor. El que se


contagia queda marcado para siempre, aislado de todos. Don Luis observa que
casi todos los leprosos son conducidos al pueblo-lazareto por la policía contra
su voluntad. Se les descarga allí como en un presidio. Tampoco al que se cura,
ni a los hijos sanos de los leprosos se les acepta en sociedad casi nunca. El
peligro mayor es la desesperación. Antes de la llegada de don Unia, la
borrachera era una situación normal y los suicidios eran muy frecuentes.

Ahora, en cambio, el pueblo es un lugar civilizado, con tiendas,


actividades artesanales, iglesia, escuela, dispensario medico, centro social
gestionado por los mismos leprosos. Don Unia ha llamado a don Luis para que
introduzca los cantos y la música, para dar vida y alegría a Agua de Dios.

8 de septiembre de 1894. El primer grupito de muchachos leprosos


canta con don Luis: Eres pura, eres pía, eres hermosa, Virgen Maria.

8 de septiembre de 1897. La banda de música de los muchachos


leprosos da su primer concierto ante las autoridades y ante toda la gente. Es un
éxito enorme.
Entre estas dos fechas se dio la larga paciencia y el verdadero heroísmo
de don Luis. Obtenidos los instrumentos de un batallón militar, superó toda su
repugnancia a embocar los instrumentos usados por sus muchachos, para
enseñarles el modo de tocar. Desde ese momento la banda alegra los días
festivos, llevando alegría y esperanza. "La banda hace amenas las largas horas
de nuestra aburrida existencia, endulza el veneno que nos toca tragar".

Sacerdote a los veintitrés años

Pero entre aquellas dos fechas, don Luis ha hecho también otros
milagros. Don Unia murió casi de improviso el 9 de diciembre de 1895. Dos
meses antes había escrito para don Luis estas líneas: "Alguien recibirá mi
corona. ¡Ánimo, Luis: quizás está preparada para ti! No te olvidaré nunca en
mis oraciones". Y don Crippa escribe a don Rúa, a Turín: "Variara está
organizando la Compañía de san Luis, da clase de religión en las escuelas
públicas, estudia, canta, trabaja, toca música... y tiene buena salud". Las
palabras más hermosas se las escribe una anciana leprosa: "Dios le conserve
siempre puro, amable y bueno: usted es un modelo de virtudes, una criatura
angélica, un ser no común, que es objeto de admiración y de respeto de la
humanidad".

24 de abril de 1898. Don Variara es ordenado sacerdote por el arzobispo


de Bogota. Tiene veintitrés años. Vuelve rápidamente desde Bogotá a Agua de
Dios. Quiere ocupar de nuevo su puesto, sin ser notado. Pero cuando está ante
el vado del río Bogotá, a 15 kilómetros de Agua de Dios, estalla un morterete
y de la otra ribera del río se alza una inmensa aclamación: son sus leprosos
que han ido para recibirlo, y por todo el camino lo acompañan con gritos
alegres, abrazos, vivas, y al llegar al pueblo con la música de "su" banda. El
recibimiento concluye en la iglesia, con cantos de acción de gracias al Señor.
Celebra su primera misa el primero de mayo con una fiesta indescriptible.
Escribió un leproso: "Aquel día ninguno de nosotros se acordó de que nos
encontrábamos en la ciudad del dolor".

La misión de don Luis se reanudó: en el oratorio con los muchachos, en


la escuela, entre los cantores y los músicos de la banda. Pero ahora tenía dos
nuevos lugares de trabajo: el altar y el confesionario. "Pasa cada día cuatro o
cinco horas en el confesionario —escribe don Crippa—, está muy
enflaquecido, temo que no resista".
En el confesionario nace una congregación

En el confesionario, adonde lleva la palabra de Dios y el perdón de


Dios, se pone en contacto con las miserias y las grandezas más escondidas.
Entre las jóvenes Hijas de María descubre numerosas almas capaces de un
recio compromiso espiritual, hasta querer ofrecer su vida enteramente al
Señor. Son leprosas o hijas de leprosos, y son ángeles.

Don Variara conoció en Valsálice a don Andrés Beltrami, un sacerdote


salesiano, afectado por la tisis, que se había ofrecido como víctima a Dios por
la conversión de todos los pecadores del mundo. En el confesionario, don
Variara comienza a proponer a alguna joven el mismo camino: "Hacer de la
propia enfermedad un apostolado, poner la propia vida a disposición de Dios".
"La primera entre todas las Hijas de María en emitir el voto de consagración
victimal al Sagrado Corazón de Jesús —escribe don Ángel Bianco— fue la
señorita Oliva Sánchez, de treinta años, leprosa. Fue una preciosa
colaboradora de don Variara... Pocos días después la siguió en su
consagración Limbania Rojas, enferma ella también... Desde 1901 a 1904
fueron ya veintitrés las Hijas de María que llegan a hacer el voto de
consagración victimal."

Sin ningún ruido nacía el Instituto de las Hermanas del Sagrado


Corazón de Jesús, Como leprosas o hijas de leprosos no hubieran sido
aceptadas por ninguna congregación.

La mano acariciadora de Dios

Ellas comunicaron su iniciativa y su Reglamento al arzobispo de


Bogota, quien lo aprobó y les animó a ser santas religiosas. Escribieron
también a don Rúa: "Somos unas pobres jóvenes afectadas por el terrible mal
de la lepra —escribían—, violentamente arrancadas y separadas de nuestros
padres, privadas en un solo instante de nuestras más vivas esperanzas y de
nuestros deseos más ardientes... Hemos sentido la mano acariciadora de Dios
en los santos estímulos y en las piadosas industrias de don Luis Variara frente
a nuestros agudos dolores de cuerpo y de alma. Persuadidas de que es
voluntad del Sagrado Corazón de Jesús y descubriendo que es fácil el modo de
Ilevarla a cabo, hemos comenzado a ofrecernos como víctimas de expiación,
siguiendo el ejemplo dc don Andrés Beltrami, salesiano. Ahora hemos
decidido dar otro paso adelante: queremos, estando ligadas por los votos,
formar la pequeña familia de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús,
sirviendo a Dios y dedicándonos al servicio de nuestros hermanos,
particularmente a los niños párvulos...".

Don Rúa respondió: "La institución es hermosa, y tiene que


conservarse".

Un sacerdote crucificado

Fueron las últimas palabras consoladoras que don Variara escuchó.


Desde ese momento, sobre él y sobre su naciente congregación, se
desencadenó el vendaval. Fue obstaculizado, calumniado, impedido. Fue
alejado de Agua de Dios. Llegaron a atormentarlo prohibiéndole escribir a sus
religiosas y a alejarlo de Colombia. Su calvario fue largo, soportado con
paciencia, en silencio, ofrecido a Dios por el crecimiento de sus hijas
espirituales. Y ellas vivieron y prosperaron. Su superiora, madre Lozano,
escribió: "Humanamente hablando no teníamos ninguna defensa, pero, el
Señor extendió su mano sobre nosotras, y su misericordia nos salvó!"..

Da mucha lástima recorrer los últimos diez años de la vida de don


Variara. Se palpa con la mano cómo el maligno puede servirse también de las
personas consagradas a Dios, de sus mejores intenciones, para atormentar a un
gran siervo de Dios. Pero consuela el leer las últimas palabras que pudo
escribir a sus hijas espirituales: "Santifiquemos los instantes de vida que aún
nos quedan, porque la cosecha durará eternamente. ¡Ah, cuánto gozo
pensando en el cielo! Allí nos encontraremos fuertes y seremos eternamente
felices. Por ahora vivamos unidos en el espíritu: obedientes, humildes, puros,
mortificados, pero sólo por amor... No os dejo huérfanas, porque mis
oraciones por vosotras son incesantes, con el deseo de veros a todas santas".

Murió el primero de febrero de 1923, cuando sólo contaba cuarenta y


ocho años, lejos de todos, y también (así pareció) olvidado de todos. Pero en
el año 1964 el Papa Pablo VI reconoció su congregación, floreciente con
centenares de religiosas, entre las de derecho pontificio. Y en abril del año
1993 las virtudes de don Luis Variara fueron reconocidas por la Iglesia como
"heroicas", y el Papa lo proclamó venerable.

Bibliografía
ANGELO BIANCO, Luis Variara, sacerdote salesiano. Bogota.
RODOLFO FIERRO TORRES, El Siervo de Dios Luis Variara. SEI, Madrid.

Tomado del libro: "Familia Salesiana, Familia de Santos".


Escrito por Teresio Bosco S.D.B.
Editorial CCS. España

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