e oscura profundidad; como si todo su ser se volviera opaco y sumamente pequeño.
Levantó la vista hacia el televisor de plasma y contempló desganado a la presentadora
del concurso que anunciaba una nueva prueba, la cual, por los comentarios previos,
amenazaba con ser tan absurda como la anterior. Rebuscó con los palillos en el endeble
recipiente que sostenía en una mano hasta atrapar un pedazo de cerdo agridulce y se lo
metió en la boca, donde aún masticaba cansadamente los trozos de col y brotes de
alubias de la ensalada que, como el cerdo, venía en una caja de cartón con una gran
pagoda roja dibujada en un lateral. Con la habilidad y el desentendimiento que da el
realizar un acto que la cotidianidad ha hecho natural, fue de uno a otro de los recipientes
dispersos por la mesa de metal, tomando con los palillos aquí una gamba rebozada, allá
una empanadilla gow gees, engullendo sin degustar lo masticado.
En la pantalla apareció una pareja sentada en un sofá de tres plazas. El hombre, de
enormes dimensiones, agitaba su gran cuerpo cada vez que expulsaba una flatulencia
que, por la expresión de la mujer que se hallaba a su lado, debía de resultar pestilente.
En una esquina de la imagen, un reloj contabilizaba el tiempo.
—¡Qué estupidez! —comentó distraído Noel.
Las mujeres fueron cambiando, al contrario que el hombre que despedía tan
descomunales ventosidades, y con cada nueva participante el reloj de la esquina volvía a
cero.
No tenía interés alguno en aquel programa, ni en la cena. Había encendido la televisión
siguiendo la misma inadvertida idea que le había llevado a encargar la comida china;
buscar algo en lo que ocupar la mente, algo que no fuera Karel.
Lo había intentado, pero no podía dejar de pensar en él y en lo peculiar que resultaba
que en apariencia, sin pretenderlo, lograba siempre llevarlo radicalmente de un extremo
a otro; de la dicha al más desconsolado pesimismo. Nadie causaba en él una sensación
así. Ni siquiera años atrás, cuando Izaak comenzó a mostrar su verdadera personalidad,
sus sentimientos resultaban tan ambivalentes. Por aquel entonces, era el dolor del
engaño y la frustración de la decepción lo único que habitaba en su alma.
Lo peor de la situación en la que el publicista le hacía caer con su comportamiento, era
que no tenía fuerza moral para reprocharle su actitud. Comprendía su confusión, su
estado de continuo nerviosismo, las dudas que le asaltaban. Si se entristecía, si se
asustaba o preocupaba, si se sentía desgraciado, era sólo porque él había entrado en su
vida arrebatándole la seguridad de la que hasta entonces había disfrutado. Meses atrás,
el mundo de Karel era una parcela tranquila en mitad de una sociedad condescendiente,