Trabajo Práctico Integrador 5TO INTENSIFICACIÓN
Trabajo Práctico Integrador 5TO INTENSIFICACIÓN
Las cosmovisiones
Actividad N°1:
La cosmovisión realista
Actividad N°2:
Cuando Julián nos visitaba, todo parecía más feliz en nuestra casa. Sobre todo cuando se ponía a
cantar. No tenía guitarra ni nada para acompañarse, pero su sola voz bastaba para sentirnos
abrigados.
Cuando era pequeño, Mauricio se enamoró de Lola, una vecina del edificio con la que se cruzaba
en el ascensor y a veces compartía juegos en la terraza
Su nombre era Elisa, pero le decían Lisi. Estaba siempre sentada en la ventana, mirando hacia la
calle.
Tenía muñecas, libros, juegos de ingenio, pero nunca jugaba con ellos… Yo vivía en la planta
baja.
Elegir UNA de las situaciones y escribir un cuento realista teniendo en cuenta las características
leídas en el texto “La cosmovisión realista”.
La cosmovisión fantástica
Actividad N°4:
Leer la crítica de Todorov al planteo teórico de Lovecraft. Responder: ¿Qué propone Lovecraft
como elemento para definir el género fantástico? ¿Por qué Todorov lo critica? ¿Cuál es la
alternativa en el planteo teórico de este último autor? ¿Qué elemento central postula su
teoría?
Actividad N°5:
“Casa tomada”
A. Indicar si son verdaderas o falsas las siguientes afirmaciones. En el caso de que sean
falsas, justificar con una cita textual.
B. Subrayar, de la siguiente lista, las palabras o frases que sean las mejores para describir
a ese narrador.
“Axolotl”
D. ¿Qué obsesiona al narrador? ¿Por qué? ¿Cuál es la reacción de los otros frente a esta
obsesión?
E. ¿El vidrio del acuario funciona como límite entre dos realidades? ¿Por qué?
F. Transcribir frases del texto en las que el narrador da cuenta de los rasgos humanos de
los axolotls.
G. Elegir la situación que sea más adecuada para explicar el final. Justificar la elección:
• Los personajes: ¿Cómo son? ¿A qué se dedican, cuáles son sus pasatiempos?
• Los narradores: ¿Qué rol cumplen en la historia? ¿Por qué o para qué la
narran?
Actividad N°6:
Leer el cuento “Preguntas” del escritor Esteban Valentino y realizar las siguientes consignas:
A. Completar cómo son, en el futuro que muestra el relato leído, los siguientes aspectos
de la realidad:
La situación demográfica:
_____________________________________________
D. Leer la teoría referida a la ciencia ficción. Luego, completar el siguiente cuadro según
las características que presenta el cuento leído:
Temática
Conflicto
Lenguaje
Personajes
Actividad N°7:
A. Según Asimov, ¿a partir de qué momento histórico se puede hablar de “ciencia ficción”
y por qué?
B. Releer el siguiente fragmento:
(…) nuestros estadistas, nuestros hombres de negocios, nuestro hombre común, tienen que
adoptar una manera de pensar propia de la ciencia ficción, les guste o no, y más aún, lo sepan
o no. Solo así pueden ser resueltos los problemas morales de la actualidad.”
¿Cuál es, en palabras de Asimov, “la manera de pensar propia de la ciencia ficción”? Expresar
esa idea con palabras propias.
Actividad N°8
La cosmovisión realista
La cosmovisión realista permite agrupar todos aquellos textos cuyas reglas de funcionamiento del
universo ficcional se corresponden con las leyes que gobiernan lo que el lector asume como
“realidad”. En estos textos, se plantean hechos que suceden de acuerdo con los criterios de
posibilidad que se aplican a la propia vida. Así, aquí hay textos trágicos como comedias, relatos de
temática histórica o de introspección psicológica. La filóloga
Irene Klein (1956) señala: “El lenguaje no reproduce la realidad: construye el mundo y lo evalúa
como nueva producción de lo real”. Entonces, aunque parezca contradictorio, realista no significa
“copiar” la realidad, sino establecer relaciones de compatibilidad y coherencia con aquello que se
toma como real. Estas relaciones constituyen lo que se denomina verosímil realista.
Sin embargo, en este marco general, es preciso distinguir algunas corrientes estéticas, como el
realismo del siglo XIX, que intenta reproducir con exactitud casi fotográfica el contexto histórico y
social de una época. La cosmovisión desde la que se realizan estas propuestas se puede denominar
realista- mimética, ya que entiende el texto literario como una copia fiel de lo real.
Primeras aproximaciones.
En Introducción a la literatura fantástica, Todorov señala tres errores básicos en las
definiciones y los estudios sobre los textos fantásticos:
El lector vacilante
Ahora bien, ¿quién experimenta esa vacilación? En la mayor parte de los textos, el
personaje que se enfrenta al hecho sobrenatural evidencia signos de duda ante lo que
ve y debe optar entre las dos explicaciones (considerarlo producto de su imaginación o
parte de una realidad regida por leyes nuevas). Pero el lector también debe identificarse
con ese sentimiento. Porque el fantástico implica una “manera de leer”: se demanda
determinada actitud del lector, que tiene que entrar en el juego e integrarse en el
mundo de los personajes. Un lector que no cumpla con este pacto de lectura corta de
inmediato con la condición de lo fantástico. La teoría de Todorov recibió algunas
críticas. Una de ellas plantea que la definición propuesta restringe enormemente la
cantidad de textos que pertenecen al género fantástico.
Pasado/
Presente Acá/ Allá Yo/ Otro Sueño/ Vigilia Realidad/ Ficción
Se ha dicho que Cortázar elaboró una “literatura de pasajes”: los personajes de sus
relatos van de un mundo a otro o de un tiempo a otro distinto y sus textos tematizan las
consecuencias de ese pasaje entre espacios que la percepción habitual mantiene
separados.
Otro recurso empleado por el autor es la elipsis, que consiste en omitir ciertos datos,
los cual conduce a infinidad de interpretaciones del relato. “Casa tomada” es el mejor
modelo, ya que el narrador nunca nombra aquello que “toma” la casa, y esto permite
diferentes lecturas.
Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas
sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de
nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa
casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana,
levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones
por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no
quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar
pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia.
A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos
pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a
comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro,
simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía
asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y
esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el
terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de
que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se
pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo
creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no
hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno,
medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo
destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el
montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados
iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores
y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por
las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939
no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo
importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro,
pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día
encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes,
lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle
a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses
llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el
tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos
como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde
se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos,
la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia
Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del
ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual
comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica,
y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel
y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo
que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de
roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda
justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina
y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no,
daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse;
Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la
puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los
muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a
otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en
los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo
sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita
de nuevo en los muebles y los pianos. Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple
y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la
noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta
enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina
cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo,
como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación.
También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía
desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado
tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro
lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le
dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados. - ¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor.
Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte
tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo,
estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años.
Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de
las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose
tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos
cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo.
Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría
platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener
que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la
mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco
perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección
de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada
uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A
veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que
viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco
empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar. (Cuando Irene soñaba en alta voz
yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo,
voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en
grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el
living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos
respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y
frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el
roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La
puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban
tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones
de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos
irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a
los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos
despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene
empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de
acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la
puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño
porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera
de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos,
notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o
en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la
puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos,
a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no
se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban
hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro
lado, soltó el tejido sin mirarlo.
- ¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi
dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi
brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de
alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No
fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y
con la casa tomada.
Utopías y contrautopías
Algunas de las preguntas cruciales que se hace la literatura de ciencia ficción son:
¿Qué futuro nos corresponde si persistimos en nuestra actitud positiva o
pesimista ante el mundo que nos rodea?
¿Existe un futuro para la humanidad?
El mundo tecnológico en el que vivirá el hombre de los siglos que vienen,
¿será paradisíaco o inhabitable?
Del modo que se responda a estas preguntas depende el tipo de ciencia ficción que se
escribirá y la visión del mundo que se plasmará artísticamente:
Tipos de ciencia ficción
Una vertiente de la ciencia ficción se propone También existe una visión pesimista o
mostrar los beneficios que la ciencia y la contrautópica, que plantea la idea de un futuro
tecnología pueden producir para la liberación en el que el hombre, en lugar de salvarse, se
del hombre. Se trata, en este caso, de una pierde debido a los avances de la ciencia que
visión optimista u utópica del futuro, que traspasa determinados límites y no tiene en
supondría el alcance de una felicidad plena a cuenta las consecuencias inhumanas de sus
partir de las conquistas científicas: la película El “logros”. Filmes como Metrópolis, de Fritz Lang;
hombre bicentenario, protagonizada por Robin Terminator, de James Cameron y Matrix, de los
Williams, es un ejemplo típico de este hermanos Wachowski, así como las novelas Un
subgénero. El reconocido escritor Arthur C. mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de
Clarke ha sido llamado “el optimista de la George Orwell y Soy leyenda, de Richard
Matteson (también llevada al cine), son
ciencia ficción”. Algunas de sus obras son: Cita
ejemplos de contrautopías.
con Rama, 2001: Odisea espacial, La ciudad y
las estrellas y El fin de la infancia.
Código Postal estaba feliz con su vida. Todo estaba en su lugar. Todo era como
debía ser y el futuro se presentaba tan prometedor como esa primera mitad de su vida
que estaba transcurriendo con tanta plenitud. Era Preguntador y eso le había
posibilitado hacerse de un nombre de la Vieja Época, cosa que solo se le permitía a los
Ordenadores, a los Encontrantes y a los Preguntadores. El resto de los Respirantes
tenía que conformarse con la combinación de cuatro letras y de cuatro números que les
había tocado en suerte y todavía recordaba con desagrado cuando su madre lo llamaba
a comer. Ese "ALMN4728, es hora de alimentarse" todavía le retumbaba en el cerebro
como un mal sueño. Por supuesto que los Malcontestantes no contaban, entre otras
cosas porque duraban en esa condición unos pocos segundos. Cuando se lo designó
Preguntador y se le permitió acceder a los archivos de la Vieja Época para hacerse de
un nombre entre las cosas que habían existido en esos lejanos tiempos sintió que
empezaba a tocar el cielo con las manos. Eligió Código Postal porque le gustó la
sonoridad y aunque siempre ignoró para qué había servido en aquellos días de barbarie
vagamente sentía que había elegido bien. O al menos así prefería pensarlo.
Tampoco se había equivocado con el trabajo. Ser Preguntador era por mucho
lo mejor que le había pasado en la vida. Incluyendo a ZZHT7719. Ella era una buena
noticia al llegar al hogar y no era mala cosa tenerla en las noches, pero no se podía
comparar con el enorme respeto que sentía por sí mismo cada vez que se ponía su
uniforme de Preguntador todas las mañanas. Lo había hablado con sus compañeras
mujeres y a ellas les pasaba lo mismo con los hombres que les habían tocado. Era lindo
que estuvieran pero si un día tuvieran que desaparecer por alguna causa, nada
cambiaría mucho. Todo seguiría más o menos igual. En cambio, sencillamente no podía
imaginar la vida sin su rutina de Preguntador. Además hacía bien su trabajo. Sus jefes
se lo habían hecho notar en varias oportunidades. Hasta el mismísimo Mano Única lo
había parado una vez en los pasillos del Ministerio de las Preguntas.
-Código Postal -le había dicho-, hace usted sus preguntas como si ya supiera
las respuestas. No había elogio más contundente y cuando sus compañeros se
enteraron, muchas miradas cambiaron el modo en que lo enfocaban. En todo eso
pensaba ahora que golpeaba en la puerta de una casa cualquiera de la zona que le
había tocado esa mañana. De adentro se escuchó una voz de mujer.
- ¿Quién es?
-Preguntador -respondió. Sin palabras de más, sin palabras de menos. Abrieron.
Código Postal revisó sus notas.
- ¿FTYM4581? -dijo sin levantar la vista.
-Soy yo -contestó la mujer.
-Unas preguntas. Rutina. -Y sin esperar, entró a la pequeña habitación.
- ¿Respira usted aquí con RAST2260 y con MJKY2188?
-Así es -dijo la mujer con marcada indiferencia.
- ¿Son ellos? -preguntó Código Postal señalando a dos jóvenes que permanecían
sentados en la semipenumbra del cuarto.
-Son ellos.
- ¿Han mirado la luna en los días pares del último mes?
-No.
- ¿Le han dirigido la palabra a mujeres vestidas con algo blanco en las calles que
dan al este?
-No.
- ¿Han ladrado en la noche de los últimos tres sábados con un gorro de lana azul
en la cabeza y un solo guante naranja en la mano izquierda?
-Sí -respondió la mujer. Cuatro veces el primer sábado, dos el segundo y cinco
el tercero. Así estaba ordenado en el último edicto.
-En efecto -asintió Código Postal-. Así estaba ordenado. Es usted una buena
ciudadana. Mi sensor de mentiras me informa que ha dicho usted la verdad. Recuerde
que cualquier violación de los edictos se castiga con la muerte en el mismo instante en
que la infracción queda registrada. Y ahora permítame recordarle los considerandos de
los edictos y las últimas órdenes.
- ¿Es necesario? -quiso saber la mujer con gesto de fatiga.
-Es imprescindible. Todos deben saber por qué se hace lo que se hace. Bien. Escuchen
con atención. "Catorce mil millones de seres humanos supera con mucho lo que el
planeta puede soportar. Hay que reducir ese número y hay que hacerlo con urgencia.
Los Ordenadores hemos elegido este método. Y ya no podemos arrepentimos.
Recuerden que el arrepentimiento también está penado con la muerte. Estas son las
nuevas reglas que todos deberán cumplir en los próximos días sabiendo como saben
que su no cumplimiento es el fin: Primera, no mirar a los perros negros entre las 2 y las
6 de la tarde, segunda: caminar pisando las líneas de las baldosas de las veredas por
las cuales se transitan pero solo con el pie izquierdo, tercera: permanecer en la cama
toda la mañana de los próximos dos domingos golpeando palmas al menos una vez por
minuto. Bien, eso es todo. Ahora me marcho. ¿Alguna duda, señora?
-Ninguna -resopló la mujer.
Código Postal salió a la calle feliz. Todo estaba en su lugar. Él era un
Preguntador, tenía un trabajo maravilloso y la vida merecía ser vivida.
Mi punto de vista
La cola se ordenó en la plaza del pueblo a las cinco de la mañana, cuando los gallos
cantaban en los lejanos campos cercados y no había fuegos. En todas partes, entre los
edificios ruinosos, había, al principio, restos de bruma, pero ahora se disipaba ya, con
la nueva luz de las siete. Camino abajo, en parejas y tríos, se reunía cada vez más
gente para el día de mercado, el día del festival.
El niño estaba inmediatamente detrás de dos hombres que hablaban en el aire claro, y
las voces parecían más altas a causa del frío. El niño saltaba sobre un pie y otro pie y
se soplaba las manos agrietadas y rojas, y observaba las ropas sucias de los hombres
y la larga fila de hombres y mujeres.
— Eh, chico, ¿qué haces levantado tan temprano? — dijo el hombre que estaba detrás.
— Estoy en la cola — dijo el chico.
— ¿Por qué no te haces humo y dejas tu sitio a alguien que sepa?
— No lo molestes al chico — dijo el hombre que estaba adelante, volviéndose de
pronto.
— Era una broma. — El hombre de atrás puso la mano sobre la cabeza del niño. El
niño se apartó fríamente.
— Sólo que me pareció raro, un chico levantado tan temprano.
— Este chico entiende de arte, no lo olvides — dijo el defensor del niño, un hombre
llamado Grigsby — ¿Cómo te llamas, muchacho?
— Tom.
— Tom va a escupir como Dios manda, ¿verdad, Tom?
— ¡Claro que sí!
La risa corrió por la fila.
Más adelante, un hombre vendía tazas resquebrajadas de café caliente. Tom miró y vio
la pequeña hoguera y el brebaje que hervía en una olla oxidada. No era café en
realidad. Lo hacían con unas bayas de los prados, y lo vendían a un penique la taza,
para calentar los estómagos; pero no eran muchos los que compraban, no muchos
tenían dinero.
Tom miró hacia el frente, hacia la cabeza de la fila, más allá de una combada pared de
piedra.
— Dicen que sonríe — comentó.
— Ay, y cómo sonríe — dijo Grigsby.
— Dicen que está hecha de aceite y tela.
— Cierto. Y por eso pienso que no es el original. El original, he oído decir, fue pintado
sobre madera hace mucho tiempo.
— Dicen que tiene cuatro siglos.
— Tal vez más. Nadie sabe en verdad en qué año estamos.
— ¡2061!
— Sí, eso dicen, chico. Mienten. Podría ser también el año 30000 5000. Durante un
tiempo todo fue aquí muy confuso. Sólo nos quedan restos y pedazos… Arrastraron los
pies sobre el empedrado frío.
— ¿Cuánto tendremos que esperar para verla? — preguntó Tom, inquieto.
— Unos pocos minutos. La pondrán entre cuatro postes de bronce y cordeles de
terciopelo, todo para mantener alejada a la gente. Y atención, Tom, piedras no; no
permiten que le tiren piedras.
— Sí, señor. El sol ascendía en el cielo, calentando el aire, y los hombres se sacaron
los abrigos sucios y los sombreros grasientos.
— ¿Por qué estamos todos aquí en fila? –preguntó por último Tom —. ¿Por qué
venimos a escupir?
Grigsby no se volvió, y examinó el sol.
— Bueno, Tom, hay muchas razones. — Buscó distraídamente en un bolsillo
desaparecido tiempo atrás un cigarrillo que no estaba allí. Tom había visto ese
movimiento un millón de veces. — Mira, Tom, es el odio. El odio al pasado. Piensa,
Tom. Las bombas, las ciudades destruidas, los caminos como piezas de
rompecabezas, los trigales radiactivos que brillan de noche. ¿No es algo tremendo?
— Sí, señor, creo que sí.
— Así es, Tom. Odias siempre lo que golpea y te destruye. Es la naturaleza humana.
Inconsciente, quizá, pero naturaleza humana al fin.
— Odiamos casi todas las cosas — dijo Tom.
— ¡Claro! Toda esa gentuza del pasado que gobernaba el mundo. Y aquí estamos, un
jueves por la mañana, con las tripas pegadas a los huesos, muertos de frío, viviendo
en cuevas y otros agujeros semejantes, sin cigarrillos, sin bebidas, sin nada excepto
estos festivales, Tom, nuestros festivales.
Tom recordó los festivales de los últimos años. El año en que rompieron todos los libros
en la plaza y los quemaron y la gente estaba borracha y alegre. Y el festival de la ciencia
del mes anterior cuando arrastraron el último automóvil y echaron suertes y todos los
que ganaban tenían derecho a darle un mazazo al automóvil.
— Lo recuerdo, Tom. Cómo no recordarlo, si a mí me tocó hacer añicos el parabrisas,
¿oyes? ¡Y qué ruido maravilloso, ¡oh, Dios! ¡Crash!
Tom oyó cómo el vidrio caía en brillantes montones.
— Y Bill Henderson, a él le tocó romper el motor. Oh, hizo un buen trabajo, Bill es un
hombre eficiente. ¡Bam! Pero lo mejor de todo — rememoró Grigsby — fue aquella vez
que destruyeron una fábrica donde intentaban aún producir aeroplanos. Dios, cómo
voló por el aire y qué felices nos sentimos. Y después descubrimos esa fábrica de papel
de diario y el depósito de municiones y volamos todo al mismo tiempo. ¿Entiendes,
Tom?
Tom reflexionaba, perplejo.
— Creo que sí.
Era pleno mediodía. Ahora los olores de la ciudad en ruinas apestaban el aire caliente
y unas cosas reptaban entre los edificios desmoronados.
— ¿No volverá nunca, señor?
— ¿Qué? ¿La civilización? Nadie la quiere. ¡No yo, al menos!
— Yo podría soportar una pequeña parte — dijo un hombre detrás de otro hombre —.
Había algunas cosas hermosas.
— No se haga mala sangre — gritó Grigsby —. No hay ninguna posibilidad, además.
— Ah — dijo el hombre detrás de otro hombre — Alguien aparecerá algún día, alguien
con imaginación, y la reconstruirá. Recuerde lo que le digo. Alguien que tenga corazón.
— No — dijo Grigsby.
— Yo digo que sí. Alguien que tenga un alma para las cosas hermosas. Podría
devolvemos una especie de civilización limitada, donde sería posible la paz.
— Lo primero que habrá será una guerra.
— Pero quizá la próxima vez sea distinto.
Habían llegado al fin a la plaza principal. Lejos, un hombre a caballo venía hacia el
pueblo. Llevaba en la mano una hoja de papel. En el centro de la plaza estaba el área
cercada por las cuerdas. Tom, Grigsby y
los demás juntaban saliva y avanzaban, avanzaban preparados y listos, con los ojos
muy abiertos. Tom sintió el corazón que le latía con fuerza, excitado, y la tierra caliente
bajo los pies desnudos. — Ahora, Tom, al vuelo.
Cuatro policías estaban de pie en las esquinas de la zona cercada, cuatro hombres con
aros de cuerda amarilla en las muñecas, y que tenían autoridad sobre los otros. Estaban
allí para evitar que arrojasen piedras.
— Así — dijo Grigsby a último momento — todo el mundo siente que tiene su
oportunidad, ¿ves, Tom? Vamos, ahora.
Tom se detuvo frente al cuadro y lo miró largo rato.
— ¡Tom, escupe!
El chico tenía la boca seca.
— ¡Vamos, Tom! ¡Adelante!
— Pero — dijo Tom, lentamente — es tan hermosa.
— Vamos, ¡yo escupiré por ti!
Grigsby escupió y el proyectil voló a la luz del sol. La mujer del retrato sonreía a Tom
serenamente, secretamente, y Tom la miraba con el corazón palpitante, y una especie
de música en los oídos.
— Es hermosa — dijo.
— Vamos, adelante, antes que la policía...
— ¡Atención!
Los hombres y las mujeres que le gritaban a Tom, porque no avanzaba, se volvieron
hacia el jinete. — ¿Cómo la llaman, señor? — preguntó Tom, en voz baja.
— ¿Al cuadro? Mona Lisa, Tom, creo. Sí, Mona Lisa.
— Atención, una proclama — dijo el jinete —. Las autoridades decretan que a partir
del mediodía de hoy el retrato que está en la plaza será entregado a manos del
pueblo, para que todos participen en la destrucción de...
Tom apenas tuvo tiempo de gritar antes que la multitud lo arrastrase, voceando y
golpeando, hacia el retrato. Se oyó el rasguido de una tela. La policía escapó. La
multitud aullaba ahora. Las manos de los hombres eran como pájaros hambrientos que
picoteaban el retrato. Tom se sintió lanzado contra la tela rota. Tendió la mano, imitando
ciegamente a los otros, tomó una punta de la tela pintada, tironeó, sintió que la tela
cedía, y cayó, y rodó entre puntapiés. Ensangrentado, la ropa hecha jirones, vio a las
viejas que masticaban trozos de tela, los hombres que destrozaban el marco, pateaban
el cuadro y lo reducían a confeti.
Sólo Tom permanecía aparte, silencioso en el movimiento de la plaza. Se miró la mano,
y apretó el trozo de tela contra el pecho.
— Eh, Tom, ¡aquí! — gritó Grigsby.
Tom, sollozando, echó a correr. Corrió trepando y bajando por los cráteres de las
bombas, y llegó a un campo, vadeó un arroyo, sin mirar atrás, con el puño apretado
bajo la chaqueta.
Al atardecer cruzó la aldea. A las nueve llegó a la casa ruinosa de la granja. Del otro
lado, en el silo, en la parte que aún se mantenía en pie, cubierta de lonas, oyó los ruidos
del sueño, la familia, la madre, el padre y el hermano. Se escurrió por la puertita
rápidamente, silenciosamente, y se tendió, jadeando. — ¿Tom? — preguntó la madre
en la oscuridad.
— Sí.
— ¿Dónde estuviste? — rezongó el padre —. Ya arreglaremos cuentas mañana.
Alguien le lanzó un puntapié a Tom. El hermano, que se había quedado trabajando la
pequeña parcela de tierra.
— Duérmete — gritó la madre, débilmente.
Otro puntapié.
Tom, acostado, recobró el aliento. Tenía la mano contra el pecho, apretada, apretada.
Se quedó así, en el silencio, inmóvil, media hora, con los ojos cerrados.
De pronto notó algo, y era una luz fría y blanca. La luna subía y el rectángulo de luz se
movía en el silo y trepaba lentamente por el cuerpo de Tom. Entonces, sólo entonces,
aflojó la mano. Lenta, cautelosamente, escuchando a los que dormían alrededor, Tom
alzó la mano. Vaciló, contuvo el aliento, y entonces, poco a poco, abrió la mano y
desarrugó el trozo diminuto de tela pintada.
Todo el mundo dormía a la luz de la luna.
Y allí, en la mano, estaba la Sonrisa.
La miró a la blanca lumbre del cielo de medianoche. y pensó, una y otra vez,
silenciosamente, la Sonrisa, la hermosa Sonrisa.
La veía aún una hora más tarde, aún después de plegarla y esconderla
cuidadosamente. Cerró los ojos y la Sonrisa estaba allí en la oscuridad. Y seguía
estando allí, cálida y dulce, cuando se durmió y el mundo calló y la luna navegó
subiendo, y descendió por el cielo frío a la luz de la mañana.
La reseña crítica
Este texto de carácter expositivo argumentativo resume los aspectos fundamentales de
un producto cultural (obra literaria, ensayo, película, espectáculo teatral, creación
plástica, etc.) y ofrece, además, una evaluación fundamentada de su calidad por parte
de un crítico o especialista en el tema.
Conforme a esta intención comunicativa, la reseña crítica -presente tanto en el ámbito
periodístico como en el académico- persigue dos finalidades:
Estructura
La reseña crítica suele seguir el siguiente esquema:
1. Buscá en el paratexto del libro o en Internet, los datos que permitirán al lector
ubicar la obra. ¿Cuál es el título del libro? ¿Quién es el autor?
2. Registrá también los datos biográficos más relevantes del autor y del contexto
de producción de su obra. ¿Dónde y cuándo nació el autor? ¿Qué carrera estudió?
¿A qué se dedica? ¿Qué obras publicó? ¿Obtuvo algún premio o mención especial?
¿Cuándo escribió esta obra? ¿Dónde?
3. Releé minuciosamente el texto. Una buena reseña crítica nace de una buena
comprensión del texto reseñado.
4. Anotá en oraciones breves los aspectos más relevantes y atractivos del marco
y desarrollo de la historia, omitiendo el desenlace para generar expectativa en el
lector. Luego, da forma al argumento.
¿Dónde y cuándo transcurre la historia? ¿Quiénes son los personajes centrales? ¿Cuál
es su rasgo distintivo? ¿Qué conflicto opone a los personajes? ¿Qué consecuencias
negativas provoca dicho conflicto en sus vidas? ¿Cuál es su motivación para resolverlo?
5. Determiná cuáles son los aspectos de la obra que te gustaría comentar al lector
y, luego, elaborá un esquema argumentativo que configure la evaluación crítica del
texto.
Originalidad y/o solidez del argumento. Interés o actualidad del tema. Credibilidad,
empatía o identificación que generan los personajes. Intriga, humor, etc., que provoca
el modo de narrar.
6. Redactá la reseña de acuerdo con los puntos anteriores. No olvides incluir citas
textuales de la obra para apoyar tus juicios críticos.
7. Elegí un título apropiado y atractivo que refleje el sentido del texto para motivar
al lector. Ejemplos: “La casa Usher”: un cuento que eriza la piel
“Tristán e Isolda”, una historia de amor que no envejece
“Túneles”, viaje al centro de la aventura