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Trabajo Práctico Integrador 5TO INTENSIFICACIÓN

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PERÍODO DE INTENSIFICACIÓN 2022

TRABAJO PRÁCTICO INTEGRADOR DE LITERATURA 5° AÑO.

Las cosmovisiones

Actividad N°1:

Leer los apartados “Cosmovisiones o cómo se comprende el mundo”, “La cosmovisión


realista” y “Las cosmovisiones no realistas”.
A. Explicar brevemente el concepto de cosmovisión.
B. A partir de lo leído, armar una red conceptual.
C. Considerando que la ciencia ficción es un género que tiene un anclaje en lo “real” y una
inclusión de elementos de mundos no existentes, ¿en qué cosmovisión podría ser incluido
este género? ¿Por qué?

La cosmovisión realista

Actividad N°2:

Leer las siguientes situaciones iniciales:

Cuando Julián nos visitaba, todo parecía más feliz en nuestra casa. Sobre todo cuando se ponía a
cantar. No tenía guitarra ni nada para acompañarse, pero su sola voz bastaba para sentirnos
abrigados.

Cuando era pequeño, Mauricio se enamoró de Lola, una vecina del edificio con la que se cruzaba
en el ascensor y a veces compartía juegos en la terraza

Su nombre era Elisa, pero le decían Lisi. Estaba siempre sentada en la ventana, mirando hacia la
calle.
Tenía muñecas, libros, juegos de ingenio, pero nunca jugaba con ellos… Yo vivía en la planta
baja.

Elegir UNA de las situaciones y escribir un cuento realista teniendo en cuenta las características
leídas en el texto “La cosmovisión realista”.

Pautas de escritura El cuento debe:


- tener una extensión mínima de 15 renglones,
- respetar la estructura narrativa (presentar una situación inicial, un conflicto y una
resolución), - respetar el narrador que aparece en la situación inicial.
Actividad N°3:
Leer el texto “La picaresca, antesala del realismo” y resolver:
1) ¿Por qué es posible ubicar al género de la picaresca dentro de la cosmovisión realista?
2) ¿Cuáles son las características principales de la picaresca?
3) Leer el primer tratado de “El Lazarillo de Tormes” y ejemplificar las características del
punto anterior con citas textuales.
4) ¿En qué momento se produce el primer aprendizaje de Lázaro por parte del ciego.
Narralo brevemente.

La cosmovisión fantástica

Actividad N°4:

Leer la crítica de Todorov al planteo teórico de Lovecraft. Responder: ¿Qué propone Lovecraft
como elemento para definir el género fantástico? ¿Por qué Todorov lo critica? ¿Cuál es la
alternativa en el planteo teórico de este último autor? ¿Qué elemento central postula su
teoría?

Actividad N°5:

Leer los cuentos “Casa tomada” y “Axolotl” de Julio Cortázar.

“Casa tomada”

A. Indicar si son verdaderas o falsas las siguientes afirmaciones. En el caso de que sean
falsas, justificar con una cita textual.

o El narrador e Irene son un matrimonio. o Los protagonistas viven de rentas. o


El narrador leía literatura inglesa.

o La casa tenía un departamento adosado en la parte de atrás. o Irene tejía ropa


para vender en una mercería.

o Cuando los hermanos abandonan la casa, el hermano tira la llave.

B. Subrayar, de la siguiente lista, las palabras o frases que sean las mejores para describir
a ese narrador.

El narrador de “Casa tomada” narra:

o siguiendo un orden cronológico claro; o de manera fragmentada; o con poca


memoria; o de manera detallista; o omitiendo datos; o mostrando sus sentimientos.
C. ¿Qué grado de credibilidad tiene su versión de los hechos? Justificar.

“Axolotl”

D. ¿Qué obsesiona al narrador? ¿Por qué? ¿Cuál es la reacción de los otros frente a esta
obsesión?

E. ¿El vidrio del acuario funciona como límite entre dos realidades? ¿Por qué?

F. Transcribir frases del texto en las que el narrador da cuenta de los rasgos humanos de
los axolotls.

G. Elegir la situación que sea más adecuada para explicar el final. Justificar la elección:

o El hombre se transforma en axolotl. o La conciencia del hombre migra al animal.

H. Explicar detalladamente qué dualidad se altera en este cuento.

I. Comparar los dos cuentos leídos respondiendo las siguientes preguntas:

• El marco temporal: ¿Los hechos suceden en una época precisa? ¿Cuál?

• El marco espacial: ¿Los hechos ocurren en un espacio abierto o cerrado,


particular o público, localizable y real o inventado?

• Los personajes: ¿Cómo son? ¿A qué se dedican, cuáles son sus pasatiempos?

• Los narradores: ¿Qué rol cumplen en la historia? ¿Por qué o para qué la
narran?

Los universos alternativos. La ciencia ficción

Actividad N°6:
Leer el cuento “Preguntas” del escritor Esteban Valentino y realizar las siguientes consignas:

A. Completar cómo son, en el futuro que muestra el relato leído, los siguientes aspectos
de la realidad:

 La situación demográfica:
_____________________________________________

 El sistema de control demográfico:


_________________________________________________________

 Las relaciones humanas:


__________________________________________________________

 La división en grupos sociales:


__________________________________________________________

B. ¿Qué entiende Código Postal por felicidad?

C. ¿Por qué es posible considerar que en el relato se muestra, como contraste, la


infelicidad de su mujer y de sus hijos?

D. Leer la teoría referida a la ciencia ficción. Luego, completar el siguiente cuadro según
las características que presenta el cuento leído:

Temática

Conflicto

Lenguaje

Personajes

E. El cuento leído, ¿es utópico o distópico? Justificar.

Actividad N°7:

Leer el artículo de Asimov “Mi punto de vista” y responder:

A. Según Asimov, ¿a partir de qué momento histórico se puede hablar de “ciencia ficción”
y por qué?
B. Releer el siguiente fragmento:

(…) nuestros estadistas, nuestros hombres de negocios, nuestro hombre común, tienen que
adoptar una manera de pensar propia de la ciencia ficción, les guste o no, y más aún, lo sepan
o no. Solo así pueden ser resueltos los problemas morales de la actualidad.”

¿Cuál es, en palabras de Asimov, “la manera de pensar propia de la ciencia ficción”? Expresar
esa idea con palabras propias.

C. A menudo, se denigra a la ciencia ficción y se la considera como una forma menor,


vulgar y carente de valor frente a “la gran literatura”. ¿Qué defensa hace Asimov del género
en el último párrafo?

Actividad N°8

Leer el cuento “La sonrisa” y realizar una reseña crítica.

Pautas de escritura La reseña debe:

- tener una extensión mínima de una carilla,

- respetar la estructura de este tipo de textos (introducción, resumen expositivo de la


obra, comentario crítico y conclusión).
TEXTOS PARA RESOLVER EL TRABAJO.
Cosmovisiones o cómo se comprende el mundo
Se puede mirar el mundo de muchas formas. De hecho, los individuos, las comunidades y las culturas
tienen sus propias maneras de mirar, que se construyen sobre la base de las creencias, las ideas, los
conocimientos, el momento histórico, las formas de gobierno o las estructuras sociales por las que
son atravesados. Al conjunto de estos elementos que conforman la imagen general del mundo,
mediante los cuales se analizan y describen los diversos aspectos de la vida, se la denomina
cosmovisión.
Inscribir una lectura dentro de la perspectiva de una cierta cosmovisión posibilita una interacción
entre esta y la propia cosmovisión del lector, lo que enriquece y transforma su mirada.
Existen diversas cosmovisiones en las cuales se pueden agrupar los textos literarios (épica, trágica,
realista, fantástica, maravillosa) que dan cuenta de su complejidad como discurso plural, posible de
ser interpretado de acuerdo con diferentes criterios.

La cosmovisión realista
La cosmovisión realista permite agrupar todos aquellos textos cuyas reglas de funcionamiento del
universo ficcional se corresponden con las leyes que gobiernan lo que el lector asume como
“realidad”. En estos textos, se plantean hechos que suceden de acuerdo con los criterios de
posibilidad que se aplican a la propia vida. Así, aquí hay textos trágicos como comedias, relatos de
temática histórica o de introspección psicológica. La filóloga
Irene Klein (1956) señala: “El lenguaje no reproduce la realidad: construye el mundo y lo evalúa
como nueva producción de lo real”. Entonces, aunque parezca contradictorio, realista no significa
“copiar” la realidad, sino establecer relaciones de compatibilidad y coherencia con aquello que se
toma como real. Estas relaciones constituyen lo que se denomina verosímil realista.
Sin embargo, en este marco general, es preciso distinguir algunas corrientes estéticas, como el
realismo del siglo XIX, que intenta reproducir con exactitud casi fotográfica el contexto histórico y
social de una época. La cosmovisión desde la que se realizan estas propuestas se puede denominar
realista- mimética, ya que entiende el texto literario como una copia fiel de lo real.

Las cosmovisiones no realistas


Los textos que construyen mundos con leyes y hechos que no se explican de acuerdo con las reglas
de la realidad como la conocemos se inscriben dentro de las cosmovisiones no realistas. Proponen
argumentos, personajes, situaciones o escenarios cuyos lazos con la realidad se desdibujan, y para
los cuales ya no aplican las reglas de la vida cotidiana. Se caracterizan por la presencia de elementos
extraordinarios o sobrenaturales, incompatibles con los parámetros que constituyen la idea de lo
“creíble”, como poderes mágicos, fantasmas, seres fabulosos o metamorfosis. Es posible distinguir
variantes, según la naturaleza “extraordinaria” de los hechos narrados.
• Cosmovisión maravillosa: Los relatos se originan a partir de historias con sustento en la
cultura popular y en la tradición. Algunos textos surgieron de forma oral y colectiva, y luego
fueron puestos por escrito. Convencionalmente, los relatos ocurren en un tiempo “sin
tiempo”, remoto e incluso, anacrónico. Se fusiona lo inaudito con lo ficcional, de modo que los
personajes asumen la presencia de lo fabuloso y conviven con ello. Por ejemplo, en
“Caperucita roja” no resulta extraño que un lobo hable.
• Cosmovisión fantástica: Tiene lugar en escenarios urbanos, y los parámetros con que se
construyen los relatos están asociados a la realidad cotidiana. Sin embargo, queda abierta la
posibilidad de introducir elementos perturbadores que generan un conflicto de credibilidad
en los personajes testigos de los hechos. Así, lo fantástico está íntimamente relacionado con
la percepción de los personajes, tal como sostiene el escritor Julio Cortázar (1914-1984): “para
gente dotada de sensibilidad para lo fantástico, ese sentimiento, ese extrañamiento, está ahí,
a cada paso”.
• Cosmovisión realista- mágica: La convivencia entre la “realidad” y lo extraordinario fluye, y
es aceptada por los personajes con naturalidad. El sustento de esta creencia está dado por
diversos puntos de vista, fundamentalmente, religiosos o espirituales. Se acepta de modo
natural el hecho sobrenatural, ya sea contemplado solo por un grupo de personajes o por toda
la comunidad del mundo ficcional. Un ejemplo de esto es el “fantasma” que persigue a su
enemigo en la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
• Por su parte, la ciencia ficción propone universos alternativos. Estos se sostienen en
conocimientos científicos-tecnológicos que pueden ser coherentes con desarrollos conocidos
(como las naves espaciales), pero que, además, avanzan sobre tecnologías imposibles en el
momento de producción de los textos. Por lo general, estas propuestas científico-tecnológicas
solo se sostienen discursivamente. Por ejemplo, nunca se explica cómo actúa la nevada mortal
producida por los extraterrestres en El Eternauta, la historieta escrita por Héctor G.
Oesterheld.
Estos universos alternativos que propone la ciencia ficción generan debate entre los
especialistas. Algunos la consideran estrictamente no realista por el hecho de proponer
mundos que no se comprenden enteramente a través de las reglas de lo real-cotidiano. Otros,
sin embargo, entienden que la búsqueda de fundamentos científicos-tecnológicos para sus
argumentos la acerca a los parámetros realistas, a pesar de su intención anticipatoria.
Cómo definir lo fantástico
Mucho se ha escrito acerca de la condición de lo fantástico, y de las experiencias y
sensaciones que ha suscitado y suscita en el hombre. Sin embargo, quizá a causa del
carácter indeterminado, casi inasible de sus componentes, la mayoría de esas
reflexiones resultaron poco rigurosas, y en algunos casos, inconsistentes.

Una introducción a la literatura fantástica


El búlgaro Tzvetan Todorov -uno de los intelectuales más activos y reconocidos del
siglo XX- desarrolló uno de los primeros estudios sistemáticos sobre los mecanismos
del género, acaso el más significativo hasta el momento. En su Introducción a la
literatura fantástica (1970), señaló los puntos débiles de muchas de las teorizaciones
precedentes y exploró los elementos que determinan que un relato pueda ser
considerado fantástico.

Primeras aproximaciones.
En Introducción a la literatura fantástica, Todorov señala tres errores básicos en las
definiciones y los estudios sobre los textos fantásticos:

1) El género fantástico no puede definirse simplemente por la presencia de


hechos o seres sobrenaturales, porque sería demasiado amplio: “Es imposible
concebir un género capaz de agrupar todas las obras en las cuales interviene lo
sobrenatural y que, por este motivo, tendría que comprender tanto a Homero
como a Shakespeare, a Cervantes como a Goethe” señala el intelectual búlgaro
en su libro.

2) Lo que define el fantástico no es el sentimiento que experimenta el lector.


Todorov critica la postura de H. P. Lovecraft, autor estadounidense de
numerosos relatos fantásticos, quien desarrolló sus ideas en torno a este tipo
de relatos en su libro El horror sobrenatural en la literatura. Lovecraft sostiene
que el relato debería generar miedo en el lector para ser considerado fantástico.
Todorov invalida también esta tesis, ya que, de acuerdo con ella, “el género de
una obra depende de la sangre fría de su lector”. Si nos basáramos en esta idea,
un mismo relato podría ser fantástico para algunas personas y no para otras. “El
temor -aclara Todorov- se relaciona a menudo con lo fantástico, pero no es una
de sus condiciones necesarias”.

3) Todorov objeta finalmente ciertas posturas que definieron lo fantástico,


“como opuesto a la reproducción fiel de la realidad, al naturalismo”. Según esta
idea, podría calificarse de fantástica una enorme cantidad de textos que no
participan de esa condición como los cuentos de hadas estilo Blancanieves o
Cenicienta, en los que aparecen elementos irreales.

Justamente, en su libro, Todorov propondrá un nuevo modo de pensar la literatura


fantástica, apartándose de la clásica oposición entre lo real y lo fantástico, y
estableciendo relaciones entre este género y otros cercanos.

Lo extraño, lo maravilloso y lo fantástico


En Introducción a la literatura fantástica, Todorov sostiene: “Un género se define
siempre con relación a los géneros que le son próximos”. Distingue, así, lo fantástico
de lo extraño y lo maravilloso. En los tres casos se presentan elementos
sobrenaturales.
Sin embargo, en los relatos extraños, los hechos narrados encuentran, hacia el final,
una explicación racional que niega la condición sobrenatural de lo acontecido. Aquello
que, en un principio, parecía escapar a las leyes de la razón se revela finalmente como
un error de percepción por parte de los personajes o el narrador. Por ejemplo, esto
sucede en algunos cuentos de Edgar Allan Poe.
En los textos maravillosos, por el contrario, en ningún momento se intenta dar una
explicación de los hechos que se apartan de la realidad, porque todo responde a una
lógica distinta. Los cuentos de hadas, por ejemplo, responden a estas características.
Lo fantástico se ubicaría, precisamente, en un espacio intermedio. Incluso Todorov
indica que lo “fantástico
puro” es muchas veces difícil de encontrar o, con más exactitud, es “un género siempre
evanescente”.

La condición de lo fantástico según Todorov


La experiencia de lo fantástico nunca tiene lugar desde el comienzo del texto. El mundo
que se muestra en un principio es el mismo que aquel en el que se mueve el lector:
responde a las leyes de la razón, y los personajes y acontecimientos que allí se
desarrollan no presentan características fuera de lo común. En un momento, sin
embargo, se produce un hecho que no puede explicarse por las leyes de ese mundo
familiar. Esa irrupción de lo fantástico en un universo que, hasta un instante antes,
era perfectamente reconocible produce en quien lo percibe, una sensación de
incertidumbre. Esa sensación surge de no saber qué explicación dar a lo que acaba de
suceder: si considerarlo una ilusión de los sentidos o aceptar que el hecho en verdad
ocurrió, y, por lo tanto, las leyes que rigen la realidad son diferentes de las que se
pensaban y resultan desconocidas.
Para Todorov, la sensación de incertidumbre o vacilación es lo que define el género
fantástico. Es más, lo fantástico “ocupa el tiempo de esa incertidumbre. En cuanto se
elige una de las dos respuestas, se deja el terreno de lo fantástico para entrar en un
género vecino: lo extraño o lo maravilloso”.

El lector vacilante
Ahora bien, ¿quién experimenta esa vacilación? En la mayor parte de los textos, el
personaje que se enfrenta al hecho sobrenatural evidencia signos de duda ante lo que
ve y debe optar entre las dos explicaciones (considerarlo producto de su imaginación o
parte de una realidad regida por leyes nuevas). Pero el lector también debe identificarse
con ese sentimiento. Porque el fantástico implica una “manera de leer”: se demanda
determinada actitud del lector, que tiene que entrar en el juego e integrarse en el
mundo de los personajes. Un lector que no cumpla con este pacto de lectura corta de
inmediato con la condición de lo fantástico. La teoría de Todorov recibió algunas
críticas. Una de ellas plantea que la definición propuesta restringe enormemente la
cantidad de textos que pertenecen al género fantástico.

Los mecanismos de lo fantástico en Cortázar


Los cuentos fantásticos de Julio Cortázar cuestionan las categorías con las que
comprendemos la realidad, tales como el tiempo, el espacio y la causalidad lógica. Por
esta razón, puede afirmarse que presentan una visión extrañada del mundo. En los
estudios literarios, se llama “extrañamiento” al fenómeno de volver extraños los objetos
y la cotidianeidad, cuya percepción tenemos automatizada. Lo fantástico, entonces, se
convierte, más que en la aparición de una nueva realidad, en el replanteo de los hechos
y acciones cotidianas desde una nueva perspectiva que permite no huir de lo real, sino
percibirlo (y comprenderlo) de otra manera.
Para conseguir este efecto, Cortázar recurre muchas veces a alterar algunas de las
conocidas dualidades con las que nos manejamos, por ejemplo, cuestionando los
límites entre:

Pasado/
Presente Acá/ Allá Yo/ Otro Sueño/ Vigilia Realidad/ Ficción

Se ha dicho que Cortázar elaboró una “literatura de pasajes”: los personajes de sus
relatos van de un mundo a otro o de un tiempo a otro distinto y sus textos tematizan las
consecuencias de ese pasaje entre espacios que la percepción habitual mantiene
separados.
Otro recurso empleado por el autor es la elipsis, que consiste en omitir ciertos datos,
los cual conduce a infinidad de interpretaciones del relato. “Casa tomada” es el mejor
modelo, ya que el narrador nunca nombra aquello que “toma” la casa, y esto permite
diferentes lecturas.

Casa tomada- Julio Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas
sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de
nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa
casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana,
levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones
por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no
quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar
pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia.
A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos
pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a
comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro,
simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía
asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y
esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el
terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de
que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se
pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo
creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no
hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno,
medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo
destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el
montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados
iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores
y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por
las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939
no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo
importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro,
pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día
encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes,
lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle
a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses
llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el
tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos
como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde
se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos,
la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia
Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del
ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual
comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica,
y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel
y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo
que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de
roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda
justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina
y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no,
daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse;
Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la
puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los
muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a
otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en
los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo
sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita
de nuevo en los muebles y los pianos. Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple
y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la
noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta
enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina
cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo,
como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación.
También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía
desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado
tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro
lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le
dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados. - ¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor.
Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte
tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo,
estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años.
Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de
las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose
tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos
cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo.
Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría
platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener
que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la
mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco
perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección
de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada
uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A
veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que
viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco
empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar. (Cuando Irene soñaba en alta voz
yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo,
voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en
grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el
living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos
respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y
frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el
roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La
puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban
tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones
de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos
irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a
los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos
despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene
empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de
acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la
puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño
porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera
de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos,
notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o
en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la
puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos,
a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no
se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban
hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro
lado, soltó el tejido sin mirarlo.
- ¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi
dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi
brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de
alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No
fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y
con la casa tomada.

Axolotl- Julio Cortázar


Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del
Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros
movimientos. Ahora soy un axolotl. El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera
en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar
de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los
leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y
oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los
leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces
vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí
incapaz de otra cosa.
En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son
formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género
amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros
rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en
África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en
el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención
de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de
hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des
Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los
acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea
los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer
momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante
seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana
ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el
mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo
del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal,
mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí
como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el
fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras
para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas
chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros,
terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de
nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola,
pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos
dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos
orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida
pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo
y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los
inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con
lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por
el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se
adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra
sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían
tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era
lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y
volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos
posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario
es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro
de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos
quietos.
Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl.
Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con
una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo
de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple
ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el
que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los
restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos
semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida
diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía
inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo
infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el
cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían
ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable
que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe
el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono
revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La
absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi
reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas…
Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la
cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía.
Eso reclamaba. No eran animales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una
metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes,
esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión
desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo
terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía
musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían
mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En
ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por
penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal
había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de
algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza
tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y
también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una
crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del
guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los
ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se
daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un
canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me
influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la
oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso
sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de
los axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al
inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo
alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban
algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de
los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la
inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba
de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme
que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo
sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al
vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de
oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin
transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el
vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo
comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso
fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino.
Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo
de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna
comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento
fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo.
El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de
axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl,
condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando
una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto
a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan
claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre,
incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la
cara del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer
lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por
nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar
mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más
que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y
yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que
al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener
alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como
un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de
piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días,
cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela
pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir
todo esto sobre los axolotl.
La ciencia ficción

Los mundos posibles de la ciencia ficción


Para entender qué es la literatura de ciencia ficción y cuál es la visión del mundo que
ofrece a los lectores, podemos comenzar a pensar la relación entre las dos palabras
que forman el concepto: “ciencia” y “ficción”. En primer lugar, entendemos que se trata
de una literatura relacionada con la ciencia, ya que los mundos que crea son mundos
posibles gracias a las conquistas de la ciencia y a la evolución tecnológica que
los descubrimientos científicos traen aparejadas.
La ciencia ficción se puede pensar, así, como un intento de describir y explorar el
impacto de lo científico sobre el hombre, no solo en el aspecto práctico y cotidiano, sino
también en los campos filosófico, mitológico y poético.
Estos relatos manifiestan los temores, incertidumbres y esperanzas de una época frente
a los avances tecnológicos y sus consecuencias, tanto simbólicas como materiales y
concretas para los seres humanos. A este primer acercamiento a una definición de la
ciencia ficción, podemos agregarle la cualidad de ser una literatura de anticipación:
el escritor de ciencia ficción se anticipa a la ciencia porque se propone “inventar” un
futuro probable.

Las diferencias con lo maravilloso y lo fantástico


A diferencia del género fantástico, en la ciencia ficción siempre hay una explicación
posible y racional para los acontecimientos narrados. Sus resoluciones, o su trama
misma, pueden resultar fantásticas para nuestro presente, pero no son sobrenaturales.
El escritor norteamericano Robert Heinlen señala que no se trata, como en lo
maravilloso y lo fantástico, “de negar, o al menos de trascender, lo real, basando el
relato sobre premisas irreales: hadas, burros que hablan, vampiros, las riberas de
Bohemia, el ratón Mickey. La ciencia ficción, y poco importa lo fantástico que pueda
parecer su contenido, acepta siempre el conjunto del mundo real y el cuerpo de
conocimientos humanos relacionados con el mundo real como su marco”. Es decir,
la ciencia ficción exhibe un mundo posible, al que los avances de la ciencia han
modificado hasta hacer irreconocible para el hombre actual. No hay leyes naturales
que lo refuten, por lo que aparece como una de entre las infinitas posibilidades del
devenir humano.

Elementos propios de la ciencia ficción


Aunque cada autor y cada obra de ciencia ficción perfilan propuestas distintas, podemos
sistematizar en un cuadro las características más generales de la ciencia ficción.
Los temas de la ciencia ficción son muchos y variados. Algunos son:
• Los viajes en el tiempo y el espacio.
• La rebelión de las máquinas.
• Las guerras o la convivencia interplanetaria.
• Las invasiones extraterrestres a la Tierra.
• El mundo virtual.
• La conquista o la vida en otros planetas.
• El descubrimiento de “mundos perdidos”.
Temáticas
• Las realidades o dimensiones paralelas.
• La exploración de regiones inaccesibles para el hombre.
• Los modos en que estará organizado nuestro mundo en el futuro.
• La manipulación genética.
• Científicos e inventos que traspasan los límites éticos permitidos.

Los tipos principales de conflictos pueden reducirse a tres:


a) La inventiva humana pone en funcionamiento mecanismos que escapan
al dominio del hombre.
b) Seres inteligentes, no humanos, se introducen en el mundo del hombre.
Conflictos c) Fenómenos naturales imprevistos alteran la situación del hombre en la
Tierra
o amenazan la subsistencia de las especies vivientes.

El uso de un vocabulario particular, plagado de tecnicismos (es decir, palabras


o expresiones específicas de determinado ámbito científico) y neologismos
Lenguajes (palabras inexistentes en el diccionario, creadas para nombrar las nuevas
realidades que se describen, para las que no existe, todavía, un lenguaje),
contribuyen a crear la atmósfera de la narración de ciencia ficción y a darle
verosimilitud a la realidad creada.

Sus personajes son de dos tipos:


a) Seres posibles en nuestro mundo: científicos, investigadores,
exploradores, astronautas, que representan la esfera científica, pero también
hombres y mujeres comunes, los “afectados” por la ciencia.
Personajes b) Seres “imposibles” en nuestro mundo: alienígenas, robots inteligentes,
androides, mutantes, superhombres, protohombres, seres extinguidos, etc.
Aunque el relato se construya sobre un personaje determinado, a veces este no
funciona como una individualidad psicológica, sino como un representante de la
especie, y es el destino de la especie lo que aparece en cuestión.

Utopías y contrautopías
Algunas de las preguntas cruciales que se hace la literatura de ciencia ficción son:
 ¿Qué futuro nos corresponde si persistimos en nuestra actitud positiva o
pesimista ante el mundo que nos rodea?
 ¿Existe un futuro para la humanidad?
 El mundo tecnológico en el que vivirá el hombre de los siglos que vienen,
¿será paradisíaco o inhabitable?

Del modo que se responda a estas preguntas depende el tipo de ciencia ficción que se
escribirá y la visión del mundo que se plasmará artísticamente:
Tipos de ciencia ficción
Una vertiente de la ciencia ficción se propone También existe una visión pesimista o
mostrar los beneficios que la ciencia y la contrautópica, que plantea la idea de un futuro
tecnología pueden producir para la liberación en el que el hombre, en lugar de salvarse, se
del hombre. Se trata, en este caso, de una pierde debido a los avances de la ciencia que
visión optimista u utópica del futuro, que traspasa determinados límites y no tiene en
supondría el alcance de una felicidad plena a cuenta las consecuencias inhumanas de sus
partir de las conquistas científicas: la película El “logros”. Filmes como Metrópolis, de Fritz Lang;
hombre bicentenario, protagonizada por Robin Terminator, de James Cameron y Matrix, de los
Williams, es un ejemplo típico de este hermanos Wachowski, así como las novelas Un
subgénero. El reconocido escritor Arthur C. mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de
Clarke ha sido llamado “el optimista de la George Orwell y Soy leyenda, de Richard
Matteson (también llevada al cine), son
ciencia ficción”. Algunas de sus obras son: Cita
ejemplos de contrautopías.
con Rama, 2001: Odisea espacial, La ciudad y
las estrellas y El fin de la infancia.

La ciencia ficción contrautópica muestra el sentimiento de pérdida, la destrucción y la


deshumanización que el progreso puede traer consigo. En este sentido contrautópico,
el más común de la ciencia ficción, el género se puede entender como crítica social:
cuando la ciencia se aleja de su sentido original -el mejoramiento de la especie-,
inevitablemente conduce a profundizar los problemas sociales y políticos, a generar
mayores diferencias entre los seres humanos y también a desencadenar catástrofes al
liberar el poder de la naturaleza, un poder descomunal y caótico.

Preguntas- Esteban Valentino

Código Postal estaba feliz con su vida. Todo estaba en su lugar. Todo era como
debía ser y el futuro se presentaba tan prometedor como esa primera mitad de su vida
que estaba transcurriendo con tanta plenitud. Era Preguntador y eso le había
posibilitado hacerse de un nombre de la Vieja Época, cosa que solo se le permitía a los
Ordenadores, a los Encontrantes y a los Preguntadores. El resto de los Respirantes
tenía que conformarse con la combinación de cuatro letras y de cuatro números que les
había tocado en suerte y todavía recordaba con desagrado cuando su madre lo llamaba
a comer. Ese "ALMN4728, es hora de alimentarse" todavía le retumbaba en el cerebro
como un mal sueño. Por supuesto que los Malcontestantes no contaban, entre otras
cosas porque duraban en esa condición unos pocos segundos. Cuando se lo designó
Preguntador y se le permitió acceder a los archivos de la Vieja Época para hacerse de
un nombre entre las cosas que habían existido en esos lejanos tiempos sintió que
empezaba a tocar el cielo con las manos. Eligió Código Postal porque le gustó la
sonoridad y aunque siempre ignoró para qué había servido en aquellos días de barbarie
vagamente sentía que había elegido bien. O al menos así prefería pensarlo.
Tampoco se había equivocado con el trabajo. Ser Preguntador era por mucho
lo mejor que le había pasado en la vida. Incluyendo a ZZHT7719. Ella era una buena
noticia al llegar al hogar y no era mala cosa tenerla en las noches, pero no se podía
comparar con el enorme respeto que sentía por sí mismo cada vez que se ponía su
uniforme de Preguntador todas las mañanas. Lo había hablado con sus compañeras
mujeres y a ellas les pasaba lo mismo con los hombres que les habían tocado. Era lindo
que estuvieran pero si un día tuvieran que desaparecer por alguna causa, nada
cambiaría mucho. Todo seguiría más o menos igual. En cambio, sencillamente no podía
imaginar la vida sin su rutina de Preguntador. Además hacía bien su trabajo. Sus jefes
se lo habían hecho notar en varias oportunidades. Hasta el mismísimo Mano Única lo
había parado una vez en los pasillos del Ministerio de las Preguntas.
-Código Postal -le había dicho-, hace usted sus preguntas como si ya supiera
las respuestas. No había elogio más contundente y cuando sus compañeros se
enteraron, muchas miradas cambiaron el modo en que lo enfocaban. En todo eso
pensaba ahora que golpeaba en la puerta de una casa cualquiera de la zona que le
había tocado esa mañana. De adentro se escuchó una voz de mujer.
- ¿Quién es?
-Preguntador -respondió. Sin palabras de más, sin palabras de menos. Abrieron.
Código Postal revisó sus notas.
- ¿FTYM4581? -dijo sin levantar la vista.
-Soy yo -contestó la mujer.
-Unas preguntas. Rutina. -Y sin esperar, entró a la pequeña habitación.
- ¿Respira usted aquí con RAST2260 y con MJKY2188?
-Así es -dijo la mujer con marcada indiferencia.
- ¿Son ellos? -preguntó Código Postal señalando a dos jóvenes que permanecían
sentados en la semipenumbra del cuarto.
-Son ellos.
- ¿Han mirado la luna en los días pares del último mes?
-No.
- ¿Le han dirigido la palabra a mujeres vestidas con algo blanco en las calles que
dan al este?
-No.
- ¿Han ladrado en la noche de los últimos tres sábados con un gorro de lana azul
en la cabeza y un solo guante naranja en la mano izquierda?
-Sí -respondió la mujer. Cuatro veces el primer sábado, dos el segundo y cinco
el tercero. Así estaba ordenado en el último edicto.
-En efecto -asintió Código Postal-. Así estaba ordenado. Es usted una buena
ciudadana. Mi sensor de mentiras me informa que ha dicho usted la verdad. Recuerde
que cualquier violación de los edictos se castiga con la muerte en el mismo instante en
que la infracción queda registrada. Y ahora permítame recordarle los considerandos de
los edictos y las últimas órdenes.
- ¿Es necesario? -quiso saber la mujer con gesto de fatiga.
-Es imprescindible. Todos deben saber por qué se hace lo que se hace. Bien. Escuchen
con atención. "Catorce mil millones de seres humanos supera con mucho lo que el
planeta puede soportar. Hay que reducir ese número y hay que hacerlo con urgencia.
Los Ordenadores hemos elegido este método. Y ya no podemos arrepentimos.
Recuerden que el arrepentimiento también está penado con la muerte. Estas son las
nuevas reglas que todos deberán cumplir en los próximos días sabiendo como saben
que su no cumplimiento es el fin: Primera, no mirar a los perros negros entre las 2 y las
6 de la tarde, segunda: caminar pisando las líneas de las baldosas de las veredas por
las cuales se transitan pero solo con el pie izquierdo, tercera: permanecer en la cama
toda la mañana de los próximos dos domingos golpeando palmas al menos una vez por
minuto. Bien, eso es todo. Ahora me marcho. ¿Alguna duda, señora?
-Ninguna -resopló la mujer.
Código Postal salió a la calle feliz. Todo estaba en su lugar. Él era un
Preguntador, tenía un trabajo maravilloso y la vida merecía ser vivida.
Mi punto de vista

La ciencia ficción difícilmente habría podido existir en su verdadero sentido antes de


que el concepto de cambio social, a través de alteraciones en el nivel de la ciencia y la
tecnología, hubiese alcanzado un grado de desarrollo suficiente.
A lo largo de toda la historia, la ciencia y la tecnología avanzaron de hecho, y alteraron
así efectivamente la sociedad. (Considérese el uso del fuego, por ejemplo, o la
invención de la imprenta de tipos móviles). Sin embargo, en la mayor parte del
transcurso de la historia, estos cambios progresaron tan lentamente en el espacio que
no había cambios visibles en el término de la vida de un individuo. Por lo tanto, la historia
humana, aparte de los cambios triviales a través de la guerra o la sucesión dinástica, o
de los cambios fantásticos por intervención sobrenatural, era vista como esencialmente
estática.
El avance de la ciencia y la tecnología, sin embargo, es acumulativo, y cada avance
tiende a impulsar otro avance más veloz. Finalmente, el ritmo de cambio, y el alcance
de los efectos de ese cambio en la sociedad devienen suficientemente grandes como
para ser detectados en el lapso de una vida individual. Entonces, por primera vez, el
futuro es descubierto.
Esto ocurrió, evidentemente, con el desarrollo de la Revolución Industrial. Es lógico
entonces suponer que la ciencia ficción tuvo que haber nacido algún tiempo después
de 1800 y muy probablemente en Gran Bretaña, y que su nacimiento se produjo como
una respuesta literaria a ese descubrimiento.
(…) Es el cambio continuo, inevitable, el factor dominante en la sociedad actual. Ya no
puede tomarse ninguna decisión razonable sin tener en cuenta no solo el mundo tal
como es, sino como ha de ser. Esto a su vez significa que nuestros estadistas, nuestros
hombres de negocios, nuestro hombre común, tienen que adoptar una manera de
pensar propia de la ciencia ficción, les guste o no, y más aún, lo sepan o no. Solo así
pueden ser resueltos los problemas morales de la actualidad.
Individualmente, las historias de ciencia ficción pueden seguir pareciendo triviales para
los críticos y filósofos con anteojeras de nuestros días; pero la médula de la ciencia
ficción, su esencia, el concepto alrededor del cual gira, se ha transformado en algo
crucial para nuestra salvación, si es que hemos de ser salvados.

ASIMOV, ISAAC. Sobre la ciencia ficción.


Buenos Aires, Sudamericana, 1981. Fragmento.
La sonrisa- Ray Bradbury

La cola se ordenó en la plaza del pueblo a las cinco de la mañana, cuando los gallos
cantaban en los lejanos campos cercados y no había fuegos. En todas partes, entre los
edificios ruinosos, había, al principio, restos de bruma, pero ahora se disipaba ya, con
la nueva luz de las siete. Camino abajo, en parejas y tríos, se reunía cada vez más
gente para el día de mercado, el día del festival.
El niño estaba inmediatamente detrás de dos hombres que hablaban en el aire claro, y
las voces parecían más altas a causa del frío. El niño saltaba sobre un pie y otro pie y
se soplaba las manos agrietadas y rojas, y observaba las ropas sucias de los hombres
y la larga fila de hombres y mujeres.
— Eh, chico, ¿qué haces levantado tan temprano? — dijo el hombre que estaba detrás.
— Estoy en la cola — dijo el chico.
— ¿Por qué no te haces humo y dejas tu sitio a alguien que sepa?
— No lo molestes al chico — dijo el hombre que estaba adelante, volviéndose de
pronto.
— Era una broma. — El hombre de atrás puso la mano sobre la cabeza del niño. El
niño se apartó fríamente.
— Sólo que me pareció raro, un chico levantado tan temprano.
— Este chico entiende de arte, no lo olvides — dijo el defensor del niño, un hombre
llamado Grigsby — ¿Cómo te llamas, muchacho?
— Tom.
— Tom va a escupir como Dios manda, ¿verdad, Tom?
— ¡Claro que sí!
La risa corrió por la fila.
Más adelante, un hombre vendía tazas resquebrajadas de café caliente. Tom miró y vio
la pequeña hoguera y el brebaje que hervía en una olla oxidada. No era café en
realidad. Lo hacían con unas bayas de los prados, y lo vendían a un penique la taza,
para calentar los estómagos; pero no eran muchos los que compraban, no muchos
tenían dinero.
Tom miró hacia el frente, hacia la cabeza de la fila, más allá de una combada pared de
piedra.
— Dicen que sonríe — comentó.
— Ay, y cómo sonríe — dijo Grigsby.
— Dicen que está hecha de aceite y tela.
— Cierto. Y por eso pienso que no es el original. El original, he oído decir, fue pintado
sobre madera hace mucho tiempo.
— Dicen que tiene cuatro siglos.
— Tal vez más. Nadie sabe en verdad en qué año estamos.
— ¡2061!
— Sí, eso dicen, chico. Mienten. Podría ser también el año 30000 5000. Durante un
tiempo todo fue aquí muy confuso. Sólo nos quedan restos y pedazos… Arrastraron los
pies sobre el empedrado frío.
— ¿Cuánto tendremos que esperar para verla? — preguntó Tom, inquieto.
— Unos pocos minutos. La pondrán entre cuatro postes de bronce y cordeles de
terciopelo, todo para mantener alejada a la gente. Y atención, Tom, piedras no; no
permiten que le tiren piedras.
— Sí, señor. El sol ascendía en el cielo, calentando el aire, y los hombres se sacaron
los abrigos sucios y los sombreros grasientos.
— ¿Por qué estamos todos aquí en fila? –preguntó por último Tom —. ¿Por qué
venimos a escupir?
Grigsby no se volvió, y examinó el sol.
— Bueno, Tom, hay muchas razones. — Buscó distraídamente en un bolsillo
desaparecido tiempo atrás un cigarrillo que no estaba allí. Tom había visto ese
movimiento un millón de veces. — Mira, Tom, es el odio. El odio al pasado. Piensa,
Tom. Las bombas, las ciudades destruidas, los caminos como piezas de
rompecabezas, los trigales radiactivos que brillan de noche. ¿No es algo tremendo?
— Sí, señor, creo que sí.
— Así es, Tom. Odias siempre lo que golpea y te destruye. Es la naturaleza humana.
Inconsciente, quizá, pero naturaleza humana al fin.
— Odiamos casi todas las cosas — dijo Tom.
— ¡Claro! Toda esa gentuza del pasado que gobernaba el mundo. Y aquí estamos, un
jueves por la mañana, con las tripas pegadas a los huesos, muertos de frío, viviendo
en cuevas y otros agujeros semejantes, sin cigarrillos, sin bebidas, sin nada excepto
estos festivales, Tom, nuestros festivales.
Tom recordó los festivales de los últimos años. El año en que rompieron todos los libros
en la plaza y los quemaron y la gente estaba borracha y alegre. Y el festival de la ciencia
del mes anterior cuando arrastraron el último automóvil y echaron suertes y todos los
que ganaban tenían derecho a darle un mazazo al automóvil.
— Lo recuerdo, Tom. Cómo no recordarlo, si a mí me tocó hacer añicos el parabrisas,
¿oyes? ¡Y qué ruido maravilloso, ¡oh, Dios! ¡Crash!
Tom oyó cómo el vidrio caía en brillantes montones.
— Y Bill Henderson, a él le tocó romper el motor. Oh, hizo un buen trabajo, Bill es un
hombre eficiente. ¡Bam! Pero lo mejor de todo — rememoró Grigsby — fue aquella vez
que destruyeron una fábrica donde intentaban aún producir aeroplanos. Dios, cómo
voló por el aire y qué felices nos sentimos. Y después descubrimos esa fábrica de papel
de diario y el depósito de municiones y volamos todo al mismo tiempo. ¿Entiendes,
Tom?
Tom reflexionaba, perplejo.
— Creo que sí.
Era pleno mediodía. Ahora los olores de la ciudad en ruinas apestaban el aire caliente
y unas cosas reptaban entre los edificios desmoronados.
— ¿No volverá nunca, señor?
— ¿Qué? ¿La civilización? Nadie la quiere. ¡No yo, al menos!
— Yo podría soportar una pequeña parte — dijo un hombre detrás de otro hombre —.
Había algunas cosas hermosas.
— No se haga mala sangre — gritó Grigsby —. No hay ninguna posibilidad, además.
— Ah — dijo el hombre detrás de otro hombre — Alguien aparecerá algún día, alguien
con imaginación, y la reconstruirá. Recuerde lo que le digo. Alguien que tenga corazón.
— No — dijo Grigsby.
— Yo digo que sí. Alguien que tenga un alma para las cosas hermosas. Podría
devolvemos una especie de civilización limitada, donde sería posible la paz.
— Lo primero que habrá será una guerra.
— Pero quizá la próxima vez sea distinto.
Habían llegado al fin a la plaza principal. Lejos, un hombre a caballo venía hacia el
pueblo. Llevaba en la mano una hoja de papel. En el centro de la plaza estaba el área
cercada por las cuerdas. Tom, Grigsby y
los demás juntaban saliva y avanzaban, avanzaban preparados y listos, con los ojos
muy abiertos. Tom sintió el corazón que le latía con fuerza, excitado, y la tierra caliente
bajo los pies desnudos. — Ahora, Tom, al vuelo.
Cuatro policías estaban de pie en las esquinas de la zona cercada, cuatro hombres con
aros de cuerda amarilla en las muñecas, y que tenían autoridad sobre los otros. Estaban
allí para evitar que arrojasen piedras.
— Así — dijo Grigsby a último momento — todo el mundo siente que tiene su
oportunidad, ¿ves, Tom? Vamos, ahora.
Tom se detuvo frente al cuadro y lo miró largo rato.
— ¡Tom, escupe!
El chico tenía la boca seca.
— ¡Vamos, Tom! ¡Adelante!
— Pero — dijo Tom, lentamente — es tan hermosa.
— Vamos, ¡yo escupiré por ti!
Grigsby escupió y el proyectil voló a la luz del sol. La mujer del retrato sonreía a Tom
serenamente, secretamente, y Tom la miraba con el corazón palpitante, y una especie
de música en los oídos.
— Es hermosa — dijo.
— Vamos, adelante, antes que la policía...
— ¡Atención!
Los hombres y las mujeres que le gritaban a Tom, porque no avanzaba, se volvieron
hacia el jinete. — ¿Cómo la llaman, señor? — preguntó Tom, en voz baja.
— ¿Al cuadro? Mona Lisa, Tom, creo. Sí, Mona Lisa.
— Atención, una proclama — dijo el jinete —. Las autoridades decretan que a partir
del mediodía de hoy el retrato que está en la plaza será entregado a manos del
pueblo, para que todos participen en la destrucción de...
Tom apenas tuvo tiempo de gritar antes que la multitud lo arrastrase, voceando y
golpeando, hacia el retrato. Se oyó el rasguido de una tela. La policía escapó. La
multitud aullaba ahora. Las manos de los hombres eran como pájaros hambrientos que
picoteaban el retrato. Tom se sintió lanzado contra la tela rota. Tendió la mano, imitando
ciegamente a los otros, tomó una punta de la tela pintada, tironeó, sintió que la tela
cedía, y cayó, y rodó entre puntapiés. Ensangrentado, la ropa hecha jirones, vio a las
viejas que masticaban trozos de tela, los hombres que destrozaban el marco, pateaban
el cuadro y lo reducían a confeti.
Sólo Tom permanecía aparte, silencioso en el movimiento de la plaza. Se miró la mano,
y apretó el trozo de tela contra el pecho.
— Eh, Tom, ¡aquí! — gritó Grigsby.
Tom, sollozando, echó a correr. Corrió trepando y bajando por los cráteres de las
bombas, y llegó a un campo, vadeó un arroyo, sin mirar atrás, con el puño apretado
bajo la chaqueta.
Al atardecer cruzó la aldea. A las nueve llegó a la casa ruinosa de la granja. Del otro
lado, en el silo, en la parte que aún se mantenía en pie, cubierta de lonas, oyó los ruidos
del sueño, la familia, la madre, el padre y el hermano. Se escurrió por la puertita
rápidamente, silenciosamente, y se tendió, jadeando. — ¿Tom? — preguntó la madre
en la oscuridad.
— Sí.
— ¿Dónde estuviste? — rezongó el padre —. Ya arreglaremos cuentas mañana.
Alguien le lanzó un puntapié a Tom. El hermano, que se había quedado trabajando la
pequeña parcela de tierra.
— Duérmete — gritó la madre, débilmente.
Otro puntapié.
Tom, acostado, recobró el aliento. Tenía la mano contra el pecho, apretada, apretada.
Se quedó así, en el silencio, inmóvil, media hora, con los ojos cerrados.
De pronto notó algo, y era una luz fría y blanca. La luna subía y el rectángulo de luz se
movía en el silo y trepaba lentamente por el cuerpo de Tom. Entonces, sólo entonces,
aflojó la mano. Lenta, cautelosamente, escuchando a los que dormían alrededor, Tom
alzó la mano. Vaciló, contuvo el aliento, y entonces, poco a poco, abrió la mano y
desarrugó el trozo diminuto de tela pintada.
Todo el mundo dormía a la luz de la luna.
Y allí, en la mano, estaba la Sonrisa.
La miró a la blanca lumbre del cielo de medianoche. y pensó, una y otra vez,
silenciosamente, la Sonrisa, la hermosa Sonrisa.
La veía aún una hora más tarde, aún después de plegarla y esconderla
cuidadosamente. Cerró los ojos y la Sonrisa estaba allí en la oscuridad. Y seguía
estando allí, cálida y dulce, cuando se durmió y el mundo calló y la luna navegó
subiendo, y descendió por el cielo frío a la luz de la mañana.
La reseña crítica
Este texto de carácter expositivo argumentativo resume los aspectos fundamentales de
un producto cultural (obra literaria, ensayo, película, espectáculo teatral, creación
plástica, etc.) y ofrece, además, una evaluación fundamentada de su calidad por parte
de un crítico o especialista en el tema.
Conforme a esta intención comunicativa, la reseña crítica -presente tanto en el ámbito
periodístico como en el académico- persigue dos finalidades:

 Informativa: dar a conocer una información, de allí la síntesis del


contenido de la obra.
 Persuasiva: demostrar la veracidad, verosimilitud o realidad de los
argumentos con que el crítico sostiene su valoración.

Estructura
La reseña crítica suele seguir el siguiente esquema:

Introducción: Definición del objeto a tratar.


Resumen expositivo del texto fuente: Breve reconstrucción del argumento.
Comentario crítico argumentativo: Toma de posición del autor, que justifica sus
afirmaciones contrastando elementos de la obra con sus argumentos u
opiniones.
Conclusión: Cierre en el que se reafirma la posición adoptada.

Paso a paso, una reseña crítica- Un plan para escribir

1. Buscá en el paratexto del libro o en Internet, los datos que permitirán al lector
ubicar la obra. ¿Cuál es el título del libro? ¿Quién es el autor?

2. Registrá también los datos biográficos más relevantes del autor y del contexto
de producción de su obra. ¿Dónde y cuándo nació el autor? ¿Qué carrera estudió?
¿A qué se dedica? ¿Qué obras publicó? ¿Obtuvo algún premio o mención especial?
¿Cuándo escribió esta obra? ¿Dónde?

3. Releé minuciosamente el texto. Una buena reseña crítica nace de una buena
comprensión del texto reseñado.

4. Anotá en oraciones breves los aspectos más relevantes y atractivos del marco
y desarrollo de la historia, omitiendo el desenlace para generar expectativa en el
lector. Luego, da forma al argumento.
¿Dónde y cuándo transcurre la historia? ¿Quiénes son los personajes centrales? ¿Cuál
es su rasgo distintivo? ¿Qué conflicto opone a los personajes? ¿Qué consecuencias
negativas provoca dicho conflicto en sus vidas? ¿Cuál es su motivación para resolverlo?

5. Determiná cuáles son los aspectos de la obra que te gustaría comentar al lector
y, luego, elaborá un esquema argumentativo que configure la evaluación crítica del
texto.
Originalidad y/o solidez del argumento. Interés o actualidad del tema. Credibilidad,
empatía o identificación que generan los personajes. Intriga, humor, etc., que provoca
el modo de narrar.
6. Redactá la reseña de acuerdo con los puntos anteriores. No olvides incluir citas
textuales de la obra para apoyar tus juicios críticos.

7. Elegí un título apropiado y atractivo que refleje el sentido del texto para motivar
al lector. Ejemplos: “La casa Usher”: un cuento que eriza la piel
“Tristán e Isolda”, una historia de amor que no envejece
“Túneles”, viaje al centro de la aventura

8. Revisá y corregí el texto para lograr la versión definitiva de la reseña.

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